lunes, 16 de enero de 2012

Fuego y Acero XXXIII: Bajo la luna



33.- Bajo la luna


Cuando al fin emprendieron el camino hacia la granja, Ioren tenía el infierno dentro. Ni el murmullo del mar a su espalda podía apaciguarle. La luna llena le parecía un ojo inquietante que le observaba con malicia, las sombras del acantilado, nidos oscuros desde los cuales acechaban los espíritus furiosos. Agradeció que Driadan diera un par de traspiés y se mostrase un poco mareado. Le proporcionó la excusa perfecta para rodearle con el brazo y mantener el contacto con él. Era lo único que podía tranquilizarle en aquel momento, por irónico y terrible que fuera.

Le miró de soslayo. Los ojos rojos destellaron y se apartaron cuando los sorprendió fijos en él, como si le hubiera pescado haciendo algo prohibido. El perfil del joven príncipe era una media luna blanca en la oscuridad azulada de la noche, y aunque se pintaba el cansancio en su semblante, no parecía tener ninguna clase de miedo o angustia. Sólo estaba agotado. Ioren le felicitó por su entereza para sí, pero no le dijo nada al respecto. Estaba demasiado preocupado por asuntos más graves. Dos en concreto: Uno, cómo había sido capaz de contarle a Driadan lo que jamás había contado a nadie, y cómo era él capaz de seguir así a su lado tras saber las cosas que había hecho. Y dos, ¿por qué las visiones no coincidían?

Al principio había pensado que Kraakha le había engañado a él cuando leyó sus runas en Nirala, antes de la batalla. No estaba seguro de si eso era posible, pero Ioren lo había visto a través de sus ojos, con espantosa claridad. Había visto el rostro de aquel muchacho, los ojos rojos como la sangre, su terrible y pictórica belleza. Había visto escenas sueltas que no recordaba y que nunca había logrado recordar, y por último, el momento final en una batalla, cerca del mar. Mirarse cara a cara y el dolor terrible, la muerte que llega, los ojos rojos antes de que todo desapareciera en la negrura.

Pero Driadan había visto otra cosa. Algo muy diferente. Mazmorras y cadenas, algo que Ioren estaba seguro de no haber contemplado en su futuro. ¿Por qué las visiones eran distintas? No lo sabía. No podía entenderlo. Y aunque no estaba seguro de si la siadh podía mentir en algo así, aquella era la única conclusión a la que podía llegar por aquel momento.

- ¿Cuándo pasará el mareo?

Ioren reprimió una sonrisa al escuchar aquella pregunta en un tono casi infantil.

- Es por los inciensos – respondió con suavidad, pegándole más a su cuerpo. Cuanto más se empeñaba Driadan en caminar por sí mismo y demostrar que se encontraba bien, más apoyo le brindaba Ioren. Le gustaba que se esforzara así. – Será mejor que no entremos en la casa. Te vendría bien pasar la noche al aire libre.

- No, estaré bien. – replicó el joven - Además, sólo faltaba eso. Ya has sido bastante imprudente. Se supone que hay que ser discretos y que soy un siervo. Tu rescate épico no ha sido nada apropiado, y me temo que tampoco lo sería que los dos pasáramos la noche fuera de la granja.

Odiaba admitirlo, pero tenía razón. Hizo una mueca de disgusto y suspiró con incomodidad. El no había pretendido llamar la atención sobre ambos, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Había salido a acompañar a Ornel Dunstrag hasta su caballo y, al regresar, Jhandi le había manifestado su preocupación por que Nirala se hubiera metido en algún lío. Empezaron a buscarle y no aparecía por ninguna parte. Cuando abrió la puerta de la habitación de Kraakha y encontró a la mujer arrodillada y vio la expresión del chico…

- ¿Estás bien?

Ioren parpadeó y soltó los dedos. Había vuelto a crisparlos en el brazo de Driadan. Frunció el ceño y asintió.

- Pues claro.

No había pensado en nada más. No había sido capaz de discurrir con claridad. Vio su rostro desencajado, la lágrima que brillaba en la mejilla, la terrible palidez, el miedo ancestral en su mirada carmesí. No había pensado en nada más. Le había agarrado en volandas y había dejado atrás la voz insidiosa de la siadh, caminando a largas zancadas hacia la playa, donde tenía la esperanza de que Lusk le escuchara y ayudase a traer de vuelta al muchacho, al que suponía perdido en una nube de visiones, ausente de la realidad. Todos le habían visto, la urgencia y la preocupación con la que se dirigió hacia el exterior, maldiciendo por lo bajo.

En vez de dejar reposar al joven y actuar con calma y prudencia, había perdido los nervios al sentir amenazado a Driadan.

¿Desde cuándo era así?

Volvió a mirarle de reojo. Otra vez, el chico apartó la vista apresuradamente. "Maldita sea, esto es muy raro. Es demasiado raro."

- Dijiste que te lo tienes merecido

Ioren asintió, contento de que el chico hablara. Sus pensamientos estaban empezando a girar vertiginosamente en torno al mismo punto y sabía que eso acababa enloqueciéndole para nada. Puso toda la atención en sus palabras, mientras ascendían el último tramo del acantilado.

- Todos creemos en los presagios de las siadh aquí en Thalie. Son mujeres sagradas. Los dioses les cuentan el destino de los hombres. Yo desafié a los dioses, y me tengo merecido que jueguen con mi destino.

- ¿Por qué es tan severa la tradición respecto a eso? A las mujeres prohibidas. Quiero decir que habrá alguna clase de motivo por el que no se pueda estar con ellas, ¿no?

Ioren entrecerró los ojos, negando con la cabeza.

- Yo no lo conozco muy bien – admitió – Pero las tradiciones deben ser respetadas en una comunidad. Es una ley para la supervivencia del grupo. Ayudan a que haya orden, a que no se produzcan crímenes, a que los seres humanos sean menos como animales.

- Sí, pero ¿de dónde nacen? ¿Quién las inventa, y por qué? – insistió Driadan – En Shalama la tradición mandaba que todos los coperos teníamos que lavarnos las manos tres veces con agua de jazmín. Al principio lo hacía porque era la tradición, sin más. Luego me di cuenta de que tenía sentido, porque el agua de jazmín provocaba que no sudaran las manos por mucho calor que hiciera, y así no se escurrían las botellas ni las copas de nuestros dedos.

- Nunca me he preguntado quién inventa las tradiciones – replicó Ioren – sólo sé que existen por algo. Y que es mejor respetarlas.

Sus últimas palabras sonaron algo secas, y Driadan asintió, guardando silencio. Al menos por un rato. Ya estaban a poca distancia de la granja, caminando por las rocas planas que despuntaban entre los arbustos, cerca del brezal, cuando volvió a hablar.

- Y si los Dioses te han dado la espalda, ¿por qué te hacen caso cuando los llamas?

Ioren sonrió a medias. De modo que no se le había escapado ese detalle. El condenado muchacho no era ningún idiota, pero eso Ioren lo había sabido siempre. Siempre había vislumbrado todo lo que ahora Driadan estaba dejando ver de sí mismo, aunque tenía que reconocer que nunca había previsto el devastador efecto que eso estaba teniendo en él mismo.

- No tengo la respuesta a eso – admitió, deteniéndose por un momento. La luna gigantesca les observaba con descaro, y reflexionó en voz alta al respecto, con la mirada fija en una mata de hierba seca – No lo sé, pero no siempre lo hacen. Rúnya es el Señor del Fuego, y me ayudó en aquella cueva, en los bosques de tu tierra. Lusk, el Señor del Mar, me ha ayudado hoy. Muchas otras veces les he invocado y me han dado la espalda. Todas las otras veces, en realidad, desde que les ofendí por vez primera. Sólo en estas dos ocasiones han vuelto a mirarme con agrado.

Miró al frente, esquivando con habilidad las posibles respuestas que se le venían a la mente. Sabía que no era casualidad que en ambas ocasiones hubiera sentido que el muchacho estaba en peligro, y que en ambas ocasiones la Magia Antigua hubiera actuado. Sabía que había alguna relación con Driadan, o con lo que Driadan era para él, pero aún no estaba preparado para analizar eso, con todas sus implicaciones. Volvió a dejar la mano en la cintura del príncipe y a empujarle con suavidad para seguir avanzando.

- Supongo que aún tengo que aprender mucho sobre tu tierra.

- Puede serte útil – asintió Ioren – pero intenta evitar a Kraakha en lo sucesivo. Su magia es poderosa y tú provienes de una estirpe alejada de los Dioses, que ya ha olvidado esas cosas. En vuestra sangre hay menos tolerancia a la hechicería. Es sorprendente que hayas resistido las visiones.

