martes, 27 de diciembre de 2011

Fuego y Acero XXVI: Misterios

26.- Misterios

El viento silbaba en el exterior, y la vela titilante resplandecía en un rincón. Con los dedos incrustados en los brazos del hombre del mar, inundado por la violencia del beso compartido, Driadan se sentía invisible como una sombra. El pulso le galopaba en las venas, golpeaba en sus sienes, y una sensación de euforia y libertad chisporroteaba en el centro mismo de su ser.

Había temido en los últimos meses el mero roce de sus dedos, que le tiraban de la capa. Había temido la caricia áspera y ruda de su abrazo, de su boca impetuosa que le mordía ahora los labios con avidez. Aún sentía una punzada de angustia en la boca del estómago.

Cuando el Rojo rompió el contacto, respirando sonoramente, Driadan bajó la cabeza, arañándole los brazos. Sentía los pulmones colapsados y su olor envolviéndole. Desvió la mirada hacia la vela encendida, consciente de los ojos penetrantes fijos en él y de la intensa necesidad con la que aullaba la grieta en su interior.

¿Cómo podían ser la duda y el miedo espíritus tan poderosos como para interponerse aún en su camino? No comprendía sus deseos, inexplicables, pero podía sentirlos bramar en su interior. A ellos nada le importaba. Ni la distancia, ni la desgracia, ni la locura, ni las maldiciones, ni todos los espinos enredados que podían existir entre ambos. Atravesarlos con las manos extendidas, arañándose y abriéndose la piel, ese era el único camino posible. Porque no había opción de negarlos y darle la espalda, no podía anestesiarse contra la vibrante atracción que le llevaba hasta el único lugar donde podía encontrar paz.

Las manos anchas le rozaron el cuello, dibujando las líneas de su mandíbula con los pulgares. Nadie le había tocado como él lo hacía, ni antes ni después. Su tacto era distinto a todos, eran llamas y espuma marina, libertad, entrega y magnetismo.

- No me importa.

El susurro del hombre del mar era un arrullo en sus oídos, brisa veraniega, cálida y suave. Driadan asintió, comprendiendo. Siempre lo había sabido. A Ioren no le importaba, nunca le había importado que su cuerpo hubiera sido un camino transitado por decenas de pies indignos. Pero al príncipe, sí.

Le importaba, por eso necesitaba ser barrido y arrasado.

- No quiero tu dulzura – replicó, en voz muy baja, con un nudo en la garganta – Dame tu necesidad y el fuego de las mareas.

Alzó los ojos, que destellaron, rojos, en la habitación. El rostro de Ioren era sombra sobre sombras y mechones de cabello revuelto y salvaje. Driadan cerró los párpados con fuerza, tragando saliva, y tiró de las correas del jubón de cuero con violencia, abriéndolas y haciendo saltar las hebillas. El gruñido contenido y los dedos de Ioren cerrándose en sus cabellos no fueron una respuesta tan contundente como el calor que le envolvió cuando volvieron a estrellarse contra el otro.

El fuego de las mareas. Driadan le asedió como si quisiera destruirle, estrechándose contra su cuerpo caliente y duro, retorciéndose cuando el hombre del mar le rasgó la camisa con las manos desnudas. Las suyas, que siempre habían sido demasiado finas y demasiado suaves, no tenían lugar donde detenerse: se escurrían por los hombros y los brazos, dibujaban los músculos del pecho fornido, bebiéndose la energía que desprendía, ungiéndose con su fuerza y alimentándose de su fuente. Cada centímetro de la piel bruñida era suya, le pertenecía, y la marcaba con desesperada posesividad.

Ioren estaba inclinado sobre él, cerniéndose como un animal salvaje desde su mayor altura. Le arrancaba las prendas sin el menor cuidado, con la lengua hundida en su boca, anudada con la suya. Las costuras le escocían al saltar los hilos en contacto con su anatomía y los dedos rasposos parecían desollarle al tocarle bajo el lino de la camisa, lenguas de fuego crudo. Se perdió en brazos de un huracán cuando Ioren le alzó por las caderas y le arrojó sobre el colchón. Alzando las manos, Driadan prendió los dedos en sus cabellos y se abandonó.

Las emociones eran demasiado violentas. No podía respirar, intentando recibir todo lo que se le entregaba: El matiz hambriento de sus caricias, los dientes mordiéndole la boca con hambre y dominancia, la barba que le raspaba las mejillas y el cuello, el aliento abrasando en la piel y el peso de su cuerpo aplastándole.

Jamás podría compararle con lo que había vivido en Shalama. Los roces indolentes y el modo en que otros habían dejado caer su deseo vanidoso sobre él, buscando el entretenimiento y el placer superficial de la carne igual que lo buscaban en pequeños bocados y vinos alegres, nada tenía que ver aquello con la arrolladora pasión del Rojo. Tenía la sensación de ser el único alimento que él podía comer, la única caverna en la que encontraba refugio de la lluvia, el único. Era el único. Era el único. Ioren se le llevaba por delante, y saberse el origen y el objeto de su ardor incontenible le elevaban más alto que cualquier otra cosa. Todo empezaba y terminaba en él, todo era suyo y de nadie más, a él estaba dedicado. Era el único.

Dio un respingo y ahogó un gemido cuando los mordiscos despertaron luciérnagas de dolor y placer en su pecho. Le tiró del pelo y removió las piernas para abrazarle con ellas, entrecerrando los ojos y mirándole en la oscuridad. Se ató la respiración a la garganta para controlarla. Le picaba la piel y la saliva salada de Ioren se mezcló con su sudor despierto.

Intentó decir algo, pero sus pensamientos explotaban como burbujas de llamas en su mente. Se le derritió el alma y se escapó entre sus pestañas, en forma de lágrimas esquivas de expectación y alivio. Onduló sobre el colchón, instintivamente, cuando el camino tibio y húmedo de la lengua del Rojo descendió por su vientre liso.

