lunes, 2 de enero de 2012

Flores de Asfalto: El Despertar - XVII

En tus brazos


14 de Febrero – Cain

No volvieron a hablar de ello, a pesar de las promesas. Era de esperar, siendo Gabriel un hombre tan hermético y encerrado en sí mismo. Sin embargo tampoco Cain se sentía con ganas de afrontar temas espinosos cuando despertó entre los brazos del profesor, arropado por su calor condensado bajo las mantas. Solo quería prolongar ese momento todo el tiempo que fuera posible.

Gabriel cumplió su palabra. Se quedó con él, en silencio, durante horas. Y estuvieron en la cama hasta el medio día, Cain fingiendo dormir, el profesor velando su sueño que no era tal. El chico sólo abrió los ojos cuando el cargo de conciencia empezó a pesarle al darse cuenta de que Gabriel estaba faltando al trabajo, y él también.

—Lo siento —se disculpó, minutos más tarde mientras ambos salían de casa—espero que no tengas problemas en la universidad.

Gabriel negó con la cabeza y le dio una palmada amistosa en el hombro.

—No te preocupes. Todo el mundo tiene asuntos familiares que atender alguna vez.

Cain odió con toda su alma aquella palmadita que le pareció forzada y fuera de lugar entre ellos dos. Sin embargo, la frase que la acompañaba tuvo en él un efecto angustioso y conmovedor a un tiempo.

—Pero yo no soy tu familia.

Hubiera esperado alguna clase de réplica, pero Gabriel no dijo nada. Caminaron juntos hasta el metro bajo un cielo gris y plomizo y se despidieron en el andén.

Para llegar a su lugar de trabajo, el centro de acogida para animales del distrito siete, Cain tenía que tomar una de las líneas más largas y viajar durante cuarenta y cinco minutos en el metro. El trayecto era largo, y al salir de los túneles parecía encontrarse en otra parte del mundo, en otra ciudad distinta. Árboles, calles amplias, edificios de líneas limpias y ventanas brillantes daban la bienvenida al distrito siete, también conocido como “barrio de las luces”. Y el nombre le iba como anillo al dedo. Cain no conocía aquella parte de la ciudad, nunca había estado allí hasta que consiguió el empleo. El primer día le había sorprendido agradablemente. Era un barrio tranquilo, sin callejones oscuros, sin charcos de inmundicia y limpio de basura en el que abundaban las plazuelas, los bancos y los espacios abiertos. Los edificios eran simétricos y de estilo moderno pero elegante, con amplias ventanas que reflejaban la luz del sol y con fachadas de vista agradable. Había zonas ajardinadas, varios colegios con vallas de color azul, una iglesia de diseño vanguardista y un par de torres más altas que sobresalían por encima del paisaje urbano. Los dos hospitales más grandes de la ciudad se encontraban en el distrito siete, pero Cain todavía no los había visto.

El barrio de las luces estaba ubicado en la zona más elevada del terreno. Al salir del metro en la estación en la que él se bajaba, si se daba la vuelta al llegar al exterior, podía ver a sus pies la suave línea descendente de la calle y más allá una vista panorámica de la gran ciudad, con su nube grisácea de smog emborronando los rascacielos.

Allí, en alguna parte de esa tortilla de hormigón, dióxido de carbono, alquitrán y acero estaba la casa del profesor, la universidad, el café donde se reunía con Ruth, Samuel y Berenice. En alguna parte estaban las calles tortuosas y negras que llevaban a los clubes y los bares de copas en los que había perdido el sentido de la realidad. En alguna parte estaba su primera casa de acogida. Y la segunda, y la tercera…

Cuando sacaba a los perros a pasear subía con ellos al parque grande. Los compañeros del centro y su jefa, una chica amable y con pecas, le habían recomendado llevarlos allí. Había una gran superficie de arena habilitada para animales y estaba permitido soltarles, pero Cain no se sentía aún lo bastante seguro como para hacerlo. Tenía miedo de que alguno se perdiese. El parque grande tenía un mirador desde el cual también había unas maravillosas vistas.

Aquella tarde llevó a dar una vuelta a dos schnauzer juguetones y un par de fox terriers.

—Tienes muy buena mano con los animales —le había dicho Bianca, la jefa —. Estos dos nos ladran a todos, pero contigo parecen más tranquilos.

Y debía ser cierto, porque el paseo estaba siendo agradable. Los perros no montaban escándalo ni peleaban entre sí y obedecían cada vez que daba un tirón seco de las correas para que fueran a su paso.

En aquel momento estaba sentado en uno de los bancos del parque, limpiándoles los hocicos a los animales. Habían bebido agua y estaban pringados de barro hasta la nariz.

—No sois perros —le dijo al terrier más grande, que le estaba dando lametones en la oreja como si fuera un helado —sois cerdos.

Woof —respondió el animal.

Una brisa suave agitaba las ramas de los tilos, los álamos y los eucaliptos y aquel rumor lento, sosegado, se había vuelto casi hipnótico. Cain aún seguía con el ánimo un tanto abstraído a causa del mal sueño, de la mañana nostálgica en brazos de Gabriel y del desajuste que le causaba aquella mezcla de emociones. Se sentía como un engranaje mal colocado.

Mientras tiraba los pañuelos de papel empapados, dos figuras cruzaron cerca de él, cogidas de la mano. Les miró con cierta envidia. Eran dos chicos, uno muy joven, quizá de su edad o incluso menor, el otro rondaría los veinticinco.

—He oído hablar de las Lupercalias —estaba diciendo el mayor. Tenía el pelo cortado de una manera extraña, con una cresta mohicana y una fina trenza en la nuca que le colgaba hasta la espalda. Sus rasgos eran atractivos pero agresivos, lobunos. A Cain le produjo una cierta inquietud misteriosa —. ¿Es esa fiesta en la que los romanos se buscaban novias por sorteo para divertirse todo el año?

—No es exactamente así —respondió el más joven al cabo de un rato.

—Bah, en cualquier caso, ¿eso significa que no quieres celebrar conmigo San Valentín?

—Yo no he dicho eso… sólo te hablaba de las Lupercalias.

—Entonces acepta el regalo, joder.

Cain se mordió el labio. Claro, era el día de los enamorados. Se había olvidado por completo. Se entretuvo un poco más de lo necesario cepillando el pelo a los perros mientras espiaba a la pareja, aunque ahora ya no podía oírles. Estaban un poco más lejos y se habían detenido al lado de un parterre. El tipo de la cresta se había inclinado y le estaba atando algo en la muñeca al chico más joven. Él pasaba muy desapercibido, vestido con una sudadera gris y una chaqueta vaquera. Tenía un rostro hermoso pero discreto. Sin embargo, había algo en él que hacía que Cain fuera incapaz de apartar la mirada de ellos, alternándola entre el hombre de aspecto depredador y el joven tranquilo e inexpresivo.

El de la cresta sonrió, mostrando una dentadura de colmillos sobresalientes. El chico tranquilo se miró la pulserita y luego giró la cabeza lentamente hacia su derecha. Sus ojos grises se encontraron con los de Cain y destellaron. Lejanos, extraños, atemporales. Sobrenaturales. El chico apartó la mirada apresuradamente, estremeciéndose, y tiró de la correa de los perros, siguiendo su camino. “Venga ya, por Dios, ¿qué me está pasando hoy?”, iba diciéndose mientras regresaba al centro de acogida. “O tengo un puto imán para la gente inquietante o es que veo cosas donde no hay nada que ver”.