- Soy de la estirpe de Horwing – replicó el joven, alzando la barbilla y atravesándole con una mirada orgullosa – La de mis ancestros es la sangre más antigua de Nirala, y también la más pura.

- Quizá eso explica que no hayas sido fulminado por la magia de la siadh. Aun así, haz lo que te digo.

- Si supiera que iba a practicar una de vuestras brujerías conmigo no la hubiera seguido, tenlo por seguro.

Ioren se armó de paciencia, percibiendo el tono ligeramente ofendido del príncipe, que había apretado el paso. A pesar de que su carácter se había serenado considerablemente en los últimos tiempos, Driadan seguía siendo tan susceptible como un gato palaciego. Pero Ioren también tenía su orgullo.

- ¿Vuestras? No llames brujería a la Magia Antigua – dijo severamente, aunque sin alzar el tono – Lo que yo hago no es brujería. Es la manifestación del vínculo entre los Dioses y los hombres, la más antigua forma de devoción, que se extiende a lo largo de las eras desde antes de que ambos estuvieran separados por el tiempo y la distancia, cuando Ellos caminaban sobre la tierra y nos enseñaban sus secretos. Cuando tu primer ancestro era un niño, los de mi sangre hablaban con los Dioses, y así se ha perpetuado a lo largo de mi familia, desde el primero de mi nombre hasta el último. Así que no hables tan a la ligera.

Driadan le estaba mirando. El brillo de sus ojos se había apaciguado, pero cuando el hombre del mar hubo terminado de hablar, apartó la vista y fingió indiferencia.

- Lo que sea.

- A veces actúas como un sabio y otras como un tonto – suspiró Ioren, resignado.

- Hago lo que puedo, pero Qilem dice que estoy en la edad – respondió Driadan con mucha naturalidad.

Aun así, el príncipe no se había apartado de su brazo. Aun así, el Rojo no le había soltado el talle. Siguieron andando, el uno junto al otro, a través de la agreste planicie, dejando atrás el barranco y la playa, y con la luna gigantesca contemplándoles sin parpadear. La nevada apenas había cuajado. Había sido fría en exceso, formada por copos crujientes, de hielo puro, que habían cristalizado en placas y ahora empezaban a derretirse. Y cuando estaban ya delante de la puerta, bajo el dintel goteante, el joven príncipe soltó su flecha, paralizando a Ioren en el umbral por unos segundos.

- ¿La amabas?

Contempló la puerta. A veces, cuando se trataba de esta clase de asuntos, Ioren tenía la sensación de tener una rata encerrada en las entrañas. Una rata ciega y dormida. Cuando alguien mencionaba palabras como la que acababa de pronunciar Driadan, era como si prendieran fuego a la cola de la rata y ésta comenzara a retorcerse, mordiendo, arañando, pugnando por abrirse paso a través de su carne. Pero estaba muy al fondo, hundida profundamente, no encontraba la salida y torturaba su alma en su alocada y caníbal desesperación.

Ni siquiera era capaz de decir que sí. Era como si su voz no respondiera. Pero responder era revivirlo todo, y no quería revivirlo más. Prefería las cosas como estaban, por terribles que fueran: el señor cruel y caprichoso que había tomado a la siadh por la fuerza, que había matado a sus propios hijos con frialdad. Se preguntó por qué Driadan le cuestionaba sobre aquello. ¿Acaso algo en el relato que le había revelado hacía pensar que pudiera haber sentido afecto por la Lectora de Runas? Se había esforzado en aparecer como un monstruo, también delante de ella, delante de sí mismo, mejor eso que lo otro. Mejor que lo otro.

- ¿Por qué me preguntas eso? – dijo al fin, forzando una sonrisa torcida y tiñéndola de crueldad. Luego miró al chico, escupiendo cada palabra con gran esfuerzo – La forcé. La hice mía sin su consentimiento.

- ¿Y qué? – replicó el muchacho. La escarcha le goteaba en el pelo. Se le habían dibujado sombras profundas bajo los ojos, que conservaban la mirada vívida a pesar del agotamiento, y las ondas oscuras del cabello caracoleaban sobre la capa de piel húmeda – Las personas a veces hacen barbaridades por amor. Pero no me has contestado.

Ioren sintió el nudo cerrarse en torno a su garganta y dio un paso hacia atrás, apartando la mano de la puerta y la otra de él. Le miró fijamente a los ojos. "Dioses, yo que no he temido la espada ni la tormenta, que ni siquiera os he temido a vosotros. ¿Qué me está pasando?". La rata en llamas corría, corría, gritaba y mordía. Su cabeza se llenó de pensamientos confusos, algunos absurdos, que no podía controlar ni moderar: la anticipación de un momento que sabía doloroso, una separación inevitable en la que no quería pensar, el presentimiento de lo que se retorcía al fondo de su corazón, la angustia, la certeza de que la tortura sería infinita, el dolor inconsolable.

Tenía que parar aquello, como fuera. Con la mirada clavada en los ojos carmesíes, habló, haciendo acopio de toda su presencia de ánimo y en un tono sereno y grave.

- No te confundas, principito. Durante mucho tiempo he sido lo que has visto, lo que ella te ha mostrado. Y no he cambiado tanto. Lo que le hice a ella no fue por amor: quería tener lo que estaba prohibido. Sólo eso. La forcé porque no se plegó a mis deseos.

Driadan bajó la cabeza. Pareció dudar un momento antes de volver a mirarle y preguntar de nuevo. Estaba más pálido que antes.

- ¿Y por qué me lo hiciste a mí?

Maldito fuera.

- Esa pregunta es absurda. Ya lo sabes. Me provocaste. Te lo estabas buscando.

Driadan asintió, y Ioren contuvo el deseo de poner distancia de por medio y huir de él, maldito fuera por siempre. Le confundía. Le hacía sentir que el suelo no tenía consistencia alguna, y no podía permitirse esa debilidad. Pero, de alguna manera, anhelaba tanto poder permitírselo... poder permitirse ser débil, rendirse a la impotencia ante aquellos sentimientos, ser frágil y perder toda cautela. Sí, tenía el deseo de salir corriendo y escapar de sus cuestionamientos traicioneros, pero al mismo tiempo, el de agarrarle entre los brazos, hundir el rostro en sus cabellos y decir todo lo que no iba a decir nunca.

- Una vez me dijiste que el amor siempre decepciona – insistió el chico, con sorprendente calma - ¿Cómo puedes saber eso y afirmar no haberlo sentido nunca? ¿Cómo lo sabes entonces?

Ioren se quedó helado en el sitio. Negó con la cabeza, abrió la puerta y le empujó dentro. No iba a responder a nada más. Ya era suficiente. Todo aquel maldito día había sido suficiente, más que suficiente, demasiado.

Habían apagado todas las luces del interior. Era cerca de media noche y sólo se escuchaban los ronquidos procedentes de la sala común y el crujido de las tablas bajo sus pasos. Caminaron en silencio por el pasillo, Driadan delante, Ioren detrás. El joven príncipe dejaba un rastro de perfume a iris a su paso. Aquel olor jamás le había abandonado, ni entre la más horrible suciedad del barco de los esclavos, ni cuando le habían ungido de otros aromas en Shalama, ni cuando la sal del mar le embadurnaba. Era su seña de identidad, algo que le era tan propio que Ioren podría reconocerlo en cualquier parte. Que se intensificaba cuando le tenía entre sus brazos, cubierto de sudor, gimiendo, con la saliva escurriéndose entre sus labios y los ojos rojos empañados de deseo. Que se pegaba a la propia piel del guerrero, se convertía en parte de sí mismo. Podía oler a Driadan en él.

Y no sabía qué demonios hacía pensando en eso. ¿Por qué estaba pensando en eso? No debía pensar en eso.

Driadan se detuvo ante la arcada de la sala común. Su aspecto se volvió aún más abatido.

- Supongo que me quedo aquí – susurró. Luego se volvió hacia el hombre del mar, esperando una confirmación, recuperando cierto aire orgulloso, como si pretendiera esconder lo poco que le agradaba la idea, lo mucho que necesitaba ser consolado y arropado aquella noche y todas las noches.

Ioren apretó los dientes y le agarró de la barbilla, repentinamente irritado.

- Sabes perfectamente que no – respondió – te dije que no iba a renunciar a algunas cosas.

- Pero dijiste que hay que ser discreto y que…

- Y no lo he cumplido en absoluto, no aquí dentro – replicó Ioren, cada vez más tenso – por todos los demonios, muchacho, ¿es que disfrutas escuchando una y otra vez cómo me contradigo por culpa tuya?