El hombre del mar respiraba como una criatura selvática, su pelo era una maraña cobriza y ondulada que colgaba como hiedra sobre la escultura de sus hombros. La piel broncínea brillaba al tenue resplandor del cirio abandonado, con la película húmeda de su propio sudor. El perfume a salitre se pegaba a las sábanas y a las paredes. Driadan aguantó el aire en los pulmones cuando él le sacó los pantalones de un tirón, y se le ahogaron los gemidos en la garganta con el despertar de la hoguera renovada.

- Es…espera… - balbuceó a duras penas al sentir sus dedos vehementes sobre su sexo.

- No puedo esperar – replicó el hombre del mar en un gruñido imperativo, de palabras claras. – Ya he esperado bastante.

- No…no es…ah…

"No estoy preparado", debería haber dicho. No fue capaz. Se mordió los labios y se tensó, aplastando las palmas de las manos contra el colchón. Puede que su mente no lo estuviera, pero su cuerpo sí. Vibró como una cuerda afinada cuando la boca hambrienta de Ioren le engulló y sus dedos se deslizaron bajo su cuerpo, sujetándole el trasero y acariciándole la parte interior de los muslos, apropiándose de su piel, de sus reacciones y de sus suspiros apagados, raptándole, secuestrándole y tirando de él.

"No estoy preparado" habría sido una gran mentira. Ahora se daba cuenta. Bajo su yugo, siempre estaba preparado; para él siempre lo estaba. Sólo era capaz de temblar y estremecerse, hundido en la caricia húmeda que le devoraba con ansia. Ni siquiera podía sentir vergüenza, y no había rechazo alguno, ni siquiera el del instinto castigado. Cuando el tacto del hombre del mar presionó en su entrada, estuvo a punto de saltar por los aires, exhaló un gemido y le tiró de los cabellos con más fuerza, intentando detenerle.

- ¡No!

El calor mordía, el sudor se escurría por su cuello y por sus costados, los poros de su piel cosquilleaban y se abrían como flores tibias. La sangre se acumulaba entre sus piernas, en su vientre distendido que palpitaba con una sed profunda. La oleada de placer le mareó. Los dedos rudos le tocaron por dentro, uno y luego otro más, internándose en su profundidad y buscando el centro que le despertaba con más fuerza, moviéndose en hábiles caricias y roces calculados que se hundían y reculaban. Sus labios le atrapaban en la presa candente de su boca, la lengua ávida le consumía, precipitando los latidos.

Driadan ya no era dueño de sí mismo. Seguramente, había dejado de serlo desde que le había arrojado sobre la cama. Aflojó el tirón en su cabellera y se rindió, hundiéndose en el colchón y fijando la mirada en el techo, con los labios entreabiertos y los párpados caídos. Su voz, sus palabras, cuanto pretendiera reclamar o exigir, todo se había deshecho y convertido en una consecución de jadeos rítmicos y atropellados. Su pecho subía y bajaba, el aliento caliente formaba nubes de vaho en la habitación.

Estaba temblando, se estaba muriendo. Le estaba matando. Si un solo estímulo de Ioren ya podía hacerle perder la cabeza, ahora simplemente era incapaz de filtrarlos. Caían sobre él como lanzas de fuego, destruyendo cualquier reserva y cualquier temor. Si alguna vez se había preguntado si su experiencia en Shalama le había cerrado para siempre las puertas de ese extraño mundo en el que ahora estaba sumergido, el del éxtasis de la carne y el abandono a las sensaciones, el hombre del mar acababa de arrojarle a él de cabeza otra vez, igual que le tiró por la borda y le lanzó a través de la ventana al foso gélido.

Arqueó la espalda, desarmado ante cada chispa que le llevaba más lejos. Su respiración atropellada se rompió con un gemido contenido que le golpeó los carrillos y se volvió a recluir en su garganta. Ioren se alzó sobre las rodillas, tomando aire con un resuello y relamiéndose. Su sombra cayó sobre el príncipe rendido a su influjo. La mirada del Rojo era una lengua afilada que le atravesó el alma, hirviente de deseo, y la manera en la que se abalanzó sobre él, encadenándole las muñecas a la almohada, le detuvo el corazón en el pecho.

Siempre le había exigido su mirada. Ahora se escudó de ella, cerrando los párpados, y aguantó la embestida implacable, ahogando el grito en su cuello y aprisionándole la cintura con las piernas.

El hombre del mar se abrió paso en su cuerpo con brutalidad, enterrándose hasta la mitad y deteniéndose para tomar aire con un jadeo sofocado. Driadan tuvo la impresión una vez más de que iba a romperse en dos. Le sentía latir en sus entrañas, tenso y ardiente, contenido. Su cuerpo se distendió, dilatándose como una flor que se abre al sol, mientras sus pulmones se rasgaban por el ímpetu con el que tomaba aire. Ioren le aplastaba con su pecho, le quemaba su cuerpo y le inundaba el mágico perfume de los mares profundos. Sus dedos eran cepos en sus muñecas, y su respiración entre los dientes apretados se derramaba sobre su boca.

Cuando el príncipe abrió los ojos al fin, paseó la mirada por el semblante tenso y sufriente de su compañero, dejando que su propio cuerpo se acostumbrara a la invasión. Los puercos del Sur que habían gozado de su compañía no eran ni la mitad de grandes que Ioren el Rojo, en ningún sentido estaban a su altura. Le costó unos segundos adaptarse a su envergadura, y la visión de su rostro anguloso le ayudó a relajarse.

La expresión del hombre del mar estaba teñida de un extraño embrujo. Su mirada empañada se perdía en la nada, el ceño fruncido y el modo en que luchaba consigo mismo se le presentaban fascinantes. Parecía cautivado, presa de un embeleso magnético, irreductible, del que no pudiera escapar y que no lograse comprender.

