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jueves, 24 de mayo de 2012

Flores de Asfalto: El Despertar — XXVI


23 de Abril —David


Al salir a la calle, se quedó atónito. Ruth, a su lado, alzó las cejas mostrando su sorpresa con más moderación.

—¿Nieve en Abril?

—Eso parece.

La ciudad se desperezaba en el centro de un amanecer gris y los diminutos copos blancos caían con lentitud, arremolinándose en el aire gélido. David extendió dos dedos y cogió algunos sobre las yemas, como si quisiera cerciorarse de que eran lo que parecía ser. Y es que quería cerciorarse. Había visto en algunas películas que a veces, lo que parecía nieve podía ser en realidad ceniza de las incineradoras o de los hornos crematorios. Imaginaba que allí no había hornos crematorios pero en cualquier caso, se aseguró frotando los cristales de hielo contra sus labios.

—¿A qué hora vuelves hoy?—preguntó la chica mientras caminaban hacia el metro.

David se ajustó la cazadora, mirando alrededor con cierta impresión. Nieve en Abril. Era demasiado extraño. Los coches transitaban con los faros antiniebla encendidos, los semáforos resplandecían con una luminosidad velada. De las alcantarillas parecían surgir volutas de vapor. Alzó la mirada: el cielo estaba completamente blanco. No un blanco brillante, un blanco lechoso, ahogado, de sudario y de bruma.

—Sobre las nueve, o así—respondió distraídamente—. Saldré una hora antes del trabajo para acercarme a la facultad.

—¿Ya tienes toda la documentación? Aun así, saliendo a las siete me parece que no te va a dar tiempo a llegar antes de que cierren las oficinas.

—Sí, tengo todo. Y creo que sí me da tiempo, Oscar me va a llevar en coche.

Ruth le miró de reojo pero no dijo nada. David tampoco. Estaba abstraído con la nieve y la niebla, contemplando la ciudad con una nostalgia extraña que se le apretaba en la garganta como un nudo. “Esta ciudad odiosa a la que amo… que me ha amado tan mal, hasta romperme. Hoy está tan hermosa como un cadáver recién arreglado, como esa estúpida Bella Durmiente que aguardaba, pálida, un beso resurrector.”

—Creo que me voy a ir en autobús—le dijo a Ruth cuando llegaron juntos a las escaleras del metro. Ella levantó la ceja, pero asintió. —Es que esto merece la pena verlo—se justificó él—. Ahí abajo no se ve nada. Solo oscuridad.

—Como quieras. ¿Va a recogerte Oscar al trabajo, entonces?

David asintió con la cabeza. Luego miró a la chica. Ruth sonrió espontáneamente.

—Genial. No tengas prisa, es decir, si te entretienes por ahí o algo, no te preocupes. Yo seguramente voy a cenar y me iré al cine, o a ver a mi madre.

David sonrió a medias. A Ruth le hacía ilusión que se llevara bien con Oscar, sabía que ella esperaba que surgiera algo entre los dos y por eso le animaba con tan poca sutileza.

—Vale, lo tendré en cuenta.

La chica desapareció bajo tierra, detrás de las puertas anchas de la estación suburbana. Su pelo negro, recogido atrás, se balanceaba mientras bajaba los escalones casi a saltos. Al cabo de unos segundos, él se dirigió a la parada del autobús. “Los perros van a estar difíciles hoy”, pensaba. “Los cambios bruscos de temperatura no les sientan bien. Y esto es una locura, nieve en Abril”. Se sopló los copos del largo flequillo, recordándose de nuevo que tenía que cortarlo.

El viaje hasta el barrio oeste en autobús fue cuanto menos emocionante. El vehículo se encontraba lleno de señoras mayores y de niños con sus madres. Los hospitales y las escuelas del barrio oeste eran los más concurridos de la ciudad. El tráfico discurría con lentitud, pero sin accidentes. Hubo un par de embotellamientos. Aún no eran las nueve de la mañana cuando la nevada arreció. David unió los dedos al cristal de la ventanilla y miró al exterior, embelesado. El hipnótico baile de la nieve le tuvo abstraído durante gran parte de la mañana, sumergiéndole en ese estado de ensoñación e irrealidad que solía asaltarle tiempo atrás con demasiada frecuencia y que ahora podía disfrutar sin estar drogado ni asustado.

Como había predicho, los perros estuvieron nerviosos durante todo el día.


. . .


23 de Abril — David

Oscar fue puntual. A las siete, cuando David salió del centro de acogida de animales, escuchó dos breves bocinazos llamando su atención. Un turismo color rojo sucio aguardaba aparcado en doble fila. Se acercó y se cercioró de que el tipo que le hacía señas desde dentro era quien debía ser, luego esbozó una sonrisa y entró por la puerta del copiloto.

—Qué hay—saludó el pelirrojo con voz suave.

—Hola.—David se puso el cinturón y miró por el retrovisor con cautela. Quizá esperaba encontrar a alguien en el asiento de atrás. No hacerlo le supuso un gran alivio.—Gracias por el favor.

—No hay de qué. Me pillaba de camino.

Evidentemente, eso era mentira. David se rió por lo bajo mientras Oscar ponía el coche en marcha. Llevaba el pelo recogido en una coleta improvisada y tenía los dedos manchados de tinta negra, la barba sin afeitar y las pupilas dilatadas.

—¿Cuántos cafés llevas en el cuerpo?

—Treinta y cinco.—Oscar cambió de marcha y aceleró un poco cuando se adentraron en una larga avenida. Cada varios metros se podían ver semáforos con el disco verde iluminado. —En realidad cinco, pero me he tomado unas pastillas también.

—¿Vas puesto?

David se removió en el asiento y le miró con un brillo divertido en los ojos. Oscar respondió con el mismo tono de voz calmado.

—No, hombre.—Los ojos castaños estaban fijos en el tráfico, algo entrecerrados. El sol del atardecer se reflejaba en los enormes ventanales y en las torres de acero y cristal de la ciudad, allí abajo.—Bueno, estrictamente, sí. Pero es prescripción médica.

—¿Te recetan drogas?

—Estimulantes.

—Para que no te duermas.—David se rió por lo bajo otra vez.—Qué fuerte.

Lo cierto es que la enfermedad de Oscar ejercía una extraña fascinación sobre él, y como a él no le importaba hablar del tema, le interrogaba constantemente. Desde el día en que empezaron a hablar, David había hecho del pelirrojo su mejor aliado en las tardes del Camaleón. Era cierto que le utilizaba para escapar de Eric, y lo hacía sin el menor disimulo, volviendo toda su atención hacia Oscar cada vez que aparecía el idiota de los rizos. Pero también le parecía agradable y no le costaba ningún esfuerzo conversar con él. Era un chico curioso, muy introvertido pero con la mirada limpia. Se tomaba bien todas las bromas, no había suspicacia ni dobles sentidos en su forma de expresarse y parecía tener mucha paciencia. No le molestaban los silencios, se distraía con facilidad y era obvio que se sentía cómodo en los segundos planos. Para David era un soplo de aire fresco que el bajista apareciese todas las tardes para rescatarle de la insistente mirada de Eric y sus insinuaciones veladas, y aunque hacía años que perdió la capacidad de confiar instintivamente en las personas, con Oscar empezaba a sentir una especie de seguridad similar a la que debe sentir alguien debajo de un árbol que ha estado toda la vida en su jardín.

—¿Has visto la nieve?

—Como para no verla. He flipado esta mañana.—Sacó un cigarrillo y se lo llevó a los labios, luego miró al pelirrojo, que había detenido el vehículo en un semáforo en rojo.—¿Puedo fumar?