Centró su atención en el trabajo y dejó que el resto de la tarde transcurriese sin pensar, pero incapaz de salir por sí solo de aquel pozo de melancolía en el que se había hundido. Era el día de los enamorados. Un día triste para los que no tienen a quién amar. Un día aún más triste para los que aman en vano.

. . .

14 de Febrero – Gabriel

Las ventanas del vagón dejaban ver los túneles negros. En una de ellas, Gabriel miraba su propio reflejo, pensativo. El día había transcurrido demasiado rápido y sin que fuera capaz de abstraerse por completo de los recuerdos que se habían removido la noche anterior. Ni tampoco de la peligrosa obsesión en la que Cain se estaba convirtiendo. Tenía la sensación de tener una madeja embrollada en el cerebro. De tener un montón de piezas de un puzzle pero no poder encajarlas aún porque faltaban otras. Ni siquiera se hacía una idea del dibujo.

“Esta ciudad es un lugar hostil plagado de monstruos”

No era sólo una metáfora. Era algo muy real. Él los había visto, y Cain también.

Gabriel suspiró y se pasó la mano por el pelo, apartando la mirada de su reflejo. No iba a encontrar las respuestas ahí. Estaba cansado, tenía sueño y sentía el ánimo un tanto decaído. No pudo evitar culpar a Cain, aunque sabía que no era culpa suya. Pero qué demonios. El maldito chaval le estaba haciendo perder el juicio. Se había pasado la noche abrazándole, aspirando disimuladamente el perfume de sus cabellos y analizando con frialdad tanto la conversación que habían tenido como la clase de emociones que Cain le despertaba. No estaba seguro de haber sacado nada en claro, aparte de una cosa: aquel chico le estaba haciendo perder poco a poco, gramo a gramo, la férrea disciplina que mantenía sobre sí mismo. Se le estaba metiendo en la sangre.

Se había dado cuenta hoy de que no podía evitar buscarle en las gradas del aula cada poco tiempo. Ahora que Cain trabajaba, no vendría más a colarse en sus clases. Era lo lógico. Y sin embargo, ¿por qué esperaba encontrarle allí? ¿Por qué lo deseaba? Le había mantenido entre sus brazos durante toda la noche, protegiéndole de todo y de nada, despierto como un idiota, intentando quedarse con su recuerdo sobre la piel. Había contemplado el rostro del chico a sus anchas en la penumbra de la habitación, bañado por el resplandor de las luces de la ciudad. Había deslizado un dedo sobre la línea de su nariz y había acercado los labios hasta casi besarle, preguntándose qué ocurriría. Qué pasaría si lo hacía de una maldita vez. Qué podría suceder si se inclinaba sobre él y le sujetaba las manos por encima de la cabeza mientras se emborrachaba de su cuerpo hasta estar saciado.

No hizo nada. Sus excusas le fueron útiles una vez más, aunque una de ellas se presentaba como la más real y verdadera de todas. Y es que al recordar el aspecto de Cain cuando le encontró entre la basura del callejón con el albino, recordar su mirada en ese piso de mala muerte y el modo en el que se encogía dentro de la bañera, angustiado por la vergüenza y la culpa, actuaban como grilletes en sus impulsos. No podía hacerle algo así a Cain. Era un buen chico. Había sufrido mucho. Ya se lo había hecho una vez, y no estaba seguro de que eso fuera bueno para él, aunque no parecía estar demasiado traumatizado. Pero eran cosas complicadas. Muy complicadas.

“No es justo”, se dijo, contemplando la oscuridad del túnel a través de la ventana. “Nada de lo que le ha sucedido lo es. Ni a él ni a ellos”. El recuerdo volvió a golpearle con violencia.

Eran dos chicos muy jóvenes. Los dos eran preciosos, inocentes, maravillosos. Rubios, con el cabello largo y liso como una cortina de agua, con los ojos de color azul muy claro. Les recordaba subiendo y bajando del coche al ir y volver del complejo. Él con el estuche del violín a la espalda, ella con su carpeta de partituras.

Se dio cuenta de que había mentido a Cain. No lo había hecho a propósito. Le había engañado porque se engañaba a si mismo.

Se acercó al cristal de la ventanilla y apoyó una mano sobre él, con la mirada perdida en la negrura. Volvió a dirigirla hacia su propio reflejo. Se engañaba a sí mismo constantemente. Tenía la inquietante sensación de que si era completamente honesto, si enfrentaba todas aquellas cosas que no quería enfrentar, su vida nunca volvería a ser igual. Y no tenía ni la más remota idea de lo que significaba eso. No sabía si sería mejor o peor. Sospechaba que dejaría de ser tranquila y controlada.

“Al menos tengo que contárselo a Cain. Él de verdad necesita saberlo. Y tiene que saber que no permitiré que le ocurra nada”, se dijo, tragando saliva. Al menos podía decirle eso. Cerró los ojos, intentando arrancarse la imagen de los dos hermanos de las retinas. Eran como fantasmas que una vez despiertos no querían volver a dormir. Pero no le extrañaba. Fantasmas, eso no era la peor cosa.

Al fin y al cabo, siempre había querido convertir su propia vida en una vida normal. Y siempre había sido consciente de que no lo era. Premoniciones, visiones, muerte y misterios a su alrededor. Estaba seguro de que dando unos cuantos pasos en la dirección correcta y atreviéndose a levantar los velos que ocultaban los secretos, hallaría todas las respuestas que estaba buscando. Desde que conoció a Cain, estaba seguro de eso.

Cain, el chico de ojos verdes. Aquella noche de Enero estaba tirado en la calle y repetía: no es real.

En el fondo, no eran tan distintos. Él había repetido lo mismo muchas veces, durante años… hasta que consiguió enterrarlo. Hasta que dejó de serlo.

“Al menos tengo que contárselo a Cain”


. . .


14 de Febrero – Cain

—Pues creo que estás completamente loco, pero te deseo suerte.

Cain sonrió a medias. Tenía el teléfono sujeto con el hombro y estaba encendiendo las velas.

—Gracias Ruth. Con que le guste el regalo, me conformo.

—¿Y qué le has comprado?

—Un juego de bolas magnéticas.

Se aguantó la risa cuando escuchó el silencio al otro lado del auricular. Seguro que Ruth estaba pensando algo inadecuado. Se guardó el mechero y se dirigió a la cocina para comprobar que ninguna lata de cerveza había reventado.

—¿No vas un poco rápido?

—No de esas bolas, cariño —echó a reír al fin —Son un puñado de bolitas pequeñas, imantadas. Puedes formar cualquier figura con ellas. Es una de esas movidas antiestrés o para gente compulsiva.

—Ya veo. ¿No es un poco raro como regalo de San Valentín?

—¿Tenía que haber escogido las otras bolas?

—Pues quién sabe —rió ella. Aun por teléfono su voz sonaba cálida y dulce —. De todos modos ten cuidado. A lo mejor te quedas plantado con tu cena y tu regalo y el profe se va con su novia.

—Es lo más probable —concedió Cain, frunciendo un poco el ceño —. Pero oye, mira. Así por lo menos que vea lo que se pierde. Igual se le hace difícil elegir.

—Eres un castigador. Mucha suerte, nene. Mañana me cuentas.

—Hasta mañana, guapa.

Un pitido anunció el fin de la comunicación. Cain suspiró y se pasó la mano por el pelo mojado, contemplando su gran obra. Había colocado velas en las encimeras de la cocina, sobre el piano y en el salón. La mesa de la cocina estaba puesta para dos y la cajita envuelta en papel de color azul al lado del plato del profe.  Había cocinado. Se había duchado, echándose por encima un bote entero de canela en polvo y mezclándolo con jabón neutro. Había leído por ahí que la canela era afrodisíaca. Sólo faltaba una última cosa. Miró alrededor , siguiendo el cable del teléfono hasta el cajetín. Encontró la pestañita de plástico que mantenía la clavija conectada a la línea y la sacó con una sonrisa satisfecha.