- ¿Cómo es? – preguntó, en un susurro áspero de palabras no meditadas.

Ioren tomó aire, avanzando un poco más. Driadan se encogió y ahogó un gemido.

- Es…trecho y apretado – resolló.

Su voz se le antojaba seductora. Su deseo, enloquecedor, prendía el suyo propio. Su entrega y su dominio le destrozaban cualquier intento de contención, reducían a cenizas cualquier cosa que pudiera interponerse entre ambos.

- Ven más – exigió, impaciente, tratando de desasir las manos de la presa con la que le sometía – ven del todo.

- Caliente…- las palabras de Ioren estaban preñadas de salvaje sensualidad, y cuando le miró a los ojos fijamente, Driadan tuvo la impresión de que le devoraría – y delicioso. Es mío…como tú entero.

De improviso, se impulsó y empujó hasta el límite, llenándole por completo. El príncipe gritó. Sus venas parecieron romperse, la sangre rompió a hervir al calor de su pasión y creyó que se perdería. El hombre del mar no le dio tiempo a comprobarlo. Tras el envite firme, se retiró y le arrastró con la fuerza de un mar embravecido, estrellándose contra su cuerpo en oleadas desatadas, respirando con ferocidad y devorándole los labios hasta ahogarle.

La cama de madera crujía. Las costuras del colchón se abrieron, estallaron bajo la violenta batalla que tenía lugar sobre él. Las plumas de ganso flotaron en el aire, se derramaron sobre el suelo y la alfombra, entre los jirones de las prendas desgarradas de Driadan.

Había temido el roce de sus dedos, la caricia de su abrazo. Durante meses, Driadan había tenido miedo de acudir a su refugio, con la angustia susurrándole al oído que nada sería lo mismo, que cuanto compartían había dejado de ser único tras la profanación, que el rechazo era una posibilidad, que la aceptación era compasión y lástima. El miedo despertó todas las mentiras en su corazón y las vistió de verdades. Ahora, todo aquello estaba ardiendo en una pira alta y negra. Las cenizas se disolvían en el mar, y cuando el alivio le arrasó con un estertor casi muriente, el júbilo que se había encendido en su interior con el primer beso permanecía ahí, puro, brillante y perpetuo.

. . .

Ioren el Rojo sabía que hay cosas que, una vez desatadas, no se pueden detener. Doma a un caballo salvaje y ponle riendas, pero en el momento que se las quites, no podrás controlarle hasta que se canse de galopar.

La vela de la habitación se había consumido hacía un rato. Otras llamas habían seguido ardiendo, llevándole a la locura una y otra vez, hundiéndole en los jardines del príncipe incesantemente, volviendo a arrastrarle cuando todo terminaba y sin que el agotamiento fuera suficiente. Ahora, mientras intentaba reponerse de aquel nuevo incendio, se preguntaba si éste sería el último o el tacto de la piel de Driadan bajo sus dedos le empujaría de nuevo a la hoguera inextinguible.

El joven reposaba sobre su cuerpo, donde se había dejado caer tras cabalgarle como un señor de las montañas y ungirle el vientre con su esencia. Su aliento desacompasado había encontrado el ritmo. Ioren le mantenía abrazado, aún en su interior, con la cabellera oscura del muchacho derramándose sobre su rostro y su boca deliciosa sobre el cuello.

- ¿Me darás una espada al amanecer? – susurró el príncipe en su oído. – Dijiste que me enseñarías a ser un hombre.

Ioren asintió antes de pensarlo con claridad.

Era consciente de lo que estaba sucediendo entre los dos. Se encontraba analizándolo, por eso no prestó mucha atención a la petición de Driadan. Su mente trataba de desenmarañar el espinoso ovillo de sus sentimientos y de los hechos acontecidos, intentando vislumbrar el camino que le había llevado hasta aquel punto. El punto en el que el chico estúpido y odioso que le había humillado imperdonablemente reposaba sobre su pecho, lánguido y agotado, cubierto por la película brillante del sudor compartido.

- No entiendo – dijo al fin, con un murmullo de descontento.

Driadan rodó sobre su cuerpo, liberando la carne enterrada en sus entrañas con un gemido suave. Luego se acomodó a su lado, entre sus brazos, y le miró. Tenía los ojos rojos, de un intenso carmesí que le resultaba a veces inquietante. Lucía ahora el semblante tranquilo, la melena fragante exudaba el perfume a iris, a sexo y a océanos salvajes, una combinación de aromas que arropaban al Rojo en un extraño hechizo.

- ¿Qué es lo que no entiendes? – preguntó el príncipe. Su voz era perezosa y tierna.

- Por qué pasa esto.

El joven escurrió los dedos por su mejilla. La caricia dulce le despertó un estremecimiento cálido en alguna parte, y tragó saliva. Esto era lo que no entendía. Estas reacciones en sí mismo. No podía comprenderlo a la luz de las circunstancias que les habían unido.

- Misterios – respondió Driadan tranquilamente. – A mi me resultaba… muy impreciso todo. Hasta me angustiaba.

El índice del joven príncipe dibujaba ahora las líneas de su boca. Su voz era como un hechizo; cuando no se comportaba como un estúpido y no se empeñaba en desafiarle, Driadan era afectuoso en cada gesto, tanto que Ioren sentía el impulso de corresponderle con ternura.

- Es raro que seas un hombre. Nunca me ha pasado esto con un hombre – prosiguió el príncipe a media voz, con una extraña gravedad – pero lo que me ocurre no me había sucedido antes con nadie. Simplemente me… hace falta. Mucha falta. No sólo esto, todo tú. Que estés cerca, que estés conmigo. - hizo una larga pausa, lamiéndose los labios. - Creo que te quie...

