martes, 20 de enero de 2015

Flores de asfalto: La Salamandra - Escena 27


La Ciudad sin Nombre, febrero de 1941
La luz lechosa del amanecer se filtra por la ventana, a través de las cortinas entreabiertas. En el gris amanecer, los muebles de la habitación tienen un aspecto mortecino, apagado, que al paso de la luz se vuelve oro. Como si fueran criaturas inertes volviendo lentamente a la vida, los objetos recuperan sus colores cuando el sol los besa.
Elliot contempla el fenómeno mientras fuma, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama. A su lado, Mara está dormida. Su pelo rubio es un nido suave y esponjoso sobre la almohada, los brazos delicados y las uñas pintadas de rojo asoman bajo los edredones. Ella también brilla y se reaviva cuando el sol toca su piel.  «Pero ella nunca estará viva», se repite el ilusionista. «Es un bicho. No es una persona como nosotros».
Y sin embargo…
¿Tendrá razón Liam? ¿Podría cambiarse la naturaleza de los bichos sólo a fuerza de tratarles como personas? Pensándolo bien, es lo mismo que pasa con los seres humanos: nos convertimos en lo que somos según cómo nos tratan los demás. Bien por rebeldía o por sumisión, acabamos adoptando comportamientos y patrones siempre bajo ese estigma. Nuestra vida está dedicada, en cierto modo, a obedecer o contradecir aquello que se espera de nosotros.
Pero una cosa es un niño que se vuelve travieso para llamar la atención de sus padres, y otra transformar profundamente la esencia misma de un… de un…
«De una Pesadilla».
Elliot repite el nombre exacto en su mente. Pesadillas. Llamarles «bichos» es una forma simple y despreciativa de hablar de ellos, pero su verdadera denominación es esa. Una Pesadilla, una creación artificial ensamblada a partir de tejidos sintéticos, imbuida con la energía nefesch que se extrae directamente de las almas arrancadas a los seres humanos. Así pues, los bichos tienen alma.  Retorcida, torturada, prestada. Removida pero no agitada. Alma, al fin y al cabo. Menuda mezcla, piensa. Sí, las creaciones de la Organización son como cócteles. Algunos espantosos, pero otros… otros incluso saben dulce.
Y viendo a Mara plácidamente dormida, con su pelo extendido sobre las almohadas y el rostro relajado y en paz, Elliot empieza a comprender a Liam, y entiende que pueda amarla. Entiende que quiera salvarla.
Le acaricia el cabello con los dedos. Sus pestañas, largas y rizadas, aún cubiertas de rímel, se agitan suavemente. Ella entreabre los ojos castaños, del color de la miel. El sol pálido toca sus mejillas, que se sonrojan.
—Buenos días —murmura.
Sonríe, adormilada, y se remueve entre los cobertores para abrazarle. Aún no le ha visto.
—Buenos días, querida.
Pobre, pobre Mara, piensa él mientras la arropa en un acceso de compasión.
Y es que Mara no sabe que es una Pesadilla. Mara tiene la inocencia de los niños y también su curiosidad y su inteligencia. Tiene encanto y picardía. Es maravillosamente valiente. Quiere descubrirlo todo.
Según le contó, sus padres murieron siendo pequeña así que no tiene familia. También le contó que tuvo un accidente unos años atrás: se cayó de un caballo y perdió la memoria. Pasó muchas semanas en el hospital. Después conoció a Liam, que fue algo así como su príncipe salvador y quien volvió a enseñarle todo lo que una señorita necesita saber.
Por supuesto, nada de eso es cierto. Lo que ella cree recuerdos propios, escasos y mal hilvanados, son parte de una memoria falsa implantada. Normalmente, cuando en la Organización crean bichos que aún no saben para qué van a usar, les colocan esa memoria falsa en la que, precisamente, no recuerdan gran cosa. Así pueden vivir experiencias nuevas y aprender de ellas sin prejuicios ni filtros morales o intelectuales provocados por el pasado. El pasado es, al fin y al cabo, lo que nos define.
—¿Qué hora es? —susurra ella.
—Aún es temprano. Puedes dormir un poco más.
Mara es lo que en la Organización se llama una «muestra blanca», un prototipo,  recipiente creado para el que aún no se ha decidido una función. Puede que acabe siendo un nuevo modelo de esclavista, en cuyo caso, en algún momento, la llevarán de regreso a la Central. Allí le implantarán las extremidades, le arrancarán un par de costillas y la modificarán, por dentro y por fuera. Lo más seguro es que pretendan hacer con ella un nuevo prototipo. Las muestras blancas salen caras, cuesta crearlas y mantenerlas y requiere mucho tiempo y esfuerzo a los Corruptores. Solo se fabrican cuando se está comenzando un proyecto nuevo.
La mera existencia de las muestras blancas podría considerarse una crueldad si las Pesadillas pudieran ser contempladas bajo los mismos prismas morales y éticos que las personas. Proporcionarles conciencia de su propia existencia y permitirles que la experimenten de forma más o menos libre, sin saber su verdadero origen ni destino hasta el último momento… uno no puede menos que sentir compasión.
Y Elliot siente compasión, sí. Pero no tanta. Siempre ha tenido la beneficiosa habilidad de no empatizar mucho con nadie. Ya era así antes de entrar a la Organización, pero ahora, lo que antaño fuera un defecto es considerado su mejor virtud. Ironías de la vida.
Está pensando en todas estas cosas, en los sinsabores de las criaturas como Mara, cuando ella abre los ojos bruscamente. Se incorpora de golpe, cubriéndose los pechos desnudos con la sábana y mirándole sorprendida. El sol ilumina sus cabellos, y estaría preciosa si no hubiera tanta culpa en su rostro. La culpa siempre afea a las chicas, aunque a los hombres les hace parecer más guapos, tan trágicos y graves.
—¿Elliot? Dios mío… ¿qué hemos hecho? —se lamenta.
—¿Es una pregunta retórica, o quieres que te lo recuerde punto por punto? —replica él, levantando una ceja mientras toma una profunda calada.
—No seas estúpido.
La mujer sale de la cama con rapidez, arrastrando la sábana consigo y envolviéndose en ella mientras recoge su ropa del suelo. Lot se queda sentado, fumando tranquilamente.
Pensó que seducirla sería más fácil, pero le ha costado varios meses y ha tenido que emborracharla. Eso es lo que más le fastidia de todo, que al final perdió la paciencia y tuvo que recurrir al alcohol, como si él solo no se valiera y sus encantos no fueran suficientes. Pero claro, nunca había tenido que competir con Liam.
Mara intenta encontrar su ropa interior. La sábana se suelta, dejando al descubierto la espalda y los torneados muslos.
—¿Qué vas a hacer ahora? —pregunta Elliot a la mujer, mirando su trasero con descaro.
Ella le lanza una mirada cargada de rabia y se encierra en el baño, arrastrando la sábana y llevando las medias, el bolso, los zapatos y el vestido en la otra mano.
—Te diviertes con esto, ¿verdad? —exclama desde dentro.
Elliot reprime una risilla. La verdad es que sí, se divierte.
—Bueno, no dirás que ha estado mal. Pero respóndeme, ¿se lo vas a contar a Liam?
El ilusionista sale de la cama, se pone los pantalones y el batín. Luego se sirve una copa de champagne de la botella que reposa en la mesita de noche y se acerca a la puerta del baño. Silencio, largo silencio. Dentro se escucha el roce de la tela, el grifo, el ruido de los tacones una vez que Mara se los ha calzado.
Minutos después, cuando la puerta se abre, ella aparece de nuevo, deslumbrante, perfecta. Es rápida arreglándose y tiene un excelente gusto. Su rostro, serio y digno, trata de ocultar la preocupación.
—No ha sido más que una aventura —responde con entereza—. No se repetirá, así que no tiene sentido hacerle daño.
Mara saca un pequeño frasco del bolso y se perfuma. A Elliot, ese gesto le ofende más que ninguna otra cosa. ¿Ahora ella quiere hacer desaparecer también su olor? No, no lo piensa permitir. La agarra de la cintura y tira el cigarro al suelo al tiempo que la besa apasionadamente. Mara se revuelve, le empuja por los hombros, pero él insiste.
Finalmente, la mujer cede. Está percibiendo en él una necesidad que va más allá de lo físico, y eso la conmueve. Piensa que es por ella. Y él alimenta el equívoco al separarse, mirándola intensamente.
—No ha sido sólo una aventura. Te quiero. Quiero que seas mía.
Lo dice con la voz áspera, y una expresión tan oscura y torturada que ella le cree. ¿Cómo no hacerlo? Elliot parece muy afectado. Percibe su sufrimiento, que achaca a la pasión prohibida que acaban de compartir. Elliot está enamorado de la prometida de su mejor amigo, sin duda eso es lo que causa las emociones salvajes que ve reflejadas en sus ojos.
Pero Mara se equivoca. Ve las señales, pero no sabe interpretarlas. No podría de ningún modo.
Claro que Elliot está afectado. Claro que está torturado. Claro que ha dicho la verdad: la quiere, quiere poseerla. Pero sus sentimientos no son generosos, lo que desea es arrebatársela a Liam.
—Elliot… —ella le mira con asombro—. Esto no puede ser, nosotros…
—Mírame a los ojos y dime que no sientes nada por mí —le dice él, embaucador y traicionero.
Y ella duda.
Entonces, todo lo que el ilusionista ha estado urdiendo desde hace tres meses empieza a hacer efecto en el corazón de la mujer: Elliot es encantador con ella, es divertido y transgresor. La saca a bailar mientras Liam se queda sentado, la anima cada vez que ella quiere hacer algo arriesgado o prohibido, mientras Liam lo desaprueba. Elliot le enseñó a conducir, a apostar, a jugar al póker. Elliot le da a probar cosas nuevas, no la sobreprotege, le permite tomar sus propias decisiones. Elliot la trata como a una mujer adulta. ¿Puede decir realmente que no siente nada por él? ¿Puede negar acaso que ha buscado su compañía en momentos de hastío? ¿Puede negar que le ha preferido a su propio prometido en algunos momentos? ¿Acaso no ha respondido a sus coqueteos más de una vez, no le ha mirado a hurtadillas a través de los espejos?
—Yo no… no puedo…
Mara cierra los párpados con fuerza, tensa y angustiada. Él la acorrala contra la pared, despacio, de forma casi invitadora. Desliza los dedos sobre su mejilla, entre sus cabellos, rubios y sedosos. No le gusta la culpa en las mujeres. La besa de nuevo.
Ella deja caer el bolso al suelo y le rodea el cuello con los brazos. Elliot tiene el sabor de lo prohibido, despierta en Mara la emoción de la incertidumbre, que le hormiguea desde los dedos de los pies hasta las raíces del cabello. Esa emoción es más fuerte que el miedo, porque Mara es valiente y porque su hambre de experiencias es más intensa que su temor a perder lo que ya tiene.
Al fin y al cabo es una muestra blanca, y en su código está grabado ese instinto, ese afán por experimentar. Ni siquiera en esto está siendo completamente libre.
Pobre Mara.
Por supuesto que Elliot la quiere. Por supuesto que quiere que sea suya. No le basta con haberse acostado con ella, necesita quitársela a Liam, convertirla en una adúltera, hacer que él la desprecie y destruir ese amor… porque no puede soportar que él la ame, porque a quien Liam debería amar es a él. ¡A él, solamente a él!
La desea del modo más enfermizo posible. No soporta que se quieran entre ellos y le dejen fuera, así que lo destruirá todo. Ella es su trofeo, es el arma para castigar a su mentor. Quiere hacerles daño, y les hará todo el daño que pueda. Ellos le han quitado lo que es suyo.
Aunque en el fondo sabe que nada ha sido suyo, ni lo será nunca.
. . .
Escena 27, toma 1