Driadan esbozó una sonrisa cansada. Se puso de puntillas y le enredó los brazos ligeros en la nuca, pegando la mejilla a su pecho. 

- Sí.

Lo susurró, junto a su corazón. Ioren suspiró y le cogió en brazos para llevarle a su habitación. Él también necesitaba su presencia cercana. A pesar de la zozobra y las contradicciones, del baile desquiciado de las emociones en su corazón, de las carreras terribles de las ratas mordiéndole por dentro a causa de dolores pasados y de antiguas heridas que jamás se curarían, el joven príncipe era su consuelo. Era todo lo que tenía. Lo había dicho una vez, y era verdad.

A pesar de todo, mientras le llevaba hasta su alcoba y le tendía en el lecho, mientras le rodeaba con los brazos y el cuerpo adolescente del joven príncipe se amoldaba perezosamente al suyo, buscando su espacio, encajar en aquella anatomía, mientras el calor fluía entre los dos en ese abrazo casi familiar como un bálsamo apacible, acunándoles hasta el sueño, mientras aspiraba el dulce aroma de flores exóticas en su pelo húmedo, era consciente de nuevo con certeza.

Driadan era todo lo que tenía. Todo lo que aún podía salvar de sí mismo, podía salvarlo gracias a Driadan. Quizá por eso los Dioses le respondían cuando los llamaba para el joven príncipe. Y seguramente, por eso tenía tanto miedo.

. . .

©Hendelie




Fuego y Acero XXXII: La historia


32.- La historia

Cuando volvió en sí, lo primero de lo que fue consciente fue del sonido suave de las olas lamiendo la piedra. Un susurro lento y constante, como una música de arrullo que se colaba por sus oídos y parecía lavarle por dentro. Entre las terribles escenas de pesadilla que las visiones habían dejado en su conciencia, recordó que el mar helado limpiaba. Dejó que lo hiciera, que le limpiara del miedo que se había pegado como sudor a su cuerpo, que le lavara con miles de suaves lenguas de espuma. Estaba en el agua, el océano le acariciaba, y unos brazos poderosos le sostenían en vilo. Una voz grave y penetrante invocaba a Lusk, el Señor de las Mareas, en un susurro calmo.

Driadan abrió la boca para hablar y sólo salió de sus labios un gemido ahogado.

- Estoy bien… - balbuceó, casi diciéndoselo a sí mismo.

Una mano ruda le peinó los cabellos mojados. Las imágenes horribles destellaron detrás de sus ojos un momento y se presionó las cuencas con los dedos. "Ya está bien… ya está bien. Tengo suficiente de eso, y también de lo otro, ya basta". Si era por pesadillas, Driadan llevaba las suyas bien pegadas a los párpados, no necesitaba más.

- ¿Puedes sostenerte?

El joven se removió despacio cuando Ioren retiró el brazo con el que le mantenía a flote sobre las olas. Sus pies se hundieron en el lecho arenoso del mar y poco a poco recuperó la verticalidad, sujetándose al hombro del Rojo.

Cuando la mirada de Driadan se despejó, observó alrededor. Estaban en la orilla, apenas habían entrado unos pasos dentro del agua. Una luna blanca y gigantesca vigilaba desde el cielo negro, cuajado de estrellas. El mar verde oscuro se rizaba en olas con encaje y volantes de espuma bajo la sombra del acantilado, y alrededor de su cuerpo, diminutas luciérnagas blanquecinas bailaban, girando sin sentido y ascendiendo hacia el cielo. Haciendo acopio de su dignidad y de la fuerza que le quedaba, se mantuvo en pie sin tambalearse demasiado, cogió una de las extrañas luces con el dedo y se la llevó a la boca. Chispeó en su lengua y le inundó con una electricidad revitalizante.

- Más magia – suspiró, cansado, volviéndose hacia Ioren – De veras que he tenido suficiente.

- No es lo mismo – replicó el guerrero. Parecía tenso u ofendido – Yo pretendía ayudarte con ésta.

Driadan asintió, sin muchas fuerzas para discutir. Seguía agarrado a su brazo. Se dio cuenta de que Ioren estaba completamente vestido, sumergido en el agua hasta la cintura. "No tiene serpientes de lava en el pelo ni el rostro de un dios furioso. Algo es algo." Le miró el pecho. La runa brillante tampoco estaba ahí, ni sus ojos soltaban chispas de metal fundido. Ioren solo tenía el cabello húmedo y apelmazado cubriéndole parte del rostro, como siempre, las trenzas enredadas aquí y allá, como siempre, y los ojos ceñudos y resplandecientes al fondo de las sombras, mirándole con algo demasiado parecido a la preocupación.

- He visto… - comenzó, dubitativo - ¿Qué es lo que he visto?

Ioren resopló y apretó la mandíbula, agarrándole de la cintura y moviéndose entre las olas para regresar a la playa. Driadan no se opuso, aunque le sorprendió el gesto. Solo dejó las dos manos sobre su hombro izquierdo y le miró.

- Ella te ha enseñado el futuro, creo. Eso dijo.

- También os he visto a vosotros. Tú eras aún más enorme, y terrible. Ella estaba marchita y tenía niños colgando de la ropa.

Llegaron a la lengua de arena blanca frente a la línea rompiente de la marea. El Rojo dejó a Driadan en el suelo y se inclinó para mirarle a los ojos, bajándole los párpados con los pulgares. Luego tocó el latido de sus venas en el cuello y le puso los dedos en las sienes para moverle la cabeza en círculos.

- Estabas viendo lo que ella ve – respondió Ioren de mala gana – Si te ha mostrado el futuro de las Runas, habrás visto lo que ella ve en su mente, en sus ojos del alma. No sé explicártelo mejor.

Driadan asintió. Ioren había apartado las manos de él y le mantuvo la mirada un momento, luego la volvió hacia el acantilado. El viento se intensificó y lamió la superficie del mar. Allí donde habían estado, donde Driadan se había lavado de las pesadillas, una espiral de titilantes luces minúsculas aún se removían, girando constantemente, mientras se elevaban hacia el firmamento, vaporizándose por el camino. "Tengo que preguntar ahora". Tragó saliva.

- ¿Esa mujer es tu esposa?

- ¿No vas a decirme lo que has visto?

El hombre del mar volvió a mirarle. Driadan se echó los cabellos hacia atrás, negando con la cabeza. Recogió su jubón y su capa, que estaban sobre la arena. Ioren debía haberlos arrojado allí cuando se los arrancó para meterle en el agua y realizar su extraño hechizo. Sin embargo, él ni siquiera se había sacado las botas. Se ciñó la guerrera y se cubrió con la capa, sin molestarse en esperar a que la humedad se secara sobre su piel.

- Yo no creo en esas cosas – dijo el príncipe, con una débil sonrisa mediante la que intentaba mantener su firmeza. Sin embargo, el Rojo parecía muy alterado. Cerró los puños y se crispó, su voz se tornó áspera y ansiosa.

- Aunque no lo hagas. Yo sí. Quiero saber qué has visto.

- ¿Para qué? – replicó el joven, más reticente aún al ver su insistencia – Es mi futuro, no el tuyo. No tiene nada que ver contigo.

Por una parte, algo en su interior le decía que era mejor no hablar a Ioren de sus espantosas visiones. No era desconfianza ni temor. Creía que podían afectarle, causarle ansiedades y preocupaciones que no necesitaba para nada ahora. Por otra, quería volver y hablar con Kraakha. ¿De qué quería salvarle exactamente? ¿Contra qué estaba tratando de prevenirle? Estaba seguro de que tenía que ver con Ioren el Rojo, pero no era capaz de definir cual era el peligro exactamente. Ioren, al fin y al cabo y a pesar de todo, le había ayudado más de lo que le había fastidiado. Tenía que saber más. Necesitaba saber más. Echó a andar, dispuesto a acercarse al sendero que trepaba entre las rocas y regresar a la granja, pero una mano se cerró en su brazo y le hizo detenerse.

- Espera.

Driadan se dio la vuelta. El hombre del mar le miraba, con un brillo extraño en los ojos y la respiración un poco acelerada. Su postura era rígida y le estaba clavando los dedos en la carne, presumió que sin darse cuenta. Cuando Driadan le miró la mano, él le soltó precipitadamente, como si se hubiera quemado, y se pasó el dorso por la frente. La luna golpeaba con sus rayos pálidos el contorno de la silueta de Ioren, revistiéndola de un resplandor argénteo que le daban un aspecto ultraterreno. Driadan se preguntó qué le angustiaba tanto. Nunca le había visto así, salvo quizá hace muchos siglos, en un almacén de telas infame, en un sueño que deseaba no haber vivido del todo salvo por aquellos instantes. Se acercó un paso y quiso rozarle el brazo, pero el hombre del mar se apartó.