Ioren le interrumpió, tapándole la boca con una mano en un gesto brusco. Negó con vehemencia, mirándole fijamente, con un mordisco sangrante en el centro mismo de su alma. Se tensó y apretó los dientes.

- No digas eso – le ordenó – Nunca.

Driadan parpadeó y le apartó la mano, frunciendo el ceño. Parecía enfadado.

- ¿Cómo que...? ¿Por qué, a qué viene eso? – escupió, incorporándose sobre un codo – No te estoy pidiendo nada. Me da igual tu opinión, sólo es lo que yo creo que siento, perro desgraciado, no puedes prohibírmelo, tú no mandas en eso.

Ioren suspiró, levantando la mano para rozarle los cabellos y forzándose a mantener la calma. El chico intentó apartarle al principio, pero después le permitió abrazarle, aunque se había crispado y su postura era algo fría.

- Escucha. Y aprende esto – empezó, en un susurro cansado – El odio nunca decepciona, joven príncipe. El amor, siempre. Si llegas a sentirlo, guárdalo en ti, pero nunca lo digas.

- ¿Por qué? – Driadan se relajó un poco – Ahora soy yo el que no lo entiende.

- Porque el amor que se encierra en las palabras, las empuña como armas, y con ellas hace daño – respondió Ioren, pasándole los dedos por los cabellos, hablándole al oído – Las palabras son cinceles que lo deforman. El odio te da todo cuanto esperas de él. El amor, muy rara vez.

Driadan exhaló un suspiro profundo y le estrechó la cintura con los brazos, acomodándose en el hueco de su brazo.

- De acuerdo, no lo diré. Al amanecer, dame una espada y enséñame a luchar. ¿Lo harás?

- Lo haré – afirmó Ioren, en el mismo tono íntimo y apacible.

- Te odio.

- Y yo a ti, Driadan.

Le besó la frente y le dejó dormir, saboreando el perfume de los iris sagrados en su cabello.

. . .

©Hendelie

Fuego y Acero XXV: Driadan



25.- Driadan

Y tenía razón. De nuevo, tenía razón, pues dos días más tarde, la fiebre había desaparecido y el joven Nirala, uno de los hombres de Ioren el Rojo, ya estaba sano. La mujer llamada Kraakha le había atendido, le dio de beber aquel amargo líquido que quemaba hasta que su cuerpo se limpió de la enfermedad o la debilidad que le aquejaba. A veces, ella le hablaba. Driadan nunca comprendía una palabra, mas que cuando decía "bebe" en su idioma, o cuando le llamaba Nirala. Ése era el nombre que todos le daban, Nirala. Nunca el nombre de su patria le había parecido tan deshonrado como entonces.

Los brebajes de la lectora de runas le hicieron recuperar parte de su energía, y al anochecer del segundo día, cuando ya se sentía bien, se metió en la cama de sábanas limpias a regañadientes, impelido por las órdenes suplicantes de Kraakha. Aunque no la comprendiera, era evidente que estaba alarmada, y obedeció más por dejar de escucharla y que le dejaran en paz que por un verdadero deseo de hacerlo.

Driadan tenía ganas de salir. Su cuerpo y su alma pedían a gritos el aire frío del exterior, y con ese objeto se había lavado a conciencia lo mejor que había podido con el agua de una jarra y un puñado de hojas de salvia que encontró colgando cerca de la ventana. Había dejado el suelo perdido de agua espumosa tras su compulsivo aseo, pero la mujer lo había secado y limpiado después, cuando entró con un nuevo tazón de hierbas calientes para él y vio el desastre que había organizado en la alcoba.

No es que fuera una delicia de aposento. Era algo oscuro y no había más muebles que la cama, un baúl de haya, la mesa alargada en la que ardían varias velas para iluminar la habitación, un par de sillas y una alfombra mullida de piel de oso. La única ventana tenía dos hojas de madera gruesa. Las estuvo mirando constantemente mientras Kraakha le atendía, y cuando la mujer se marchó, dejándole acostado y arropado como a un niño, el muchacho se levantó casi al momento, apartando la ropa de cama con un gesto hastiado y comprobando que no podía abrirlas. No podría escapar por ahí. En cualquier caso, la ventana era demasiado estrecha. Casi parecía una tronera.

Suspiró, desarmado, y regresó al lecho, sentándose en él. No tenía sueño, hambre ni frío. En la chimenea ardían los troncos, no recordaba haberla visto apagada a lo largo de su duermevela. El resplandor de aquella hoguera le había acompañado durante su convalecencia, entre las lágrimas, la angustia y la fiebre.

Ahora, despejado y con los músculos entumecidos por la inactividad, descubrió su rostro en un espejo que colgaba en la pared. Pestañeó, reconociéndose. No había vuelto a mirarse desde que saliera de Shalama, y allí dejó de hacerlo después de la primera visita al Sha Melior Malavani, aquel hombre cuyo nombre no quería recordar jamás pero, a su pesar, tenía grabado a fuego en las entrañas y en el alma.

El reflejo le sorprendió tanto que se levantó para mirarse de cerca.

Él había tenido un rostro ovalado y de aspecto, tenía que reconocerlo, ciertamente andrógino. Le habían pintado los artistas de Nirala, habían dibujado con sus pinceles las suaves ondas de su cabello negro, el sonrosado brillo de sus mejillas, el pequeño hoyuelo de su barbilla y la curva delicada de su nariz. Los labios rojos como frutas maduras y las cejas altas, finas, sus pestañas espesas. Siempre le habían comparado con su madre y habían susurrado los cortesanos a sus espaldas, burlándose de su debilidad, su pequeña estatura y sus rasgos poco viriles.