Nunca le perdonaré por eso. Hay muchas cosas que no le perdonaré nunca a Lot, pero lo de aquella noche en la plaza de la catedral aún hoy sigue latiendo dentro de mí, provocándome un terror atávico. Ojalá pudiera decir que nunca había pasado tanto miedo, pero joder, he pasado tanto miedo, tantas veces y por tantas cosas, que no puedo hacer un puñetero concurso para comprobar qué ocasión fue la peor. Sin embargo, esta me dejó una huella que no puedo olvidar.
Estaba en el tejado de la Catedral, a más de sesenta metros de altura mientras a nuestro alrededor se desataba el puto apocalipsis. Guardianes con las espadas de alma resplandeciendo, haciéndome temblar cada vez que oía sus voces; awen cantando y cantando sin parar hasta que la música me produjo náuseas, tipos de la Resistencia apaleando a tipos de la Organización, satures comiéndose a tipos de la Resistencia, Verdugos haciendo volar las puñeteras guadañas… se escuchaban rugidos, disparos y el crepitar del fuego por todas partes.
Y entonces, en un fogonazo naranja, Lot desapareció y en su lugar, una figura tomó forma y una voz serena y conocida dijo mi nombre.
—¿Alexander?
Era Liam, con el rifle al hombro y la expresión sorprendida.
Miré abajo, aturdido. Localicé la plaza adyacente donde antes había estado el Maestro Ilusionista y vi a Mara y a Lot frente a ella. Tardé unos segundos en comprender y atar todos los cabos: el muy imbécil se había cambiado de lugar con él. Se me escapó un grito y eché a correr hacia las escaleras, solo pensando en alcanzarle, sin saber ni siquiera qué iba a hacer a continuación. El corazón me latía como un loco en el pecho, pensaba que iba a fallarme. Morir bajando las escaleras sería patético.
—¡Así no, Alex!
Me zumbaban los oídos, pero aun así podía escuchar a Liam llamándome, corriendo detrás de mí. No le hice caso y proseguí mi carrera, empujando a los hombres y las mujeres que había en la catedral hasta salir al exterior. Una bofetada de aire corrosivo y frío me golpeó en el rostro: la niebla estaba asediando la plaza, presta a alimentar a las criaturas de la Organización.
Tenía que alcanzar a Mara. Tenía que acabar con esa zorra antes de que ella acabara con mi novio. Ese pensamiento tan infantil y poco elaborado me daba fuerzas.
Afuera, el escenario era aún más dantesco de lo que se veía desde arriba. Había sangre y cadáveres por el suelo, trozos de… gente… en fin, cosas que no me apetece describir. En cada una de las bocacalles que daban a la plaza había grupos luchando: agentes de la Organización vaciando los cargadores, hombres y mujeres de la Resistencia con máscaras de gas y armados con pistolas, rifles, lanzallamas y bates. También satures y verdugos.
Los awen, que antes cantaban en los tejados, se habían reunido en el centro de la plaza y su canción vibraba en cada piedra, en cada molécula de aire. Hasta en mi propia sangre.  Aquella vibración constante me estaba poniendo enfermo. Los Guardianes estaban a su alrededor, con las espadas en las manos. Su sola visión me empujaba al pánico, y me frené en seco.
—¡Alex, así no! —Unos brazos se cerraron a mi alrededor y caí al suelo, placado por el cuerpo cálido y poderoso del Maestro Ilusionista—. Por Dios, ¿no ves que te vas a matar?
El suelo alrededor de la plaza se iluminaba con resplandores rojos, como brasas, palpitando de forma constante, como si siguieran la cadencia de la melodía tejida por los awen. Una llamarada se alzó a un lado de la plaza. Otra al otro. De pronto, un muro de fuego comenzó a circundar el lugar, aislándolo… y aislándonos a nosotros.
—¡No! —Grité. Y grité con tanta furia que sentí que se me desgarraba la garganta—. ¡No, no, no, no! ¡Lot!

Cuando el canto cesó, un muro de fuego se había alzado. Las llamas crepitaban, altas como árboles. No había escapatoria.
—¡Tenemos que cruzar! —gritaba yo, rabioso y fuera de mí—. ¡Tenemos que llegar hasta él!
Pero Liam me tenía sujeto con firmeza y no me dejaba avanzar.
—¡Estate quieto! ¡Te matarás! —me gritó. Su voz tajante y dura fue como una bofetada. Me quedé quieto, más por la sorpresa de que me hubiera gritado que por sus palabras—. Sólo conseguirás que te maten, ¿es que no te das cuenta? Ahora eres humano. Tu cuerpo es el de un humano. No puedes atravesar el fuego, piénsalo —añadió en un tono más conciliador—. Morirás abrasado, y entonces sí que no podrás ayudarle. Tienes que mantener la calma.
Asentí, cerrando los ojos con fuerza mientras intentaba regular mi pulso.
Había actuado de forma impulsiva, no era consciente de que estábamos en medio del ritual de los Vigilantes. Viéndonos allí, una de las awen se nos acercó. Era una chica joven, de ojos rasgados. Parecía oriental. Su aspecto era dulce y sereno, llevaba una estola llena de campanillas que tintineaban y el pelo negro y suelto.
—¿Qué hacéis aquí? Es peligroso, no deberíais…
Antes de que ella pudiera terminar su frase, el zumbido de una guadaña nos hizo alzar la mirada a los tres. Un verdugo había conseguido entrar antes de que se cerrara el círculo de fuego y se abalanzaba sobre nosotros. Más bien, sobre ella.
—¡Cuidado!
Liam reaccionó con rapidez: agarró el rifle y disparó directamente a la guadaña. Consiguió frenarla, pero de alguna manera, el arma no se desvió, sino que se quedó ahí, inmóvil, acumulando fuerza, contraponiéndose a los disparos del Winchester, como si en lugar de haber sido arrojada, alguna fuerza misteriosa siguiera empujando desde atrás. No parecía un objeto que alguien hubiera lanzado, parecía una energía constante, como la fuerza del viento.
Las balas de Liam se gastaban.
De pronto, entre las sombras surgió una figura envuelta en una capa negra. Se acercó a nosotros tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar. Era un hombre grande y corpulento, cubierto por una capucha que no dejaba ver su rostro. Alzó el brazo y recogió a la awen bajo su capa. Después, giró sobre sí mismo y la espada de alma se iluminó en su mano con un intenso color dorado. Me encogí y me tapé los oídos, intentando no gritar. Odiaba con todas mis fuerzas esas malditas cosas, las odiaba.
La espada golpeó la guadaña directamente, con tanta fuerza que el suelo tembló. Esta vez, el espantoso artefacto sí que salió disparado en otra dirección, cayendo inerte sobre el suelo y dando unas cuantas vueltas antes de deshacerse en una nube de humo negro. El humo regresó a la mano del Verdugo como una riada de serpientes oscuras.
—Ven a mí —vibró la voz del Guardián.
No nos quedamos a ver el combate. Liam me agarró con firmeza y me arrastró de regreso hacia la iglesia mientras yo miraba hacia atrás constantemente, hacia las llamas que me separaban de Lot.
—¿Qué vamos a hacer? ¿Qué vamos a hacer? —repetía nerviosamente—. No podemos dejarle…
—No le vamos a dejar. Mira.
Liam puso los dedos bajo mi barbilla y me obligó a alzar la mirada. Entonces vi la nieve.
—¿Qué…? Sólo está nevando.
Él se rió entre dientes. Por primera vez, tuve ganas de pegarle. ¿Cómo podía reírse en una situación así?
—En la Ciudad sin Nombre no hay nieve ni lluvia. Sólo cuando lo provocamos nosotros, los Ilusionistas. Esto lo ha hecho Elliot. —Parpadeé. La voz de Liam era suave, amable y segura. Era imposible no confiar en él—. Mientras siga nevando, sabremos que Elliot está vivo y habrá esperanza. Y no dejará de nevar, te lo aseguro. Elliot tiene una maravillosa fijación por la supervivencia. Ahora tienes que mantener la calma, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dije, aturdido. Me di cuenta de que él me estaba abrazando—. Vale.
Me limpié las lágrimas con las manos y me dejé llevar dócilmente.
—Iremos de nuevo arriba, desde allí podremos ver mejor —dijo. Yo asentí—. No podemos matar a Mara, pero sí podemos inutilizarla. Tú puedes hacer eso. Tienes que lanzarle un pólipo, ¿entiendes? ¿Sabes hacerlo?
—Entiendo. Sí, claro que sé hacerlo.
Admitirlo me supo amargo en la boca. Pero no estaba la cosa para andarse con tonterías.
—Bien, pues vamos.
Liam se detuvo y me puso una mano sobre los ojos. Algo se agitó a mi alrededor y tuve la impresión de que el suelo desaparecía bajo mis pies. Sin embargo, no caí. Cuando la sensación de ingravidez se disipó, pocos segundos después, el viento nos azotaba con fuerza. Su mano se apartó de mi rostro y vi que estábamos de nuevo en la torre del campanario. Parpadeé con fuerza y me agarré a uno de los arbotantes. Nunca me acostumbraría a esas cosas.
—De acuerdo… —dije para darme fuerzas—. Vamos allá.
Liam colocó el rifle apoyado sobre la balaustrada que Lot había saltado minutos antes, cuando se dirigía hacia el tejado antes de desaparecer. Los restos del espejo roto aún brillaban entre las tejas. Cargó y buscó con la mirilla.
Desde lo alto, el anillo de fuego tenía un aspecto casi místico. En su interior pude ver cómo los awen se disponían en el centro formando una cruz. Los Guardianes les rodeaban y se enfrentaban a los pocos monstruos que aún quedaban dentro. Sus espadas resplandecientes parecían lo único capaz de imponerse a los Verdugos. No vi morir a ningún Guardián ni a ningún awen, pero aparté la vista por si acaso. Tenía la horrible sensación de que si alguno de ellos moría, volvería a ponerme a llorar y perdería toda esperanza. Nunca me había sentido así con respecto a los Vigilantes, y a decir verdad me fastidiaba un poco. Aquellos tíos no eran amigos míos. Tiempo después, al analizar lo que sucedió esa noche, comprendí que simplemente estaba sintiendo igual que sienten los humanos, y que el efecto que causaban en mí era el mismo que causaban habitualmente en ellos. Pero en aquel momento sólo sabía que me caían mal y que, por alguna razón, mis emociones no parecían estar de acuerdo con eso.
—Vamos allá —repetí de nuevo.
Ya se me había pasado el mareo, así que me dispuse a ser útil. Me acerqué a Liam y escruté en dirección a la plaza de los dos árboles muertos, donde había visto a Mara anteriormente. Ahora no había nadie allí, pero en el suelo se veía una enorme mancha de sangre que parecía trazar un sendero en dirección al sur. La seguí con la mirada y finalmente encontré a Mara: avanzaba hacia la boca de uno de los túneles, inexorablemente… hacia el lugar donde el rastro de sangre se perdía.
—¡Ahí está! ¡¿La ves?!
—La tengo.
Los disparos de Liam la alcanzaron, pero pude ver que no causaban mucho efecto en ella, salvo detener su avance. Giró el rostro hacia atrás. Supe que nos había visto, pero siguió su camino. Nosotros no le importábamos.
Me agazapé contra la piedra. No tenía más lágrimas, ahora sólo había odio y rabia, una rabia fría.
Soy lo que soy. Puede que no se me deba considerar a estas alturas una rémora como todas las demás. Tampoco un humano como los demás. Soy algo extraño, un milagro, dicen algunos, una aberración para otros. Pero tengo recursos.
Sentí calentarse mis venas bajo la piel, mi sangre siseaba y los ojos me ardían. Entreabrí los labios y dejé salir aquella lengua asquerosa que tanto odiaba, la que vivía recogida debajo de la lengua de Alex, la retráctil y transparente.
Escupí. Y luego escupí otra vez, y luego otra vez.
Pensaba acribillar a pólipos a esa hija de puta hasta dejarla tan seca como la vaina de un guisante.
. . .
Escena 27, toma 2

Los estallidos del acero contra el acero y los salmos de los awen llenan el aire de la noche. También se escuchan disparos. Muchos disparos. Las farolas iluminan las baldosas, húmedas a causa de la nieve ficticia que Elliot ha provocado. Se encuentra en el interior de uno de los túneles, con la espalda pegada a la piedra, completamente solo. Está despeinado y sucio, tiene el bastón aferrado en una mano y más expresión de fastidio que de miedo. Nunca se le ha dado bien poner cara de miedo.