—Adelante.—Oscar le abrió el cenicero y le tendió el mechero de propaganda del taller mecánico.—¿Sabes por qué ha nevado?

Se encendió el cigarro y arqueó la ceja.

—¿Qué?¿Te refieres a si me sé la teoría?

—No, no. A lo de… ¿te ha contado Eric algo?

David intentó disimular su disgusto. Negó con la cabeza.

—No, no sé a qué te refieres de todos modos.

“¿Nunca has tenido la sensación de estar flotando entre las brumas de un sueño?”

Claro que sabía a qué se refería. Pero no podía pensar en eso ahora. No quería pensar en eso ahora. Trabajaba en un lugar agradable, su jefa era amable, los perros, los gatos, los conejos, las cobayas y todos esos bichos le gustaban. Vivía con Ruth, al fin tenía un hogar. Iba a empezar a estudiar Literatura. Su vida estaba siendo real, ahora lo era. Pero seguía escuchando la voz de Eric y esa maldita frase que en realidad le pertenecía, que él mismo se había repetido muchas veces.

—El quería hablar contigo. Pensaba que a estas alturas ya lo habría hecho.

—Lo ha intentado—admitió, bajando la ventanilla. El aire frío entró de golpe en el vehículo y le arrancó la ceniza del extremo del cigarrillo. —Yo no le he dejado. La verdad es que no le soporto, es un gilipollas.

Oscar no le lanzó ninguna miradita de soslayo, no cambió el gesto ni demostró emoción alguna. Al parecer no le afectaba lo mas mínimo que insultase a su amigo.

—Quería decirte algo importante.

—No quiero escuchar esas cosas importantes todavía.—David se repantigó en el asiento, dejando que el pelo le cayera sobre el rostro.—Y si tengo que escucharlas, preferiría que me las contara otro. ¿Es que tiene que ser él?

Esta vez, el pelirrojo sí que se volvió hacia él. Después negó con la cabeza.

—No, no tiene por qué.

—¿Podrías contármelas tú?

Oscar alzó las cejas. “¿Por qué le he preguntado eso?”. Estaban entrando en el centro de la ciudad y el tráfico se complicaba.

—Sí, creo que podría. Al menos lo intentaría. Aunque no sé si me saldrá bien. Nunca lo he hecho. Es Eric el que explica las cosas.

—Es una teoría filosófica o algo así, ¿no?

—Algo así—admitió Oscar tras una pausa demasiado larga. Su semblante se había tornado ahora confuso, como si no supiera muy bien como proceder.—Es… bueno, cuando tú te sientas preparado y tengas ganas de escuchar teorías, podemos verlo. Le diré a Eric que prefieres hablar con otra persona.

—No. Dile que prefiero hablar contigo—puntualizó David—. Que sólo voy a hablar contigo de ese tema. Sea el que sea.

El pelirrojo le miró un rato a través del retrovisor. Luego asintió.

—Vale. Como tú quieras.

David sonrió con disimulo, sintiéndose triunfador sin motivo. Esperaba que al gilipollas le sentara mal que él prefiriese hablar con su amigo y no quisiera hacerlo con él. Sabía que su actitud era infantil y maliciosa, pero por alguna razón le sabía muy dulce la posibilidad de ofender el ego de Eric, el cual imaginaba bastante grande.

—Eres un tío muy majo.

Oscar giró un poco el volante para tomar una curva suave. Le pareció verle sonrojarse debajo de las pecas.

—Ah. Gracias. Tú también eres majo.

—No, yo soy un depresivo y un paranoico, pero a veces tengo momentos buenos.

Le dedicó una sonrisa y el pelirrojo respondió con otra, tímida y breve. Luego detuvo el vehículo y David apartó la mirada para observar, a través de la ventanilla, el enorme edificio de piedra gris donde tenía su sede la Facultad de Humanidades. Había algunos jóvenes bajando las escaleras. Otros permanecían en grupos cerca de la puerta o en la amplia acera. Las luces del interior eran amarillas, se habían iluminado ya aunque todavía no se había puesto el sol.

—¿Qué hora es?—preguntó David, apagando el cigarro y exhalando el humo por la nariz.

Oscar sacó el móvil para mirar la hora.

—Las ocho menos cuarto.

—Genial. Aún me da tiempo. —Se soltó el cinturón y revisó que llevaba toda la documentación necesaria en la mochila.— Gracias por todo, tío. Te debo una.

—Te espero aquí.

David abrió la puerta y salió al exterior.

—Ah. No hace falta, puedo volver en el metro.

Cerró la puerta y sonrió a su chófer. Hacía fresco y el viento estaba revuelto, le agitaba el cabello y le despeinaba. Oscar se inclinó un poco hacia la ventanilla de la puerta del copiloto, que seguía abierta.

—Si voy para el barrio, no me cuesta nada esperarte. Además, así me debes dos.

David se lo pensó un momento. “Demasiado amable. Pero tiene la mirada limpia”.

—De acuerdo. Te lo pagaré en cervezas. Ahora salgo.

—Sin prisa. No me voy a ir sin ti.

Aquella declaración le resultó reconfortante por algún motivo. Le saludó con la mano y empezó a subir los escalones uno tras otro.


. . .


23 de Abril —David

La parte positiva fue que no tuvo que hacer cola. La negativa, que el personal de secretaría ya no contaba con tener que tramitar ninguna preinscripción a aquellas horas y le insistieron de diversas formas, sutiles, descaradas y boicoteadoras, para que volviera otro día. David no tenía paciencia para aquellas mierdas.

—No puedo venir por las mañanas—insistía—. Estoy trabajando y además vivo lejos.

—Es que aquí hay un horario—le dijo una mujer de pelo rizado con gafas de pasta. Era una zorra estirada que seguro que llevaba meses sin follar. —Las preinscripciones son de ocho a diez. Ahora no podemos tramitarte nada, ¿entiendes?

—No, no entiendo.—David plantó la mano sobre la mesa.—Lo he traído todo, no falta ningún papel. ¿Tanto le cuesta? Por favor.—Esto último lo añadió a regañadientes. Y se arrepintió enseguida. La guarra gafapasta alzó la barbilla y él percibió el brillito de satisfacción en su mirada al verle suplicar.

—El horario es de ocho a diez. Lo siento pero no puedo hacer nada.

David entrecerró los ojos y se tragó las ganas de darle un puñetazo en la nariz a la desgraciada. El plazo para las preinscripciones terminaba a la mañana del día siguiente y no podía faltar al trabajo. “Aunque tendré que hacerlo”, pensó, mientras salía de la oficina, mostrando el dedo corazón a la tía. “Es eso o me quedo sin la oportunidad de mi vida. No quiero esperar otro año. No voy a esperar otro año.”

—¡Y encima eso! Qué barbaridad.

Sonrió al escuchar cómo se escandalizaba la maruja. Luego empezó a meter la documentación rechazada a empujones dentro de la mochila, que le colgaba de un brazo. Echó a andar hacia el pasillo para mirar las listas de plazas antes de irse.

—Será perra la tía…

Dobló el recodo. Entonces se tropezó con el tipo. Como llevaba la cabeza gacha, se dio de frente contra su cuerpo. Se golpeó el pie con una de las botas negras que había visto demasiado tarde, se tambaleó hacia el lado y el peso de la mochila le desestabilizó. Una mano le sostuvo por el brazo mientras sus pertenencias caían al suelo. Los papeles se desparramaron sobre las baldosas con un sonido semejante al estallido de un globo de agua.