- Driadan, no sé lo que has visto, pero cuando entré en esa habitación, no tenías cara de que te fuera muy bien.

El príncipe tragó saliva y sintió que las fuerzas le flaqueaban. Ioren había susurrado aquellas palabras, en un tono que sólo le escuchaba en ocasiones muy contadas. Era el mismo que había empleado aquella misma tarde, cuando le abrazó y le dijo aquellas cosas, que no le dejaría atrás, que era libre, que no podía separarse de él. " No puedo separarme de ti todavía". El mismo tono con el que le había cantado en Shalama, al oído, las canciones de cuna para que pudiera conciliar el sueño en la terrible prisión. Ese tono que se le clavaba en el alma y le hería tan profundamente.

Abrió la boca para responder. Su entereza se estaba deshaciendo. Tragó saliva y negó con la cabeza, con una sonrisa insegura y las lágrimas asomándole a los ojos.

- No quiero hablar de eso… no era nada bonito, pero sólo era una visión, de algo que no va a pasar – balbuceó, intentando sonar más seguro de lo que se sentía, menos asustado de lo que estaba - No quiero hablar de eso. Ya tengo bastantes… visiones en mi cabeza, de cosas que sí han pasado, que me han pasado a mí… se van, poco a poco está todo mejor, pero no quiero hablar de eso. Sólo lo quiero olvidar. Eso no va a suceder. Sólo lo quiero olvidar.

Se dio la vuelta para seguir el camino, pero Ioren volvió a sujetarle por la muñeca. Esta vez tiró de él y los brazos le envolvieron en un refugio cálido de aroma a salitre. Driadan suspiró y aplastó la mejilla contra su pecho, atando los sollozos dentro de su garganta. Quería hablar y decir muchas cosas. Pero no podía. Hacía tiempo que se sentía tan superado por todo, por lo horrible y por lo hermoso, que parecía haber perdido la capacidad de expresarse. La voz del hombre del mar llegó hasta el, como el susurro de las olas.

- Tienes razón. Es mejor olvidar. Siempre es mejor no saber lo que el tiempo depara. Ojalá yo no hubiera sabido.

Driadan se removió un poco para rodearle la cintura.

- ¿Acaso habría cambiado algo?

El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, pero no podía rechazar aquel abrazo; realmente lo necesitaba. Había sido víctima del miedo más atroz y sabía que había dicho su nombre, que había buscado su auxilio y su consuelo. El hombre del mar no era muy pródigo en gestos como aquel, y Driadan jamás reconocería cuánto los anhelaba, de modo que aprovechó el momento, aspirando su perfume y acomodándose en ese refugio.

- No lo sé – respondió Ioren – Quizá. Pero ya no importa.

Sabía que aquella noche ya no iría muy lejos. Hablar con la Lectora de Runas y obtener respuestas podía esperar, pero quizá consiguiera alguna del Rojo.

-  No, el pasado no puede cambiarse. Pero el futuro sí – añadió, levantando el rostro para mirarle directamente a los ojos. Los encontró entre las sombras de los ángulos de su semblante, más allá de los mechones de cabello cobrizo - ¿Quién es esa mujer, Ioren? ¿Era tu amante? ¿Son tus hijos los que lleva a rastras, tus hijos con ella?

Ioren no respondió. Desvió la vista y la fijó en alguna parte, sobre el mar, muy lejos. Lejos de él, lejos quizá también en el tiempo y la memoria. Pero Driadan ya no podía ser indiferente, ni egoísta, ni permanecer impasible ante los sentimientos y las heridas que adivinaba debajo de aquella piel curtida, en el fondo de esa gruta oscura formada por la cabellera cobriza donde yacía su rostro, en los pozos de sus ojos. No podía dejar que se ocultara de él por más tiempo, porque cada vez que lo hacía, sentía que se alejaba. Y no quería separarse de Ioren, no todavía. Y sería terrible y doloroso, más cuanto más se hubieran unido, más cuanto más cerca se hubieran tocado. Pero a Driadan pocos podían enseñarle ya nada nuevo sobre dolor y terror, y no tenía ningún miedo.

- ¿Qué es lo que pasó, Ioren? – insistió, con firmeza pero con suavidad, rozándole las puntas del cabello con los dedos. Empezaba a sentir frío, y le dolía la garganta a causa de una pena que no era suya – No entiendo lo que sucede. No me cuentas lo que está ocurriendo y luego te…  preocupas y sufres si me envenenan y me llenan la cabeza de imágenes de pesadilla. Pero es culpa tuya. Me mantienes en la ignorancia y dejas que me estrelle contra el peligro.

- ¿Me estás chantajeando, principito? – le reprendió el guerrero, pero lo hizo en un tono tan apagado y con la mirada aún tan perdida, que pareció más triste que furioso. Aunque aún había una chispa de Ioren. Pequeña, un destello de rudeza. – Ya te dije una vez que no volvieras a usar la culpa contra mi. No voy a consentírtelo, y no vas a conseguir nada.

Pero Driadan no se iba a rendir.

- ¿Temes que descubra tus secretos? ¿Te preocupa lo que he visto en mi futuro porque tienes miedo de que sepa quién eres de verdad?

- ¿Acaso no lo sabes aún?

"Ah, pequeño príncipe, ojalá puedas escapar del demonio". Las palabras de Kraakha volvieron a él. La mujer no podía saber que él la había comprendido, que conocía su idioma. ¿Por qué le había llamado demonio? Ioren había hecho muchas cosas que a Driadan le parecían salvajes y algo salidas de tono, pero él no le calificaría como demonio.

- Si… creo que sé quien eres de verdad – asintió, pegando de nuevo el rostro a su pecho y estrechándose contra su cuerpo.

Los brazos poderosos eran como un nudo a su alrededor, un hogar cerrado que le daba calor, le protegía del viento y le mantenía a salvo incluso de sí mismo. Los dedos ásperos le rozaban las ondas del cabello de cuando en cuando, en caricias muy leves que pretendían pasar desapercibidas sin éxito. Sin éxito, porque Driadan estaba pendiente de todos sus gestos, del ritmo de su respirar y de la inflexión de su voz.

- Hice lo que no debía –  Respondió Ioren, finalmente. Y sonó tranquilo, casi frío - Eso es todo.

- Son tus hijos con ella.

Driadan mantuvo su tono. No pensaba juzgar nada. No quería hacerlo. Sabía que detrás de ese hielo y de la indiferencia había una serpiente de angustia enroscada. Quizá alentado por esa serenidad del joven príncipe, al cabo de una eternidad, las palabras del hombre del mar volvieron a arrastrarse entre sus labios.

- No éramos amantes – dijo -  No lo sé exactamente. Sé que estaba prohibida, porque era la Lectora de Runas, y no se las puede tocar. Ellas viven fuera de las aldeas, están en contacto con una magia antigua que los hombres no pueden entender, ni practicar. Pero yo era Ioren el Rojo. Nadie podía prohibirme nada.

Driadan asintió, en silencio. No se atrevía a levantar los ojos. Ni siquiera a moverse, por si Ioren volvía a encerrarse y a callar. Se quedó entre sus brazos, blando e inofensivo, instándole con su pasividad a continuar.

- Hice lo que quise. Pero hubo un fruto de aquel capricho – añadió Ioren, con un suspiro. Luego su voz se volvió vacía, si hasta el momento había sido grave y cansada, algo melancólica, se tiñó ahora de una indiferencia que podría parecer aterradora – Yo se lo había advertido. Le dije, al principio, cuando rompí las normas por primera vez, que hiciera lo preciso para asegurarnos de que no habría descendencia.

>> Pero no lo hizo, y mantuvo su estado en secreto hasta que dio a luz. No le costó demasiado, yo estaba fuera entonces, saqueando otras costas. Cuando regresé, me mostró al niño y me dijo que, ya que había sido tan valiente como para desafiar las prohibiciones y tomarla, lo hiciera asumiendo consecuencias como ésa y no amparándome en la cobardía, en la seguridad de que no habría nunca una prueba evidente de nuestros encuentros; un niño, vivo, un hijo de los dos.  No podía permitir que en el futuro, un hijo ilegítimo quisiera aspirar a los derechos de mi estirpe y se alzara contra los legítimos, esos hijos que algún día tendrían que llegar, y que no serían de Kraakha, desde luego. Así que acepté al recién nacido y me lo llevé para ponerle nombre. En lugar de hacerlo, cuando le tuve en brazos frente al acantilado, lo levanté sobre mi cabeza y lo arrojé a las aguas.