Hay un charco de sangre, plasma y líquido oscuro debajo de su cuerpo. Tiene una pierna destrozada, aunque por suerte, el pantalón aún resiste en su mayor parte. Estar herido y al borde de la muerte tiene un pase, pero estar herido y sin pantalones sería intolerable. Del profundo corte asoman trozos de hueso, cables y tubos. No puede mover la extremidad, en realidad la ha perdido por completo. Apenas unos cuantos restos de músculo y de cableado la mantienen unida a su cuerpo.
Escucha los tacones acercándose. Agarra el bastón con más fuerza. «¿Cómo vas a salir de esta, Elliot?», se pregunta.
Nadie puede matar a un Verdugo, solo los Guardianes. Es imposible. Pero esa nunca ha sido razón para dejar de intentarlo. Tiene unos cuantos trucos pensados, solo espera tener el tiempo suficiente para ponerlos en práctica y al menos no morir como un idiota.
—¿Tienes prisa?
La voz de Mara es gélida y cortante, llena de ecos metálicos. Se ha detenido en la boca del túnel y sus ojos verdes, fríos y terribles, destellan con una llamarada de satisfacción. La mujer tiene el rostro manchado de sangre ajena —de la suya, de hecho— y en este lado es simplemente horrorosa. No porque sea fea, pero… su rostro es una máscara animada, artificial. Lleva muchas horas combatiendo y está cansada. Por eso, en ocasiones, la proyección física de su rostro falla, como un televisor mal ajustado. Entonces se ve la realidad, parpadeando durante décimas de segundo hasta que la imagen vuelve a sintonizarse: un rostro metálico, lleno de implantes y cables, con partes líquidas que recuerdan al mercurio.
A su espalda se retuercen cables y mangueras tentaculares de metal, plástico y silicona, equipadas con cámaras, objetivos y pequeños disparadores. Cada vez que uno de esos apéndices se mueve, se escucha un zumbido.
Hubo un día en que fue hermosa. Hubo un día en que fue dulce, valiente e inocente. Lot podría sentirse culpable por lo que le ocurrió a Mara, pero nunca se le ha dado muy bien eso, ni siquiera cuando se trata de cosas de las que realmente es culpable.
—Estás muy desmejorada, querida.
Ella se lleva la mano a la cadera. Lleva un traje de cuero y neopreno ajustado con refuerzos de kevlar que recuerda a los monos de los motoristas. También a Catwoman, piensa Lot. Lo cierto es que Mara siempre ha tenido un cuerpo espectacular en todos los lados de la realidad. Hicieron un gran trabajo con ella.
—Tú tampoco estás en tu mejor momento —dice ella.
Por un instante, la voz de la mujer parece volverse más humana. Tal vez porque está siendo irónica, y la ironía es algo muy humano. Los putos robots no pueden ser irónicos, ¿no es cierto?, piensa Lot. Aunque él lo es. Qué cosas. Intenta reír, pero no le sale.
—Bueno, no te fíes —responde—. Ya sabes cómo somos las lagartijas… si nos cortan una pata, seguimos corriendo con las otras tres. —Hace una pausa, tratando de reunir fuerzas. Ella tiene razón, no está en su mejor momento, ni mucho menos. Pero aún tiene tiempo, y no ha soltado el bastón—. ¿De verdad esto tiene que acabar así?
Mara hace girar la guadaña, las cadenas tintinean y el espantoso filo se materializa, negro y terrible como un pecado mortal, con un crujido similar al del trueno en la tormenta.
—¿Acaso puede terminar de otra manera? Te diría que lo siento, que no depende de mí. Pero… —su voz vuelve a ser terrible y metálica— si dependiera de mí, haría lo mismo.
En ese momento, algo ocurre. Se escucha una detonación y un sonido húmedo. La mujer se tambalea hacia delante. El rostro de mercurio se le deforma y luego vuelve a reconstruirse poco a poco, con una mueca de rabia. Lot reconoce ese sonido: es el rifle de Liam, que vuelve a detonar otra vez. La mujer gruñe y mira hacia atrás con desdén, moviendo el brazo para surcar el aire con el arma un par de veces.
No la van a detener. No ahora, tan cerca.
Sus tacones repiquetean en el suelo cuando echa a correr para segar la vida que con tanta rabia desea extinguir.
Lo último que ve antes de atacar es la fugaz sonrisa de Lot Anders. Es esa sonrisa, la misma que exhibía cuando ganaba las partidas de póker o conseguía embaucar a alguien. Su maldita sonrisa de farol.
La guadaña se clava en la pared de piedra con un fuerte estallido. Luego oscila y vibra, envuelta en humo negro. La imagen del ilusionista sigue ahí, pero ahora se ve en blanco y negro, entrecortada, con líneas de estática y nieve, como si estuviera proyectada sobre una pantalla. Y es más o menos lo que está sucediendo.
—Maldito seas… ¡Maldito seas!
El grito de Mara resuena en la galería. Luego echa a andar con rapidez; no puede haber ido muy lejos en su estado. Le encontrará. Antes o después, dará con él.
Entonces, aturdida, da un traspiés y se sujeta con una mano en el muro.
Se siente débil. Le escuece la espalda, como si alguna de las balas de Liam hubiera atravesado el traje de kevlar. Extrañada, hace girar uno de los tentáculos para enfocar la cámara hacia allí. Lo que ve hace hervir su odio con más fuerza.
Sobre su columna vertebral, perfectamente alineadas, hay cinco grandes arañas transparentes, como anémonas gelatinosas, que se hinchan y se hinchan alimentándose de su energía. Rabiosa y desesperada, intenta arrancárselas mientras camina decididamente hacia el otro lado del túnel, arrastrando la guadaña tras de sí.

Consigue soltar una y la aplasta entre los dedos. Un líquido púrpura y viscoso gotea hacia el suelo.
—Es el chupasangres…
Suelta una risa seca.
Malditos sean todos.
Cada vez le cuesta más caminar, y mientras avanza a través del túnel iluminado por los faroles, respirando dificultosamente y apoyándose en la pared como si le hubieran disparado dardos sedantes, miles de pensamientos confusos le cruzan la mente. Quiere encontrar a Lot y matarle, esa es su orden. Y además es lo que desea. Pero por debajo de eso, ahogados por el ensordecedor zumbido de la Organización, por las voces entremezcladas y el rumor de la maquinaria, más allá del muro de ruido blanco y de crujidos que parecen el telón de fondo de su psique, se siente como una niña pequeña con ganas de llorar. Le gustaría sentarse en un rincón y llorar, sí. Le gustaría que alguien le explicara, por una vez, qué demonios tiene ella de malo, por qué la hicieron pasar por todo lo que ha pasado, por qué no puede parar… Le gustaría que alguien, por una vez, se disculpara con ella.
Consigue agarrar otro pólipo. Tira de él, aguantando un gemido de dolor. Los filamentos se desprenden poco a poco, están profundamente clavados en su piel, han atravesado la protección. Al fin y al cabo, esas armaduras no están pensadas para defenderse de rémoras. ¿Quién necesitaría defenderse de una rémora? Cuando lo arranca del todo, lo arroja al suelo y lo pisa con el tacón.
En la pared, una de esas inscripciones antiguas en color rojo llama su atención. Aequam memento rebus in arduis servare mentem. Acuérdate de conservar la mente serena en los momentos difíciles. Buen consejo. Algo tardío, eso sí.
Quiere sentarse y llorar. Quiere que alguien la abrace y le pida perdón. Pero sigue caminando, dispuesta a cumplir con su programación.
Liam lo hizo, sí. Liam se disculpó. Quizá él es la única persona que se ha portado bien con ella alguna vez. Ojalá volviera a estar delante de ella. No le mataría, no… a él no le haría daño nunca. Dejaría que la cuidara, que la llevara de la mano y le abrazara y le dijera que todo va a salir bien, como hizo tantas veces tiempo atrás.
Le gustaría que las cosas volvieran a ser como antes. Como antes, cuando estaban los tres juntos y todo iba bien. ¿Por qué, por qué Lot dejó que se la llevaran? Eran felices, los tres… podrían haberlo sido para siempre.
Al llegar al otro lado del corredor, arranca el tercer pólipo con un jadeo. Los cables que se agitaban a su espalda hacen un sonido silbante antes de caer, inertes. Su cabello teñido de azul está recogido en una larga coleta que ahora le resulta pesada; ojalá pudiera cortarse el cabello. Lo piensa fugazmente. ¿Por qué nunca lo ha hecho, por qué nunca se ha cortado el pelo?
Se le emborrona la visión y cae de bruces, mareada.
¿Por qué las cosas no pueden ser como antes?
Su consciencia parpadea.
Entonces siente la conocida alarma interior. Está demasiado agotada como para asustarse, si es que un Verdugo puede sentir miedo. No recuerda haberlo sentido nunca desde que se la llevaron para «ajustarla». Pero la niña que llora en el rincón se encoge y grita, muy al fondo de su ser, por detrás de murallas y murallas de hormigón, acero y oscuridad. La niña sí tiene miedo.
Escucha pasos lentos. Alguien se detiene frente a ella. Mara tiene las palmas apoyadas en el suelo y alzar la cabeza le cuesta el esfuerzo de una vida. Trata de enfocar la mirada, su voz brota como un hilo débil, ahogado pero orgulloso.
—Así no, maldita sea. Déjame al menos cumplir con mi naturaleza.
El Guardián que tiene delante debe ser antiguo y muy experto, porque demuestra un autocontrol excelente. Lo normal es que Guardianes y Verdugos se ataquen sin vacilación alguna. Son enemigos naturales, las reacciones entre ellos son similares a las de ciertos compuestos químicos: una explosión inmediata, sin tiempo para pensar ni razonar. Es puro instinto. Sin embargo, este no la ataca. Baja lentamente la espada, que deslumbra con un resplandor dorado rojizo.
Los ojos llameantes del Guardián se fijan en su espalda, donde los gruesos pólipos palpitan en latidos rítmicos a medida que engullen la vida de Mara. Tras un momento de duda, acerca la mano libre y le arranca los dos restantes. Ella grita de dolor y se derrumba sobre el suelo, golpeándose la mejilla.
—No me gustan las trampas —dice él, arrojando los pólipos al suelo y pisándolos.
La voz del Guardián es grave y resonante, como una campana de bronce. Tiene el cabello largo y negro, recogido en apretadas trenzas que asoman de la caperuza con la que cubre su rostro, igual que todos los de su clase. También tiene una barba oscura y poblada, adornada con cuentas de madera, al igual que el pelo. Lleva los brazos cubiertos de tatuajes cuneiformes. Su piel tiene un hermoso color acaramelado, propio de oriente medio.
Una vez liberada de los pólipos, Mara consigue al fin aclarar la vista. Le reconoce entonces. No es la primera vez que se ven, han tenido varios enfrentamientos antes. Sonríe a medias mientras se pone en pie y trata de volver a activar su guadaña.
—Me alegro de que seas tú, Salmanassar.
El hombre la mira largamente. Desde la oscuridad de la caperuza, los ojos llameantes destellan con fuerza. Luego, él abre y cierra los dedos; la espada de alma vibra y se enciende con un fuego casi blanco.
—Yo no.
Mara sonríe amargamente.
—Es lo más bonito que me han dicho nunca —confiesa.
—No pretendo consolarte. Es la verdad.
Mara asiente.
—Por eso.
Mira alrededor por última vez y hace girar la guadaña. El filo oscuro de humo negro se va condensando poco a poco, entrecortadamente, como si le costara. Y es que le cuesta, le cuesta toda su energía. Aprieta los dientes.
—Estoy lista.
El hombre asiente y alza la espada.
El combate dura cinco minutos. Cuando todo acaba, el Guardián tiene la respiración acelerada y una herida en un brazo. Ella no se lo ha puesto fácil, pero no esperaba menos. Nunca fue una rival débil.
Se acerca al cuerpo inerte. No le gusta la idea de dejarla allí.
Una figura sale de entre las sombras de un edificio cercano, su mano cálida se posa en el brazo del guardián.
—Tenemos que irnos ya.
—Es carroña para los satures. No me parece bien.
Durante unos segundos, no hay respuesta. Ambos miran el cadáver en silencio. Luego, el chico de la sudadera gris dice:
—De acuerdo. Una hoguera más no es mucha diferencia.
El Guardián asiente, aliviado. Hará una pira funeraria adecuada para la mujer. No la conoce, pero si ha luchado con ella en tantas ocasiones es porque los dos se dejaron marchar una y otra vez. No sabe la razón. Tampoco cree que ella la supiera. Pero ambos sabían una cosa: que en algún momento no podrían dejarse ir.
Hoy ha sido ese día.
—No, una hoguera más no es mucha diferencia —repite Salmanassar, mientras hace arder la espada de alma y la acerca a la Verdugo muerta.
Los recuerdos de ella están desfilando ahora dentro de él, girando como una extraña vorágine de imágenes, sabores y sonidos. Matar a un Verdugo supone consumir su esencia, absorber el nefesch que los anima, todas sus vivencias y emociones y luego volver a liberarla. Para un Guardián con experiencia es fácil mantenerse al margen, dejar que todo este proceso transcurra en un segundo plano como una película muda de fondo y después se marche, igual que el humo de una hoguera. Algunos, al principio, no pueden evitar que les deje impronta y tienen pesadillas durante días. Pero Salmanassar tiene más de mil años y se ha reencarnado muchas veces. Está de vuelta de todo.
Y aun así, le da un poco de pena.
Cuando ha terminado, se vuelve hacia el chico de la sudadera. Él le está contemplando con sus ojos plateados, con una expresión indescifrable, igual de indescifrable que su mirada eterna y cósmica. Por un momento, Salmanassar siente que nada es importante. Hasta la guerra que está teniendo lugar a su alrededor le parece algo nimio, un breve instante en el tiempo que pasará y no dejará huella… igual que una hoguera más.
—¿Nos vamos? —dice el chico.
—¿No está aquí?
Él niega con la cabeza.
—Tenemos que seguir buscando.
El Guardián asiente y no hace preguntas. Le sigue, leal y confiado, a través de los corredores del Barrio Viejo, vigilando cada rincón con mirada escrutadora.

