martes, 20 de marzo de 2012

Flores de Asfalto: El Despertar — XXIII

13 de Marzo —Gabriel


El cementerio era una extensión de hierba de color verde oscuro y apagado, situado en una de las zonas más elevadas de la urbe. Gabriel estaba apurando otro cigarrillo mientras observaba la silueta sucia de la ciudad recortándose a lo lejos. Una lluvia fina y polvorienta salpicaba las briznas de hierba, las lápidas, los nichos.

—Una tragedia. Una tragedia horrible—, comentó la asistente social, que se había refugiado junto a él debajo de la marquesina del parking—. Estas son las cosas que a nadie le gusta ver.

—Ya.

Gabriel no tenía ánimos para darle conversación a aquella mujer, pero ella no parecía darse cuenta. Estaba esperando a que llegara el coche fúnebre, apoyado en un Volvo que pertenecía a alguno de los miembros del personal médico que habían atendido a Ariadna. Había varios de ellos por allí, negando con la cabeza, abrazándose los abrigos para que el viento no los abriese y comentando la triste pérdida con expresión de melancolía.

—Ha sido usted muy generoso al hacerse cargo de los gastos— prosiguió la asistente. Luego añadió, con cierta suspicacia:—Las enfermeras dicen que era usted como un padre para ella.

—Sí, es cierto—respondió Gabriel secamente—. Si los padres van a ver a sus hijos una vez por semana, entonces es la pura verdad.

La mujer arqueó las cejas y volvió el rostro, dando por terminada la charla, cosa que Gabriel agradeció absolutamente. Aspiró con fuerza el cigarro, hasta que la brasa le quemó los dedos. Lo tiró al suelo y lo pisó, dejando una línea de ceniza húmeda sobre el suelo. El coche fúnebre llegó, lento y negro como un escarabajo.


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13 de Marzo —Gabriel

Metieron el ataúd en el nicho. Untaron la losa con cemento y taparon el negro agujero como si sólo fuera una ventana oscura que hubiera que cerrar. Un sacerdote dijo algunas palabras con un mal disimulado desinterés y trazó signos informes en el aire. Algunas enfermeras se quedaron durante un rato y al final, Gabriel y el médico de Ariadna se quedaron solos delante de la tumba. El profesor le miró de reojo al cabo de más de media hora. El doctor Galileo Ares era un hombre de pelo blanco y nariz bulbosa, con los ojos azules, diminutos y siempre cubiertos por una película húmeda. Debía tener cincuenta años. Siempre había sido amable y afectuoso con Ariadna y Gabriel había tenido mucho trato con él, como era natural. El doctor Ares nunca le negó información sobre el estado de salud de la niña, a pesar de que sabía que no era familia suya. Le había permitido verla siempre que lo deseaba, y fue él quien le autorizó a entrar en la habitación de la Unidad de Cuidados Intensivos donde Ariadna se había despedido del mundo.

Ambos habían perdido una vida de la que se sentían responsables. Por eso estaban allí, quietos y callados, delante de un frío nicho, intentando entender algo que sus mentes no acababan de asimilar.

—¿Quieres tomar un café? —preguntó.

Ella ya no estaba. Permanecer de pie ante un muro parecía de pronto algo absurdo. El doctor Ares le miró con aire desapasionado y asintió.

—Sí… por qué no. Me vendrá bien.

—Yo invito.

Los dos hombres se marcharon, caminando con pasos lentos y pesados. Los operarios habían colocado la lápida de Ariadna un poco torcida y un pegote de cemento cayó sobre la hierba y la tierra húmeda. Aún tardaría en secarse.


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13 de Marzo — Gabriel

La cafetería del cementerio era uno de los lugares más deprimentes en los que Gabriel había estado nunca. Una parte de su mente, que se aferraba con rebeldía a la frivolidad, encontró reprochable que las instituciones no se hubieran preocupado de habilitar un sitio más acogedor para que los familiares de los muertos pudieran tomarse un café sin sentirse más apenados. Se trataba de un lugar oscuro, con luces eléctricas y mesas redondas con tres patas de plástico, sillas viejas y algunos sillones de plástico oscuro y cojines de gomaespuma. En las vitrinas de la barra había sandwiches empaquetados y algunos bocadillos de aspecto rancio.