>> Recuerdo bien a ese primer hijo, porque tenía una mata de cabello rojo como yo y los ojos verdes de la siadh. Puedes imaginar lo que ocurrió a continuación. Kraakha, como es obvio, no se lo tomó nada bien. Se negó a seguir viéndome, pero yo era Ioren el Rojo y mi voluntad estaba por encima de sus deseos. Era mas fuerte que ella, aunque alguna vez me dio buenos golpes, pero hacía lo que quería. Sin importarme las consecuencias. Ella, quizá en un intento de alejarme de su puerta, me amenazó asegurándome que jamás pondría los medios para no quedar encinta. Yo me reí de su ingenuidad. ¿Pensaba que me iba a importar despeñar unos cuantos críos más?

Cuando Ioren se detuvo para respirar, era evidente que necesitaba una pausa. Driadan contemplaba el cielo más allá del hombro del Rojo, con la mirada desorbitada y el corazón latiéndole como una cadena de truenos. No es que el asesinato de recién nacidos le escandalizara. Había escuchado contar historias a caballeros de la Corte y a algunos escuderos del ejército de su padre, sobre cosas como esa y peores que aquella. Pero eran relatos de guerra. No era una rutina. Y sin embargo, no se alejó de Ioren. Al contrario, estrechó su abrazo. Sentía su respiración ahogada, la voz se le había quebrado al final, casi imperceptiblemente, y le dio la sensación de que le temblaban las manos. Tenía la certeza de que estaba sufriendo. De que había sufrido cuando hizo aquellas cosas dominado por sus propios demonios…

… igual que Driadan lo había estado.

No era tan distinto.

¿O si?

Realmente, no. No lo era. Tenía sentido. Tenía sentido, porque Ioren le había apartado del borde de aquel mismo precipicio por el que él había caído. Y entonces comprendió que lo que él había tenido por la sabiduría ancestral de un Gran Guerrero del Norte, todas esas palabras que Ioren había gritado, susurrado, escupido, dicho y remarcado para él no eran creencias de un pueblo ni enseñanzas de sus mayores. Eran palabras nacidas de la experiencia de un hombre que había vivido devorado por sus propios demonios hasta que le llevaron a la perdición y la ruina, en una celda, con el sello de un príncipe engreído en el brazo.

Para ser rey, antes aprende a ser hombre.

¿Cuándo lo había aprendido Ioren? Driadan sentía que las lágrimas le quemaban los ojos cuando el hombre del mar habló de nuevo.

- Entonces. Así es como yo era. He matado a mis propios hijos muchas veces. He arruinado la vida de esa mujer que ha permanecido siempre leal, me ha acompañado incluso a la batalla. Pero he atraído la maldición sobre toda mi gente. Creo que también sobre ti. ¿Es lo que esperabas saber, Driadan Horwing?

El príncipe hizo caso omiso de la tensión en los músculos del guerrero y de su leve intento de soltarle y separarse de él. Enlazó los dedos tras su espalda y se mantuvo pegado a su pecho, exhalando un suspiro.

- Lo que hayas hecho antes no cambia nada – declaró, tras un instante. Lo dijo con voz firme, aunque casi fuera un susurro – Tampoco lo horrible que sea. Sólo quería saber.

- Es mi turno, entonces. Yo quiero saber lo que viste en tu futuro, porque ella me dijo que te había mostrado cómo era yo.

Mientras hablaba, Ioren había soltado el abrazo y enmarcado el rostro del joven entre las manos, volviéndolo hacia sí para obligarle a enfrentar su mirada. Driadan, que no había opuesto resistencia, mantuvo la vista fija en los ojos azules, centelleantes y, ahora lo sabía, henchidos de tristeza. Alzó una mano y la acercó, dibujando una caricia leve con la punta de los dedos sobre el pómulo del hombre del mar, recorriendo en un viaje lento y tembloroso los ángulos marcados de su semblante. Una profunda emoción le estaba ahogando, agridulce y terriblemente presagista.

Cuando consiguió hablar, Ioren había casi dejado de respirar y él sentía que cada palabra le rompería el alma. Pero estaba muy cansado. Tan cansado que sabía que no podría ni siquiera mentir.

- Vi… vi un barco… - pronunció, con un hilo de voz, mientras rodaba una lágrima inevitable – No me dejabas volver… me ponías cadenas y todo era desesperación y horror para los dos. Para ti. Y para mí.

Driadan no podía describirle a Ioren el desasosiego, el pánico atroz y la sensación de vacío gélido, de sequía y de nada que le habían dejado aquellas visiones. Como un plato de cenizas. Como un vaso de telarañas. No era capaz de poner palabras. Sin embargo, la reacción de Ioren le sorprendió, cuando frunció el ceño, extrañado, y miró hacia el acantilado.

- ¿Para los dos? – volvió a mirar a Driadan – Pero al final, tú me dabas muerte.

El joven príncipe frunció el ceño, saliendo de sus recuerdos y negó con la cabeza.

- No. Al final… eras anciano. Y yo colgaba de grilletes en tus mazmorras.

Al principio, el Rojo se limitó a mirarle, confuso. Después, un destello de comprensión iluminó sus ojos azules, y una risa suave emergió de su garganta. Sin embargo, su expresión no era divertida ni alegre, sino amarga. Muy amarga. Se pasó las manos por el rostro, alejándose unos pasos de Driadan, que le observaba con perplejidad, y finalmente, alzó la cara hacia el cielo con una risotada.

- Ioren, ¿qué te pasa? ¿Qué es lo que ocurre?

Pero Ioren no respondió. Sólo meneó la cabeza, aún riendo y mirando alrededor, como si tratara de ubicarse. Cuando al fin habló fue para decir al mundo, con un tono ácido y resignado:

- Me lo tengo merecido.

. . .

Fuego y Acero XXXI: La Lectora de Runas


31.- La lectora de runas

Driadan se incorporó rápidamente en cuanto ella hubo salido, dejando frente al fuego a un extrañado Jhandi con sus preguntas en la boca. Cruzó la puerta arrastrando la capa y vio la silueta de Kraakha, que se alejaba apresuradamente. La abordó en el pasillo, alargando una mano para rozarle el hombro. La mujer se revolvió como una comadreja, se dio la vuelta y le observó con ojos de animal asustado, o tal vez furioso. Driadan, sorprendido, alzó las dos manos y esbozó la sonrisa que siempre le había servido para manipular a su padre.

- Hola.

La lectora de runas se apretó el chal en torno a los brazos e inclinó la cabeza un tanto. "Qué guapa es", pensó el príncipe. En el pasillo, bajo la luz de las escasas lámparas de aceite que colgaban en sendos extremos, los iris verdes parecían dos esmeraldas mágicas, en cuyo interior bailaban llamas doradas.

Driadan no había visto nunca unos ojos como aquellos, tan intensos salvo quizá la mirada de Ioren el Rojo. Pero si bien en ambos existía una suerte de hechizo o magnetismo, el cariz de esa atracción era diferente entre el hombre del mar y la mujer de las trenzas negras. Mientras la mirada de Ioren parecía hervir, fascinaba como un fuego abrasador impetuoso y salvaje, la de la lectora de runas estaba cargada de misterio, de secretos inexpugnables, de arcanos ancestrales.

- ¿Te ayudo? – dijo el joven príncipe, acercándose un paso. La mujer retrocedió.

Driadan estaba hablando en su lengua natal. No estaba seguro de si ella podía entenderle, pero prefería que ninguno de los próximos a Ioren supiera todavía que conocía el idioma. Kraakha le miraba impasible, con un rostro desprovisto de emoción salvo la mirada hipnótica. Le recordaba un poco a Cisne, que había perdido la cabeza tras la masacre del fin del verano. Repentinamente, ella miró a los lados y le tomó de la mano, tirando de él con insistencia hacia el fondo del pasillo, como si quisiera salvarle de un peligro inminente.

Sorprendido, Driadan la siguió. La mujer le guió hasta la puerta de su propia habitación y cerró al entrar, respirando agitadamente. Había alarma en todos sus ademanes, en el modo en que corrió el cerrojo de madera con nerviosismo y le hizo un gesto para que se sentara.

- ¿Qué ocurre? – preguntó el príncipe.