Escena 27, toma 3
Hubo muchas cosas que no pude ver. Liam y yo sospechábamos que Lot estaba dentro de aquel túnel al que guiaba el rastro de sangre, así que lo principal era eliminar a Mara antes de que ella pudiera encontrarle. Los disparos del Maestro Ilusionista eran siempre certeros, y aunque yo estaba ocupado comiéndome a esa zorra, no podía dejar de admirar la forma que tenía de dar tiros. Cargaba, disparaba, cargaba y disparaba otra vez. No le temblaba el pulso. Y eso que estaba reventándole la cabeza a tiros a su ex novia.
Cuando desapareció dentro del túnel, mi compañero se irguió y decidió no malgastar munición. Allí, de pie en el campanario, nos quedamos sin hacer nada.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —le pregunté.
Mi voz sonaba espesa, estaba algo aturdido a causa del empacho energético que me llegaba a través de los pólipos.
—Alguien tiene que estarlo —replicó sin inmutarse.
Fruncí el ceño, con una fuerte sensación de déjà vu. Había vivido una escena similar poco tiempo atrás, pero ahora no recordaba si había sido con Lot o con él.
—Siento mucho todo esto —dije, por decir algo.
Liam no respondió. Le miré a hurtadillas: su expresión era serena, pero tenía la mirada triste. Me pregunté si de verdad estaba preocupado por Lot. Podría, al menos, maldecir o dar un puñetazo a algo, o retorcerse las manos nerviosamente. Pero él solo esperaba. Le admiré, pero también sentí cierto rechazo hacia aquella actitud tan distante y flemática.
—Mira.
Su dedo señaló hacia lo lejos, al otro lado del túnel por el que Mara había desaparecido. Ahora la mujer estaba de nuevo fuera, y frente a ella había un Guardián que no había visto antes y que no acompañaba a ningún awen, sino a un chico que vestía una sudadera gris. El chico me resultó de lo más anodino, pero el Guardián me hizo encogerme con un escalofrío de pánico y repulsión, como me sucedía con todos los de su clase.
—Creo que la búsqueda de Mara ha llegado a su final —dije dramáticamente. Entonces, otro movimiento en el extremo opuesto del corredor llamó mi atención—. ¡Liam! ¡Mira, mira!
Le tiré de la manga frenéticamente.
Ahí estaba Lot, saliendo por donde seguramente había entrado, apoyándose en el bastón a duras penas y arrastrando una pierna maltrecha. Más que maltrecha, descolgada. La extremidad arrastraba por el suelo, unida a su cuerpo por unos cuantos cables y un trozo de hueso. Se me bajó la sangre a los pies y me puse pálido. Sentí náuseas.
¿Qué le habían hecho?
Él, a pesar de todo, con la mano libre empuñaba una pistola y soltaba tiros a todo lo que se ponía en su camino, fuera amigo o enemigo. Estaba despeinado y miraba hacia atrás de vez en cuando.
—Vamos.
Liam me agarró y volvió a cubrirme los ojos con una mano. Giró sobre sí mismo y sentí de nuevo la ingravidez, para después posar los pies en el suelo y encontrarme abajo, en la plaza, dentro del círculo de fuego. El viaje me mareó aún más en esta ocasión. Estaba aturdido y ahíto, pero por suerte, pronto sentí que los pólipos se extinguían y el flujo de energía se cortaba. Mara ya debía haber muerto a manos del Guardián.
—¡Lot! —exclamé, mirando las llamas. En mi interior, rezaba fervientemente por verle aparecer. Sabía que los Vigilantes no bajarían el muro de fuego hasta que el combate no hubiera terminado, pero podrían pasar horas hasta entonces—. Tenemos que llegar hasta él.
Y como si me hubiera escuchado, una bola de fuego se precipitó hacia nosotros desde el otro lado del incendio. Yo me lancé sobre él, estúpida e imprudentemente. Por suerte, Liam fue más racional y le echó su abrigo por encima antes de que yo cayera. Le golpeamos para apagar el fuego mientras yo le llamaba con desesperación.
—¡Lot! ¡Lot, dime algo! ¡Por favor, no te mueras! ¡No te mueras, por favor!
Lo repetí cientos de veces, como si así pudiera hacerlo real. Lo repetí mientras apartábamos el abrigo para descubrirle, mientras a nuestro alrededor los awen y los Guardianes seguían a lo suyo, concentrados en su guerra, como si nosotros no existiéramos. Lo repetí tocándole la cara, donde el barniz se había vuelto pegajoso a causa del calor del fuego. La mitad de su pelo estaba quemado y tenía el rostro pálido como un muerto. Uno de sus ojos estaba abierto y se movía rápidamente hacia todos lados de forma intermitente, como si estuviera en plena fase REM. El otro se había apagado, ya no resplandecía, y tenía la mirada fija hacia el frente, inerte. Parte del barniz se había desprendido en su sien, la piel se había quemado y se veía el hueso. Y luego estaba lo de la pierna, claro.
Parecía un muñeco roto.
«Lo es —me dije—. Es exactamente lo que es».
Aquello me entristeció más que ninguna otra cosa.
—Lot, dime algo…
Cuando me di cuenta de que estaba llorando otra vez, me limpié las mejillas, enfadado conmigo mismo. Liam estaba sumido en un silencio sepulcral, pero como siempre, sabía exactamente lo que tenía que hacer. Sujetó la cabeza de Elliot entre las rodillas y metió la mano por detrás de su pelo, hasta su nuca. Algo crujió. De inmediato, Lot volvió a respirar, tomando aire como un ahogado. Sus dos ojos volvieron a encenderse y parpadeó, mirándome a continuación.
—Dime que me quieres —susurró con esfuerzo.
—Te quiero —sollocé, besándole en los labios, llenándole de lágrimas y mocos—, te quiero.
Me estaba mirando a mí, así que pensé que me lo pedía a mí. Pero si os digo la verdad, a día de hoy todavía no estoy seguro del todo. ¿Era a mí a quien veía? ¿Era de mí de quien necesitaba esas palabras? Yo se las había dicho muchas veces, y seguiré haciéndolo hasta el fin de mis días. No necesitaba pedírmelo.
—Cuida de él. Voy a buscar a Nun. Tenemos que traer a Solomon y al ensalmador antes de que sea tarde.
Cuando escuché hablar a Liam levanté el rostro y fijé mi vista en él, y nunca le vi tan pálido y grave como en aquel momento. Su rostro era un muro, un muro imperturbable tras el que se agitaban aguas turbulentas. Pero era imposible llegar hasta él.
Apartó los dedos de su pelo y dejó reposar la cabeza de Lot en el suelo, sobre su abrigo, que dobló adecuadamente antes de ponérselo como almohada con toda la jodida calma del mundo.
—Volveré enseguida —me dijo.
Cuando Liam se marchó, tragué saliva. Aunque Lot estaba ya consciente, Liam se había dirigido a mí todo el tiempo, no le había dedicado ni una sola palabra. Yo miré a mi pobre muñeco roto y empecé a peinarle con dedos temblorosos, abrazándole y besándole la frente, la cabeza y las mejillas, ignorándole cada vez que él se quejaba.
—Te vas a poner bien, Lot. Ya lo verás. Te pondrás bien.
Nunca le perdonaré a Lot lo que me hizo pasar aquel día.
Cuando le vi así, destrozado, indefenso y quebrado, me hizo enfrentarme a algo que yo quería olvidar. Me hizo recordar que la muerte existía de verdad, que alguna vez, antes o después, nos alcanzaría.
Veréis, hasta que uno no la ve de cerca, la muerte no es más que un fantasma, algo etéreo y que asusta pero que uno no puede concretar en su cabeza. Lo ves por la tele, lo ves en las noticias… lo ves a tu alrededor, con suerte, siempre en viejos.
Pero aquella noche en la plaza de la Catedral, cuando pensé que Lot había muerto, recordé el rostro de la muerte y lo que me hizo sentir por dentro no me gustó. Ya había perdido a Alex. No quería perder también a Lot. Pero igual que sucedió con Alex, eso no estaba del todo en mi mano.
Es difícil asumir que hay cosas inevitables en la vida. Necesitamos creer que somos dueños de nuestro destino para no sentirnos siempre débiles y vulnerables, para darle un cierto sentido a nuestra existencia. Pero la realidad es que hay cosas que nos ocurren en la vida y ya está. No siempre podemos evitarlas. Da igual las promesas que hayamos hecho, da igual lo duro que peleemos. A veces las cosas nos superan, o simplemente, no podemos pararlas. Algunos lo llaman destino. Yo simplemente creo que algunos tienen peor suerte que otros.
En mi vida ha habido muchas cosas inevitables. No pude evitar destruir a Alex, por ejemplo. Tampoco pude evitar enamorarme de Lot, a pesar de todo. Y aquella noche fui consciente de que la muerte llegaría algún día y no siempre la podríamos esquivar. Sin embargo, creo que hay algo que vale la pena detrás de todo eso. Es decir, hay muchas mierdas que no podremos evitar, hay que asumirlo. Pero eso también nos fortalece, ¿no? La forma en que reaccionamos a ellas puede hacernos más fuertes. Siempre, siempre podemos elegir cómo reaccionar.
Cuando maté a Alex, quise morirme. Mi vida dejó de tener sentido. Yo era la miseria más miserable del mundo, ¿comprendéis?, por eso me estaba dejando morir en aquella casa en la que estaban todos mis recuerdos. Quería morir de hambre, quería desaparecer con mi terrible pecado.
Después, cuando los médicos me encontraron y desperté, sucedió que mi esencia se había mezclado con la de Alex y ya no pude dejarme morir. Y si Lot se hubiera ido esa noche, si no hubiera vuelto a mirarme ni a hablarme, si hubiera desaparecido para siempre… os aseguro que no me hubiera rendido. Habría sufrido, sí, pero ya no me habría quedado tirado en el suelo esperando a que la muerte viniera a buscarme.
Le habría maldecido, me habría deprimido y luego habría salido en busca de venganza.