Al menos el café estaba caliente. El doctor Ares abrió su sobre de azúcar y lo vertió en su taza; después movió el líquido oscuro con la cuchara. Gabriel dudó. Recordó que un chico insolente se había mostrado incrédulo una vez porque no tenía azúcar en el armario de la cocina. “No sé como puedes vivir sin azúcar”, había dicho. O algo así. Finalmente, imitó al médico y vació dos sobres en su vaso.

—Los asistentes sociales se encargarán de la mayor parte del papeleo— dijo el doctor.

—Ya lo imaginaba. ¿Hay algo que me corresponda a mi hacer?

—Oficialmente, nada. Pero puedes disponer de sus cosas. Me refiero a lo que queda en el hospital: las pelucas, los vestidos de Madonna, la radio y demás.

Gabriel hizo un gesto de afirmación con la cabeza, dando un trago breve.

—Si queréis quedaros con algo en particular, hacedlo. El resto me lo llevaré.

—No creo que nos quedemos con nada —la voz del doctor se volvió un poco más fría y Gabriel le dirigió una mirada que no sabía si ser hostil—. No me interpretes mal. Pero nosotros convivimos con este tipo de pérdidas a diario, y no es bueno en nuestro caso permitir que nos afecte de manera personal.

El profesor no pudo evitar una risa seca, casi una tos.

—No va a ser menos personal porque te quedes con uno de sus libros. Al fin y al cabo estás aquí, has venido a su funeral. Y estás jodido.

Galileo Ares le lanzó una mirada severa, ofendida. Se terminó su bebida de un sorbo.

—Pues sí. Y no debería. Para los que practicamos mi profesión, involucrarse de una forma demasiado íntima con los pacientes siempre acaba mal. Con Ariadna lo hice. Lo hicimos todos—. Dejó la taza sobre el platillo con un gesto algo brusco— Esa niña era especial, nos llevará un tiempo acostumbrarnos a un mundo sin ella.

El hombre se levantó y se marchó sin despedirse. A Gabriel no le pareció importante haberle molestado, pero se quedó reflexionando acerca de esas últimas palabras. Miró alrededor y la sensación de irrealidad volvió a presentársele de manera rotunda. Y después, otra cosa. Algo más frío y más silencioso: el vacío. Apretó los dientes y tragó la mitad del contenido de su vaso.

El café estaba demasiado dulce.


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13 de Marzo — Gabriel

Llevaba dos noches sin dormir, pero no tenía sueño. Eran cerca de las tres de la tarde cuando llegó a la Universidad. Ya que no había hallado ninguna excusa para no incorporarse a su trabajo una vez terminado el funeral, había venido en metro hasta la facultad. Se detuvo en la puerta, preguntándose una vez más cómo se sentía. Echó un vistazo dentro de sí mismo y no encontró nada. Una angustia aséptica pasó fugazmente sobre su corazón y se desvaneció. Se encontraba muy normal, aunque eso no fuera normal. No había duelo, no había dolor, no había estrés, ni tristeza, ni siquiera furia. Ariadna había muerto, debería estar hecho una mierda. Pero no. Acababa de dejarla para siempre, sus restos encerrados dentro de una pared de piedra, y la vida seguía adelante, sin detenerse siquiera un momento a despedir a una criatura tan luminosa como ella lo había sido.

Los semáforos parpadeaban, los coches discurrían incansables por las venas de la ciudad, los relojes avanzaban. Era asqueroso. Pero era así, y hasta él mismo parecía secuestrado por esa rutina invariable.

Subió las escaleras grises, de piedra. Era lunes y el cielo estaba cubierto de nubes plomizas, lloviznaba a intervalos. Eso no impedía que algunos estudiantes se apiñaran en la escalinata, fumando y conversando. Los que le conocían, le saludaron. Él les devolvió el saludo.

Llegó a su aula cinco minutos antes de comenzar con la siguiente clase. Cuando fue a dejar el portafolios sobre la mesa, se dio cuenta de que no lo llevaba encima. No había pasado por su casa desde la noche del once de Marzo. Había estado una noche en el hospital y la otra en el tanatorio, asistiendo al velatorio de la pequeña, así que no tenía maletín ni había preparado ninguna clase.