Había pasado una tarde horrible, balanceándose al borde de la depresión, y al llegar a casa se había prometido a sí mismo no dejarse arrastrar por aquel dañino estado de ánimo. Así que se dispuso a atacar una vez más, con una cena de San Valentín preparada para seducir a Gabriel. Para que fuera perfecta tendría que ocuparse de un detalle: la música. Se acercó al equipo de sonido y empezó a buscar entre los cedés del profesor, sin quedar contento con nada. Al final se fue a su habitación y trajo su propio disco de post-rock, Collapse under the Empire.

Cuando se abrió la puerta, la música había empezado a sonar y él estaba sentado frente a  los altavoces, repentinamente asustado.

Escuchó el sonido de sus zapatos detenerse en el umbral. Escuchó su silencio sepulcral. Escuchó pasar los segundos, tragando saliva, sintiéndose un cobarde, sintiéndose al borde de un precipicio y a punto de saltar. Escuchó el latido desesperado de su propio corazón. Escuchó cerrarse la puerta, al fin. Escuchó los pasos lentos. Y después, por último, más aterradora que cualquier otra cosa, su voz suave y grave.

—Hola, chico. ¿Celebramos algo?

“Miéntele”, dijo una voz en su cabeza. “¿Qué mas da? Miéntele y no pases más humillación. Dile que es tu cumpleaños”. Apretó los labios, sacudiendo la cabeza, negándole el triunfo a la cobardía y se puso de pie, sacudiéndose los vaqueros. Se volvió hacia el profe, metiendo las manos en los bolsillos y soplándose el largo flequillo que le caía delante de la parte izquierda de la cara.

—¿No sabes que día es hoy?

Gabriel arqueó la ceja. Estaba completamente fuera de onda, al parecer. Eso o se estaba haciendo el tonto.

—¿Jueves?

Cain sonrió a medias y asintió, mirándole. El profe aún tenía puesto el abrigo y el portafolios en la mano. Había algo en su semblante que era un poco diferente. Parecía más cercano. Más expresivo. Y sin duda estaba extrañado.

—¿Tienes en mente quedarte ahí toda la noche mirando alrededor como si no reconocieras tu propia casa? —preguntó al fin Cain, cambiando el peso de pie —He hecho la cena y se va a enfriar.

El profe frunció el ceño, quitándose el chaquetón de paño y soltando el maletín en el vestíbulo de cualquier manera. Se dirigió hacia el perchero.

—¿Qué has cocinado? Huele bien.

—Es pollo. Pollo al estilo burdel.

Gabriel suspiró. Cain reprimió una sonrisa y se fue a la cocina a servir la cena. Le costó un poco cortar las piezas, nervioso como estaba, pero lo consiguió. Olía deliciosamente, esperaba no haberse pasado con las especias. Puso una generosa ración en un plato y sacó una cerveza negra del congelador. Cuando fue a dejarlo todo en la mesa, el profesor ya estaba allí, mirando el regalito envuelto con el ceño fruncido. Cain habló antes de que él preguntara.

—Es una tontería. Es que he pensado que me has ayudado mucho y que, bueno, quería hacer algo majo por ti —. Puso el plato en la mesa, antes de que le empezaran a temblar las manos y se le cayera al suelo.

—No tenías por qué.

—Ya. Bueno. Venga, siéntate. Luego lo abres si quieres.

Gabriel sonrió a medias y le dirigió una mirada amable. Luego acercó la mano y le revolvió el pelo como si fuera un niño pequeño.

—Eres un buen chico. Gracias.

—Ya… de nada. Voy a por agua. Mira, tienes cerveza negra para ti.

Se fue a buscar la jarra con cierta decepción. A veces tenía la impresión de que el profe no era capaz de verle más que como un chaval joven, muy joven, al que le habían puteado hasta la médula durante toda su vida. Y no es que aquello no fuera verdad, pero Cain no quería ser eso. No sólo eso.

—¿Qué tal te fue con los perros hoy?

El chico se sentó en su sitio y se llenó el vaso, asintiendo con tranquilidad.

—Bien, mejor. Me hacen bastante caso. Hoy he visto un beagle por primera vez.

—¿Cómo son los beagle?

—Son esos sabuesos pequeños de orejas caídas, nariz negra y cara de buena gente. Tienen la tripa blanca y el pelo marrón —explicó, probando su propia obra culinaria. Le había salido estupendo, y se dio cuenta de que se moría de hambre — Son obedientes.

Gabriel asintió, aunque estaba mirando el plato con gesto de sorpresa mientras masticaba. Luego se dio un trago de cerveza.

—Oye, esto te ha salido muy bueno, ¿no?

—¿Tu crees? Yo estaba pensando lo mismo.

—Tendrás que cocinar tú en lo sucesivo.

—Bien, de acuerdo.

Gabriel le miró con extrañeza, pero el chico arqueó las cejas y sonrió, muy seguro de sí mismo.

Durante un buen rato estuvieron comiendo y conversando sobre cosas banales. Él le preguntó qué tal en la universidad. Gabriel le contó un par de anécdotas divertidas sobre sus alumnos. Luego le preguntó al chico cómo le trataban en el trabajo y Cain le explicó cómo eran sus compañeros y la jefa, y le habló con detalle sobre el distrito número siete. Gabriel ya lo conocía, había trabajado allí cuando era encargado de seguridad. Luego, la comida se terminó y un silencio lento cayó como un manto de nieve sobre ambos. La música seguía sonando y las velas ardían, iluminándolo todo con un resplandor dorado.

—Sabes, hoy mientras venía —, comenzó el profesor, volviendo a mirar su plato de nuevo, ya vacío —estaba pensando en que no he sido del todo honesto contigo en algunos temas. No ha sido a propósito… son cosas en las que, simplemente, no había pensado antes. O no quería pensar. No es que quisiera engañarte ni nada parecido.

Vaya. Cain se quedó con el tenedor entre los labios un momento y luego asintió lentamente.

—Claro. No te preocupes por eso.

El profesor alzó la mirada y le observó con seriedad, como si él, Cain, fuera alguna clase de misterio fascinante. Su voz se volvió mas suave, como terciopelo.

—La verdad es que me haces enfrentarme a mí mismo de una manera que nunca antes había experimentado.

Cain no supo qué decir. Sentía de nuevo esa tibieza por dentro, la sensación de la emoción y de la esperanza vibrándole en las venas. Le sostuvo la mirada, intentando que la respiración no se le desacompasase. Gabriel parecía hipnotizado, mirándole. Tenía el pelo suelto y un mechón castaño, muy dorado a la luz de las velas, se le descolgaba junto a la mejilla. Tenía la sombra de barba de tres días y los ojos profundos, densos, cálidos como un abrazo. Y seguía mirándole. Y los segundos pasaban. Cain empezó a notar cómo el rubor le cubría la piel, calentándola hasta que le picó. El profe volvió a hablar con más terciopelo aún.

—Lo que quiero decir es… que no importa lo que haya ahí afuera. Ni cómo haya sido tu vida antes. No volverá a ocurrirte nada malo si yo puedo evitarlo.