Los segundos se congelaron. Los sentidos de David se agudizaron al sentir el contacto en su brazo, el olor a sándalo y madera y una vibración extraña y familiar.

“Dios”

Se le hizo un nudo en la garganta. Se olvidó de respirar, con la mirada fija en las botas negras. Su voluntad se debatía entre el miedo y la necesidad de levantar los ojos hacia su rostro.

“Me va a doler”. Ya lo sabía. Pero aun así, no podía resistir el impulso. Era más poderoso que cualquier cosa en el mundo.

Los dedos soltaron su brazo y David aprovechó para agacharse a recoger sus cosas. Arrugó los pliegos con las manos al meterlos a puñados dentro de la bolsa. Cerró la cremallera y se irguió. Solo entonces le miró.

Y le dolió, mucho. Tanto como imaginaba que lo haría.


. . .


23 de Abril —Gabriel

Esta vez no era una alucinación. Tampoco un sueño.

Los ojos verdes estaban ahí. Brillando como estrellas, estrellas verdes. “O caramelos de menta”, se recordó. Estaba tan cansado, tan desgarrado, que al verle deseó estrecharle entre los brazos y quedarse así para siempre. Abrazándole. Consolándose. Pero en vez de eso, hizo lo que se esperaba de una interacción civilizada y correcta. Se alejó un paso de él y le dijo las palabras más utilizadas de todo el repertorio del lenguaje.

—Hola, David.

Los ojos verdes parecían dos cristales tintados, quebrados por dentro a causa de una emoción encontrada. Él se apartó el cabello del rostro con dedos suaves y gráciles. Sintió el deseo espontáneo de cogerle la mano y besarle las yemas de los dedos. David se colgó la mochila al hombro.

—Hola. —Su voz, de nuevo. La había echado de menos. En el silencio quiso recorrer con la mirada sus mejillas, su boca, su cuello, su ropa, su pelo. Duró lo suficiente como para que pudiera hacerlo. Luego se rompió. —¿Cómo te va?

“Está siendo una de las peores épocas de mi vida. Creo que me he vuelto loco del todo. Ocurren cosas dentro de mi, emociones que no puedo administrar ni controlar, de modo que me he abandonado a este estado de demencia si es que es eso lo que es. Al menos me da un respiro cuando vengo a clase, así que no he perdido el trabajo. Pero me daría igual perderlo todo ahora que ya te he perdido a ti. Te echo de menos. Te quiero y no sé como hacer que mis palabras y mis actos lo demuestren, no sé como hacer que lo entiendas. Así que mal, David. Me va de puta pena.”

—Bien, como siempre. ¿Y tú?

David esbozó una media sonrisa nada convencida.

—Mejor de lo que esperaba.

—Me alegro—asintió con la cabeza. Luego se hizo a un lado, cediéndole el paso.

Dolía en alguna parte, su voz, su presencia y su imagen. Dolía dentro, como una astilla clavada.

Ojalá se marchara rápido. Ojalá se quedara para siempre.


. . .


23 de Abril —David

La primera vez que David le había visto estaba drogado, al borde de una sobredosis. Había visto su cabello castaño claro, sus ojos azules, brillantes, cálidos y llenos de ternura. Su rostro cincelado vuelto hacia él. Entonces había confundido aquella imagen con algo sobrenatural, con el ángel que siempre había estado esperando y que nunca había respondido a sus plegarias. Entonces había pensado que iba a llevárselo en brazos, a sacarle de aquella mierda de vida, de aquella mierda de ciudad. Entonces se había sentido seguro.

Ahora, Gabriel seguía pareciéndose a esa imagen celestial y alucinógena que se había hecho de él en su primer encuentro pero tenía más matices; matices amargos y dulces, profundos como savia de árbol viejo, que David podía atribuirle gracias al tiempo compartido. Le había conocido, y sabía que no era un ángel. Al menos, no del todo. Sabía que Gabriel también tenía sus miserias, y en aquel momento, mientras le miraba en el pasillo de la facultad, encontró huellas de esas miserias en su rostro. Su expresión era distante, lejana. Se le habían marcado algunas arrugas bajo los ojos y parecía cansado. Y su mirada estaba apagada.

—Me alegro.

Su voz grave y suave dolía en alguna parte. Su voz, su presencia y su imagen. Dolían tanto como sabía que lo harían. “Deberíamos estar besándonos, y no diciendo frases hechas y palabras sin significado. Deberíamos estar abrazándonos. Debería decirte que te quiero, y tú, tú deberías quererme, maldito seas.”

Gabriel se hizo a un lado para dejarle pasar y volvió la mirada nostálgica hacia la puerta. David sintió un pánico atroz y su mente empezó a bullir, buscando la forma de prolongar ese encuentro casual, absurdo, completamente… mal hecho. Nada era como tenía que ser.

—En septiembre empiezo a estudiar aquí—dijo, algo atropelladamente—. Literatura.

Gabriel volvió a mirarle. Sus ojos se encendieron un poco y esbozó una sonrisa muy leve, pero sonrisa al fin y al cabo.

—¿En serio? Eso está bien, chico. Felicidades.

—Gracias—le devolvió la sonrisa. Todo era demasiado raro. Le hacía daño y le consolaba al mismo tiempo. Tenía ganas de llorar a causa del patético estado de las cosas. Ahí de pie, hablando de algo que de repente no le parecía en absoluto importante, llenando los silencios con información, con palabras que no eran las que deberían estar siendo dichas, escondiendo verdades que no se podían esconder, dando vueltas en círculos de forma ridícula y absurda. ¿Esto era la comunicación humana? Probablemente sí. —Bueno, aún tengo que pasar la prueba de acceso y ni siquiera he podido presentar la preinscripción para asegurarme plaza. He venido a traerla ahora, pero esa gorda de Secretaría dice que el horario es de ocho a diez.

Gabriel soltó una risilla leve, un poco amarga. Se metió la mano en el bolsillo de los vaqueros y asintió.

—Sí. Es de ocho a diez.

—Pues estoy jodido.—Se rascó la nariz.— En fin, diré que me he puesto malo y faltaré al curro.

El profesor frunció un poco el ceño. Luego miró alrededor como si quisiera cerciorarse de que estaban solos. Lo estaban. A aquellas horas, ya no había casi nadie en la facultad y los alumnos que salían de clase lo hacían por el pasillo central, no tenían que pasar por aquel corredor adyacente.

—Te los puedo presentar yo. Así no tienes que faltar al trabajo.

David le miró con inseguridad. El corazón le latía en la garganta. Gabriel encogió un hombro. “Sólo es un favor”, parecía querer decir. Cualquiera lo haría. No es nada especial.

—Pues…—dudó y casi se atragantó con la saliva.

—Tu sólo pon las firmas, mañana te lo hago a primera hora y ya no tienes que preocuparte.

David negó con la cabeza, finalmente. Él quería convencerle. Quería hacerle un favor. Se sentiría culpable, en deuda, o algo así. “No. No. No voy a usar estas excusas de mierda. No me gusta jugar a esto. No quiero jugar a esto. A deber favores, no.”

—No, en serio, no es necesario. Pido el día y ya está.

Gabriel pareció algo decepcionado pero asintió.

—Vale, como quieras.

—Me voy, que me están esperando—dijo David. Se lo estaba recordando a sí mismo. Se dio la vuelta, incapaz de soportar por más tiempo sus ojos, su rostro, su olor. Dolía demasiado. Tanto como sabía que lo haría. —Me alegro de verte, profe.