Ahora, después de todo lo que ha pasado, creo que las cosas inevitables nos golpean para hacernos más fuertes. Nos enseñan que no podemos controlarlo todo, es cierto. En ese aspecto, son una cura de humildad para algunos, para gente como Lot, por ejemplo. Pero también nos ponen a prueba para que podamos ser más fuertes, para que podamos demostrar que no vamos a dejar de luchar contra lo inevitable, por muy inevitable que sea. Que no nos vamos a rendir, que siempre vamos a pelear por escribir nuestra propia historia. A nuestra manera, como diría el gran Sinatra.
Aquella noche vi de nuevo la cara de la muerte, y me acojoné. Pero aun así, no aparté la mirada. Y aunque nunca perdonaré a Lot por haberme hecho pasar por aquello, también se lo tengo que agradecer.
Porque eso me preparó para todo lo que vino después.
. . .
La Ciudad sin Nombre, mayo de 1943
Nunca quiso casarse de blanco, le parecía demasiado tradicional. Tampoco quiso casarse por la iglesia. La ceremonia fue breve pero hermosa, en un registro civil decorado con azucenas y margaritas, sus flores preferidas.
Ella era guapa y joven, vestida con un traje de cóctel de color vainilla y con los labios pintados de rojo. Su sonrisa no se apagó en toda la mañana. Él era también muy atractivo y tenía esa elegancia pícara de los canallas. Llevaba un traje negro con una corbata de color blanco y una flor en la solapa.
Todos sus amigos estaban allí. Incluso Liam, aunque él miraba desde el fondo de la sala, un poco alejado de los demás, como fuera de plano.
El juez de paz pronunció las promesas que ellos habrían de repetir. No hubo votos. Elliot le había propuesto redactarlos, escribir algo bonito del uno para el otro, pero Mara no quiso. Dijo que no sabría expresarse y que le daba vergüenza.
Era una excusa. En realidad, tenía miedo. Tenía miedo de mirarle a los ojos mientras él los recitaba y saber que le estaba engañando. O peor, no saberlo y descubrirlo tiempo después, cuando le encontrara en la cama con otra. Con otro. Con quien fuera.
Siempre supo que no era para siempre. Por eso se ahorró el «hasta que la muerte os separe» de las ceremonias religiosas y todos esos romanticismos estúpidos que no tenían ningún sentido con Elliot. Él era un hombre fascinante, como deben serlo los amantes. Pero un marido no tiene que ser un hombre fascinante, sino un hombre seguro. Alguien en quien puedas confiar, que sepas que no te va a fallar. Y aunque Elliot no había fallado a Mara todavía, ella no albergaba muchas esperanzas. Era exactamente la clase de persona de quien una mujer sensata nunca se fiaría. Todas las mujeres sabían, gracias a su proverbial sexto sentido, que el amante perfecto siempre acababa siendo el peor marido del mundo.
Al fin y al cabo, no había dudado en seducir a la prometida de su mejor amigo. La pasión que ahora sentía por ella podría cambiar con facilidad. Y en cuanto a ella, no había dejado de amar a Liam.
Así eran las cosas.
Todo era una mentira.
Sin embargo, Mara no dejó de sonreír en la ceremonia, besó a su marido con pasión, lanzaron el ramo, rieron, saludaron, y en resumen, fueron la pareja perfecta.
No solo ese día. Lo fueron durante muchos años. Se les daba bien ese papel, tanto dentro como fuera de casa.
Viajaban, salían a cenar, tenían amigos… eran un matrimonio querido y envidiado por todos.
Sin embargo, por las noches, después de hacer el amor, mientras ella apoyaba la cabeza en el pecho de él y él le acariciaba su precioso pelo rubio, ninguno estaba pensando en el otro. No obstante, ambos estaban pensando en lo mismo. Y por paradójico que pareciera en un principio, aquello que debería haberles separado, aquello que despertaba la rivalidad entre los dos, fue también lo que les unió.
Pues los dos querían a Liam más que a nadie en el mundo, más incluso que a sí mismos. Y una vez pasó el tiempo, y el Maestro Ilusionista volvió a entrar en sus vidas, superando el dolor de la traición, solo entonces empezaron a ser felices de verdad.
. . .
©Hendelie y Neith

sábado, 17 de enero de 2015

¡Rebajas en el Estudio!


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¡Hola, chicos!

Como sabemos que la cuesta de enero es muy mala, que los Reyes Magos y Papa Noel nos han dejado a todos con solo las pelusas en los bolsillos, queremos haceros las cosas más fáciles durante lo que queda del mes de enero y parte de febrero, ¡y es que las rebajas han llegado a Third Kind!

Desde el día 18 de enero hasta el 18 de febrero, tanto en Amazon como en Payhip, podréis encontrar nuestros libros rebajados. Dos noches y un día a solo 1€ y Fuego y acero y El Despertar por 2€. Aprovechad la oportunidad y si no aún no habéis leido Flores de asfalto: El Despertar, o no lo tenéis en la edición de lujo, haceos con él antes de que lancemos la segunda parte: La Salamandra.

P.D: En Payhip el nuevo precio está disponible ahora mismito ¡corred insensatos! (y además en multiformato por el mismo precio :P)



viernes, 9 de enero de 2015

Flores de Asfalto: La Salamandra - Escena 26

Escena 26, toma 1
Cuando uno se imagina la guerra, siempre le vienen a la cabeza las imágenes de las películas que ha visto. Los del primer mundo somos así. Somos los afortunados, los que no hemos vivido esas cosas en primera persona, así que recurrimos al cine para intentar imaginarnos la movida. Ni siquiera rescatamos las escenas que vemos por las noticias, no. Son las películas lo que tenemos en la recámara. Te hablan de guerra y piensas en Vietnam, en la II Guerra Mundial, en la guerra de las galaxias. Te vienen a la cabeza El sargento de hierro, Apocalypse now, La lista de Schindler. A uno no le da por pensar en los pormenores. Por ejemplo, ¿cuánto tarda una guerra en ponerse chunga desde el momento en que se declara? O, ¿cómo es la guerra dentro de una ciudad?
Por eso, mientras Lot conducía a través del arrasado paisaje urbano, yo miraba a través de la ventanilla tratando de encontrar vestigios de lo que yo entendía por guerra: ejércitos, desorden social, carreras, gritos, fuego y disparos. Sin embargo, en aquella zona no había nada de eso. En aquella parte de la Ciudad sin Nombre, la guerra era extraordinariamente civilizada, al parecer.
Avanzábamos por las callejuelas de la antigua zona industrial reformada en barrio residencial en dirección hacia el noreste, hacia el aeropuerto. Lot conducía igual de rápido que siempre pero mucho más relajado ahora que no tenía que respetar semáforo alguno. El asfalto se notaba mucho más quebrado bajo los neumáticos, el coche no avanzaba con tanta suavidad como parecía hacerlo en el otro lado; de hecho a medida que nos alejábamos del centro de la ciudad parecía estar cada vez en peor estado. En aquel entorno hostil y desalentador, empecé a preguntarme toda clase de cosas absurdas, como de dónde sacaba Lot la gasolina, o dónde planchaba los trajes. Llevábamos las maletas en el maletero y a Brando sobre mis rodillas. El gato estaba en perfecto estado, aunque de vez en cuando erizaba el lomo al mirar por la ventanilla. También me pregunté dónde hacían la comida para gatos en la Ciudad sin Nombre.
Al girar en una rotonda, entre dos edificios medio derruidos que se apoyaban el uno en el otro, vi pasar a una singular procesión que interrumpió mis reflexiones: un esclavista avanzaba despacio, caminando sobre las largas patas que recordaban a una araña, guiando a su particular cosecha. Tenía la cara muy blanca y los ojos completamente negros. Su rostro era el de un ser humano sin nada de pelo en la cabeza ni en las cejas, un rostro bastante agraciado, curiosamente. Su torso también parecía normal, así como sus brazos. Pero tenía ojos redondos y oscuros en las sienes, como de insecto, y debajo de su cintura estrecha se abría un abdomen arácnido del que brotaban las patas. Las dos piernas humanoides colgaban, deformes y retorcidas, cubiertas por jirones de tela, como órganos vestigiales sin utilidad alguna. Hombres y mujeres envueltos en telas de brillante hilo blanquecino le flanqueaban, y sus ligaduras, que eran tan débiles que podrían romperlas con un levísimo esfuerzo, parecían riendas cuyo extremo sujetaba el monstruo. Daban pasos inseguros y lentos, con los ojos vacíos y resecos fijos en la nada. Estaban despeinados, sucios. Su piel tenía un color insano.
Parecía un macabro desfile circense.
—Les lleva a los almacenes —dije, pensando en alto—. Ya están desalojando esta zona. Pero aquí aún no sucede nada. ¿Crees que los disturbios llegarán a todas partes?
—No lo sé —respondió Lot—. Imagino que no. Los Vigilantes se atrincherarán en sus territorios, así como los Desvelados. Habrá enfrentamientos en las áreas en disputa y tal vez algún asalto a las bases. Es lo habitual en la primera fase de un combate: asegurar los territorios para no perderlos con facilidad.
Le miré de reojo.
—¿Has luchado en muchas guerras?
—Solamente en una.
Recordé el uniforme que me había puesto aquella noche para salir de caza y lo que luego me había contado sobre ello. Al pensar en su pasado y en la guerra, inevitablemente acabé pensando en Liam. Tragué saliva, pero no dije nada. Le miré de soslayo, buscando la forma de llegar hasta él sin agresividad ni afrenta. Era la única manera de hacerle cambiar de opinión.
Entonces recordé la luz y las estrellas en el cielo. Recordé lo que había sucedido en la plaza de la iglesia y supe que ni siquiera él podía permanecer ciego a eso.
—¿Cómo es París? —pregunté, vislumbrando el camino a seguir.
—Es bonito. Te gustará. Hace sol y hay flores, y toda clase de cosas hermosas: el Sena, los puentes, las farolas… los prostíbulos…
Lot esbozó media sonrisa. En sus ojos vi con claridad que trataba de aferrarse a sus mentiras ya rotas con una tenacidad absurda. Había dejado de creerse su propio personaje, por lo que yo ya tenía medio trabajo hecho: solo tenía que darle un último empujón para que todo se derrumbara y bajase del escenario, dejando la máscara a un lado. Sin embargo, tenía que ser cauto. Tratar con Lot era como tratar con animales asustados. Si le presionaba, podría reconstruir una barrera usando sus propios escombros sólo para defenderse de lo que consideraría un ataque. Además, sabía que no serviría de nada suplicar ni razonar. Tenía que meter la jodida idea en su cabeza de forma natural, llevarle hasta ella de forma que no se sintiera amenazado y finalmente, no pudiera huir de la verdad por más tiempo. Así que seguí urdiendo, tanteando el terreno, buscando una grieta por la que entrar.
—¿Y las noches?
—Son claras. Despejadas.
—¿Se pueden ver las constelaciones?
—Sí, claro. Pusimos las del cielo de primavera. Según la época del año se pueden ver unas u otras, por la posición de la tierra con respecto a… bueno, ya sabes.
—¿Y siempre es primavera?
—Sí. Siempre.
Asentí con la cabeza, arrellanándome en el asiento.
—Imagino que tendríais que copiarlas de algún libro. Aquí nunca se ven las estrellas… bueno, casi nunca. Esta noche las hemos visto, y creo que no es la primera vez que sucede. Otras veces se despeja un poco la niebla en algunas zonas y se puede atisbar un rayo de luz, ¿sabes?
Lot no respondió. Parecía concentrado en conducir. Pero sus ojos de cristal ya no eran inexpresivos y ahora podía ver en ellos la contradicción, la lucha interior que mantenía. Seguí hablando tranquilamente, como si no fuera consciente del efecto que mis palabras causaban en él.
—Momentos como aquellos son los que Alex captó durante toda su vida, aunque él no lo sabía. Es curioso. Después, cuando revisé sus fotos en este lado, más allá de la ilusión, vi lo que realmente había fotografiado y me quedé sin habla.
Iba a seguir, pero guardé silencio. Si lo dejaba ahí, tal vez preguntaría. Fingí mirar por la ventanilla. La guerra quedaba a nuestra espalda, mientras fingíamos que se podía huir de ella.
—¿Qué fue? —dijo él entonces.
—¿Qué?
Siempre se me ha dado bien hacerme el tonto. Ese día, mi talento llegó al nivel de maestría, os lo aseguro. Le miré con una expresión de incomprensión tan convincente que me lo creí hasta yo. «¿Quién es el mejor mentiroso ahora?».
—Que qué fue lo que realmente había fotografiado Alex.
—Ah. Pues eran escenas en esta ciudad. En la ciudad real, ¿sabes? Y era hermoso. Instantes de luz. Un durmiente sentado en un banco con el reflejo de un cristal quebrado haciendo claroscuros en su rostro, una hoja seca venida de quién sabe dónde, una pluma de pájaro, una flor… creo que has visto algunas de esas, ¿no? Las tenía por casa.
Él asintió con la cabeza. Tras una pausa, continué.
—Nunca había visto el cielo hasta hoy. El cielo real, quiero decir. El de verdad. Es emocionante.
Dejé transcurrir de nuevo unos segundos.
—Creo que merece la pena morir por eso.
Entonces, ocurrió. Lot dio un volantazo y las ruedas chirriaron, luego echó el freno de mano, haciendo que el vehículo diera una vuelta de ciento ochenta grados antes de detenerse con un fuerte olor a goma quemada junto a un arcén lleno de basura. Brando bufó y me clavó las uñas al erizarse, saltó al asiento trasero y se agazapó entre los abrigos, enfadado. Yo tenía la mano en la ventanilla del cristal y jadeaba un poco a causa del sobresalto. Iba a reprocharle algo, pero no me dio tiempo. Lot golpeó el volante con ambas manos y luego se las pasó por la cara en un gesto de desesperación. Se echó hacia atrás, cerrando los ojos y respirando profundamente por la nariz. Igual que un toro.
Escuché un sonido peculiar, como de maquinaria: el tic tac de los engranajes que hacían funcionar sus órganos, el ruido del aire entrando y saliendo de sus pulmones artificiales.
—¿Sabes? Se equivocaron contigo —me dijo entonces. Pensé que estaría enfadado, pero no era así. En su voz había resignación—. Deberías ser un esclavista. Tienes habilidades innatas para la manipulación.
—No son innatas —repliqué, intentando no sonar agresivo—. He tenido que aprender para convivir contigo, aunque realmente no te estoy manipulando. Sólo he comentado que hay cosas que merecen la pena. El resto, las conexiones, eso lo has hecho tú, y has hecho las conexiones porque sabes que tengo razón. No es que sea fácil precisamente llegar hasta ti, Lot Anders.
No quería enfadarle, pero aun así, estaba harto de no decir lo que pensaba, de no ser yo mismo. Ya había tenido bastante de eso. Sorprendentemente, Lot se echó a reír. Luego se pasó los dedos por el pelo y sacó la pitillera, colocándose un cigarro entre los labios. Lo encendió con desinterés.
—Estoy cansado. —Su tono de voz ratificaba sus palabras—. Cansado de luchar contra esto. Contra vosotros y contra mí mismo. ¿Quieres saber la verdad? No quiero esa estúpida guerra, pero tampoco quiero dejar a Liam atrás, ni vivir escondido… no quiero obligarte a eso.
Aquella última afirmación pareció extrañarle, y a mí también me sorprendió. Lot adoraba obligar a la gente a hacer lo que él quería. Me pregunté si se estaba redescubriendo a sí mismo, ahora que la salamandra volvía a estar donde debía y su corazón había ocupado el lugar adecuado.
—No dejo de pensar en mi padre.
Parpadeé, escuchándole. Había pasado todo el camino en silencio, y ahora, de pronto, las palabras salían de él con un tono fatigado. Tal vez él también estaba harto de no ser él mismo.
—Mi padre era un buen hombre. Soñaba con algo mejor para todos y le pegaron un tiro en la sien. Esa es la clase de cosas que uno no olvida, algo que puede convertirte en un valiente o un cobarde el resto de tu vida. Pero no quiero justificarme. —Dejó transcurrir unos segundos, con la mirada fija en la nada al otro lado del parabrisas—. Muchas veces me pregunto qué estaba haciendo en realidad que molestaba tanto a quien fuera. A veces pienso que fue la Organización quien acabó con él. De hecho he llegado a estar bastante seguro de que fueron ellos, y sin embargo, aquí estoy… con un maldito pie a cada lado del fuego. —Hizo una nueva pausa y dio una profunda calada. El cabello se le había desordenado y le caía sobre la frente. Nunca le había visto ser tan humano, aunque últimamente ese pensamiento se repetía con frecuencia en mi mente. Porque cada vez parecía más humano—. No se puede estar así eternamente. Y yo llevo más de un siglo. No está mal, ¿no? Pero en fin… el caso es que no dejo de pensar en mi padre, en lo que él hubiera hecho, en lo que pensaría… y en mi madre. Ella no parece muy heroica, pero cuando mataron a mi padre, ella siguió adelante. Se tragó su dolor y su venganza y siguió adelante. Luchó con todas sus fuerzas, por ella y por mí, y hasta ahora siempre había pensado que fracasó. Pero ahora me doy cuenta de que no lo hizo, porque yo sigo aquí… y eso era todo lo que ella quería. Que sobreviviera.
Me miró con una media sonrisa sin humor.
—Es lo que todos queréis. Que sobreviva. Que tome decisiones. Que luche. Que me labre mi propio camino y me involucre en lo que me rodea, con la gente, con el mundo. —Suspiró, exhalando el humo gris, y volvió la vista hacia delante—. Que forme parte del mundo. Es lo que Liam espera de mí y también lo que tú esperas. Mara también lo esperaba, al menos en cierta medida. Y ahora que lo pienso, es lo que hace la gente normal cada cochino día. Formar parte del mundo, luchar en él… luchar para nada. Porque están en la ilusión, y todo lo que combaten ahí dentro son guerras vanas, estériles. Como encender un videojuego y disparar a un montón de píxeles. Si tuvieran la ocasión de luchar así en la realidad, la Organización no tendría nada que hacer, y lo saben. Por eso en la Ilusión no les damos vidas fáciles. Les damos vidas en las que hay que luchar y poner energías, porque así no se hacen más preguntas, porque así están preocupados por esos conflictos irreales e inexistentes y no pueden ver lo que tienen alrededor, ¿entiendes? El que tiene que pelear por lo que quiere, siente que está viviendo de verdad. La existencia está ligada al conflicto, la única paz es la muerte.
Hice un gesto de extrañeza ante semejante afirmación, sin saber dónde quería llegar con todo eso.
—Dices que hay cosas por las que merece la pena morir. Puede ser. Yo no creo que merezca la pena morir por nada, sinceramente. Morir es una cosa bastante grave y sin solución aparente, así que es mejor no hacerlo siempre que pueda evitarse. Sin embargo… y aunque suene contradictorio, sé que hay cosas sin las cuales no vale la pena vivir. Y esta vida… —hizo un gesto alrededor, con la mano abierta—, esto… esto no vale la pena sin conflicto, sin gente que luche para cambiarlo. Yo no quiero ser una de esas personas. Pero tampoco quiero que dejen de existir.
Lot, como siempre, dando vueltas alrededor de las cosas para no abordarlas directamente ni tomar una maldita decisión.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que todos tenéis razón —admitió a regañadientes—. A veces uno tiene que ser una de esas personas, joder. Aunque sólo sea por un rato.
Suspiró y volvió a encender el motor. Cuando dimos la vuelta y pusimos rumbo hacia el centro de la ciudad, mi corazón empezó a latir furiosamente. Me arrojé a su cuello y le rodeé con los brazos, plantándole un beso en los labios y otro en la mejilla. Él me apartó, refunfuñando, quejándose de las arrugas del traje y de otras cosas que no me tomé la molestia de escuchar. Estaba demasiado feliz.
—¡Te quiero! —exclamé.
—Y así nos va —respondió él, resignado.
Sin embargo, la angustia en su mirada desapareció y supe que ahora sí, estábamos en el buen camino.
***