Las palabras golpearon a Cain. Tragó saliva dificultosamente y agachó la cabeza. No podía aguantar más el peso de sus ojos azules sobre los suyos. Lo estaba diciendo en serio, lo sabía. Lo sabía por el tono de voz, por la severidad del semblante o el modo en que le contemplaba. Lo había sabido siempre, en realidad. Desde que le secó con la toalla.

Le gustaba lo que estaba oyendo, y el latido desbocado de su corazón era prueba de ello. Pero él también tenía algo que decir.

—¿Y eso qué significa exactamente?

Gabriel ladeó la cabeza, extrañado.

—¿A qué te refieres?

—Te creo, y me alivia mucho saber eso. De verdad. Pero no soy sólo alguien a quien proteger —comenzó, buscando las palabras adecuadas desesperadamente —. Puede que las cosas no me hayan ido bien hasta ahora, y que sea frágil, de acuerdo. Es posible. Pero no soy sólo alguien a quien proteger. No soy un niño. Soy adulto y ahora sé lo que quiero. Que tú desees protegerme así me hace sentir más seguro pero… no soy una víctima. No quiero que me consideres así.

—No, no. No me he expresado bien —Gabriel bajó las manos de la mesa y las colocó sobre sus rodillas, desviando la mirada —. No me das pena. No es por pena.

—¿Entonces por qué es?

—Es por que…

La tensión creció en el interior de Cain mientras aguardaba la respuesta.


. . .


14 de Febrero – Gabriel

—Es por que…

El chico se puso aún más pálido. Gabriel no era ningún idiota, sabía lo que estaba sucediendo allí aquella noche desde el momento en que entró por la puerta. Sabía que Cain estaba nervioso, sabía por qué le rehuía la mirada y por qué se le habían empañado esos dos ojos verdes y preciosos cuando le dijo que quería protegerle. Sabía por qué le estaba mirando ahora así, como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba, con esperanza y también con miedo.

Y, maldita sea, cuando el chico le había hecho la pregunta, esa pregunta tan simple, de nuevo le había enfrentado consigo mismo.

Y sabía la respuesta. La supo en aquel mismo momento. No, seguramente la sabía antes, pero no había querido verla. “Si no es por pena, ¿por qué es, Gabriel? Sabes por qué”. Tal vez no era el mejor momento para decirlo, pero tenía la impresión de que no habría otro.

—Es por que… —repitió.

El teléfono móvil comenzó a sonar con un timbre desagradable. Cain parpadeó y respiró, los preciosos ojos verdes se tornaron confusos y miró alrededor como si no supiera de dónde venía aquel sonido espantoso. “Esto no puede estar pasando”, pensó Gabriel. Apretó los dientes y metió la mano en el bolsillo de los vaqueros, poniéndose de pie con un ímpetu rabioso. Casi tiró la silla mientras se alejaba unos pasos para mirar la pantalla del aparato.

Sara.

Cómo no.


. . .


14 de Febrero – Cain


Estaba harto de vivir en una jodida montaña rusa. Cuando el profe descolgó, se puso en pie en silencio para recoger la mesa, con la sensación de haber sido impulsado hacia lo más alto hasta casi rozar el cielo, sólo para después caer de nuevo al suelo y ver que todo seguía igual que siempre.

—Hola Sara.

“Claro. Era de esperar. En fin, al menos hemos tenido un par de horas para nosotros. Y le ha gustado el pollo”. Se llevó los platos y vació los huesos en la basura mientras hacía inventario de sus avances para mantener alto el ánimo cuando el profe se marchara con su novia.

—Aquí no ha sonado el teléfono. No. No, ni idea.

Abrió el grifo sin mucha presión para seguir escuchándole mientras humedecía los platos y limpiaba los vasos.

—Que te digo que no, Sara. Si he llegado hace dos horas. No, no ha sonado.

Había logrado pequeños tesoros hoy. La mirada tierna. Su voz de terciopelo. Y aquella duda al final, en esa respuesta que Sara había interrumpido. Si, podía considerarse satisfecho.

—No, hoy no. Pues por que no. Tengo cosas que hacer.

Su voz de terciopelo. En cambio, el tono que estaba empleando ahora con su novia no era precisamente el más agradable.

—No sé como pretendes que tenga ganas de estar contigo si cada vez que me llamas empiezas con reproches, Sara. Te estoy diciendo que el teléfono está conectado y que aquí no ha sonado, ¿puedes dejarlo ya? Además, no puedo hoy.

Cain arqueó las cejas. La conversación se estaba poniendo cada vez más tensa. Fregó los vasos dos o tres veces y se entretuvo secando los cubiertos, atento.

—¿Qué estás insinuando?

No, eso no era terciopelo. Era acero afilado. Por el reflejo del cristal del armarito vio cómo Gabriel se giraba un poco para mirarle, con una mano en el bolsillo y el ceño fruncido.

—¿Y qué si fuera así?

“Joder, ¿estarán hablando de mi? ¿La tía me ha mencionado y por eso me mira? Joder, joder.” Cain terminó y buscó rápidamente algo más que hacer. Pasó el trapo sobre la superficie de la encimera, se hurgó en el bolsillo trasero de los tejanos y sacó un paquete de tabaco arrugado que no sabía desde cuando tenía ahí. Extrajo un cigarrillo y se lo encendió.

—Muy bien. Pues vete haciendo a la idea. Adiós.

Adiós. Eso había sonado muy mal. Rezó, pidiendo a Dios que fuera tan malo como sonaba.

—¿Todo bien? —preguntó, aun así, girándose hacia él. Al hacerlo, se encontró con que el profesor aún estaba mirándole.

—Sí. Todo bien.

Cain asintió.

—Vale. ¿Te vas?

—No.

—¿No era Sara?

—Sí. Pero no me voy.

Cain tragó saliva otra vez. El corazón empezó a golpearle tan fuerte que tuvo la impresión de que le rompería una costilla. Tiró la ceniza al fregadero. Otra vez el ambiente espeso y denso, los ojos azules aplastándole. Sintió una violenta necesidad de confesarse.

—La verdad es que desconecté el cable del teléfono —acertó a decir. Tenía los dedos aplastados contra la encimera, se le habían quedado las manos repentinamente frías.

—Ya lo sé.

“Joder”

La voz de terciopelo. Se preguntó por qué demonios estaban ahí, inmóviles en esa tierra de nadie. Intentó dar otro paso.

—Hoy es el día de los enamorados.

—También lo sé.

“Joder. Joder.” Quería gritar, de emoción y de frustración. Quería apartarse de la mesa, tirar el cigarro al suelo y echársele encima, terminar con esa inmovilidad absurda. Pero tenía cadenas en las muñecas. Tal vez si lo hacía le dolería en el alma, estaría lleno de culpa y de duda, de impureza. Volvería a sentirse como un chapero de mierda. Y tenía un pánico atroz a que eso pudiera pasar.

—¿Y bien? —insistió, como si esperase un veredicto o algo así.

El profesor no respondió. Empezó a caminar hacia él, despacio, midiendo cada paso. El corazón de Cain se aceleró tanto que creyó que se desmayaría. Parpadeó cuando le tuvo delante y alzó el rostro. Su mirada le desarmó por completo: cálida, desbordante de necesidad y de emociones densas, eléctricas. El profesor tenía los dientes apretados y respiró entre ellos con un siseo contenido, acercando una mano a su mejilla.

—No quiero hacerte daño.

Fue un susurro apagado. Los dedos de Gabriel estaban sobre su piel, el pulgar junto a sus labios. Eran calientes y un poco ásperos. Entrecerró los ojos y negó con la cabeza, exhalando un hilo de aliento tembloroso.