Hizo memoria, intentando recordar qué curso le tocaba a esa hora y por dónde iban. No era capaz de recordarlo. Cuando los chicos y chicas de tercer curso empezaron a entrar al salón, saludando y ocupando sus asientos en las gradas, Gabriel empezó a darse cuenta de que no estaba tan bien como creía. Su mente parecía anestesiada por completo y no tenía la menor idea de cómo empezar con la clase. Pero estaba allí y algo tendría que hacer, así que apoyó el trasero en la mesa, se cruzó de brazos y miró a sus chicos.

Los jóvenes estudiantes habían ido guardando silencio poco a poco y le observaban, esperando que diera alguna instrucción, que empezase a hablar.

—Hoy no vamos a seguir el temario—dijo, al fin. —Llevamos desde septiembre hablando de los grandes hechos de la historia medieval, pero nunca hemos mencionado la ciudad en la que vivimos y todas las huellas que el tiempo ha dejado en ella. Hoy lo haremos. Si habéis caminado alguna vez por el barrio viejo, habréis visto los túneles con las inscripciones rojas, ¿no?

Hubo algunos asentimientos. Gabriel se acercó al encerado y escribió con rapidez dos palabras en latín: Deus vult.

Deus vult, Dios lo quiere —dijo en alto. Luego se volvió hacia la clase—. Bajo este lema, la frase con la que el papa Urbano II convocó la Primera Cruzada, toda la Europa Cristiana se movilizó. La voluntad de Dios, que a veces es traducida por los hombres de formas un tanto peculiares.

La oratoria de Gabriel fue recuperando sus alas poco a poco. A pesar de la impresión hueca que no le abandonaba, la vida seguía adelante y como un autómata bien entrenado, el también podía continuar.


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13 de Marzo —Gabriel

Llegó a casa a las nueve de la noche. Metió la llave en la cerradura y la giró. El apartamento estaba vacío y a oscuras. Encendió las luces con el codo y cerró a su espalda, apoyándose en la puerta un momento. El suelo y las paredes parecían ensancharse y acecharle, como una boca blanca, ordenada y perfecta.

Sólo al volver a casa se daba cuenta de que no quería regresar. Su propio entorno se había vuelto hostil. El piano, con la tapa abierta, parecía una sonrisa desdeñosa que le recordaba sus penosos y poco fructíferos esfuerzos para crear. El sofá, aún con dos marcas en los cojines, parecía jactarse de su recién recuperada soledad. No había zapatillas tiradas en un rincón, ni llaves fuera de su sitio, ni las tazas medio vacías ni los tazones de cereales por medio, dejando sus irritantes huellas sobre el cristal de la mesa del comedor. No había latas de cocacola vacías. Ni siquiera olía a nada.

Con un gesto amargo, se quitó el abrigo y encendió la televisión para espantar un poco al silencio. No tuvo agallas de cruzar el pasillo para ir a su propia habitación. Se quedó allí, sentado en su hueco del sofá, mirando los programas que pasaban ante él sin que llegara a verlos realmente.

No sonó el teléfono, aunque lo esperaba. Tampoco entró nadie por la puerta, pero no dejó de mirar de vez en cuando por si acaso.

Al cabo de dos horas, se levantó para vaciar el cenicero y ver qué había en la nevera. Al hacerlo, sus ojos repararon en la estantería. 

Crispó los dedos: La loseta con la cruz de piedra, el shiva danzante, el huevo de cerámica y la muñeca rusa estaban dispuestos de forma distinta a la que era correcta. 

Aquel detalle pareció cargarse de significación. Cain había estado en casa, aquél era el significado racional, el que podía comprender. Todos los demás eran convulsiones primarias, instintivas, que empezaron a sacudir sus emociones como golpes de fuego vivo.

Una oleada de rabia le ascendió desde el estómago hasta la garganta y le hizo apretar los dientes. Había estrujado tanto el cenicero entre los dedos que el cristal se escurrió y cayó al suelo, volcando la ceniza y las colillas sobre el parquet pálido.