La mujer corrió las cortinas de un tirón y se arrodilló frente al fuego, que ardía en un brasero de metal. Negó con la cabeza varias veces, manoseando algo en el interior de una bolsa de cuero. Driadan frunció el ceño y observó la habitación en la que se encontraba. Parpadeó, con cierta sorpresa. Una gran cama con cabecero labrado y una colcha de lana gruesa dominaba la estancia. Un arcón de madera, la alfombra de piel y una barra donde colgaba ropa seca y limpia, y hasta ahí terminaba la similitud de aquella alcoba con cualquier otra que hubiera visto nunca. No se veían las paredes. Había estanterías por doquier que las cubrían, muebles de buena madera pero poco trabajados, en los que se atestaban frascos de cristal y potes de cerámica. Ningún recipiente tenía etiqueta, sólo se diferenciaban por el color de los corchos que los cerraban o la tonalidad del cristal, el tamaño y la forma, que rara vez se repetían. También había bolsas de algodón colgando de las vigas, manojos de plantas extrañas de olor penetrante y cristales y piedras de distintas formas y colores diseminados en alacenas y cajones entreabiertos. En la habitación flotaba un perfume exótico, en parte vegetal, pero no del todo. Aceites, mineral, y algo más que Driadan no podía definir: olores dulces, picantes, penetrantes y suaves, violentos, pegajosos, embriagadores e invasores, todos los aromas se mezclaban en una amalgama tan espesa que el joven príncipe creyó que estaba tragándolos en vez de respirándolos. Le habían abofeteado al entrar, ahora se le pegaban a la boca, a la garganta y casi los sentía como ungüentos sobre su piel. Reinaba un ambiente denso y húmedo, parecido al de los sótanos. La sensación resultaba casi mareante. Tanto que Driadan, confuso, se dirigió hacia la cama y se sentó, sujetándose del cabecero.

- ¿Por qué me has traído aquí? – preguntó.

La luz rojiza del brasero proyectaba sombras agitadas en las paredes. Ella arrojó algo a los rescoldos y se escuchó un siseo, luego uno de los perfumes se intensificó, algo parecido a miel, pólvora y pimienta, todo junto. Driadan hizo una mueca. Casi tenía náuseas. Paulatinamente, su visión empezó a desdoblarse y la sensación de mareo se hizo más intensa. "No tenía que haberla seguido".

- Pobre pequeño príncipe, pobre príncipe…

La voz de Kraakha era un susurro quedo, atemorizado, que hablaba en el idioma de Thalie. Driadan tragó saliva, fingiendo no comprender, no haberla oído siquiera. ¿Por qué decía eso? ¿Por qué había tirado de él como si quisiera protegerle o esconderle de algo? Trató de enfocar la mirada y dirigirla a ella, y tuvo la impresión de que aquel esfuerzo acabaría dando con sus huesos en el suelo, tan embotada se encontraba su cabeza. No fue así.

La mujer se incorporó y le tomó de las manos, instándole a incorporarse.

- No, no, no, si me levanto me…

- Leo tu futuro – pronunció Kraakha, con un acento rudo – Leo tu futuro.

Su aliento dulce le cosquilleó en las fosas nasales. Repentinamente, una punzada de deseo se clavó en su vientre, sorprendiéndole. ¿A qué venía aquello? No tenía ningún sentido. Y sin embargo, la sangre empezaba a correrle más intensamente en las venas, su saliva se espesaba y los poros se le erizaban. Los ojos verdes estaban fijos en él. Las manos de la lectora de runas eran más ásperas que las de otras mujeres, pero su tacto tenía algo de seductor, como el pelaje de los felinos domésticos, que incitaba a seguir acariciándolos. Ella tiró de él. Driadan avanzó, con los ojos fijos en las llamas de sus pupilas, envuelto en los cien velos del perfume embriagador de aquella estancia, en la que todo parecía onírico y volátil.

Kraakha se arrodilló en el suelo, junto al brasero, y se despojó del chal. El príncipe ahogó un resuello y se le secó la boca, dejándose caer a su lado. Aquella mujer no era ninguna chiquilla ni una sirvienta de formas blandas: bajo un corpiño de cuero oscuro y una camisa de lino, las formas femeninas se marcaban con claridad meridiana, fibrosos los brazos, pechos llenos y generosos, cuello esbelto y cintura estrecha. En los dedos largos había fuerza, también en los brazos. La amplia falda le cubría las piernas, y al inclinarse sobre las manos de Driadan, que aún sujetaba entre los dedos, el pelo negro se descolgó como lianas por sus hombros, y su escote se abrió más.

- Leo tu futuro… - susurró la mujer una vez más, alzando la mirada verdeante, lamiéndose el índice y rozando la frente de Driadan con él. El príncipe no se sentía muy capaz en aquel momento de pensar en brujerías ni lecturas de ninguna clase. Su imaginación se había disparado en escenas impensables, la carne suculenta debajo de la tela que cubría a la mujer parecía llamarle a gritos y el roce húmedo de la lengua en la palma de su mano, repentino y cálido, le tensó de inmediato.

- No… no quiero saber mi futuro – balbuceó, encontrando consistencia en sí mismo por un momento, apenas unos segundos. – tengo que ir con Ioren.

Tuvo una sensación repentina de alarma, como si se hundiera en una ciénaga. El deseo se volatilizó al instante, su mente se centró en el recuerdo de una mirada azul e intensa, a la que se aferró con todas sus fuerzas. La habitación daba vueltas, así que se acomodó un poco mejor, tratando de fijar la mirada en algún punto que permaneciera quieto. No encontró ninguno.  Kraakha estaba manoseando unas runas de madera que había pasado por las palmas del joven, las agitó y las lanzó tres veces. Los símbolos giraron y bailaron, trazaron espirales y se mostraron. Uno. Dos. Tres. Siete en total. Uno en concreto, que mostraba un cuadrado sin uno de los lados, llamó la atención de Driadan, se multiplicó y ejecutó una alocada danza ante su mirada difusa. Los dedos de la mujer, que se habían vuelto repentinamente fríos, le rozaron las mejillas y le voltearon la cara muy despacio hacia las llamas del brasero, manteniendo una mano sobre su frente.

- Veo tu futuro – dijo en su oído.

Agarró las runas y las arrojó a la hoguera. Y las llamas se alzaron y se enredaron.

Driadan dio un respingo, dejó de respirar y sus pupilas se dilataron, cuando el resplandor del fuego se desdibujó, se abrió como una cortina y le mostró las visiones de la Lectora de Runas. Se aferró con dedos crispados a sus muñecas, temblando y tomando aire en un hilo trémulo, mientras el cuarto se impregnaba con el resplandor anaranjado y los sucesos pasaban por su mente, nacidos del fuego, como recuerdos de algo que nunca había sucedido.

El cielo es como una lámina de plata. Es gris y es por la mañana. Está lloviznando. El cielo se abre. El mar trae espuma.

Un barco en una orilla gris, un barco de madera blanca, con un caballo alado en el mascarón, bajo las gaviotas y el cielo plomizo.  El barco se mece en las costas de Thalie. Aguarda a su tripulación. Driadan descendiendo por el camino tortuoso, rumbo a casa, al fin.

Ojos azules relampagueando. Driadan corriendo hacia el barco. Ioren y la mano firme atrapándole por la muñeca. La lucha y la derrota. Otros que también pelean, y la sangre, y las cadenas, y la sangre, y las cadenas… cadenas, muerte, sufrimiento, y el eterno desprecio. La sangre mancha la playa. Se cierran los grilletes. No puede hacer nada.

Un espejo que cae de una pared, se rompe. El reflejo de un joven, casi un hombre, salta en pedazos. Bajo el espejo roto hay sangre. El hombre ha muerto. Solo quedan los trozos.

Un grito torturado. Manos tirándose de los cabellos. Asco y miedo, soledad, una mazmorra profunda y un anciano apenas atisbado en la oscuridad, marchito, enfermo, triste y condenado, que se tira de los largos mechones blancos. Alza el rostro. Es él, Ioren el Rojo.

Ioren el Rojo en un rincón de una celda oscura, mesándose los cabellos, maldiciéndole. Driadan, colgando de los grilletes de la pared, mirando al frente, ausente, con lágrimas corriéndole por el rostro. Brillan como gotas de rocío.

Y el Hombre del Mar se quiebra. Se rompe con un grito y se desmorona como una estatua bajo el estallido de la bala de cañón. Desesperación y horror. Todo lo que importa, todo lo que aún queda, destrozado, corrupto, infectado por la necesidad, el odio, la ansiedad y la obsesión. Infectado por una herida que nunca se cerró hasta convertirse en una maldición.

La lágrima de Driadan cae al suelo. Su cuerpo se desmorona en un montón de cenizas. Hay cadenas por todas partes. Cadenas por todas partes. Cadenas. Sangre y cadenas.