—Sólo me haces daño cuando te alejas —confesó, con el mismo tono. Lo dijo sin pensar, subyugado por el magnetismo de aquel instante imposible y mágico.

—Perdóname por eso.

Cain asintió con la cabeza. El profesor le levantó la barbilla con suavidad y él alzó la mirada. De pronto habían desaparecido el nerviosismo atroz y la angustia. Esto era lo que tenía que ser. Estaban hechos el uno para el otro y siempre que se encontraban, siempre que se tocaban, Cain lo sabía con absoluta certeza. El cabello de Gabriel se derramó en una cascada junto a sus mejillas cuando inclinó el rostro hacia él. El perfume de sándalo y madera le envolvió con una bienvenida, y los labios del profesor presionaron sobre los suyos en un beso sentido y dulce.

“Que no termine” pensaba, sintiéndose flotar, sintiéndose absolutamente idiota, sintiéndose fuerte y débil al mismo tiempo. La lengua de Gabriel se abrió paso hacia el interior de su boca y se enredó con la suya. Sabía a cerveza negra. Estaba amargo, y le gustaba así, amargo y caliente como el café. Su brazo le rodeó la cintura, con la otra mano le había agarrado del pelo. Él le echó los brazos al cuello y le besó a conciencia, entregando cada gota de su amor en ese beso, queriendo prolongarlo hasta la asfixia.

“Que no termine” pensaba, mientras el beso se volvía más hondo, más intenso, frenético al final, proyectado hacia adelante en una búsqueda imposible. Solo un beso no era suficiente. Se separaron, respirando sofocadamente. Los dientes del profesor le arañaron las comisuras. Su boca se escurrió hacia su cuello. Cain echó la cabeza hacia atrás, exponiéndose, con el calor ardiéndole en la piel y por dentro, en el corazón. Gabriel le abrazó, pegándole a su cuerpo como si toda distancia, por mínima que fuera, le pareciese demasiado.

“Que no termine”

Le tiró de la camiseta con cuidado, temiendo una reacción negativa. Gabriel se percató del gesto y en lugar de dar un paso atrás, fue él mismo quien se desembarazó de ella, con ojos brillantes, llenos de fuego, y el gesto contenido y severo. Después le arrancó la suya de un tirón desesperado y volvió a abrazarle, volvió a cubrir su boca con sus labios y a hundir la lengua hasta su garganta.

Entonces Cain se dio cuenta de que no iba a terminar. En el instante en que lo supo, todos sus miedos desaparecieron. Y con un suspiro de alivio, se abandonó.


. . .

©Hendelie

Flores de Asfalto: El Despertar - XVI

Sueño y realidad


13 de Febrero — Cain

El cielo estaba rojo, iluminado por el resplandor del fuego. Lo podía ver perfectamente desde la ventana de tres cristales, en el salón de aquella casa de clase media que era su prisión. El brillo carmesí manchaba los cristales, teñía los muebles, el suelo, de un color antinatural y sangrante. Con la nariz pegada al vidrio, Cain observaba las nubes abigarradas abrirse mientras una lluvia de cuerpos celestes en llamas se precipitaban sobre la tierra arrasada.

Era el fin del mundo. Y lo contemplaba inmovilizado por la fascinación que producen los grandes horrores.

La ciudad se desmoronaba, devorada por el fuego. Uno de aquellos meteoros impactó contra la torre del reloj rojo, esa que le servía de guía en la zozobra cuando vagaba por las calles. Se quebró como si fuera una estructura de arcilla y se derrumbó con un estruendo sordo. Olía a goma quemada, a plástico derretido, a combustible y a químicos. Frente a la ventana, vio pasar a tres criaturas deformes, extraños híbridos entre hombres e insectos. Tenían largas patas articuladas cubiertas de cerdas negras que brotaban de sus espaldas. Caminaban erguidos sobre las dos piernas, sólo ayudados por dos pares de esas extremidades abyectas y arácnidas. Los otros dos pares permanecían flexionados sobre sus hombros, retorciéndose al paso de sus andares tranquilos, pausados. Los demonios del infierno paseaban entre la destrucción.

Una de aquellas figuras se volvió hacia la ventana. Tenía el cabello blanco y largo sobre un rostro humano, el torso de esternón alto y plano terminaba abruptamente en una cintura estrecha. Las facciones de su cara eran inquietantemente hermosas y los ojos brillaban con un resplandor rojizo.

—¿Lieren? —murmuró, con un nudo de angustia.

La criatura se acercó al cristal de la ventana y esbozó una gran sonrisa, demasiado ancha para su rostro, de dientes afilados y picudos como colmillos de alimaña. Ladeó la cabeza, observándole con malicia. Cain vio su reflejo escindirse en varios reflejos diminutos dentro de esos globos oculares extraños. Cuando Lieren puso las manos sobre el vidrio, abalanzándose hacia él, Cain se movió por primera vez.

El miedo paralizado, sostenido, explotó de pronto en una descarga de adrenalina. Presa del pánico, echó a correr.

El interior de la casa permanecía en calma, olía a carne asada y a puré de patatas. Se detuvo en seco al cruzar frente al cuadro del ángel, con la inquietud asfixiándole, apretándole la garganta, cortándole el aliento. Lo agarró, estrujándolo contra su pecho y buscó refugio en su habitación. Dio un respingo y se precipitó hacia el interior de la alcoba al oír el sonido inconfundible de los cristales rotos.

—Ángel de la Luz, ángel que me guardas — rezó, con la voz temblorosa. Cerró tras de sí y pasó el cerrojo, atrancó la puerta con la silla, con la respiración agitada y el corazón latiéndole con fuerza en el pecho —protégeme del temor bajo tus alas doradas.

Podía oír los pasos que se acercaban. Después el susurro deslizante de las patas arácnidas en la madera de la puerta, lentas, tanteando. Huyó bajo la cama, con el cuadro del ángel abrazado contra el pecho.

“Dame consuelo en el miedo, dame tus sabias palabras, dame fuerzas en la noche cuando no me quede nada”

Desde debajo de la cama veía la rendija de luz roja entre el batiente y el suelo. Esa línea luminosa se cortaba en el espacio ocupado por la sombra del invasor. Una de aquellas patas negras y peludas, horribles, se escurrió a través de la rendija. Escuchó el crujido lento de las astillas, la madera comenzó a deshacerse bajo la presión de los palpos, a quebrarse y a agrietarse.

Cerró los ojos con fuerza, hiperventilando, intentó obligar a su mente a calmarse.

“Cálmate, cálmate, cálmate. ¡Tranquilo!”

Entonces cayó en la cuenta de que aquella habitación no era la habitación de la familia de clase media. No, esa colcha de volantes azules, aquel suelo de baldosas moteadas y el olor a alcanfor pertenecían a otro lugar. Era la casa de la anciana señora Lea.

“Haz la Luz en las tinieblas, infúndeme de valor…dame el brillo de mil soles”

Dos pies enfundados en zapatos negros de mujer, sin tacones, se situaron delante de su campo de visión. Medias oscuras. Era ella, la mujer que le había cuidado de verdad. La única en toda su vida. La voz quebrada de la anciana se escuchó con claridad en el cuarto oscuro.

—El Señor es nuestro refugio y fortaleza, ayuda siempre pronta en los peligros. Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva y las montañas se desplomen hasta el fondo del mar.

La puerta cedió al fin. La silla que la atrancaba cayó hacia atrás y ellos entraron. Desde debajo de la cama, Cain mantuvo los ojos abiertos. No podía cerrarlos. No quería cerrarlos, aunque el corazón le golpeara con violencia en las sienes y tuviera la impresión de estar al borde del desmayo.