Miró el resultado, mientras intentaba contener aquella extraña erupción interior que iba en aumento. “No hagas ninguna tontería”, le recordó su voz interior. Autocontrol. Autocontrol. Sí pero… ¿para qué? ¿Qué iba a perder ya? Cain se había ido, ya no podía hacerle daño de ninguna manera si perdía los papeles. Ariadna estaba muerta.

Tener autocontrol, mantenerse cuerdo, estar tranquilo, ser fuerte y sólido había dejado de tener sentido alguno. Nunca lo había tenido, en realidad. Ninguna de esas cosas le habían ayudado a mantener a Cain a su lado, a apoyarle y ayudarle tal y como le había prometido dos veces. Ninguna de esas cosas había salvado a Ariadna. Les había fallado a los dos, y se había quedado sin nadie a quien fallar.

Acercó el pie con inseguridad al montón de ceniza y colillas. Las pisó con un gesto cauteloso al principio y más decidido después. Restregó la porquería por la inmaculada madera blanca, dejando una huella negra similar a la que había trazado en el parking del cementerio, y sintió una mezcla de alivio y de más rabia.

Mejor eso que el vacío.

—No quería decir que te fueras para siempre— murmuró a las colillas, con la voz atragantada.

Luego alzó la vista y la clavó en los objetos descolocados del estante. Cuando acercó la mano, su intención era volver a ponerlos en orden, pero al agarrar el huevo de cerámica, un calor abrasador se despertó en las yemas de sus dedos. En un arrebato, arrojó el huevo contra la pantalla del televisor. Después le siguió la figurita hindú, la cruz templaria y la muñeca rusa. Se le aceleró la respiración, la sangre empezó a palpitar con fuerza y las oleadas de calor violento empezaron a recorrerle los miembros como descargas eléctricas.

Volvieron las emociones, una oleada confusa e imposible de administrar que se transformó en una sola: ira.

—¡No quería decir que te fueras para siempre!—gritó, empuñando la estatuilla de Shiva y golpeando repetidamente con ella el plasma del televisor. Las grietas se ampliaron y finalmente los pedazos de cristal negro cayeron al suelo.

Continuó destrozándolos con movimientos rítmicos, descargando la adrenalina y la furia hasta que los ojos se le empañaron y el llanto hizo su aparición, liberador, cálido, agua tibia en las mejillas después de años de sequía.


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14 de Marzo— Gabriel


Eran las dos de la mañana. El apartamento parecía haber sido asaltado por una horda de perros salvajes. El suelo estaba cubierto de cristales rotos, de restos de espuma del interior de los cojines, de papeles quemados y toda clase de objetos procedentes de los cajones abiertos. Los restos del televisor se diseminaban por la habitación. En algún momento de la noche, un vecino había subido a preguntar qué ocurría. Gabriel había abierto la puerta, despeinado, con Shiva empuñado en una mano y los nudillos cubiertos de sangre y cristales rotos. Contestó, con mucha calma, que su amante le había dejado por gilipollas y que su única familia había fallecido, por lo que estaba pasando por un duelo. El vecino le miró con la boca abierta, sin entender nada, y después balbuceó algo sobre que estaban oyendo muchos golpes. Gabriel se disculpó y se comprometió a pasar su duelo con todo el silencio que pudiera, tras lo cual el hombre se marchó escaleras abajo, observándole con inquietud.

Ahora estaba sentado delante del piano, fumando y jugueteando con las teclas. Eso si, mantenía pulsado el pedal de la sordina para no molestar al resto del edificio.

Se sentía mucho más relajado después de destrozar el salón. Tenía los ojos vidriosos, la mirada perdida y las huellas enrojecidas de las lágrimas tanto en los párpados como en las mejillas sin afeitar.

Empezó a tocar la canción del dragón, la que había compuesto con Cain el mes anterior. Mientras lo hacía, miró de reojo a través de la ventana, hacia la ciudad que se extendía ahí fuera.

Le pareció entrever, como en un velo superpuesto, una luz rojiza y brumosa.

Se rió entre dientes, sin saber por qué, y volvió la vista hacia las teclas.

Había sido un día extraño y terrible, pero Gabriel no era dado a dramatizar, aunqueel estado en el que había quedado su casa tras el estallido podría contradecir esa afirmación. Pero qué mas daba... Gabriel también era contradictorio. Eso o estaba loco. Daba igual. 