Escena 26, toma 2
Al avanzar en la dirección opuesta, comencé a entender la forma en que se desarrollaba el combate en la ciudad. Como acertadamente había indicado Lot, las facciones en discordia que tenían algo que defender se preparaban, atrincherándose en sus territorios, listos para proteger a los suyos. La Organización, por el contrario, se desplegaba como una mancha de aceite por toda la ciudad.
Mientras los esclavistas guiaban a los Durmientes hacia lugares seguros, los equipos de asalto se preparaban para desencadenarse. No se trataba sólo de los satures. Los satures, al fin y al cabo, son bestias en todos los sentidos de la palabra. Son monstruos monstruosos, aunque parezca una obviedad. Pero los agentes son mucho peores. Liam me explicó una vez que los agentes fueron humanos, y al igual que ocurría con los ilusionistas, firmaron un pacto. Lo que los corruptores hacen con los agentes no es como lo que hacen con los ilusionistas, no les optimizan. No les ponen chismes de cyborg, ni engranajes, ni piezas robóticas ni nada así, no les riegan con barniz para mejorar su durabilidad ni hacerles más resistentes. Lo que hacen con ellos es una corrupción directa: enfermarles el alma. Las mierdas que les inyectan alteran sus cerebros y sus neuronas y les vuelven psicópatas maníacos y homicidas. Alimentan sus deseos más oscuros, sus pasiones más negras. Les convierten en sádicos mentalmente perturbados, pero capaces de respetar la jerarquía y seguir órdenes. «El hombre es un ser creativo —me dijo Liam—, las pesadillas, no. Por eso les viene muy bien tener agentes, porque hasta corruptos siguen teniendo esa habilidad propia del ser humano para resolver problemas e inventar soluciones. No es que un satur sea tonto, pero el satur se mueve por instinto y a veces ese instinto le gana la partida ante rivales que no se dejan llevar por el miedo, que es su mayor baza. El agente, por el contrario, no tiene ese punto débil».
Desde siempre, había sentido más rechazo por los agentes que por ningún otro miembro de la Organización. Los satures provocan miedo a todo el mundo, las rémoras damos asco. Pero los agentes son repulsivos. Nadie quiere juntarse con ellos, y ellos no se juntan con nadie. Casi como los ilusionistas, pero con la mitad de estilo que ellos. Por eso, cuando a medida que nos acercábamos al centro urbano empecé a ver los coches negros de cristales tintados, sentí una molestia inmediata. Normalmente, el tráfico en la Ciudad sin Nombre es un goteo inconexo. Pero a la altura del barrio de las Letras, comenzamos a ver coches negros de este tipo, los vehículos oficiales de los agentes de la Organización.
Un par de ellos se acercaron a nosotros, como bestias de metal oscuro.
—Agáchate —me indicó Lot en cuanto vio aproximarse al primero.
Obedecí sin discutir, con el corazón latiéndome fuertemente. La cercanía de esos vehículos, que no hacían ruido y parecían avanzar con la lentitud de una larva empachada y mirarme con sus faros me provocaba inquietud. Me escurrí hacia abajo en el asiento y me encogí. Lot me echó un abrigo por encima para cubrirme del todo a sus ojos, y momentos después sentí que algo cambiaba en el aire.
Nuestro coche se detuvo. Percibí el zumbido de la ventanilla al bajar y el ronroneo silencioso de un motor de alta calidad. Luego, una voz desconocida habló desde el otro lado de la puerta del conductor.
—Identificación, por favor.
Era una voz amable, aunque fría. Lot se removió a mi lado, escuché el susurro de la tela de la chaqueta y luego le oí responder con una voz que no era la suya pero que me resultaba extrañamente familiar.
—Bonita corbata —decía—. Un poco sosa para mi gusto.
—A los ilusionistas todo os parece soso —replicó la voz fría—. Puede continuar, señor Weiss.
La mención de ese apellido me hizo estremecer. La voz que Lot estaba usando… Nuestro vehículo se puso en marcha de nuevo, me asomé por debajo del abrigo y le miré. No era Lot. Bueno, no parecía Lot. Cabello rubio y muy corto, aspecto de hooligan… «¿Le has contado ya a Lot Anders la buena pieza que eras?». Ariel. Lot había usurpado el aspecto de Ariel Weiss, el ilusionista a quien yo había… devorado.
—Ya puedes salir.