Ellos. Sus sombras oscuras proyectándose sobre las baldosas, rodeando a la anciana. Sus presencias terribles, fantasmales, asfixiantes, que parecían enterrar cualquier atisbo de esperanza, apagar el sol, echar sal sobre las heridas del alma y convertirla en ceniza. No sabía quienes eran, nunca había visto sus rostros.

Pero sabía lo que eran. Eran el mal.

—Aunque bramen y se agiten sus olas y con su ímpetu sacudan las montañas, el Señor de los Ejércitos está con nosotros. Nuestro baluarte es el Dios de Jacob.

—¿Ha terminado, señora? —dijo una voz de hombre. Una voz suave, lenta. Falsamente amistosa.

—No podéis llevaros al niño. No lo permitiré.

La voz de la anciana era firme y decidida. Alguien se rió con una risa plácida y burlona y otro de ellos habló.

—Entonces nos la llevaremos a usted.

Se escuchó el gruñido de un animal y luego los pies de la mujer vacilaron. Las sombras cayeron sobre ella. Llegó a oídos de Cain un grito ahogado y el borboteo de la sangre, el sonido de las mandíbulas hundiéndose en la carne, quebrando los huesos. Un chorro oscuro y de olor metálico cayó sobre las baldosas y comenzó a extenderse. Los zapatos de Lea se levantaron del suelo y luego uno se cayó sobre el charco de sangre al desprenderse del pie.

Y entonces Cain supo que no podría escapar. Y supo que ningún ángel le iba a salvar. Apretó el cuadro contra su pecho hasta que el cristal se rompió y se le clavó en la piel, y con los ojos fuertemente cerrados gritó, gritó, desesperado.

—Cain

Gritó y gritó. Alguien se inclinó bajo la cama. Vio su sonrisa deforme, demasiado grande para el tamaño de su rostro. Vio sus ojos rojos y brillantes, las pequeñas lentes fractales que los componían. Vio los cabellos blancos derramándose en el suelo, manchándose de sangre.

—¡Cain!

Gritó y gritó, y el otro se inclinó también. Vio su rostro maduro, las patillas canosas, el peinado perfecto, la piel bronceada y las gafas de montura metálica. Traje y corbata y aspecto tan normal que aterraba. Tan normal. “Las personas normales también pueden ser monstruos”.

Una mano se alargó hacia él.

—¡Cain, despierta!

Gritó y gritó.

Y abrió los ojos.

El ángel estaba allí, con una mano en su hombro y la otra en su rostro, mirándole fijamente con aquella mirada azul, profunda y clara. Preocupada. Llena de afecto. Un resplandor dorado le orlaba los cabellos.

—Tranquilo. Sólo es un mal sueño —dijo el ángel.

—Es un mal sueño —repitió, con voz temblorosa. Tenía los ojos anegados de lágrimas, estaba cubierto de sudor frío —. No es real. No es real.

No era real. Se despegó las sábanas a tirones, aún temblando. No había ningún ángel en su habitación, era Gabriel. No resplandecía con la luz áurea de la divinidad, era la bombilla de la pequeña lámpara árabe que tenía sobre su mesita de noche. Se arrancó las lágrimas de los ojos con dos manotazos y miró alrededor, reconociendo las paredes, la ventana, las cortinas, los libros.

Quería volver a ser plenamente consciente de que aquello era lo real. Quería recuperar la seguridad. Aquel sitio era seguro. Estaba a salvo. Lo estaba.

—Ya está, chaval. Ya pasó.

Gabriel suspiró y le revolvió los cabellos con la mano. Luego le soltó el hombro y se sentó en el borde del colchón, ladeado hacia él, mirándole con expresión preocupada.

Cain se había rodeado los brazos con las manos y se esforzaba en dejar de estremecerse como un crío, en contener los sollozos. Aún tenía los ojos brillantes, el corazón en la garganta y el olor de la sangre en las fosas nasales. Maldito sueño, maldita pesadilla que no dejaba de atormentarle...

Desde que había dejado la droga, Cain experimentaba diversos síntomas de abstinencia, aunque por fortuna eran muy suaves. Nunca había llegado a desarrollar una adicción verdadera. Él consumía para evadirse y solía variar mucho, nunca tomaba lo mismo. Aun así, el hecho de separarse para siempre de los estupefacientes le estaba produciendo algunas alteraciones, y el regreso de las pesadillas recurrentes era una de ellas. Hacía tanto tiempo que no las había tenido que llegó a olvidarlas, y sin embargo, ahora que regresaban recordaba que uno de los motivos que le impulsaron siempre a perderse en los abismos de la irrealidad, de la alucinación y los estados alterados de conciencia era el deseo de huir de ellas.

Huir de aquellas malditas pesadillas.

El colchón se quejó un poco cuando Gabriel se levantó.

—No te vayas — dijo Cain, abalanzando una mano hacia él y agarrándole de la muñeca con todas sus fuerzas.

—No me voy. Voy a hacerte una tila —respondió el profesor, hablando en tono suave y tranquilizador. Cain aflojó los dedos y le soltó —.Vengo ahora mismo, ¿de acuerdo?

El joven suspiró, desviando la mirada. Demonios, se estaba comportando como un crío. Asintió con la cabeza.

—Vale, pero no hace falta. Sólo ha sido un estúpido sueño.

El profesor salió al pasillo y siguió hablando, alzando la voz para que Cain pudiera escucharle.

—A veces los estúpidos sueños pueden alterarnos tanto como si fueran reales. A todos nos ha ocurrido alguna vez.

Cain sonrió a medias. Se apartó el flequillo del rostro. Al hacerlo, la humedad del sudor le impregnó las yemas de los dedos. Se preguntó si había tenido fiebre. Intentó tomarse la temperatura colocándose una mano en la frente, pero sentía la mente espesa y herida, como si le hubieran estado taladrando el cerebro durante minutos enteros. No se veía muy capaz de comprobar su propio estado. Ni siquiera era capaz de controlar los espasmos que aún le sacudían de vez en cuando, ni los sollozos que le estrangulaban la garganta.

Miró el reloj de la mesita: marcaba las cuatro y media.

Volvió a suspirar y se apoyó en el cabecero de forja, abrazándose y cerrando los ojos mientras se daba tiempo a sí mismo para volver completamente a la vigilia. Se concentró en la dureza del hierro en el que había apoyado la espalda, en el tacto de su propia piel, en el frío del ambiente y en el sonido del microondas en la cocina, de los pasos del profesor, de la taza contra el plato y la cucharilla de metal.

Sí, estaba comportándose como un crío. Frágil, vulnerable y miedoso. “Joder, David… No, David no. Cain, eres Cain, el que hace de sus debilidades armas. Ya no eres un niño, ¿no es verdad? Ya no eres un niño asustado. Ahora eres un hombre y eres el dueño de tu vida. Nadie volverá a hundirte”. Aún le sabía amargo el paladar, como si hubiera tragado bilis, y se sentía envuelto en alguna clase de membrana pegajosa. Pensó en darse una ducha, pero lo descartó. No estaba muy seguro de poder mantenerse en pie.

Cuando sintió aproximarse los pasos de Gabriel, abrió los ojos y trató de componer una imagen menos herida. Extendió la mano para coger la taza humeante, le agradeció con la cabeza y luego volvió la mirada hacia la ventana. La persiana entreabierta dejaba ver las luces de la ciudad a través de los visillos.

—Ten cuidado. Está muy caliente.

Gabriel volvió a sentarse en la cama, a su lado, con una pierna flexionada sobre el colchón. Entonces se dio cuenta de que llevaba los pantalones cortos de fútbol que solía usar para entrenar, y nada más. Y de que estaba despeinado.