En aquellos momentos, sin ninguna excusa por la que reprimirse nada, se sentía más él mismo que nunca. Libre para estar destrozado, libre para admitir su vulnerabilidad y jodidamente libre para saberse merecedor de toda la mierda que le había venido sobre los hombros en las últimas setenta y dos horas.

Ariadna ya no estaba, y su muerte era para él un recordatorio de la fragilidad de toda existencia. Cain se había marchado, le había perdido. Había sido necesario que las dos únicas personas que le habían tocado por dentro en los últimos años desaparecieran de su vida para que él se recuperase a sí mismo. Era triste e irónico. Habían cambiado su vida y ahora su vida parecía haber perdido el significado. Y curiosamente, ahora la música fluía entre sus dedos con más ligereza de lo que nunca lo había hecho.

Improvisó durante horas, riendo amargamente a ratos, mientras las lágrimas le empañaban la mirada.

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©Hendelie


Fuego y Acero XXXIX: El Barco

39.- El barco


A la semana siguiente, comenzaron a construir el barco.

Al principio, a Driadan no le había parecido una buena idea. Todavía tenían que encontrar a la Mano de los Dioses, apenas habían tenido tiempo de conseguir información y además, empezaba en Thalie la estación de las tormentas. A Ioren el Rojo nada de eso le resultó un motivo de peso para no comenzar con el proyecto. Otros asuntos, más personales que prácticos, le instaban a acometer la labor: el barco que iban a construir estaba destinado a llevar al príncipe de regreso a Nirala. Para el Rojo, aquella era la manera de mantener los pies en la tierra y recordarle a Driadan que él debía hacer lo mismo. El joven se opuso dramáticamente al principio, pero no tardó en serenar sus ánimos y aceptar lo inevitable con más dignidad que ganas. La tripulación no quiso mantenerse al margen. Todos querían participar en la construcción de la nave, de manera que Ioren se vio obligado a efectuar un reparto de tareas para mantenerles ocupados.

Cuando llegó el viernes, el último día de la semana en Thalie, Ioren estaba en la orilla, observando los avances y haciendo un recuento de listones. Habían cortado y traído árboles desde el bosque más cercano, largos troncos enteros sin trocear. Fue una verdadera aventura hacerlos descender por el acantilado, pero no era el primer barco que Ioren construía, y el procedimiento era el mismo en todos los casos. No había otro, las cosas se hacían según la tradición. Una vez se habían talado los árboles, estos se transportaban a rastras o sobre pequeños troncos redondos que hacían de rodillos hasta el acantilado, y se hacían descender por el camino. Abajo, se alineaban en la playa y se trabajaban allí. Se cortaban de manera longitudinal hasta conseguir largas tablas de una sola pieza. Se lijaban, se pulían y se embadurnaban con grasa para proteger la madera.

—Espero que no haya prisa – dijo Jhandi, al pasar junto al Rojo. – Somos pocos. Seguramente llevará varios años terminar con esto.

—Tardaremos tres meses – repuso Ioren, sin dejar de contar.

Jhandi se echó a reír. Era imposible tomarse en serio semejante afirmación, pero Ioren no era dado a bromear. Aun así, al joven moreno siempre le hacía reír la decisión con la que Ioren afirmaba cosas imposibles, dejaran de serlo después o no.

Los días se arrastraban, perezosos. Tuvieron que bregar con fuertes lluvias alguna que otra vez, pero no se detuvieron por eso. Driadan se llenó los dedos de astillas y se cortó varias veces, pero nadie le escuchó pronunciar ni una sola palabra de queja. Cuando Arévano o Sulori bromeaban o cantaban canciones obscenas mientras trabajaban, el joven Nirala reía como los demás, e incluso participó en alguna treta. Sin embargo, seguía manteniendo una cierta distancia con casi todos ellos, ahora más trágica que altiva. Una sombra de nostalgia amarga le cubría la mirada continuamente.

—Cada día se parece más al Rojo—comentó en cierta ocasión Qilem.

Jhandi volvió la mirada hacia Nirala con expresión de extrañeza, pero no logró hallar la similitud.