Comenzó a caminar hacia la salida. Cada paso era pesado, parecía hollarle dentro. Sentía ganas de llorar. Y se sentía un idiota por ello. Solo llegó a dar cinco pasos.

—¿Quieres tomar un café?


. . .


23 de Abril —Gabriel

No podía dejar que se fuera. No podía dejar que se fuera así. Le costaba creer que hubiera sido capaz de decir algo para retenerle, aunque fuera, una vez más, una frase superficial y vacía. Pero si servía para hacer que sus pies se detuvieran estaba dispuesto a decir cualquier estupidez.

Y sus pies se detuvieron.


. . .


23 de Abril —David

El latido del cuello se le disparó. Tragó saliva y se mordió el labio. “¿Por qué ahora? ¿Por qué tengo miedo? ¿Por qué voy a decirle que no?”

—Me están esperando.

Hubo un silencio.

—Claro. Quizá en otra ocasión, entonces.

Gabriel no parecía afectado. David se dio la vuelta y asintió, esbozando una breve sonrisa.

—En otra ocasión, sí.—Iba a girarse otra vez, hizo un gesto breve con la mano y entonces recordó algo.—Ah, dale recuerdos a Ariadna de mi parte. ¿Qué tal sigue?

Le vio asentir con la cabeza y apartar la vista. Fue algo indefinido, una sombra fugaz, el modo en que le vio apretar la mandíbula y un brillo inesperado en sus ojos azules, lo que le hizo comprender. La angustia se estremeció en su interior. Claro que eran todo mentiras. Ni estaba bien él, ni Ariadna lo estaba, ni… ¿Acaso no se había dado cuenta siempre de lo bueno que era Gabriel ocultando las emociones, acaso no le conocía bien, mejor de lo que ambos comprendían? Alarmado, dio tres pasos hacia él, desandando lo andado. Alzó la barbilla, clavándole los ojos, inmisericorde.

—¿Cómo está Ariadna?

—Muerta. Está muerta. —Lo escupió a regañadientes, con brusquedad, como si le hubieran sonsacado la información en un interrogatorio. Volvió a mirarle, los ojos azules hirviendo y en llamas. A David le alivió, aunque sabía que el profesor estaba sufriendo. Pensó que a él también le aliviaba, aunque no lo supiera.—Muerta y enterrada.

—Lo siento.

Dio otros dos pasos y volvió a quedar frente a él.

—Gracias. No te preocupes, son cosas que pasan.

Gabriel se sacudió algo invisible del abrigo. No parecía molesto ahora, por el contrario se le veía más relajado. Llevaba el mismo abrigo de paño que usaba en invierno.

—Eso suena a frase hecha—replicó David, ladeando la cabeza.

El profesor se rió de nuevo, con esa risa sin humor, amarga como un grano de café. “¿Tendrá azúcar en sus armarios, o habrán vuelto a quedarse vacíos? ¿Seguirá fumando a veces, usando las latas vacías de cerveza y cocacola como cenicero? ¿Seguirá tocando el piano por las noches, haciendo llover estrellas?”

—Como todo lo que nos hemos dicho hoy, ¿no?

“Sigue leyéndome la mente a veces. Al menos, eso.” No pudo evitar una sonrisa leve, también ausente de humor.

—La verdad es que sí. —Una oleada de melancolía le golpeó con fuerza por dentro. Fue como un bálsamo: el dolor se convirtió en algo más suave, agridulce, parecido al otoño. Le miró a los ojos. —Sabes, creo que me tomaré ese café. Si sigue en pie.

Gabriel asintió.

—Claro que sigue en pie.

—Dame un momento, entonces. Tengo que avisar a mi amigo.


. . .


23 de Abril — Gabriel

Y le vio marcharse, camino a la puerta de nuevo, a avisar a su amigo. Su amigo. En aquel momento, el que David pudiera estar con alguien no era lo que ocupaba sus pensamientos, pero sabía que después, cuando se fuera a casa no dejaría de darle vueltas a eso. A eso y a lo de Ariadna. De nuevo se sintió desgarrarse, pero se obligó a aguantar sus propios pedazos. “Ahora no”.

Solo quería estar con él. Arañar algunos minutos, quizá un par de horas en su compañía. La presencia de David dolía, pero también era un consuelo.

Claro que era un consuelo. ¿Cuándo no lo había sido?


. . .


23 de Abril — David

Cuando llegó al coche de Oscar, aún le temblaban las rodillas. Golpeó el cristal, sintiéndose un poco cabrón. El chico bajó la ventanilla y le observó, alzando las cejas.

—¿Todo bien? Estás pálido.

—¿Ah sí?—se tocó la cara nerviosamente.—Ah, no es nada. Es que he tenido bronca con la imbécil de administración.

—Vaya.

No le abrió la puerta. Se quedó mirándole, como si supiera que tenía algo que decirle. David tragó saliva y compuso un gesto de asco, más hacia sí mismo que hacia él.

—Oye, te voy a deber tres. Gracias por esperarme pero me he encontrado con un amigo y me voy a quedar a tomar un café con él.

Oscar sonrió y asintió, sin darle importancia alguna. Para David, su actitud supuso un alivio inmediato.

—Claro, no te preocupes. Nos vemos mañana, o pasado.

El pelirrojo arrancó, encendiéndose un cigarrillo con el mechero azul. El turismo se perdió en la neblina espesa de la ciudad, bajo las luces de los semáforos y aquel extraño clima que de pronto había vuelto a traer el invierno sin avisar. Miró hacia atrás. El profesor estaba en las escaleras de la facultad, mirando hacia otra parte. Parecía tranquilo, en su mundo, un poco ensimismado.

Mientras caminaba hacia él, dando la espalda a la calle por la que había desaparecido el coche de Oscar se dio cuenta de por qué le había resultado desde el principio tan simpático y tan encantador el pelirrojo narcoléptico. Meneó la cabeza, sonriendo a medias con amargura ante el descubrimiento. Cuando llegó junto al profesor se cruzó de brazos, mirándole con exigencia.

—Bueno, ¿dónde me vas a llevar?

Gabriel parpadeó, como si le hubiera sacado de una ensoñación. Hizo un gesto de indiferencia.

—Donde quieras. Hay un par de sitios por aquí que…

—De eso nada—le cortó él—. Tú invitas, tú eliges. Y date prisa, que hace frío.

Gabriel arqueó la ceja, sorprendido por su vehemencia.

—Empezamos bien—murmuró, empezando a andar hacia el cruce.

David le siguió, reprimiendo una sonrisa suave. Le miró de reojo mientras se dirigían a su destino, una pequeña cafetería con faroles amarillos en la puerta.

No, bien pensado, Oscar no se le parecía tanto.


. . .

©Hendelie


miércoles, 23 de mayo de 2012

Flores de Asfalto: El Despertar — XXV


15 de Abril — David

La vida cotidiana volvió a ajustarse como un reloj antiguo. Cuando Ruth y David se hubieron instalado definitivamente en su nuevo hogar los días comenzaron a ablandarse, a tornarse más flexibles, a fluir con más rapidez. La primera semana fue un parpadeo y la segunda también. La casa que compartían comenzó a cobrar vida y, como ella decía, se hizo más suya que antes. Ruth llenó su habitación con trastos variopintos. Un caballete, maletines de madera, cajas de pinceles, telas que colgó aquí y allá. Colocó varias macetas para dar alegría al hogar, eso dijo. David compró una almohada, sábanas y colcha. Ordenó sus libros y guardó la ropa en el armario. Pensó seriamente en poner un póster en la pared, pero no estaba muy seguro sobre qué imagen debía escoger. Siempre le habían gustado las estéticas oscuras y siniestras, pero ahora no lo tenía tan claro. Finalmente, colocó una enorme lámina que compró en un centro comercial: la panorámica en blanco y negro de una ciudad de principios de siglo veinte cubierta por una espesa niebla.