—Te he despertado —comprendió —¿Tan fuerte gritaba?

“Qué vergüenza”, pensó, dando un sorbo a la taza. Seguramente había parecido un cerdo en el matadero. Gabriel apretó los labios y frunció un poco el ceño, negando con la cabeza.

—Me desperté antes de que gritaras —el profesor se rascó la ceja. Luego le miró y habló como si sintiera la necesidad de explicar algo —. Tengo mucha intuición. A veces me pasa. Con cosas así.

—¿Cuando alguien tiene pesadillas?

—No, no. Cuando alguien de mi entorno está sufriendo.

Cain dio un sorbo a la taza, recogiendo aquellas palabras y guardándolas en su memoria. Esa frase significaba muchas cosas que ahora no se sentía en disposición de analizar. Durante un rato estuvieron en silencio, él mirando hacia los visillos y Gabriel a su lado, confortándole quizá sin saberlo con su presencia callada.

—Antes tenía pesadillas a menudo. Pero ya no lo recordaba —confesó Cain al cabo de un rato.

—Me sucede lo mismo.

Vaya. Aquello no se lo esperaba. Giró el rostro hacia él.

—¿Qué hay en las tuyas?

Gabriel hizo un gesto vago con la mano.

—Una mezcla de fantasmas del pasado y terrores imposibles.

Cain no pudo evitar una risa casi resoplada al escuchar la descripción. Joder, era buena.

—En las mías también.

Volvieron a quedarse en silencio. Después, Gabriel subió las piernas a la cama y se estiró a su lado, apoyando la almohada en el cabezal y utilizándolo como respaldo. Cain parpadeó, sin saber muy bien como reaccionar. Había pensado en pedirle que se quedara, pero no sabía muy bien como hacerlo sin delatar aún más su debilidad. Ahora ya no tendría que preocuparse por eso.

—¿Quieres contarme tu sueño, David?

La voz tranquila del profesor era como un abrazo.

—Llámame Cain —respondió, apartando la mirada otra vez —. ¿Por qué quieres que te cuente algo así?

Aquella frase le recordaba a las escenas de algunas películas, cuando alguien iba al psicólogo. Gabriel se encogió de hombros levemente.

—Porque a veces el hablar sobre esas cosas ayuda a liberarse de ellas. Pero no tienes que hacerlo si no quieres.

—Sí que quiero —respondió Cain. Luego tomó aire y dejó la taza en la mesilla. La infusión caliente le había hecho sentirse algo mejor —. Al fin y al cabo, no es real.

—Vale.

Gabriel se ladeó un poco. Sentía su mirada sobre sí, atenta. Cuando empezó a hablar lo hizo con toda la distancia que fue capaz de poner.

—En mi sueño, es el fin del mundo —comenzó—. Llueve fuego y la tierra se abre. La ciudad se está deshaciendo en ese cataclismo. Y cuando los edificios y todo eso se caen, debajo hay ruinas asquerosas, como si hubiera habido otro fin del mundo antes. Hierros retorcidos, cristales rotos… algo así, oxidado y viejo. El asfalto se resquebraja y el cielo está rojo, lleno de humo y de nubes espesas. No veo a la gente, porque estoy mirando todo eso desde dentro de la casa. Estoy en la casa de… en una de mis casas de acogida. La del ángel.

—¿La del ángel? —preguntó Gabriel, frunciendo un poco el ceño.

Cain asintió.

—Era la casa de una familia acomodada. Bueno, la más acomodada en la que he estado. Él era contable. El padre de familia, quiero decir. Venía a visitarme por las noches muy amablemente para que no estuviera solo y no pasara frío —hizo una pausa—. Tenían un cuadro de un ángel. San Miguel. Creo que te lo he contado alguna vez.

El profesor tensó la mandíbula y entrecerró los párpados.

—Me hablaste de ese cuadro.

Cain volvió a coger la taza, miró hacia la ventana. No quería darle pena. Siempre había odiado la idea de ser digno de lástima, de despertar compasión en otros, esa compasión vacía y distante, inevitable. Vacía y distante porque nadie podía consolar el alma de aquel que había sido humillado, forzado y vejado en cada célula de su ser, en cada gramo de su alma. Era un dolor delicado, difícil de tratar. Nadie sabía bien cómo comportarse con aquello, ni siquiera él mismo, que se veía abrumado por la vergüenza Avergonzado de su propia impotencia. Avergonzado por haber sido víctima en un mundo en el que los fuertes devoraban a los débiles. Ergo, avergonzado por ser débil. Por no haber podido evitarlo.

—La pesadilla empieza ahí. Cae la lluvia de fuego y yo estoy viendo el Apocalipsis destrozando todo, como en “Armageddon” —prosiguió, armándose de frivolidad— Y entonces veo pasar a unos monstruos por la ventana, una especie de mezcla aberrante entre insecto y persona. Uno rompe el cristal y yo me escapo a mi cuarto.

»Me escondo bajo la cama después de atrancar la puerta, pero ellos consiguen entrar. Entonces aparece la señora que me cuidaba, Lea, recitando un salmo. Se pone delante de la cama para protegerme y ellos la matan. Después me encuentran.

—¿Has dicho que son personas insecto?

Cain asintió a medias.

—Algo así.

Gabriel se había quedado serio, observándole como si no le hubiera contado un sueño sino una experiencia real. Y en cierto modo, así había sido. “Porque ella murió”, dijo una vocecita dentro de su cabeza. “Ella murió, David, Cain, tú lo viste. Les viste entrar por la ventana y viste ese rostro de dientes afilados, aunque no era Lieren. Les viste matar a Lea con púas y tentáculos, viste a esa especie de hiena de metal y carne, viste esas aberraciones y el mundo era horrible, y…”

—Te estás poniendo pálido otra vez.

Cain se volvió hacia el profesor, huyendo de esa voz interior que le había vuelto a hacer temblar. No estaba loco. No estaba loco. No, todo aquello tenía una explicación. Quizá fue su imaginación, o un recuerdo que se le implantó en la memoria más tarde por culpa de las drogas… aquello no podía ser.

Pero lo había visto. Y sabía que era.

Si no, ¿por qué le causaba pesadillas? Uno no tiene miedo de algo que se ha imaginado. Uno no sufre terrores nocturnos reiterados por algo que no es real, ¿no era así?

No estaba seguro.

—No es real, ¿verdad? —preguntó con un hilo de voz. Carraspeó.

Había fijado la mirada en los ojos azules de Gabriel, buscando la seguridad, la estabilidad. Pero el profesor también tenía un poso de inquietud al fondo de las pupilas.

—No lo sé… tendrás que decirme qué parte son recuerdos y qué parte es sólo sueño.

Cain tragó saliva.

—La casa, la muerte de Lea y los monstruos… —Joder, iba a decirlo. Tenía que ser valiente— eso son recuerdos. El resto es sólo sueño.

Gabriel se le quedó mirando un rato en silencio. Cain estaba escuchando los latidos de su propio corazón a causa de la fuerza con la que le palpitaba la sangre en las sienes. “Estoy loco”, se dijo, sintiendo que las lágrimas volvían a agolparse. “Estoy loco, bueno, siempre lo he sospechado. Eso explicaría muchas cosas.”

—Sabes… —empezó a decir el profesor. Frunció el ceño y se apartó el cabello revuelto hacia el hombro. Parecía algo confuso —no sé si es real o no, pero creo que he visto algo parecido alguna vez.