El aire se agitó alrededor del rostro de mi amante y para mi alivio volvió a ser él, con su pelo negro y sus ojos naranjas. Me quedé mirándole con cierta fascinación. Nunca dejaba de sorprenderme, no podía acostumbrarme a esas cosas.
—¿Quiénes eran esos tipos? —pregunté, mientras miraba alejarse los vehículos negros.
 —Los jefes de la zona. Tenemos que ir con cuidado a partir de ahora.
Asentí en silencio y miré a través de la ventanilla. Aquí, cerca de las calles principales, ya se apreciaban cambios en el paisaje. Entre las ruinas de los edificios percibía movimientos, sombras. De vez en cuando, veía brillar algo parecido a los ojos de los gatos; a la tercera o cuarta vez comprendí que era el reflejo de las gafas en las máscaras de gas de los Desvelados. Tragué saliva.
—¿Hacia dónde estamos yendo?
Era una pregunta básica, una que tenía que haber hecho desde el principio. Pero no se me había ocurrido hasta ese momento.
—Hacia donde está la acción.
Me miró con una media sonrisa traviesa y pisó el acelerador. Las calles empezaron a moverse a toda velocidad, discurriendo ante el cristal de la ventanilla como una película demasiado acelerada, mientras nos dirigíamos hacia el centro de la ciudad, con los altos edificios de la Organización, los ventiladores y la espesa niebla ocre arremolinándose, más densa que nunca, como si quisiera engullirlo todo.
Al llegar al centro, vi a un grupo de cinco Desvelados patinando en nuestra misma dirección; Lot les esquivó y ellos nos miraron a través de las máscaras. Tenían los ojos fríos y ardientes al mismo tiempo, ojos de animal furioso. Llevaban armas sobre los hombros, en los cinturones. No sólo armas de fuego, también cuchillos oxidados, bates de béisbol, trozos de tuberías. Sus atuendos estaban compuestos por una mezcla útil de restos de equipaciones de fútbol americano, trozos de plástico, protectores de cuero y de metal y guantes gruesos. Un par de ellos llevaban largos abrigos raídos y gorros de lana. La ciudad era fría, inclemente con los que vivían despiertos, y ellos lo sabían bien. Mientras les dejábamos atrás, pensé en ellos, en los que se hacían llamar la Resistencia, y me pregunté cómo serían sus vidas. ¿Tendrían dudas, flaquearían, se habrían arrepentido alguna vez? Seguro que sí. Seguro que a veces se van a dormir deseando no volver a despertarse nunca. Seguro que muchas veces lloran a solas. Algunos se habrán suicidado.
Estaba sumido en estas reflexiones tan siniestras cuando, al llegar a un cruce, un montón de bidones en llamas nos obligó a subir a la acera quebrada y reseca. Al hacerlo, vi a un durmiente convulsionando sobre el suelo de una tienda con el escaparate reventado. Sobre él, una rémora bebía mientras un satur tiraba de una de las piernas, que tenía atrapada entre las fauces. Brotaba sangre de la carne desgarrada. Aparté la mirada a toda prisa.
Más adelante, empezamos a escuchar los disparos, los rugidos y los gruñidos. En el centro, las balas silbaban de unos edificios a otros, haciendo estallar los cristales y agujereando el hormigón. Vimos a un comando entero de agentes tiroteándose con un grupo de la Resistencia cerca de una de las torres. Mientras los agentes trataban de abatir a los tiradores Desvelados, un grupo más pequeño se acercó por detrás y les emboscó. Cuando tomamos una curva, les dejamos atrás y lo último que vi fue a tres Desvelados moliendo a patadas y a golpes a un agente tendido en el suelo.  
Más adelante, cuando estábamos a punto de tomar la calle hacia el Barrio Viejo, hubo una persecución ante nuestro vehículo: un esclavista arrojándose sobre una chica que se defendía con un largo bastón tallado. Ella tenía los ojos muy brillantes y no lucía el aspecto demacrado de los Desvelados. Además, estaba sola y tenía algo luminoso en su semblante, así que enseguida deduje que se trataba de una Vigilante. Vestía ropa deportiva y llevaba el pelo recogido. Intercambiaron unos cuantos golpes, en una escena similar a la de un duelo de artes marciales. Finalmente, el esclavista la golpeó con una de las largas patas y la proyectó dos metros hacia atrás. Luego saltó sobre ella para envolverla con esos malditos hilos blanquecinos, mientras la muchacha forcejeaba para tratar de escapar y recuperar su arma.
Miré a Lot. Le hice un gesto insistente con la cabeza, pero él no me hizo caso.
—¿No vamos a ayudarla?
Pero él pisó el acelerador y dejamos atrás al esclavista y a su presa.
—¡Lot!
—Soy un proscrito —me dijo él con firmeza—. Hemos conseguido pasar desapercibidos hasta ahora. ¿Sabes lo que pasará si me descubro delante de un puto esclavista, nene? Que en el preciso momento en que él me vea, toda la Organización recibirá la imagen y sabrán que hay un Ilusionista del lado de los Vigilantes. ¿Es eso lo que quieres?
—Un ilusionista más —puntualicé, resignado—, no eres el único, ¿te has olvidado de Liam? Total, seguramente ya lo saben. Por cierto, deberíamos encontrarle.
Me sentí mal por no estar más preocupado, pero a decir verdad, no estaba inquieto por Liam. Él era para mí una especie de superhéroe. Le había visto llegar a la plaza la otra noche con el rifle al hombro y toda la seguridad en sí mismo que da la autoridad, le había visto desplegar su magia allí, y también alrededor de mi casa… de la casa de Alex, mejor dicho. De alguna manera, en mi cándida mente imaginaba que Liam era invencible, todopoderoso. El mejor de entre nosotros.
Pero, ¿y si me equivocaba?
—Liam se las sabe apañar bien —dijo Lot, como si hubiera sido capaz de leer mis miedos—. No le pasará nada. Aun así, será mejor que nos reunamos con él.
—¿Cómo? No sabemos dónde está.
—Le encontraremos, no te preocupes.
—¿No deberías llamarle por teléfono?
—No quiero alertar a la Organización. Interceptarán la llamada.
—No creo que ahora mismo a la Organización le preocupen las llamadas de teléfono —insistí.
—Seguramente no. Pero mejor no arriesgarse.
—No entiendo cómo estás tan seguro de que vamos a encontrarle, la ciudad es enorme y seguro que hay muchos enfrentamientos, creo que deberíamos…
Pero en ese momento, pude distinguir a lo lejos el Barrio Viejo y cuando me fijé en lo que allí estaba sucediendo, las palabras se me marchitaron en los labios.
El vehículo avanzaba hacia allí, íbamos directos hacia la zona enemiga, aunque ahora que ya no éramos parte oficial de la Organización, no estaba seguro de poder llamarla así. De vez en cuando se veían brotar, desde las plazas y las callejuelas, destellos de luz azul, dorada, blanquecina y plateada, acompañados de fuertes vibraciones que parecían distorsionar hasta el aire. Cada uno de esos resplandores me helaba la sangre en las venas. Disparaba todas mis alarmas.
Eran los Guardianes y sus espadas, una parte de mí lo sabía con certeza aterradora… al igual que sabía que, en cuanto me vieran, acabarían conmigo sin vacilar.
—Lot…
Me encogí en el asiento y le aferré el brazo con la mano. Pero él se limitó a mirarme de reojo con cierta mala leche.
—¿Qué? ¿No es esto lo que querías?
No pude decir nada esta vez. Volví a mirar. Sobre los tejados, frente a nosotros, se movían las sombras. Eran figuras estáticas, quietas: los awen. No podía escuchar aún su canto, pero de alguna manera, sabía que estaban cantando. A pesar del miedo, bajé la ventanilla, fascinado sólo por sus siluetas, que apenas percibía recortándose en la distancia.
El canto de un awen no se parece a nada de lo que haya escuchado nunca. Se abre paso como una cuchilla, como una nota argéntea y plateada a través del ruido asfixiante de la ciudad… y es entonces cuando uno se da cuenta de que ese ruido existe. Parece que sólo la voz de un awen es capaz de ponerlo en evidencia, de tan acostumbrados como estamos.
No, el canto de un awen no se parece a nada. Su música no tiene letra conocida, y cuando la tiene, se trata de palabras que nadie salvo ellos pueden entender. Son notas sostenidas, limpias, que van variando poco a poco y cuyo sentido no se comprende hasta que no se ha escuchado la melodía completa. Lo que provocan no es porque su música sea hermosa, que lo es. Cuando hay varios awen cantando al mismo tiempo, se forman armonías increíbles. Y esas notas tocan algo dentro de uno, algo que nos cambia por dentro y que produce reacciones ajenas a nuestra voluntad y a nuestro instinto. Alimentan el espíritu y lo sintonizan.
Un awen puede paralizar temporalmente a una Pesadilla, confundirla o dormirla. Un awen puede despertar a los durmientes a través de una inspiración que a día de hoy nadie ha sido capaz de explicar.
Aquella noche, en el Barrio Viejo, cuatro awen estaban cantando juntos mientras los cables zumbaban, los ventiladores gemían y el cielo y la tierra crepitaban. Eran dos chicas y dos chicos, a juzgar por sus timbres de voz. Los acordes fluctuaban formando armonías mágicas, provocándome ganas de llorar y de rendirme al destino, todo a la vez. Me sentía indigno y vil al escucharles. Eran voces de cristal puro, y ante su maravillosa música, ni siquiera me atrevía a hablar. Lot también conducía en silencio a través del puente. Lo reconocí: era el puente que había cruzado aquella vez, el puente en el que Saúl vino hacia nosotros, el día en que Lot me dijo que huyera. El recuerdo me conmovió profundamente y, sin saber por qué, alargué la mano y la puse sobre la suya, en el volante.
Él me miró, seguramente sin entender.
Entonces, justo antes de atravesar el puente, vimos la figura avanzando hacia nosotros y se me detuvo la sangre en las venas. Esta vez no era Saúl, se trataba de un Guardián. Nos habían visto.