—Ahora sí es nuestra casa—afirmó Ruth, una vez estuvo satisfecha. Y tardó en estarlo.

Cada día, David iba a trabajar y regresaba a las ocho. Si Ruth no había bajado al Camaleón, cenaban juntos y charlaban sobre las vicisitudes de su día, salían a fumar al balcón o iban a dar una vuelta. Los fines de semana hacían planes con Berenice y Samuel. Los domingos, David se los reservaba para sí mismo. Solía ir al Barrio Viejo a pasear, o regresaba a las inmediaciones de sus antiguos hogares, el barrio de la periferia y la casa de la señora anciana.

Aquella tarde de domingo llovía a cántaros. La había pasado vagando por los túneles del casco antiguo y tocando con los dedos las inscripciones de las paredes, pensando en Gabriel, en sí mismo y en su futuro. Había decidido matricularse en la Universidad y la perspectiva le resultaba al mismo tiempo excitante y algo atemorizadora. David ya había fracasado en muchas cosas, si también fracasaba en los estudios se angustiaría. Aunque intentaría que eso no ocurriese. Después del largo paseo, regresó a casa en el suburbano. Al salir del metro, el móvil empezó a vibrarle en el bolsillo y se lo llevó a la oreja.

—¿Qué hay, Ruth?

—Oye, cuando vuelvas pásate por el Camaleón. Estamos aquí con los chicos.

David frunció el ceño y se refugió bajo una cornisa. Una mujer con un par de bolsas le había dado un empujón mientras subía las escaleras para volver a la superficie. La zona estaba bastante concurrida a aquella hora. El chaparrón había comenzado de manera imprevista y muchos volvían precipitadamente a sus casas; el aguacero había interrumpido sus compras en el mercadillo dominical del barrio.

—¿Quiénes estáis?—preguntó David, sin disimular su suspicacia.

—Pues Nice, Eric y Oscar. Y yo, claro.

“Claro”. Hizo una mueca de fastidio. No entendía qué coño le veía Ruth a Eric. Sospechaba que el cantante le gustaba un poco, porque no dejaba de hablar de él. Se los encontraban mucho en el Camaleón, tanto a él como a sus compañeros y algunas veces se cruzaban por el barrio, pero a David seguía causándole rechazo ese tipo. El hecho de coincidir a menudo no contribuía a hacer que dejara de detestarle, pues cuando empezaba a olvidarse de su irracionalmente molesta presencia, siempre volvía a aparecer como para recordarle el asco que le daba.

—¿Vienes entonces?—preguntó Ruth, alertada por el prolongado silencio al otro lado de la línea.—Venga, pásate un rato. He estado en la Universidad, te he mirado las cosas que me pediste y te traigo papeles, así te los doy y comentamos.

—Me lo puedes dar en casa cuando vuelvas. Está lloviendo y estoy vago.

—No seas así, David. Va, por favor, ven con nosotros un rato. Te prometo que será poco tiempo.

El chico exhaló un suspiro. Cuando su amiga le ponía esa voz suplicante no podía decirle que no. Además, en cierto modo aún se sentía en deuda con ella por su desapego del pasado, de modo que terminó por aceptar.

—De acuerdo. Llego en diez minutos.

Recorrió a toda prisa la distancia que le separaba del bulevar. Las hojas de los árboles chorreaban lluvia. Un hombre con un abrigo largo de cuello de flecos tropezó con él de frente. El tipo le apartó de un empujón y David le lanzó una mirada asesina.

—Cuidado por donde vas, chaval—espetó el tipo con acritud.

—Cuidado tú.

El hombre era rubio y llevaba el pelo largo. Debía ser modelo o músico, a juzgar por su aspecto un tanto glam y desenfadado. Tenía los ojos extraños, con un brillo violáceo. Los entrecerró, abriendo las aletas de la nariz en una mueca de ira. Luego le señaló con el dedo y siguió su camino con bastante prisa. David hizo un gesto de desprecio a espaldas de aquel figurín. “Botas de cowboy. Vaya tela”. Le imitó y aceleró el paso hasta el bar. A través de la cortina de lluvia que cubría la ciudad los colores parecían haberse apagado. Al alzar la vista al cielo sólo vio nubes oscuras y apelmazadas.

A pesar de la tediosa expectativa de pasar parte de la tarde aguantando las miradas de Eric, cuando abrió la puerta del Camaleón la calidez y la música que sonaba casi de fondo le resultaron acogedoras. Ese bar se había convertido en su lugar de encuentro precisamente por ser acogedor. Se sacudió la lluvia de la cazadora y del pelo mientras caminaba hacia la mesa que ocupaban sus compañeros.

Las risas de Ruth y Berenice se escuchaban desde bien lejos. Estaban sentadas con los vasos medio vacíos sobre la tabla, charlando animadamente. Eric, con su pelo rizado y su aspecto urbanita llevaba una camisa de rayas remangada y unos vaqueros con rodilleras. Fue el primero en verle y el primero en dedicarle una sonrisa. Los ojos oscuros le escudriñaban a fondo.

—Hola, David.

“Estúpido, mira que le gusta ir de moderno”, pensó tras observar su indumentaria.

No tenía nada en especial contra la ropa de Eric salvo que era él quien la llevaba. En cuanto a sí mismo, desde que abandonó su estética de ave nocturna había optado por una versión menos excesiva de la misma moda oscura y sofisticada que luciera en el pasado: vaqueros y camisetas negras, a veces con estampados estilo tatuaje o con cremalleras discretas. En ocasiones utilizaba botas, pero solía vestir deportivas en los pies, y ya no se teñía el pelo de negro ni se pintaba los ojos, salvo algunas noches por darse el capricho. Estaba examinando a fondo al imbécil de Eric para cerciorarse de lo mal que le sentaría su ropa cuando Berenice le dio una palmada en el trasero con toda la fuerza de sus pequeños bíceps.

—Hola, culito de natillas.

—Por dios, Berenice… cada día estás peor. Hola—volvió rápidamente la mirada hacia Ruth mientras su otra amiga se reía por lo bajo—no veas la que está cayendo.

—Hola, cariño. Siéntate.

Obedeció, cogiendo un taburete vacío y buscando colocarse estratégicamente entre sus dos compañeras, pero Berenice se hizo a un lado al verle llegar con su banqueta, de forma que no le quedó más remedio que sentarse junto al otro chico.

—¿Qué hay?—preguntó Oscar.

David se limitó a asentir con la cabeza, indicando que seguía vivo y que con eso estaba bien. Ruth y Nice parloteaban con intensidad acerca de una serie de vampiros que estaban viendo en televisión últimamente. Al parecer, Eric la conocía y se encontraban compartiendo anécdotas.

Cuando la camarera se acercó, pidió un café con hielo. Después se dedicó a contemplar la luz grisácea a través del cristal esmerilado de la puerta y escuchar lo que decían los demás. El chico que tenía al lado parecía tener el mismo ánimo tranquilo y reflexivo que él, y lo agradeció silenciosamente. Solía mostrarse muy distante con los miembros de Narcolepsia a causa de la antipatía que le producía Eric y también huyendo de la afabilidad que solían mostrar, yendo a charlar con Ruth y con él siempre que se encontraban en el Camaleón o cuando se cruzaban por el barrio. A David no le gustaba la simpatía repentina y sin razón. Le hacía sentirse incómodo y en cierto modo invadido, o sospechar que querían algo de él. Ruth, en cambio, estaba encantada con el ánimo sociable de los “narcos”, como él los llamaba despectivamente.