El tiempo pareció detenerse. Cain se olvidó de respirar y después tragó saliva a duras penas.

—No me jodas, profe… quiero decir, ¿qué coño estás diciendo? ¿De qué me hablas?

El miedo comenzó a latiguearle en el estómago como un pez coleando, buscando el modo de escapar. Gabriel negó con la cabeza y le observó de soslayo con un gesto entre resignado y amargo.

—A lo mejor es que los dos estamos locos. A lo mejor es una cuestión del subconsciente. No lo sé. Pero yo he visto a esos hombres insecto.

—No me jodas.

Cain cogió la taza y engulló el contenido restante de un golpe. Ahora no le vendría mal un trago de algo más fuerte. Ojalá pudiera pensar que el profe estaba bromeando. Ojalá hubiera algo en él, en su manera de hablar o de mirarle de reojo ahora mismo que pudiera inducirle a creer que estaba gastándole una jodida broma de mal gusto. Pero sabía que no era así.

—También aparecen en mis sueños. También están en mis recuerdos.

—¿Por qué? —Casi lo había gritado. Intentó controlar su tono de voz, volver a apoyar la espalda en el cabecero de la cama y no empezar a temblar otra vez. —¿Qué tienes tú que ver con eso? ¿Cuándo les viste? ¿Cómo?

Gabriel se removió, algo incómodo. Cain sabía que estaba siendo demasiado agresivo y demasiado insistente, pero el suspense le estaba envenenando poco a poco.

—Cuando trabajaba en seguridad, mi tarea consistía en proteger a alguien —comenzó el profesor —. A dos músicos. Eran dos hermanos gemelos de unos veinte años.

—¿Ellos los mataron? —Gabriel asintió, pero no dijo nada más. Su mirada se volvió hacia adentro —. ¿Por qué? No, espera. Espera, tienes que contarme más…

—Hoy no. Has tenido una pesadilla y tienes que dormir.

—¡No me digas lo que tengo que hacer!

La taza se quebró al caer al suelo. Cain apretó los dientes y respiró con fuerza por la nariz. Estaba terriblemente asustado, al borde de la ansiedad y sufriendo una taquicardia. Los recuerdos traumáticos se revestían de realismo con las declaraciones de Gabriel, la locura acechante le resultaba al mismo tiempo temible y un consuelo. No podía ser real. No podía ser real. Se lo había repetido muchas veces a lo largo de su juventud, y ahora aquel hombre le decía que él también había visto a los monstruos.

—Eh, tranquilo.

El profesor alargó una mano para tocarle el hombro. Su contacto le sacudió como una descarga eléctrica.

Aquel hombre. Aquel hombre que le recogió y le llevó a su casa sin motivo. ¿Por qué había hecho tal cosa, qué motivaciones ocultas tenía Gabriel? ¿Se llamaba Gabriel de verdad? ¿De verdad era profesor? Empezó a desconfiar, intentó imaginar qué clase de complot era aquel, pero no consiguió sino que la taquicardia empeorase.

—Que no me digas lo que tengo que hacer —insistió, deshaciéndose de su mano al separarse de él. Ahora no le importaba estar alzando la voz — ¿Quiénes eran esos dos gemelos? ¿Qué son esos monstruos? ¿Quién coño eres, Gabriel? ¿Por qué me trajiste a tu casa? ¡¿Quién coño eres?!

El profesor se había sorprendido por su reacción, pero el asombro dio paso a otra cosa. Desapareció el hermetismo y una emoción contenida, arrebatada, le tensó la mandíbula y le humedeció los ojos. Cain, respirando agitadamente, apretó los labios, sin ceder.

—No lo sé. No tengo ninguna maldita respuesta, Cain —contestó, con voz tensa y algo agresiva, echándose hacia delante para hablarle —. No sé quienes eran ellos. No sé por qué les mataron. No sé qué son esos monstruos ni por qué me negué a dejarte ahí esa noche. Y no, no sé quien soy. ¿Y sabes una cosa? Me parece que no quiero saberlo.

El colchón se elevó cuando el profesor se puso de pie para salir. El fuego que estaba quemando por dentro a Cain se volvió mas intenso.

—¡No huyas ahora, hijo de puta! ¡Cobarde! ¡No me dejes aquí tirado después de esto!

El despertador de la mesita de noche se estrelló junto a la cabeza del profesor, contra el marco de la puerta. Gabriel se dio la vuelta y cerró de un portazo tan violento que hizo temblar las bisagras, volviéndose hacia él con la mirada encendida.

—¿Qué quieres de mi, maldito seas?

—¡Que te quedes!

Las lágrimas le corrían por las mejillas. Se odió por ello. Se avergonzó de ellas. Se avergonzó de sus gritos, se avergonzó de sí mismo y se odió por avergonzarse. Aquel era el bucle maldito, la espiral terrible que siempre le llevaba a los peores abismos. Pero Gabriel no se hizo esperar. Maldiciendo por lo bajo y con ademanes ásperos, regresó a la cama, apartó las sábanas de un tirón y se metió debajo de los cobertores, tirándole del brazo hacia sí.

—Ven aquí. Deja de llorar. Joder.

Cain se dejó llevar y se hundió entre las sábanas con una profunda sensación de alivio. Seguía enfadado, pero al menos Gabriel no se escaparía esta vez. Permitió que le rodeara con los brazos, pegó la mejilla a su pecho y se refugió en su cuerpo, intentando no volver a temblar. El mundo se desestabilizaba. Y sin el profe, seguramente sería aún peor.

—No eres el único que está asustado, ¿sabes? —le reprochó por lo bajo.

Gabriel suspiró.

—Claro que lo sé —admitió en un susurro—. Perdona.

—Pues no hagas esas cosas. Eso de largarte así y…

—Es que me presionas demasiado, chaval. ¿No te das cuenta?

— ¿Que yo te presiono? —alzó la mirada para acribillar con ella los ojos azules del profesor —Eres demasiado delicado para ser tan rudo.

—Y tú eres demasiado violento para ser tan frágil.

Bajo los edredones, el perfume a madera y sándalo de su cuerpo era más intenso. Cerró los ojos, concentrado en su voz de terciopelo, en su presencia. A lo mejor estaban los dos locos. A lo mejor la ciudad estaba, literalmente, poblada de monstruos. Un lugar hostil poblado de monstruos, así la había bautizado Gabriel cuando se conocieron.

—No soy frágil. Ni violento.

—Cain, me has tirado el reloj a la cabeza.

—Pero no te he dado.

Gabriel volvió a suspirar. Sintió sus dedos cosquilleándole en la nuca, la tibia caricia sobre su hombro y luego a lo largo de su brazo.

—Bien, gracias a tu arrebato de salvajismo, mañana no te sonará el despertador —concedió de mala gana — así que intenta volver a dormirte. No pienses en nada de todo esto. En nada. Ya volveremos a abordarlo más adelante, pero ahora no.

Cain asintió, dándole una tregua. Al menos el estallido de rabia le había servido para liberarse un poco de la tensión del miedo.

—¿Vas a quedarte toda la noche?

—Sí. Y tanta parte del día como sea necesario —dijo el profesor —. Me quedaré hasta que te despiertes.

Aquello terminó de tranquilizar a Cain. Sus piernas se aflojaron, relajó la mandíbula y los dedos de las manos, que mantenía apretados como si empuñara armas invisibles. Lentamente, una sensación de hormigueo se extendió por su piel, le envolvió los miembros y hasta la mente, haciendo que le costara pensar. Se quedó dormido sin darse cuenta y se hundió en un sueño profundo y blanco, sin imágenes.

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©Hendelie


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