Escena 26, toma 3
Lot hundió el pie en el freno y casi nos quedamos pegados al asfalto. Estaba aferrado al volante cuando el Guardián se nos acercó y abrió la puerta. Solo sus brazos desnudos y musculosos estaban a la vista. No podía verle la cara, estaba cubierto por la oscura caperuza. Al fondo de la negra oscuridad del embozo veía brillar dos ojos como dos llamaradas de color verde.
—Salid.
Su voz era como un trueno en la distancia. Parecía tener ecos dobles y había en ella una autoridad que no se podía contradecir. Me costó mucho apartar los ojos de su imagen, y cuando al fin lo conseguí, los volví hacia Lot, que disimulaba lo mejor que podía el pánico. Soltó los dedos del volante y salió del coche, colocándose la chaqueta instintivamente. La brisa le desordenó los cabellos. Nunca le había visto ser tan obediente, ni tampoco estar tan callado.
—Tú también —dijo el Guardián.
Pero yo no podía moverme, estaba paralizado por el terror. Sin más, el tipo metió medio cuerpo en el interior del coche, me agarró de la camiseta y del cinturón y me sacó como si fuera un fardo, dejándome de pie en el suelo mientras yo me encogía, aterrorizado, pensando que me iba a matar allí mismo.
No esperaba que Lot interviniera en mi ayuda. Él estaba tan acojonado como yo. Los dos mirábamos al suelo, inmóviles, a la expectativa, como quien aguarda la sentencia de un juicio. Entonces, el Guardián dijo:
—Os podéis considerar afortunados.
Y  nos dejó allí, alejándose unos pasos, vigilante, con la mano derecha extendida a un lado del cuerpo. Sus dedos brillaban con un resplandor glauco y me pareció ver una fina línea de luz aterradora brotando de ellos, casi invisible.
Yo me sentía al borde de la crisis de ansiedad. La presencia de aquellos seres afectaba profundamente a todos mis nervios, me hacía querer ser diminuto e invisible y que todo sucediera rápido.
Entonces, me di cuenta de que Nun estaba allí. La chica del pelo rosa llevaba una sudadera con capucha y gafas de sol, y se nos acercó con las manos en los bolsillos.
—¿Esta es tu idea de una bienvenida? —dijo Lot, recuperando el habla.
Ella se encogió de hombros y respondió alargando las vocales, con aire teatral y fingidamente misterioso.
—Sabía que vendrías —Luego nos dedicó una sonrisa, y era la sonrisa más luminosa y agradable que había visto en mucho tiempo—. Me alegro de que estéis aquí.
Le devolví el gesto mientras me recuperaba del devastador efecto que había tenido sobre mí el Guardián.
—¿Cómo van las cosas? —preguntó Lot.
—Estamos buscando a Liam —intervine yo, rápidamente.
Nun asintió con la cabeza y nos hizo un gesto para que la siguiéramos. Lot se paró un instante junto al coche para coger su bastón y la caja de Pandora, donde guardaba todo lo realmente importante. Yo cogí en brazos a Brando, temeroso de lo que pudiera sucederle. No quería dejarle solo. Luego echamos a andar tras ella. La plaza de los limoneros estaba en un estado lamentable, con todo el embaldosado hecho polvo a causa del combate de la otra noche. En cada bocacalle había unos cuantos guardianes de rango menor, prestos a detener cualquier invasión. En los tejados, los cuatro awen parecían cuatro deidades exóticas, allí parados sin hacer aparentemente nada. Desde las calles adyacentes llegaban ruidos estremecedores: deflagraciones de energía, siseos, pequeñas explosiones, sonidos similares a los de los truenos o los relámpagos y fogonazos de luz, carreras apresuradas y algún que otro grito con ecos amplificados.
La situación, además de la presencia de tantos Vigilantes, me estaba poniendo muy nervioso, y sospeché que Lot tampoco estaba cómodo. No estábamos programados para eso.
—Hemos habilitado la catedral como santuario. Hay algunos durmientes allí, y también chicos de la Resistencia. La mayoría de los Guardianes están cerca de los accesos a los corredores, preparándose para impedir que abran las puertas.
—Dime que tenéis un plan —dijo Lot.
Ella asintió con la cabeza.
—Claro. Es decir, yo en concreto, no. Pero mis superiores sí, estoy segura. Si no, no estarían dando órdenes tan tranquilos.
—Ya.
Por la forma en que Lot la miró, entendí que no tenía ninguna confianza en ello.
—¿Y Liam? —insistí yo.
—Está en la plaza de al lado, luchando.
—Vamos con él —dije sin pensar.
—¿Estás loco? No podemos entrar en combate así. Hay que ver cómo está la situación, localizarle, armarnos… —Lot miró alrededor y después a Nun—. ¿Podemos subir al campanario? Desde allí podremos hacernos una idea.
Ella se encogió de hombros.
—Supongo que sí. Estáis aquí con permiso, así que…
—¿Con el tuyo? —pregunté yo, alzando las cejas.
—No, qué va. Si yo ni pincho ni corto. Esto es cosa de arriba, creo. O de Caleb.
—¿Quién es Caleb? —inquirió Lot, extrañado.
Nun iba a responderle cuando, de pronto, se escuchó un sonido profundo y grave procedente del otro lado de la plaza. Los ojos de Lot se abrieron desmesuradamente y Nun se dio la vuelta a toda prisa. Yo quise gritar, pero no brotó sonido alguno de mi garganta. Una forma oscura, sombría, seguida de un haz de humo negro, se precipitaba hacia nosotros girando en el aire. Tenía forma de media luna, y no tuve que pensar para averiguar lo que era. El recuerdo me golpeó con la fuerza de una bofetada.
«Una Guadaña. Verdugos. Hay Verdugos aquí».
Brando se erizó, bufó y salió corriendo de entre mis brazos. Antes de que yo pudiera reaccionar, la imagen de Nun pareció distorsionarse, como si estuviera desenfocada por un instante.
—Detrás —dijo, casi de inmediato.
Lot golpeó entonces con el bastón en el suelo y levantó una mano, moviéndola hacia un lado, como si extendiera una pátina transparente frente a nosotros justo en el momento en que el aterrador objeto nos alcanzaba. La Guadaña se desvaneció en el aire y surgió de nuevo detrás de nosotros, rajando el coche de Lot, que se partió por la mitad con el gemido del metal al romperse.
—Con lo que me gustaba ese coche —refunfuñó Lot, resignado—. Me podías haber avisado de eso.
Nun no le hizo el menor caso, ahora había cosas más importantes de las que ocuparse. Nos apremió con un gesto.
Mientras nos movíamos, el Guardián que nos había recibido salió corriendo hacia una bocacalle ahora vacía, buscando al dueño de la guadaña. El haz de luz brillante de su mano se prendió con una llamarada verde. Yo me tapé los oídos y me encogí sobre mí mismo, aterrado.
—Maldita sea, ¿tienen que hacer eso siempre? —exclamé con rabia. Estaba harto de que me asustaran todo el tiempo.
—Han roto las defensas ahí delante. Rápido, daos prisa.
Finalmente, entramos en la Catedral.
El interior del edificio estaba ocupado en su mayor parte por los refugiados. Eran durmientes, hombres y mujeres en estado de letargo que se apiñaban en los bancos y contra la pared, amontonados en los rincones, inmóviles como si les hubieran sedado. Aún estaban entrando algunos de ellos; los desvelados les llevaban del brazo y les sentaban, manejándoles con delicadeza, como si pudieran partírseles los huesos. Igual que los ancianos de un geriátrico. Hice una mueca y aparté la mirada. No me había importado alimentarme de la gente al otro lado, era lo que tenía que hacer, estaba programado para eso. Y además, era agradable. Pero aquí las cosas eran muy distintas.
—Es al fondo, por ese pasillo —dijo Nun.
Seguí los pasos de Lot hacia uno de los corredores que había en la pared del fondo de la catedral, junto al sagrario, echando un vistazo a la amplia nave de la iglesia. Me recordaba vagamente a una caverna, con sus techos altos y los adornos en las columnas. Intenté identificar el estilo, pero no tuve éxito. Algunas partes parecían muy antiguas, otras eran claramente mucho más modernas pero de alguna manera, todos esos estilos distintos encajaban bien. No sé cómo explicarlo. No era como amontonar mucha comida en un mismo bocadillo y punto, no. Era alta cocina.
Las velas estaban encendidas y tras el altar no había crucifijo, sino una especie de rueda solar con rayos ondulados que salían en todas direcciones. El resplandor dorado de los cirios la hacía brillar. Me di cuenta de que no había símbolos religiosos dentro, al menos no los que yo conocía: ni vírgenes, ni cruces, ni nada.
Al abandonar la nave, ascendimos por una escalera de caracol que parecía subir hasta el mismo cielo, porque no acababa nunca. Cuando finalmente llegamos al extremo, Lot empujó una trampilla y salimos al exterior de la torre. El campanario estaba cubierto por un tejado puntiagudo y alto, con arcos de medio punto que se abrían en los cuatro extremos de la torre cuadrada y adornada con pináculos a ambos lados. En este lugar parecía gótica, aunque también podía ser modernista.
—Bueno, ya estamos aquí.
Lot se encaramó al alero del tejado, saltando a través de uno de los vanos como si tal cosa. Le miré como si estuviera loco. Luego, intentando no marearme a causa del vértigo, eché un vistazo a lo que estaba sucediendo más allá de la plaza y vi a lo lejos los fuegos rojos ardiendo en el centro financiero y en los límites del Barrio Alto, escuché el sonido de los disparos. Entonces, de golpe, un zumbido cesó y las luces de la ciudad se apagaron, todas a la vez. Solo quedó iluminado el Aaru, con sus cúpulas brillantes, la vieja cárcel y el Barrio Viejo.
Aquella oscuridad me acojonó más de lo que lo había hecho nada hasta entonces. Sí, así debía ser la guerra.

Escena 26, toma 4
A veces, uno tiene que ser un héroe. Él no quería serlo. No quería ser nada, no quería tener nada que ver con toda esa mierda en realidad. Pero hay cosas sin las cuales no merece la pena vivir y mientras observaba la situación de la batalla, comprendió por qué estaba allí.
Hay personas que tienen que estar en este mundo. Deben ser protegidas. Son portadoras de luz, y en una ciudad como esta, la luz es un bien muy preciado.
Durante toda su vida natural y su existencia en la Organización, Elliot había necesitado beber de esa luz como necesitaba el oxígeno para respirar.  Su mundo era oscuro y frío, y ni siquiera vistiéndose adecuadamente y poniendo la mejor sonrisa conseguía sacar esa gélida tiniebla de su corazón. Así, todo cuanto hacía le llevaba a girar alrededor de esa luz como una polilla, ya fuera para acercarse a ella o para intentar escapar de su influjo… sin éxito. Había sido un adicto a la luz, había sufrido síndrome de abstinencia, se la había inyectado en vena, la había devorado, la había rehuido… pero ni en sus peores momentos había deseado que esa luz se apagara. La quería ahí, en la ciudad, porque sabía que era muy necesaria para todos. Era la que daba sentido al mundo: la luz de la gente buena y sencilla.
Ahí de pie al borde del campanario, finalmente localizó al Maestro Ilusionista en una de las plazas adyacentes. Por todas partes se sucedían los combates, los awen cantaban en los tejados y los Guardianes hacían vibrar sus espadas como haces resplandecientes. En un recodo había una pequeña plazuela con un parque pentagonal que disponía entre los muros de dos casas. El esqueleto de lo que antaño fueron setos aún se mantenía en pie, con las raíces bien clavadas en la tierra negra y ahora seca. También dos árboles muertos se tocaban con las ramas, y frente a los restos destrozados de una fuente de piedra, dos bancos rotos parecían sostenerse el uno en el otro. En el mundo de la Ilusión allí había dos cerezos en flor, y se trataba de uno de los muchos pequeños encantos del Barrio Viejo, uno muy poco concurrido. En el mundo de la Ilusión, allí habían estado sentados, no hacía tanto tiempo, un profesor de historia y el chico que trabajaba en el refugio de animales.
Y en el mundo real, en aquel preciso instante, Liam se acercaba a Mara con una mano extendida.
Ella sostenía la guadaña, dispuesta a atacar. Desde lejos, vio cómo el Maestro hablaba con ella, quizá intentando razonar. Razonar con un Verdugo, eso solo podía tener sentido en la cabeza de Liam. Sonrió a medias, aunque sus ojos no sonreían. Negó con la cabeza, casi resignado. Si no hubiera recuperado la salamandra, no estaría sintiendo miedo. Si no hubiera recuperado la salamandra, ahora él también podría razonar, no tendría esa otra voz interior gritándole al oído que tenía que hacer algo, que no lo podía permitir. Pero estaba tan lejos, había tan poco tiempo…
La oscuridad se concentró en la guadaña de Mara, que la alzaba, inclinándola hacia atrás. Las trenzas azules y los cables de su pelo se agitaron hacia atrás y una densa sombra pareció envolverla, como humo negro, mientras sus ojos resplandecían. Liam se inclinó un poco hacia delante, como si tuviera que hacer fuerza contra un viento intenso.
«Espero que nadie me vea», pensó Lot. No soportaría que alguien pudiera tomarle por un altruista, o algo parecido.
Rebuscó en el bolsillo de su chaqueta. Ahí estaba, el pequeño espejo que llevaba siempre encima.

Uno nunca sabe cuándo puede necesitar un espejo.
—Tengo una pregunta para ti —dijo en voz alta, sin volverse hacia Alex. No quería mirarle. Si le miraba ahora, todo sería mucho más doloroso—. Eso de que te quiero… lo tienes claro, ¿no?
—¿Qué? —La voz de Alex, la voz de Athaliah, era siempre clara y luminosa, llena de una inocencia imposible en un tipejo como él—. ¿A qué viene eso?
Lot se inclinó un poco para dejar el espejo en el alféizar, junto a sus pies.
—Bueno, tú simplemente, no lo olvides. Aunque no te lo creas, no lo olvides. Puede que algún día comprendas que es verdad.
Antes de que Alex pudiera reaccionar, golpeó el espejo con el extremo del bastón. Un fogonazo naranja se encendió en el aire, como el flash de un dispositivo fotográfico, cegándole por un momento. El joven alargó la mano, y cuando sus dedos asieron la chaqueta, suspiró aliviado.
—Lot…
Pero no era Lot. Unos ojos de color aguamarina le miraron, sorprendidos.
—¿Alexander?
Abajo, en la plaza, Mara estaba inmóvil. Las sombras la rodeaban, se enredaban en ella como tentáculos de humo turbio, negruzco. Su rostro era una máscara de furia. Una hermosa máscara a pesar de todo. Elliot Salamander se pasó la mano por el pelo y se sacudió el polvo invisible de la chaqueta, apartando los fragmentos del espejo roto a un lado.
—Hola, Mara. Cuánto tiempo sin vernos.
—Hola, lagartija —respondió el Verdugo. Su voz eran tres ecos enarmónicos superpuestos, uno profundo, uno agudo, el otro sibilino y susurrante. Todos sonaban a metal y bisagras—. Tú siempre interponiéndote entre los dos.
Lot sonrió a medias, aunque no tenía ninguna gana de sonreír.
—Alguien tiene que hacerlo.
Mara no dijo nada más. Nada quedaba ya de aquella mujer que antaño fue una gran conversadora. Sólo el monstruo vivía, furioso, torturado, hambriento y salvaje, como todos los verdugos. La guadaña surcó el aire, dispuesta a segar su vida y su alma. Y Elliot se dispuso a luchar por ellas. A veces, uno tiene que ser un poco héroe, pero tampoco hay que pasarse.
***
©Hendelie & Neith


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