El muchacho que le devolvía la mirada en el cristal seguía siendo el mismo, era innegable, pero el cambio que se había operado en él tampoco podía pasar desapercibido. Las líneas de su semblante se habían endurecido un tanto. Había perdido el lustre delicado que asemejaba sus mejillas a los pétalos de las rosas, y ahora aparecían con un color uniforme, terso, algo pálido pero sin ser enfermizo. La línea de la mandíbula ya no era el óvalo cándido de un chiquillo, se había vuelto más contundente, sin dejar de exudar una elegancia etérea. Y su mirada, bajo el ceño fruncido, era más profunda. Los labios ya no brillaban, rojos. Se habían suavizado.

- ¿Qué…?

Tosió y carraspeó. Su voz también había cambiado, pero no era capaz de decir en qué momento había sucedido eso.

Se contempló largamente, pasándose los dedos por el pelo, que le había crecido hasta la mitad de la espalda. No veía al niño frágil y afeminado. No era ése quien le observaba desde el espejo, era un joven, un muchacho joven y hermoso de porte regio y semblante digno y doloroso.

Algo se estremeció, conmovido, en su interior. Colocó las yemas sobre el cristal, respirando muy despacio, como si temiera romper alguna clase de hechizo.

"Éste soy yo", se dijo, viéndose directamente por primera vez. "Éste soy yo, y ya no soy un niño. He sobrevivido a todo…¿Cuánto tiempo ha pasado? Un año…creo. Un año terrible, pero aquí estoy. Estoy aquí, sigo existiendo. Y me estoy convirtiendo en un hombre".

Apartó los dedos del espejo. Le temblaban un poco las manos, tan sobrecogido estaba con lo que se ofrecía a sus ojos, que no era otra cosa que él mismo. Se miraba, analizaba cada rasgo y cada marca…y cuando trató de encajar aquella imagen que le devolvía el reflejo con su comportamiento, se sintió un poco ridículo. Los berrinches, la rabia injustificada, la soberbia, la manera en la que había apartado de sí a quienes podían hacerle algún bien, el modo en que había tratado a su padre, a Cisne, a Ioren. Sobre todo a Ioren.

"Para ser rey, primero debes ser hombre"

Sus palabras volvieron a él. Tragó saliva, con un regusto amargo y culpable. Ahora se daba cuenta de que no sabía nada. Al verse era consciente, por primera vez, de que en toda su vida no había sido otra cosa que un esclavo de sí mismo: de sus caprichos, de su pereza, de sus emociones que estallaban como volcanes y arrasaban a todos a su alrededor. ¿Había intentado comprender a su padre lo suficiente, o se había acomodado en la sobreprotección que él le ofrecía, sin molestarse en esforzarse para demostrarle que podía ser independiente? ¿Había intentado comprender a Cisne o se había limitado a despreciarle y alejarse de sí, alimentando su rencor y su animadversión? ¿Había sido capaz de aprender algo de ellos? Y lo que era peor…¿Por qué solo podía contar a tres personas como influencia en su vida? Su padre, Cisne y el Rojo.

Frunció el ceño de nuevo, apoyando la mano en la pared y agachando la cabeza. ¿Tan solo había estado? "Sí", se respondió a sí mismo. ¿Tan triste y desesperado estaba, tanto se había despreciado a sí mismo como para empujarles a todos lejos de sí, por más que en su corazón les quería cerca?. "Sí", tuvo que responderse de nuevo. Sí, tan poco había confiado en sí mismo, sí, se había maltratado terriblemente.

Y sin embargo, ahí estaba, en el espejo. Un joven que apuntaba a ser un hombre, que había sobrevivido a sí mismo. Y eso tenía la sensación de que era todo un logro. Volvió a mirarse, con los ojos empañados en lágrimas.

No era un niño que lloriqueaba, revolcándose en la autocompasión. Era un joven que veía desbordados sus sentimientos al enfrentarse a su propio reflejo, el cual a pesar de sus esfuerzos por hundirse en la miseria, se había empezado a forjar con dignidad y orgullo en el porte y las facciones. En el que no veía la mancha de lo que le habían hecho, sino el fruto de su resistencia ante ello.

- El mar helado limpia… - murmuró, pasando los dedos por la superficie pulida.

Las palabras del hombre del mar volvieron a él, una tras otra. Sus gritos airados, su voz serena, sus susurros rabiosos. Nadarás a la orilla, te arrastraré si es preciso. Guardaré lo que eres hasta que pueda devolvértelo. No voy a tenerte pena. Aguanta. Resiste. Lucha. No bajes la cabeza.

Tomó aire entrecortadamente, tragando todo cuanto llovía sobre él. Esa lluvia que ahora sí creía comprender. Habían ocurrido cosas terribles, a él y a Ioren, a los dos, pero el hombre del mar no le había abandonado. Fuera cual fuese su motivo, si era cierto o no que su destino era acabar con la vida de aquel norteño que parecía un rey y que lo era, se dio cuenta de que ambos deseaban lo mismo.

Si algo merecía la pena para Driadan en esta vida, era convertirse en alguien digno. Alguien digno de matar a Ioren el Rojo, porque ese era el honor más alto que podía recibir y el orgullo más auténtico al que podía aspirar. Lo que el Rojo había hecho no tenía palabras. Cualquier gratitud que Driadan pudiera ofrecerle serían meras baratijas. Ioren le había empujado cuando él no era capaz de andar, le había arrastrado cuando se rendía, le había consolado cuando desesperaba. Le había salvado y le había puesto en el camino… y ciego como estaba, Driadan no se había dado cuenta.

- Maldita sea.

Se apartó de la pared y corrió hacia el baúl. Lo abrió de un golpe y sacó la primera prenda que encontró, una capa peluda y negra que olía a cuero y aceites. Se la echó por encima, apagó todas las velas menos una antes de salir y abrió la puerta. Dio un respingo al encontrarse con la figura alta frente a sí, y el mundo se volvió del revés cuando Ioren le empujó hacia el interior del cuarto y cerró a su espalda con un portazo tan violento que el espejo que colgaba de la pared cayó al suelo y se escuchó el crujido del cristal al partirse.