Las llamas chisporrotearon, estallaron con un sonido de vapor y se apagaron. La runa del cuadrado sin uno de sus lados destelló ante la mirada de Driadan por un segundo, y después todo fue negrura. Negrura veteada de rojo sangre a causa de las brasas murientes del blandón. Con un gesto maternal, Kraakha abrazó al muchacho, estrechándolo contra su pecho y acariciándole el cabello. Driadan se había quedado congelado, con la boca entreabierta, el rostro sin expresión y una lágrima aún rodándole por la mejilla, casi sin aliento. Las imágenes relampagueaban con un realismo aterrador en su mente, una y otra vez, ahogándole de dolor como si le patearan el estómago una y otra vez.

- Pobre, pobre príncipe… si al menos pudiera explicarte… - susurraba ella en el idioma del norte, en un tono terriblemente triste – Si al menos pudiera ayudarte… decirte…ah, pequeño príncipe, ojalá consigas escapar del demonio.

Driadan escuchó su voz, aunque tardó demasiado en comprender las palabras. Cuando lo hizo, aún mareado, al borde de desvanecerse, cerró los dedos en el pelo negro de Kraakha, boqueando para hablar. Alzó la vista emborronada hacia ella. Y casi lo consiguió. Estuvo a punto de decir algo, de hablar, de hacerse entender, cuando la puerta se abrió con violencia, el aire fresco entró en la estancia y Ioren el Rojo irrumpió, enorme, gigante, deformado ante la mirada del príncipe, que le vio excepcionalmente alto y corpulento. Su cabello era lava espesa, centelleando como una antorcha de lenguas danzarinas que se le enredaban en los hombros. Sus ojos eran estrellas de metal fundido, que atravesaban cuanto miraban. Y en su pecho había una runa brillante y dorada.

- ¿Qué estás haciendo, siadh? – bramó el gigante de fuego y acero.

"Ioren, Ioren, Ioren", repetía su nombre en su mente, no sabía si lo estaba haciendo a viva voz. Extendió los dedos temblorosos hacia él, aún en brazos de la mujer morena.

- Le he mostrado su futuro – respondió la mujer tranquilamente, sin soltarle – Le he enseñado lo que eres. Ahora no podrás hacerle daño. Se marchará de ti antes de que le hagas daño.

Estaban hablando en el idioma del Norte. Driadan aún atinaba a comprenderles y a distinguir sus siluetas y sus rostros, ahora extraños y distorsionados, de las visiones del fuego que se sucedían en eterna procesión dentro de su cabeza. Como en una danza frenética, la realidad, el recuerdo y la alucinación se alternaban en sus percepciones, hasta que de su garganta surgió un gemido débil. Para entonces, Ioren ya le había arrancado del regazo de Kraakha.

- ¿Cómo te atreves? No tenías derecho a hacer algo así.

- ¡Tu no tenías derecho a hacer muchas de las cosas que hiciste! – replicó la mujer.

Se puso en pie. Su tono era terrible y condenatorio. Cuando Driadan la miró, ella era una visión espectral con algas oscuras en lugar de las trenzas negras y capullos de seda colgando de las vestiduras. Las algas le chorreaban agua sobre los hombros y su rostro estaba envejecido, resecado, carcomido. No dejaban de manar lágrimas de sangre de sus ojos mientras hablaba, y éstos eran dos esmeraldas en cuyo interior siseaban las serpientes. Sobre el pecho tenía una runa diferente, que humeaba, como si se la hubieran grabado a fuego. Driadan se esforzó para distinguirla con mayor nitidez, a pesar de la náusea aguda y el mareo ya insoportable que le aquejaban. Y descubrió con horror que lo que parecían crisálidas adheridas a la ropa de la Lectora de Runas no eran tales. Eran capazos y toquillas que colgaban de su cuerpo. Capazos y toquillas en los que aún cabeceaban los bebés. De ellos, de sus oídos y las cuencas de sus ojos, goteaba el agua, y por ellos asomaban los crustáceos, las anguilas y los gusanos.

Ajeno al resto de la discusión, agotado y vencido por las experiencias y por este último horror, Driadan gritó, cerrando los párpados.

- Tranquilo. Driadan. Calma. Iremos fuera. Te sentirás mejor.

Sollozando, escuchó el chirrido de la puerta al abrirse, los pasos rudos del hombre del mar. Su olor a salitre le envolvió, y el alivio estalló en su corazón.

- Tus hijos también gritan así, Ioren el Rojo – escupió la mujer, en un tono venenoso, y su voz les persiguió por los pasillos, mientras Ioren huía, resollando entre los dientes apretados, con el príncipe entre los brazos - ¡No mostraste tanta compasión con ellos! ¡Ellos también gritan así, Rojo! ¡Cada noche! ¡¡¡En mis sueños!!!

. . .

©Hendelie

Fuego y Acero XXX: Lealtades


30.- Lealtades

- ¿Necesitas ayuda?

Driadan dio un respingo, hundiéndose por completo en el agua y frunciendo el ceño. Había salido a bañarse en la pequeña alberca que había junto a la granja, confiando en que nadie pisaría el exterior con la nevada que estaba cayendo. Los copos habían comenzado a desprenderse del cielo mientras él aún estaba en el interior de la casa, en la habitación de Ioren, allí donde no existía el frío.

- ¿Qué haces fuera?

Estaba atardeciendo. En Thalie los días eran grises, pero los ocasos se vestían de color añil, se pintaban con azules fantásticos que se oscurecían gradualmente hasta llegar a la noche negra. Así, desde el amanecer hasta el crepúsculo, el firmamento del norte lucía todos los tonos del acero al que sus habitantes tanto veneraban. En la luz tenue, Jhandi era una figura oscura en la que resplandecía la sonrisa de media luna.

- Iba a coger leña para el fuego, pero no queda en la puerta. ¿Y tú, te has vuelto loco, Nirala? ¿Qué haces bañándote ahora, con esta nevada? Te vas a congelar.

El chico no respondió, hundido en el agua hasta el cuello. Ciertamente, estaba tiritando. Pero no podía explicarle a Jhandi por qué necesitaba un baño. Los copos de nieve se le pegaban al pelo mojado y tenía la piel enrojecida.

- La gente de aquí lo hace.

- La gente de aquí está loca – rió el sureño, acercándose al montón de troncos que yacía olvidado en un rincón, junto a viejas azadas, cubierto con una lona rígida de cáñamo tejido. Empezó a elegir las ramas adecuadas con aire profesional- ¿Vas a empezar a adoptar las costumbres del norte? Nirala ya está lo suficientemente al Norte.

Driadan no pudo evitar una risilla. El joven sureño siempre había despertado su simpatía más que los demás, quizá por su carácter desabrido y la manera en la que siempre le había prestado atención. Jhandi nunca había dejado de ser amable con él. Y ciertamente, en los malos tiempos, a pesar del aislamiento al que el propio Driadan se había confinado, el hombre de los ojos oscuros siguió sonriéndole desde la lejanía, alentador.

- No está tan al norte – repuso Driadan, como si aquello fuera motivo de vergüenza. Tiró de los lienzos que había dejado dispuestos bajo su capa para secarse y se levantó, emergiendo al tiempo que se envolvía en ellos. – ¿Cómo es que conoces tan bien la madera?

El sureño había cargado varios troncos, atándolos con su cinturón. Se aproximó al príncipe para echarle la capa por encima de las toallas improvisadas y ponerle la capucha sobre el pelo mojado.

- Antes de Shalama, trabajaba en unos astilleros. Mi padre era leñador. ¡Ahora corre dentro, cerca del fuego! Si el Rojo te ve así pensará que te has querido arrojar al mar.

Los dos se apresuraron hacia la puerta de la granja. Los pies desnudos de Driadan se hundían en los montoncitos blancos que empezaban a cubrir el suelo, a veces estaba a punto de resbalar. Cuando Jhandi le franqueó la entrada al cálido interior del edificio, se sorprendió de haber resistido tan bien el frío.

- Ahora haremos una preciosa fogata, ¿verdad? – dijo el sureño, siempre animoso – Te secarás bien y podrás envolverte en esas bárbaras pieles…

- Tu también vistes bárbaras pieles.

- Claro, aquí no podemos usar gasa o seda, es demasiado fina. ¿Crees que para los hombres del mar, la gasa y la seda son bárbaras?

- Lo dudo – rió Driadan, acompañándole a través del pasillo.

El viento soplaba con fuerza en el exterior, llenando la casa de rumores y azotándola con un silbido intenso. Por eso no escucharon las voces, y sólo cuando cruzaron la puerta que daba paso a la gran sala se dieron cuenta de que había llegado un invitado aquella tarde. Ambos guardaron silencio y se acercaron al hogar sin hacer ruido.