Llegó el sábado.


Mientras la tripulación pulía listones, un grupo de hombres comenzó a descender por el camino del acantilado. Eran jóvenes de Kelgard, hombres altos y de cabellos claros, aún sin trenzar. Ninguno tenía todavía suficiente barba como para tener que afeitarse a diario, salvo el que encabezaba el grupo. Los trabajadores se detuvieron, observándoles con cierta desconfianza desde la playa. Cuando llegaron abajo, los norteños se detuvieron a cierta distancia, esperando que les invitaran a acercarse. Todos iban envueltos en sus capas de piel y ninguno llevaba armas. Ioren fue a su encuentro, intercambiaron unas palabras y finalmente se unieron al grupo de trabajadores. El Rojo dejó que se presentaran.

El muchacho que iba en cabeza dio un paso adelante y levantó la mano. Era un joven de unos dieciocho o veinte años, de cabello muy rubio y con dos trenzas en el pelo.

—Os saludamos – dijo, en el idioma del norte – Mi nombre es Gherran Gardan. Hemos venido a levantar el barco. Si dais permiso.

Ioren tradujo y miró a sus hombres. Ellos le devolvieron una mirada perpleja, así que el Rojo tuvo que explicarlo. 

—Es tradición – dijo, al fin – que cuando un grupo está construyendo un barco, los jóvenes que aún no han tenido ocasión de participar en el levantamiento de uno, se ofrezcan para trabajar en él. De ese modo adquieren experiencia. Pero necesitan el permiso del grupo.

—¿Y hay algo más? – preguntó Arévano. Ya estaba acostumbrado a que cada tradición tuviera sus bordes, sus picos y sus dobleces. Y como dándole la razón, Ioren asintió.

—Sí. Si dais permiso para que colaboren, ellos tendrán derecho a participar en todas las travesías que emprenda el dueño del navío.

Los hombres de Ioren asintieron, y finalmente dieron su visto bueno. Gherran Gardan estrechó la mano de todos, y quienes le acompañaban hicieron lo mismo. En total, eran doce jóvenes.

Los trabajos continuaron a mucho mejor ritmo a lo largo del fin de semana. Los doce jóvenes del norte trabajaban bien y pese a las reservas naturales que imponían las barreras culturales y del idioma, no hace falta saber la misma lengua ni vestir de la misma forma para lijar un tablón.

El lunes siguiente, los doce muchachos norteños ya cantaban las canciones picantes de Arévano y estaban aprendiendo a entenderse con los demás. Por la tarde, Vasel Dunstrag, uno de los hijos del viejo Ornel Dunstrag, se presentó en la playa con otros catorce hombres de su casa.

El martes, Driadan apenas podía mover las manos. Las tenía llenas de ampollas, se le habían abierto grietas que sangraban y supuraban, y sus dedos estaban entumecidos y empezaban a ponerse de color violeta. Ioren intentó obligarle a dejar de trabajar y tomarse un descanso, pero Driadan protestó con toda su energía. Finalmente, se limitó a intentar curarle las heridas lo mejor que pudo y a jurarle que si no se ponía unos guantes le arrancaría la cabeza. Driadan usó guantes durante un par de horas. Después los mandó al infierno. Arévano le aplaudió.

El jueves tuvieron varias visitas. Primero, tres hombres de Ulior Skol estuvieron acechándoles por la mañana desde lo alto del acantilado. Finalmente, se atrevieron a bajar e interrogaron a Ioren durante un rato. Tras explicarles varias veces que estaban levantando un navío, asegurarles que era él el propietario y permitirles que se pasearan entre los trabajadores, los tres hombres se marcharon. El Rojo estuvo el resto del día con un ánimo taciturno y severo, y por la tarde apareció Kraakha, envuelta en su chal. Se situó a su lado y se mantuvo en silencio por un rato. Al final, habló.

—Tus hombres llevan dos semanas sin trabajar en mi tierra – murmuró, mirando al suelo.

Ioren apretó los dientes. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y se había retirado a un lado mientras Vasel dirigía las operaciones.

—Como ves, estamos levantando un barco – indicó con sequedad.

Kraakha levantó el rostro y le miró de reojo con aire dolido.