Driadan perdió el equilibrio y lanzó una mano hacia delante para sujetarse a algo. Las correas del jubón de Ioren le sirvieron de asidero, y las manos férreas que se cerraron en sus brazos evitaron que su traspiés diera con sus huesos en el suelo. Lo siguiente fue la mirada abrasadora del hombre del mar sobre la suya, hirviendo con virulencia, y su aliento contra el rostro cuando le zarandeó y le habló.

- Cómo puedes ser tan ruin – le escupió el Rojo, en un susurro peligroso – Cuando ninguna espada me ha hecho flaquear… no existe fuerza en este mundo capaz de doblegarme. No me harás cargar con culpa. No vuelvas a poner a prueba mi paciencia, demonio, o te juro que…

Driadan no consiguió escuchar el resto. Eran palabras afiladas y cortantes, la mirada de Ioren le estaba reduciendo a cenizas y convirtiendo en añicos los trozos de sí mismo que había logrado atisbar. Había pensado ir a buscarle, iba a ir en su busca para hablarle. Quizá para disculparse, tal vez para darle las gracias. Pero en ese momento preciso, la lluvia se había convertido en granizo y amenazaba con romperle. Todas las palabras se borraron de su mente y se convirtieron en polvo en su lengua.

No quería volver atrás, así que se aferró a lo único que le quedaba.

- Eres todo lo que tengo ahora – acertó a decir.

Ioren se detuvo. Su lengua se silenció y los ojos azules se quebraron en un brillo de desconfianza. Las manos dejaron de apretarle los brazos y se limitaron a sostenerle con una tensión palpable en los músculos.

- Eres todo lo que tengo ahora – repitió el príncipe, tragando saliva – Puedo aguantar las pesadillas. Los recuerdos. Incluso a mí mismo. Pero no tu asco ni tu desprecio, eso no he podido soportarlo nunca. No es que no sea justificado…

- No me das asco.

La respuesta de Ioren le interrumpió, brotó de sus labios como una reacción automática, como un reflejo veraz. La única vela que ardía en la habitación no acertaba a iluminar nada. A Driadan, la capa le arrastraba por el suelo y su semblante había perdido todo color, sus ojos rojos estaban fijos en la mirada vibrante y oscura del hombre del mar, que ahora le escrutaba como si intentase desentrañar algún misterio.

- No soy el mismo – murmuró Driadan a media voz, repeliendo las reacciones antiguas de defensa que le instaban a zaherirle, a insultarle, a forcejear y arrancarse sus dedos calientes de encima.

- Tampoco te conocía antes.

Negó con la cabeza.

- Eres el único que sabe quien soy – replicó el príncipe, deslizando cada palabra, pesada y dificultosa entre sus labios – el único que sabe lo que puedo llegar a ser. El único que me conoce, aunque cambie, y el único que puede hacerlo. Tú dijiste… que Driadan es tuyo. Y así es. Lo soy. Pues consérvame. No me empujes lejos de ti, porque no voy a huir más. Eres todo lo que tengo ahora, y eso es lo único realmente bueno que me ha pasado en mucho tiempo.

El suspiro del hombre del mar le supo a resignación, y después, los brazos musculosos le envolvieron, estrechándole con un gesto entre tenso y necesitado. El corazón se le hizo un nudo y se precipitó a sus pies, después voló hasta el estómago y pareció partirse en pedazos, derramando una marea cálida y estremecedora en sus nervios. El olor del mar se coló hasta sus pulmones, le arrebató la conciencia y le nubló la vista. Escuchaba el corazón palpitante al otro lado de las prendas de cuero del Rojo, sentía la vigorosa presión de sus brazos contra su cuerpo y la respiración profunda que hinchaba y deshinchaba su pecho. La nostalgia le pisoteó el alma y le hizo un nudo en la garganta, el anhelo se convirtió en una sed desesperada. Le abrazó, estrujándole con todas sus fuerzas, como si nada más fuera real. Y nada se lo parecía, salvo él mismo y la presencia constante de Ioren, el hombre al que había marcado con su sello y cargado de cadenas. Y que, a pesar de todo, constantemente le salvaba.

La luz del cirio titilante no llegaba hasta ellos. Una penumbra azulada les envolvía, y al príncipe le parecía escuchar el oleaje del mar, acunándole y despertándole un júbilo desconocido en lo más hondo de su ser.

- Necesito tu mirada para existir – confesó, en un susurro ahogado. Apenas le salían las palabras.

La respuesta flotó en sus oídos como la caricia de la espuma, el beso del fuego y el canto honesto del acero, le abrazó como le abrazaban sus brazos y le acarició con el tacto rudo y caliente propio de aquel que la pronunciaba.

- Nunca dejo de mirarte, Driadan.

Se estremeció al escuchar su nombre en sus labios, con el acento brusco de su origen, con el aliento cálido sobre los cabellos, y poderosamente consciente de todo su ser. Su voz apagaba los susurros de los fantasmas. Sus manos borraban el frío y la angustia. Y cuando alzó el rostro y buscó sus labios, incapaz de contener el impulso ineludible con el que su corazón se tendía hacia él, el beso con el que le acogió borró todos los besos sucios que se habían derramado sobre sus labios, le bautizó con saliva limpia y fragante, salada, y le rescató sobre la cresta de una ola.

"El mar helado limpia", pensó por un instante. Después, el fuego purificó y derritió el acero, y las llamas se hicieron dueñas de su ser, reduciéndole a cenizas para resurgir como un pájaro de fuego. Extendió sus alas. Y barrió el universo.