En el otro extremo de la sala común, Ioren el Rojo estaba hablando con un hombre fornido, casi tan alto como él e igual de corpulento, pero bastante más entrado en años. Llevaba una capa de piel de nutria que brillaba bajo el resplandor de los braseros y las antorchas. El cabello gris le caía sobre los hombros, todo anudado en apretadas trenzas, y se sujetaba la capa con un broche de metal ennegrecido. Vestía ropas de guerrero o cazador, cuero flexible desde el cuello hasta las botas. El rostro, ceñudo y anguloso como era común entre aquellos hombres, estaba dominado por las espesas cejas, tan pobladas que sobresalían como alas de una gaviota blanca. Bajo ellas, los ojos grises brillaban con esa llama que Driadan ya conocía. La nariz aquilina y la barba recortada y del mismo tono ceniciento completaban la imagen de aquel anciano de plata que parecía templado y duro como una piedra, de pie frente a Ioren, sosteniendo el cuerno en la mano rebosante de hidromiel.

- ¿Deberíamos irnos? – murmuró Jhandi, dejando los troncos con cuidado y alimentando el fuego. Driadan negó con la cabeza.

- No – respondió en un susurro, acuclillándose frente al fuego – Si Ioren quiere que nos vayamos, ya nos echará. Además, ni siquiera nos han mirado al entrar.

Los dos se ocuparon del fuego durante un rato. Driadan dejó que la nieve se le derritiera en el pelo y que el pelo se le secara después, con los ojos fijos en las llamas y escuchando la lejana conversación de los dos hombres al otro extremo de la sala. Estaban hablando en su idioma, pero al joven no le costó entender las palabras.

- Los Gardan te apoyarán, y nosotros también – decía el hombre gris – pero no te va a ser fácil volver a ganarte al resto de los clanes. No mientras los Dioses sigan mostrándose contrarios a ti.

- Lo sé – replicó la voz penetrante del Rojo. – Por eso es importante encontrar a las manos de los Dioses y detenerlas. Si es que aún están vivas.
El hombre se rió.

- No hay quien te entienda. Algunos dicen que has perdido la cabeza, y quizá tengan razón. Dices que quieres poner las cosas en orden, Rojo, y contentar a los Dioses para poder recuperar tu lugar. ¿Y cual es tu primera idea? Cortar sus manos. ¿Así es como te pliegas al destino?

Driadan frunció el ceño al escuchar aquello, encogiéndose un poco frente a la hoguera. Las llamas danzaban y crepitaban con energía. Jhandi puso una rama más y se quedó a su lado, en silencio.

- A nuestros Dioses no les gusta la traición, Dunstrag – respondió Ioren casi tajante – y sin embargo, a mi alguien me ha traicionado. A mi y a todos. Nunca habríamos perdido la costa de Nirala si no nos hubieran emboscado. Tienes que ayudarme a descubrir quién fue, si aún hay manera de hacerlo.

- ¿Quién fue? – el tal Dunstrag resopló, su tono se volvió tenso – Puedo decirte quién no fue. No me gusta lo que insinúas.

- No te estoy acusando. No estoy insinuando nada. Nunca he dudado de tu lealtad.

- Eso es porque nunca te habían traicionado antes.

- Eso es porque has sido fiel a los más altos precios.

Hubo un largo silencio, después el hombre gris volvió a hablar, y su voz parecía más pesada, cansada.

- No te mentiré, Rojo, nunca lo he hecho… quisiera no haber vivido para ver algunas cosas. Quisiera no haber vivido para regresar cuando nos mandaste de vuelta. Teníamos que habernos quedado allí, a tu lado. Eso es lo que debimos haber hecho. Maldita sea.

- Ahora estaríais muertos, y yo no tendría ningún amigo en Kelgard.

- Ulver es tu amigo – añadió el anciano, con tono paternal – Siempre lo ha sido, o lo era hasta que regresaste. No sé lo que está dispuesto a ser ahora, pero sí puedo asegurarte que nunca ha tenido una intención taimada hacia ti. Al menos, si esa planta ha crecido, alguien ha plantado la semilla y la ha regado.

Driadan se ladeó un poco, mirándoles con disimulo por el rabillo del ojo. Los dos hombres hablaban de pie y daban sorbos a sus cuernos de cuando en cuando. Ioren parecía muy serio, casi tenso. El viejo, por el contrario, le miraba con más que simpatía, con verdadero afecto y cierto resplandor decidido, uno que Driadan no era capaz de reconocer.

- ¿Crees que alguien le ha envenenado contra mí?

- Creo que alguien ha envenenado muchas cosas – afirmó Dunstrag – Si ese alguien murió en la guerra de Nirala o sigue aún vivo, sólo lo sabremos cuando vuelvas a recibir un golpe.
- No estoy dispuesto a recibir más golpes.

- Lamentablemente, eso no lo eliges tú, amigo mío. ¿Quieres escuchar consejo?

Ioren suspiró y finalmente asintió, casi con resignación. El príncipe disimuló una sonrisa y Jhandi le respondió con una mirada perpleja. El sureño no había aprendido la lengua del norte, probablemente no estaba entendiendo una palabra. Driadan sospechó que por eso nadie les había convidado a marcharse del salón; Ioren debía pensar que ninguno de los dos había hecho sus deberes.

- Exponte lo suficiente como para que la sierpe asome su cabeza. Prepárale una trampa y luego aplástala. Pero mientras lo haces, no descuides tus obligaciones hacia los Dioses y hacia tu pueblo. Aunque Ulior Skol se siente ahora en la silla, pocos han olvidado la gloria y el esplendor de los días de Heren el Rojo, y los que siguieron. – El hombre de gris hizo una pausa y sus siguientes palabras sonaron forzadas, como si le costara terriblemente pronunciarlas – Y por la sal y la llama, piensa con la cabeza. No deberías estar aquí. ¿Cómo se te ha ocurrido tomar la hospitalidad de la Lectora?

- Somos demasiados – repuso Ioren, con un tono algo tenso, a la defensiva – Y no soy ningún mendigo. No voy a meterme en tu casa. Aquí tengo algún derecho.

- Mi casa es tuya. Tu extraña tripulación cabría perfectamente. Es algo por lo que debo felicitarte, por cierto. Hombres fuertes y con miradas templadas; extranjeros, sí, pero parece que has encontrado buen acero que moldear.

Driadan se estremeció un poco al escuchar la risa suave de Ioren, una risa tranquila que no había escuchando nunca antes. Le despertó una punzada de anhelo. ¿Por qué Ioren reía tan pocas veces? "Me gustaría verle realmente alegre alguna vez", pensó, casi sin darse cuenta. " Seguramente lo fue, algún día. Debió serlo, su risa resonaba bajo los techos de madera de estas casas tan raras, en los bosques cuando cazaba, en los barcos cuando navegaba."

- Han sido tiempos duros. De todos ellos uno se hace fuerte. En todos encuentra algo que vale la pena – respondió Ioren - Iremos a tu casa en cuanto hayamos pagado la hospitalidad de Kraakha, pero tuvimos que venir aquí primero. Algunos de mis hombres estaban enfermos.

Driadan tragó saliva. El único que había estado enfermo era él.

- Os esperaremos, entonces.

Los dos hombres salieron de la sala, arrastrando las capas. Al pasar junto a Jhandi y Driadan, el hombre del cabello gris les saludó con la cabeza y los ojos azules de Ioren se detuvieron en el príncipe durante un instante. El joven desvió la mirada precipitadamente, recordando lo que el Rojo había dicho sobre el color de sus ojos y las sospechas que podrían levantarse. Cuando hubieron salido, Jhandi se estiró.

- ¿Vas a contarme lo que han estado diciendo? – preguntó, tumbándose en la alfombra, delante del fuego.

Driadan se rió entre dientes y negó con la cabeza.

- Lo siento pero ya lo hará el Rojo si cree que debes saberlo. No es culpa mía que aún no hayas aprendido a distinguir una palabra de otra en este idioma salvaje – añadió, mirándole con desdén.

Miró al sureño con una media sonrisa, y mientras aguardaba una respuesta ofendida, notó un movimiento sutil detrás de una cortina.

- No he tenido tiempo entre tanto…

No prestó atención al resto de las palabras. Desde detrás de la gruesa colgadura de lana, una figura envuelta en un chal se escurrió ligera como el viento hacia la puerta lateral que permanecía en las sombras de un rincón. Los ojos verdes destellaron un momento al cruzarse con la mirada carmesí del príncipe de Nirala. Luego, la mujer desapareció, silenciosa, en la oscuridad del pasillo.

Driadan frunció el ceño. Quizá iba siendo hora de tener unas palabras con la Lectora de Runas.

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