—Está bien tener amigos por aquí, David—solía decir ella—. Nunca se sabe.

Muy cierto, nunca se sabía. Él era desconfiado y poco sociable, en parte por naturaleza y en parte por el tipo de vida que había llevado en los años anteriores y las experiencias del pasado. Pero en parte, Ruth tenía razón. Y además, aunque Eric fuera gilipollas, resabiado y demasiado hipster para su gusto, el resto de los músicos no tenían la culpa y él mismo les había metido en el mismo saco que a su líder. En un esfuerzo por ser amable, le tendió su vaso al tal Oscar.

—¿Quieres un poco?

El bajista se volvió hacia él, un poco sorprendido. Era mayor que ellos. Debía rondar los veintiséis o veintisiete y siempre parecía un poco en su propio mundo. Tenía los ojos de color castaño cálido y el pelo por los hombros, cortado a capas con un estilo que a David le resultaba un poco anticuado. Era pelirrojo natural y tenía la cara y el cuello cubiertos de pecas, aunque su piel estaba ligeramente bronceada, lo cual le salvaba del aspecto lechoso y frágil que exhibían otros como él.

—No, gracias. Ya me he tomado unos cuantos.—Sonrió, y al hacerlo mostró una fila de dientes iguales, salvo un canino que se montaba un poco sobre el incisivo que tenía al lado.—Quizá más tarde.

—¿Te has tomado unos cuantos?—David levantó una ceja. Luego cayó en la cuenta:—Ah, que tú eres el que se duerme.

—Sí, más o menos—respondió el joven. Luego se rió un poco y apartó la vista.

No hizo ademán de proseguir la conversación sino que detuvo las pupilas en el vaso de tubo vacío que tenía ante sí y se quedó contemplándolo con aire reflexivo, otra vez en su mundo. Quizá fue por eso que David sintió curiosidad. Se fijó un poco mejor en él: Llevaba una camiseta gris con una línea roja en el pecho y unos vaqueros muy normales. No tenía pulseras ni reloj, sólo una goma del pelo en la muñeca. Y una cadenita de oro con un crucifijo minúsculo colgada del cuello. “Cristiano, sobrio y tímido”, definió de inmediato. “Y enfermo crónico. Qué particular”. Iba a preguntarle precisamente por eso de los ataques de sueño cuando un tirón en la manga le hizo reaccionar y volverse hacia los demás.

—¿A que si, David?

—¿A que sí qué?—preguntó con desgana.

Berenice lucía una sonrisa traviesa y Ruth había bajado la mirada, como si no quisiera tener nada que ver con alguna broma pesada que en el fondo le hiciera gracia. Eric mantenía los ojos oscuros fijos en él y la barbilla apoyada en el puño. Fue él quien habló.

—Dicen que antes te vestías como un vampiro.

—Parecido—replicó él, dando un sorbo a su bebida.

“Que imbécil es. No lo soporto”.

—¿Y ya no lo haces? ¿O es que eso lo guardas sólo para la noche?

David dejó el café en la mesa.

—No, sólo me pongo la capa y los colmillos cuando salgo a cazar. Ya sabes, tenemos que alimentarnos.

Le seguía el juego sin interés. No le hubiera importado dejarle con la palabra en la boca, pero no quería incomodar a sus dos amigas. Ruth le miró de reojo, fugazmente.

—¿Tu también brillas en la oscuridad, como los de Crepúsculo?

Berenice se echó a reir.

—Eso es solo de día.

—Así que eres un hijo de la noche.

David alzó la mirada y atravesó a Eric con ella, apretando un poco el cristal del vaso. El comentario había sido como una flecha envenenada que le hizo reaccionar de un modo visceral.

—Mejor no mentemos a las madres y los padres de cada cual.

Que le llamara así le había molestado. Era como un escozor por dentro, un picor intenso que no sabía definir ni ubicar. Pero Eric sonrió conciliador y acercó la mano para ponerla sobre la suya. Los ojos de Ruth siguieron la mano de Eric y luego pestañeó varias veces. David se dio cuenta y se tensó más.

—Vale, vale, no te enfades.

Se sacudió su contacto de encima con cierta brusquedad.

—No me enfado—escupió—. Y no me toques.

El joven del pelo rizado se echó un poco hacia atrás en la silla, sorprendido por la hostilidad manifiesta de David. El ambiente se enrareció enseguida, como si alguien hubiera abierto la puerta del frigorífico liberando el frío y el aroma a comida pasada. Hubo un largo silencio que nadie parecía saber cómo romper. Entonces Berenice habló.

—Pues yo creo que los vampiros de Crepúsculo no están tan mal. Es decir, parecen todos maricas. Sin ofender, David, pero es que es así. Y no tienen un aspecto muy fiero, ¿vale? Pero está bien eso de que sean tan duros y que los perros les rompan a mordiscos.

Eric dudó un poco pero finalmente volvió a prestarle atención a la chica y dejó de mirar a David, el cual soltó un suspiro de alivio y se levantó para ir al baño. “Encima la otra dejando en evidencia mi sexualidad delante de los desconocidos.”

Estupendo.

Entró al cuarto de baño y cerró de un portazo.

—Es que tiene huevos la cosa.

Abrió el grifo, humedeciéndose las manos y mirándose en el espejo. Tenía las pupilas pequeñas y expresión de ira contenida. “Siempre me tienen que tocar los cojones. Es el idiota este.” ¿Por qué estaban hablando de él? Ellos siempre tenían cosas fascinantes de las que charlar. El engreído de Eric era único encontrando temas de conversación metafísicos y enredando en ellos a Ruth. Después intentaba hacerle participar a él, haciéndole preguntas insistentes.

No le soportaba. Y lo peor era que tenía que aguantarle incluso cuando no estaba. En casa no era raro escuchar a Ruth hablando de las cosas que Eric le había contado, de las geniales ideas que Eric había tenido, de la estupenda forma de ser de Eric, de las reflexiones tan profundas de Eric. Eric, Eric, Eric. Le estaba aborreciendo.

Se quedó mirándose al espejo un rato.

“Estoy siendo injusto”, se dijo. “¿Estoy siendo injusto? Quizá debería esforzarme más. El otro chaval parece majo, y muy normal. Y a este le estoy cogiendo rabia sin mucho fundamento, ¿no es cierto?”

—Es cierto—le dijo a su reflejo. Suspiró y se pasó la mano por el flequillo que llevaba peinado hacia el lado. Lo tenía larguísimo, ya le colgaba hasta la base del cuello. —Es cierto, y tengo que cortarme esto.

Chasqueó la lengua y se dispuso a salir fuera. Tendría que disculparse con el resabiado narco. Pero al abrir la puerta, se dio cuenta de que ni siquiera en eso iba a poder tener la iniciativa. El entrometido de las narices estaba ahí plantado, con la mano en el picaporte. Dio unos pasos hacia atrás y volvió a ponerse a la defensiva, mirando con desprecio sus mangas de camisa redobladas.

—¿Ahora me persigues?

Eric esbozó una sonrisa y soltó el pomo, alzando ambas manos con las palmas hacia fuera, en son de paz.

—En absoluto. Disculpa.