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©Hendelie



Fuego y Acero XXIV: El caballo alado

24.- El caballo alado


Podía ver la Sala del Pegaso cual si pendiera desde el techo. El mosaico central resplandecía, las luces doradas de las velas se volvían brumosas, y el caballo alado le miraba fijamente, blanco y precioso, desde los ornados suelos. En la Silla Alada, había un hombre sentado. Extendía las manos hacia adelante, y de ellas, gruesas gotas de sangre se desprendían una a una, como en una clepsidra de muerte, o de vida.

Esto es lo que te gusta…

Una voz insidiosa, un susurro escurridizo y bífido que le provocaba. La sala estaba vacía, pero sentía las presencias en ellas, los ecos de las palabras resonando. Fantasmas. Voces, murmullos de otro tiempo. Hombres del Mar, señores de las montañas que cuchicheaban entre sí, nobles sureños.

Es muy sensitivo. Mirad cómo se sonroja…

Ha salido a su madre, tiene rasgos de doncella


Las gotas se convirtieron en regueros, y después en chorros, bocanadas carmesíes como el vino añejo, que manaban de las manos del hombre sentado en el trono. Manchaban los preciosos baldosines de la Sala del Pegaso y se unían en un riachuelo espeso que corría libremente hacia el caballo alado. Éste relinchó y se agitó. Le vio mover las alas de cerámica cuarteada y tratar de escapar del marco de granito que le contenía, pero no podía salir. No podía.

¿Sabes bailar?

Risas burlonas y apagadas, jadeos y gemidos, susurros ahogados en su oído teñidos de lujuria y deseo, el olor penetrante del sudor y la semilla. El hombre se echó a temblar en el trono, como si contuviera un huracán. Apretó las manos, y gruesas cascadas sangrientas se precipitaron hacia el suelo, impetuosas como un vómito. El perfume metálico de la sangre cubrió el resto de los aromas, y el hombre de la silla gruñó. Sus cabellos eran negros como ala de cuervo.

Driadan estaba angustiado. El caballo del mosaico se debatía, ahogándose en sangre. Quería bajar del techo y rescatarlo, tirar de las losetas pintadas y arrancar los azulejos uno a uno, ponerlos a salvo de la marea roja que le cercaba y ya había cubierto gran parte del suelo de la sala. Pero no podía bajar.

Un sonido cristalino llamó su atención. Entre los dedos del hombre sentado, la sangre se mezclaba con cuentas metálicas, plateadas. Esferas grises que caían y rebotaban sobre las losas, manchándose de rojo y rodando sin control, saltando aquí y allá. El hombre se estremecía, y levantó el rostro.

Era hermoso y de aspecto digno y noble. De sus ojos de pestañas oscuras, brotaban las lágrimas. Por primera vez, Driadan se dio cuenta de que tenía grilletes en las muñecas. Y escuchó la voz del rey, su propia voz, llamando, llamando. No entendía lo que decía, pero llamaba a algo, a alguien. ¿A él?

Se escuchó un golpe seco y potente que reverberó en los techos. La puerta. Driadan no podía verla desde allí, pero la mirada perdida del hombre del trono se volvió en esa dirección.

Te enseñaré hasta dónde puedes llegar

El golpe volvió a retumbar, más poderoso. Parecía quebrarse una montaña, el sonido rompía los oídos y se extendía, infinito. El rey se dobló en la Silla Alada. Sus ojos, su boca y sus poros se desangraban. La desesperación pintaba su mirada.

Por eso tenemos los ojos rojos , dijo él, el rey.

- Nirala

La puerta cayó. El mar entró en una embestida incontrolable, olas verdes de espuma blanca que bramaban y barrían la estancia. El hombre de cabello negro cerró los ojos con alivio y se dejó engullir, la Silla Alada cayó al suelo y la ola se estrelló contra las paredes, imparable. Las esferas de metal volaron hacia arriba y Driadan aguantó la respiración. Entre la tempestad oceánica, escuchó el relincho del corcel alado, y lo vio. Antes de que el mar le llevara, lo vio, real, de carne, hueso y piel, sin esmalte ni barro cocido. Un precioso pegaso blanco, inmaculado, que agitaba las plumas y emprendía el vuelo hacia un firmamento sin estrellas, mirándole una sola vez con su mirada carmesí.

- Nirala

Despertó con la sensación de ahogarse. Tomó aire con un gemido ahogado, resollando. Una mujer le contemplaba a la luz de un cirio torcido. Sus ojos eran verdes y su pelo negro.

- ¿Madre? – murmuró.

Cuando consiguió enfocar la vista, la mujer sonreía con tristeza. No era su madre. Sus rasgos eran menos suaves, su boca, voluptuosa, y en su frente y sus ojos, en las escasas canas que salpicaban su áspera cabellera, se veían las marcas del sufrimiento y la tristeza, de la lucha continua.

- Bebe.

La mujer le tendió un cuenco humeante. Driadan cabeceó hacia delante y bebió. Se abrasaba. Le ardían los labios y las venas, tenía la garganta congestionada y le parecía contener un avispero en la cabeza. Se sentía débil y agotado. Bebió a duras penas y volvió a recostarse en el lecho en el que se encontraba.

El brebaje sabía amargo y ácido a la vez, le despertó una náusea en el estómago. La mujer le arropó y dijo algo en el idioma de Thalie. Gesticuló para indicarle que no se destapara, después echó un madero en la chimenea que Driadan no había visto hasta ahora, y salió de la habitación, franqueándole el paso a una figura enorme envuelta en una capa oscura y orlada por una melena cobriza y llameante.

Driadan cerró los párpados. ¿Estaba soñando todavía? Odiaba estar enfermo, y a su pesar, era consciente de que lo estaba. Un latigazo de rabia y humillación le golpeó las entrañas violentamente. Mantuvo los ojos cerrados un rato, mientras se tragaba los restos del sueño y la náusea que le atenazaba la garganta, empujándola al fondo del estómago con tozudez.

Escuchó el sonido de una silla arrastrada, y después, a su lado, el crujido de la madera al sentarse y la respiración tranquila del Rojo. El olor a sal marina le cosquilleó en la nariz y relajó las contracciones de su estómago misteriosamente.

- Enfermo otra vez – susurró a duras penas, sin despegar las pestañas.

La voz de Ioren le llegó suave, calmada, como la marea sosegada en una mañana de sol.

- Ya está pasando. En un par de días estarás sano.

Driadan sonrió a medias amargamente. Ioren había escogido bien las palabras. Estar sano no era lo mismo que estar bien, y dudaba que él fuera a estar bien nunca más. Se encogió entre las mantas y tragó saliva. La garganta le escocía, sentía la fiebre mordisqueándole los poros de la piel, en su propio aliento candente, en la sed que le atenazaba el paladar.

- ¿Qué haces aquí?

- Kraakha me dijo que me llamabas en sueños. Dijo que me quedara junto a ti.

Driadan abrió los ojos al fin. Le costaba distinguirle, por mucho que se esforzó en delimitar sus contornos. El resplandor de los ojos azules estaba ahí, cercano, porque Ioren le estaba mirando. Sus rasgos se desdibujaban, las ondas de la cabellera cobriza estaban difuminadas, así como los contraluces de su semblante cincelado. Resiguió con la mirada la línea entre sus labios, la curva de la boca varonil, los pómulos y la fuerte mandíbula, las cejas rojizas y el ceño fruncido. Debajo, la oscuridad y el brillo de la mirada de acero batido, caliente, con la llama del fuego en el interior de las pupilas.

- Soñaba que te perseguía para matarte… y tú huías como el perro que eres – dijo en voz baja, lamentándose por el tono quebradizo y débil con el que se escuchaba. – Por eso te llamaba. Puedes irte si quieres. No te voy a matar aún.

Ioren no respondió. En su lugar, le acercó una jarra de barro y se la llevó a los labios. Driadan bebió. El agua fresca era como una bendición. Intentó no atragantarse, pero le costaba tragar. Parte del líquido se derramó por sus comisuras y empapó el almohadón.

Driadan tosió un poco y luego volvió a mirarle, con la renovada quemazón del orgullo herido en sus pupilas.

- ¿Ahora vas a hacerme de niñera? – su voz aún era débil, susurrante, pero ahora se pintaba de desdén. - ¿Qué pasa, te sientes culpable?

- Ella dijo que me quedara contigo.

La réplica de Ioren fue sencilla y pausada. Apartó la jarra, la dejó en la mesita y se recostó en su asiento. La gran capa de piel colgaba hasta el suelo. El Rojo siempre parecía un soberano, sobre todo con aquellas vestiduras peludas y salvajes. Le hacían aún más grande y corpulento.

- ¿Quién es esa mujer?

- Es Kraakha, la lectora de runas. Estamos en su casa.

Driadan esbozó una sonrisa maliciosa y febril.

- La mujer que te dijo que yo estaba destinado a matarte.

- Que yo estaba destinado a morir por tu mano – corrigió Ioren, inmutable.

Aquella mujer. Lectora de runas. ¿Sería una bruja? Por un momento se le crisparon los dedos al pensar en la posibilidad de que le estuviera envenenando en vez de sanarle, pero después se relajó. Bueno, no estaba tan mal. Al menos dejaría de escuchar los susurros lascivos en sueños, de sentir el contacto de las manos pérfidas sobre su piel cada vez que alguien le rozaba accidentalmente, de percibir en su propio olor el aroma de los cuerpos sudorosos, el sabor de otros en la lengua…

- ¿Qué te pasa?

Driadan había vuelto los ojos hacia atrás. Dioses, iba a vomitar. Empuñó su orgullo de nuevo y cambió el vómito por las lágrimas. Cuando la mano ruda del hombre del mar se acercó a él la golpeó con sus mermadas fuerzas y se encogió al otro extremo de la cama, temblando y respirando entre los dientes apretados con resuellos furiosos.

- No me toques – escupió a la mancha borrosa en la que Ioren se había convertido, vertiendo sobre él todo su veneno. – No me toques, vete. Márchate. Destruyes todo lo que tocas. Déjame en paz. Eres incapaz de cuidar de nada, incapaz de cuidar de nadie. Todo lo que me ha pasado es culpa tuya. Me has maldecido. Me has desgraciado. Todo es culpa tuya. Todo es culpa tuya.

Los dedos del Rojo se habían detenido a medio camino. Su cuerpo se tensó, inmóvil, como si le hubieran golpeado. Durante unos segundos, el silencio sólo se rompió con el aliento precipitado de Driadan, con su respirar ahogado. Después, el hombre del mar se levantó, casi volcando la silla hacia atrás. Le miró de soslayo con las llamas de acero hervido titilando en sus ojos y salió de la habitación como un vendaval, cerrando a su espalda con un portazo que quedó resonando en los oídos de Driadan.

El rey que se desangraba. El caballo prisionero, y los golpes en la puerta, retumbando.

Cuando Ioren se hubo marchado, la soledad de aquella habitación se precipitó sobre el príncipe como un sudario final, envolviéndole mientras se encogía aún más, reprimiendo los sollozos. Y lo escuchaba. En el fondo de su corazón, la voz del hombre del trono, su propia voz, llamándole. Llamándole. Invocando a la única fuerza en este mundo que podía salvarle de sí mismo a pesar del odio. A pesar de todo.

Entreabrió los labios y trató de pronunciar su nombre. Sólo fue capaz de exhalar un gemido ahogado y un sollozo.

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©Hendelie


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