Le miró de arriba abajo. Luego se hizo a un lado y le mostró los urinarios con un gesto de la mano.

—En ese caso has venido a mear, ¿no? Ahí los tienes. Todos tuyos.

Iba a seguir su camino y reunirse con los demás, pero él suspiró y cerró la puerta a su espalda, observándole de nuevo con expresión conciliadora. Puede que su semblante fuera tranquilo, pero David fijó la mirada en la puerta que él había cerrado. Había muchas cosas de Eric que odiaba, pero que le encerraran en un baño, eso lo odiaba con toda la fuerza de su alma. Y al parecer su alma era muy fuerte, porque el odio le hormigueó en la cara interior de las venas y se imaginó a sí mismo golpeando la cabeza de Eric contra los sanitarios hasta que el blanco estuviera teñido de rojo.

“Rojo por todas partes”.

—Quiero hablar contigo—comenzó Eric—. En privado.

—Quítate de la puerta o te reviento la tapa de los sesos—respondió David con mucha tranquilidad—. En privado también.

El otro alzó las cejas. Parpadeó un par de veces y después soltó una risilla incrédula.

—Chico, eres demasiado agresivo conmigo. ¿Te he hecho algo?

“Me alegra que me hagas esa pregunta”. David comenzó a enumerar con voz plana.

—No me gusta cómo hablas. Pareces un jodido sabelotodo que quiere dárselas de moderno y de listillo. No me gustan tus poses en el escenario. Se ve que te crees una superestrella o algo así. No dejas de mirarme, eso también lo odio. Y tus ojos son feos, como bolas de cristal sin expresión. Detesto tu pelo, pareces una oveja de mierda. Tampoco me gusta tu nariz. Ah, ni tu ropa. Tu ropa es verdaderamente infame, con esas rodilleras y esas camisas ajustadas de indie-brit-pop.

La cara de Eric había ido componiendo una expresión cada vez más perpleja. Cuando David hubo terminado, lo único que dijo fue:

—¿Indie-brit-pop? Creo que te has inventado ese término.

—¿Ves?—David le señaló—eres un jodido sabiondo.

—Y tú dices muchos tacos.

Eric se echó a reír. David bufó.

—Déjame salir. No quiero pelearme contigo, Ruth dice que es bueno tener amigos por aquí y no quiero hacerla sufrir.

—¿Es tu novia?

—Claro que no. ¿No has escuchado antes a Berenice?

—Así que te van los tíos—comentó, esbozando una sonrisa lobuna.

—Sí. Pero solo los que no parecen gilipollas. —David levantó la barbilla, desafiante. — ¿Quieres saber algo más?

—Pues ya que lo dices, sí. Me gustaría que me dieras tu teléfono y que quedáramos un día. Tu y yo solos.

Eric sonrió. David hizo un gesto de hastiada incredulidad, elevando el labio superior en la comisura.

—Ya te he dicho que sólo me gustan los que no parecen gilipollas.

—Si, ya me he dado cuenta de que no me puedes ni ver.

—¿Y entonces por qué insistes, si puede saberse?

—Porque quiero que me des una oportunidad.

—¿Una oportunidad?—se echó a reír, estupefacto. Menudo descaro.—¿Una oportunidad para qué?

—Para conocerte mejor.

—Yo no quiero que me conozcas mejor.

—Pero tú deberías conocerte mejor a ti mismo.

—Ah claro, ¿y me vas a enseñar tu? ¿Además de gilipollas eres psicólogo?

—Dicen que ambas cosas van juntas.—Eric volvió a reír y se metió las manos en los bolsillos. Iba sin afeitar y el vello oscuro y grueso sobresalía de los poros de su barbilla. A Ruth seguro que eso le parecía sexy y atractivo, a él le resultó asqueroso sin motivo aparente. —Te prometo que lo que tengo que contarte te resultará interesante.

—¿De qué se trata?—preguntó, sin saber muy bien por qué seguía prestando atención a aquel tipo.

—De lo que es real y no es real. ¿Nunca has tenido la sensación de estar flotando entre las brumas de un sueño?

A David se le bajó la sangre a los pies. Luego negó con la cabeza y caminó, decidido, hacia la puerta. Por dentro se sentía como gelatina, pero se cuidó muy mucho de que Eric no pudiera notarlo.

—Déjate de historias. Si lo que quieres es follar, te buscas a otro. Yo no voy a picar con esos trucos de prestidigitador.

David agarró el picaporte por encima del brazo de Eric. Él suspiró y levantó los ojos al techo, meneó la cabeza y por último se apartó de la hoja de madera.

—Me lo pones muy difícil, David.

—Que te den por el culo, Eric. —Prácticamente escupió su nombre. Abrió la puerta de un tirón y le dedicó una mirada de desprecio, observándole de arriba a abajo.—Sólo te aguanto por Ruth. No me pongas a prueba.

—Vale, vale.

El narco apartó al fin la vista. Al parecer, se había dado por vencido, al menos por un tiempo. David salió estirándose la camiseta y se sentó en la mesa, donde Ruth y Berenice andaban cuchicheando. La mirada de su compañera de piso era sorprendida y algo triste, aunque esbozó una sonrisa al verle.

—¿Qué pasa, es que os habéis enrollado en el baño?—exclamó Berenice, bien alto, nada más avistar a David en su camino de regreso. Luego levantó el puño y empezó a hacerlo girar en el aire mientras hacía un sonido agudo con la voz.

—Claro que no, estúpida.

—¿Y por qué has tardado tanto?

La pregunta de Ruth era forzadamente inocente. Su sonrisa se mantenía con imperdibles. “Joder, sí que le gusta el gilipollas”. Meneó la cabeza y le devolvió la sonrisa, la suya mucho más segura, mientras pensaba qué decir y cómo hacerlo. Era muy difícil expresarse ahora, sobre todo porque estaba convencido de que las intenciones de Eric para con él, fueran cuales fuesen, no eran buenas. Y posiblemente, no eran del todo heterosexuales. No quería que Ruth resultara herida, y mucho menos por ese cantamañanas. No podía desengañarla aún, y además, estaba convencido de que los desengaños funcionaban mejor cuando era uno mismo quien llegaba a ellos, aunque fuera doloroso. El recuerdo de Lieren se le cruzó de pronto y amenazó con ensombrecerle el semblante, pero se rehizo y volvió a mirar a Ruth.

—Me ha estado preguntando por ti.

Mintió. Pero solo a medias. Y el rostro de Ruth se iluminó de pronto, sorprendida y maravillada. “Supongo que vale la pena. Espero no estar cagándola más.”

—¿Por mí?

—Sí. Me ha dicho que si éramos novios. Le he tenido que explicar que no, que sólo vivimos juntos.

Entonces Oscar, que había estado ahí, silencioso, pasando desapercibido como una estatua, alzó la vista hacia ellos con cierta confusión.

—Vaya, todos pensábamos que erais pareja.

—¿Ah si?—David esbozó una media sonrisa—. Pues no, no lo somos. Ruth está libre.

—Calla, idiota—le reprochó su amiga, dándole con la mano en el antebrazo—. No lo digas así, que parece que vaya buscando algo.

—¿Y tu no tienes novia, David?

El pelirrojo hizo la pregunta casi de pasada, mientras encendía un cigarrillo con un mechero de propaganda de un taller mecánico. De pronto, a David le resultó encantador aquel chico de voz suave, modales contenidos, discreto y pudoroso. No pudo evitar que le aflorase una sonrisa sutil a los labios.

—No, yo no tengo novia.

Eric regresó del cuarto de baño en aquel momento y ocupó su lugar, mirando alrededor y tratando de pillar el hilo de la conversación. Llegó justo a tiempo.

—Es marica—apostilló Berenice, señalándole. Su querida amiga, siempre dispuesta a resaltar detalles de su vida personal sin que fuera necesario. David asintió. Qué remedio.

Dio un trago al café. El hielo se había derretido casi por completo.

—Exacto, soy maricón perdido—corroboró.

Quizá lo dijo con cierta actitud desafiante, pero la presencia de Eric volvía a alterarle los nervios. Oscar se mostró algo turbado y les miró sucesivamente como para comprobar si estaban de broma o no. Finalmente asintió.

—Ah, qué bien. Pues me alegro.

Berenice alzó las cejas. Ruth soltó una carcajada y se tapó la boca. David miró al chico con ojos chispeantes y se rió por lo bajo, apartándose el flequillo. Esta vez, Oscar no se azoró. Una media sonrisa discreta apareció en su comisura y le sostuvo la mirada unos segundos.

—Yo también me alegro—dijo él, disfrutando con lo surrealista de la situación.

—Bueno, al menos algo hace feliz a nuestro David—comentó Eric, con una sonrisa burlona.

—Muchas cosas me hacen feliz—añadió él. No le gustaban esas sonrisas de Eric, había olvidado comentárselo en el cuarto de baño. Esas sonrisas le hacían pensar que el muy desgraciado había escuchado un chiste que nadie más entendía. —Pero ninguna que tú conozcas.

—Ya, claro. Aunque a Oscar le conozco.

—Él no es una cosa, es una persona. Y sólo me ha hecho reír, tampoco exageres.

—Oscar, ¿tú tienes novia?—saltó Berenice, echando la mitad del cuerpo sobre la mesa y metiendo el pelo en el vaso de Ruth. La morena farfulló algunas quejas, resignada.—Nunca te hemos visto con ninguna chica.

—No, no tengo novia—admitió el bajista—. A las mujeres no les gustan los hombres que se duermen en el momento más inoportuno.

—¿Alguna vez te ha pasado?

—Alguna, sí.

Hubo risas y después Berenice jaleó al pobre muchacho hasta que aceptó contar algunas anécdotas.

A pesar de la actitud beligerante de David, con la voz tranquila de Oscar y sus anécdotas el ambiente volvió a tornarse agradable hasta que se convirtió en una de las reuniones más alegres que tuvo con los chicos de Narcolepsia desde el día en que les había conocido. Al marcharse todos, cuando se despedían en la calle, incluso le estrechó la mano a Eric.

Cuando Ruth y David llegaron a casa no había pasado sólo un rato. Era más de medianoche y hacía horas que ya no llovía. Ambos tenían hambre y sueño y la ropa húmeda. Se cambiaron y se tomaron un té caliente en el salón, con la televisión encendida, los pies subidos sobre el sofá y una caja de pasteles de miel y hojaldre cuyo contenido desaparecía rápidamente abierta sobre la mesita. En la pantalla estaban emitiendo “La noche de los muertos vivientes”. David contemplaba las imágenes con bastante desgana y comentaba de vez en cuando las escenas con su amiga, envuelto en el enorme jersey negro que había comprado en una tienda de segunda mano. Su pensamiento volvía a ratos a las palabras de Eric acerca de vivir en un sueño y lo que era real y lo que no. Cuando eso sucedía, volvía a evocar la imagen de Oscar, sonriendo y afirmando que se alegraba de que fuera maricón perdido. No dejaba de ser irónico que Eric le cayera como una patada en el culo y su amigo y compañero de fatigas le hubiera resultado hoy algo así como un maravilloso descubrimiento. Había tantas cosas en Eric que odiaba como cosas en Oscar que le resultaban encantadoras. Incluso aquel mechero del taller mecánico, que le daba un toque tan de barrio, tan humilde y al mismo tiempo un poco rudo, como los rockeros.

—Por cierto, que con todo esto se me ha pasado contarte lo de hoy.

La voz de Ruth le sacó de sus pensamientos. La miró en la penumbra del salón. Por el balcón entraban las luces de la ciudad, amarillentas y blancas, y el resplandor de la televisión también iluminaba la amplia estancia, arrancando sombras y contraluces a los objetos que la poblaban y un resplandor casi estelar a los ojos de ambos.

—¿A qué te refieres? Ah, ¿la universidad?

—Sí.—Ella sonrió.—Ya me he informado y puedo cursar allí Bellas Artes. He tramitado la preinscripción y te he traído lo que me pediste.

David sintió un hormigueo por dentro.

—¿Aún hay plazo entonces?

—Sí. He mirado las listas y la verdad es que quedan muchísimas plazas para Literatura. No creo que tengas problema. De todos modos, como no hiciste el examen preuniversitario tendrás que hacer todos los papeles una vez sepas que has aprobado ese.

—¿Qué fechas son?—preguntó, irguiéndose de golpe.

—Está todo en los folletos que he traído. Pero te da tiempo de sobra. Yo te echo un cable.

David asintió y volvió a dejarse caer en el sofá, con el pulso un poco acelerado. No tenía mucha idea de cómo sería la vida universitaria, pero ahora tendría que empezar a informarse bien de todo aquello. Pagar tasas, buscar transporte y prepararse para empezar a estudiar. Llevaba años sin hacerlo y ni siquiera recordaba si se le daba bien o mal. Sólo se acordaba de una cosa, que le hizo torcer un poco el gesto.

—Oye, en la carrera de Literatura no hay matemáticas, ¿no?

—No, tranquilo.

Ruth se rió por lo bajo. David asintió, mucho más relajado, y se comió otro pastelillo, pensando con renovadas ilusiones en el futuro mientras afuera la ciudad dormitaba y en la pantalla una niña zombie apuñalaba a su madre con una espátula.



. . .

©Hendelie


martes, 22 de mayo de 2012

Concurso de títulos: El premio de Judith

Y aquí el último de los tres :D. Judith, otro de nuestros grandes apoyos, siempre comentando y tan incondicional de lo que hacemos. Por tu inestimable colaboración en el concurso de títulos de Flores de Asfalto, aquí tienes tu regalito, ¡espero que te guste!


Recordad que teneis que clicar con el botón derecho del ratón y darle a mostrar imagen para poder guardarla en tamaño original. ¡Gracias a todas por todo!


lunes, 21 de mayo de 2012

Concurso de títulos: El premio de Mizuki

Y aquí va el siguiente: Mizuki, sé que esperabas un chibi, espero que esto te guste más, además de que no me gusta mucho dibujar chibis creo que te merecías algo un poquito más, si no currado, si elegante, por toda la ansiedad que estoy haciéndote pasar. Reitero los agradecimientos, vuestro apoyo es super importante para nosotras y cada mensajito que nos dejais nos anima a seguir. Y como lo prometido es deuda:


domingo, 20 de mayo de 2012

Primer dibujo del concurso de títulos: ¡Gracias Lupillar!

¡Hola chicos! Sé que he estado muy desaparecida y merezco miles de golpes de remo, ¡pero la vida de la pluriempleada y ama de su casa es muy dura!. Juro solemnemente que no he dejado de trabajar en los dibujos aun asi. Por ahora os dejo lo prometido, el primero de los dibujos que se han ganado las participantes en el concurso de títulos para Flores de Asfalto:

Lupillar cariño, aquí tienes a tus queridos David y Gabriel. ¡Espero que te guste y muchísimas gracias por todo el apoyo!

Las siguientes vienen pronto. :)