—No estoy ciega, señor. Pero necesito ayuda arriba. No es fácil alimentaros a todos, y menos aún si no tengo a nadie con quien contar.

Ioren se mordió la lengua. Hubiera querido espetarle que no necesitaban otra cosa más que un techo bajo el que guarecerse, que no les alimentara y les dejara trabajar en paz. Pero era Kraakha, y no podía hablarle así. No tenía derecho. "Un poco tarde para pensar en sus derechos y los míos", se dijo. Se tomó unos segundos antes de asentir.

—No te causaremos más problemas – respondió. – Sólo aguántanos dos días más, con suerte sólo uno. Nos iremos a Dunstrag.

—No tenéis por qué iros a Dunstrag – repuso ella de inmediato, casi con precipitación – No eres ningún mendigo, señor, no tienes necesidad de suplicarle favores y alojamiento a nadie. Mi casa es tuya por derecho, igual que todo lo que hay en ella. Sólo te pido un poco de ayuda por parte de tus hombres para poder alimentaros.

Ioren suspiró, reflexionando. Con Kraakha todo era demasiado espinoso y complicado. Tenía razón, la granja era suya por derecho, en tanto en cuanto para ella, él era su hombre y esposo. No importaba que no hubiera ceremonia de por medio, ella siempre se había comportado así, desde la primera vez que la hizo suya. Por eso llevó a sus hombres allí. En un alarde de engreimiento, les llevó a "su casa", y ahora se daba cuenta de que podía ser un error. Estaba alimentando la obsesión de la Lectora de Runas.

Hubo un tiempo en que las cosas eran muy distintas. Kraakha era una mujer hermosa y fascinante, y Ioren la había amado. La había amado del único modo que había sido capaz: con el amor imperativo y egoísta, dominante y posesivo de los que están en la cumbre, toman lo que quieren y lo desafían todo. Y sabía que Kraakha le había amado también, con la pasión y la entrega admirada de quien ama a un astro resplandeciente. Ella había visto en él a un hombre valiente y capaz de todo, que se atrevía incluso a desafiar las prohibiciones más ancestrales, sin importarle la ira de los dioses. Y Kraakha, embriagada con esa exhibición de poder, había albergado la esperanza de que el desafío de Ioren a todo lo establecido llegara hasta el punto de tomarla oficialmente como esposa.

No fue así. Él nunca había albergado esa intención, lo cual llevó a la mujer a la desesperación. Ahora, aunque Ioren no fuera ya el thane, ella seguía tratándole con la mezcla de odio, sumisión y esperanza que había mantenido desde que empezó a ocurrir lo de los niños. Ioren no entendía por qué ella seguía atrapada en esa tela de araña, pero su sumisión y lealtad, a pesar del odio, llegaban a conmoverle.

Por el bien de todos, era mejor que se marcharan.

—Mañana tendrás cuatro hombres arriba para ayudarte con todo. El sábado nos iremos a Dunstrag – decidió al fin.

Kraakha le miró largamente y, al final, asintió.

—¿Te estás construyendo un barco para marcharte otra vez?

Ioren negó con la cabeza.

—No, es para ellos.

En ese momento, vio a Driadan subido a un tronco, desgajando la corteza con una hachuela. No llevaba puestos los guantes. Apretó los dientes y maldijo por lo bajo. "Se va a hacer daño. Criatura estúpida. Siempre tiene que hacer lo que él quiere", pensó, con una mezcla de preocupación y admiración. El viento le agitaba los cabellos oscuros al príncipe, que golpeaba el tronco con la seguridad de un hombre, no con la desgana de los niños.

La lectora de runas siguió la dirección de su mirada y después le miró a él.

—Te engañé.

Ioren no hizo mucho caso al principio. Estaba pensando en las manos del joven príncipe, en que tendrían que embalsamarlas en ungüento y dejar que reposara durante varios días, y eso si no se le infectaban las heridas. Ese chico no tenía medida. Una cosa era fortalecerse, endurecerse y hacerse hombre, y otra destrozarse vivo.

Luego frunció el ceño y miró a la Lectora inquisitivamente. Los ojos verdes le contemplaban con calma, casi con lástima.

—¿A qué te refieres?

—A tu destino.

Las voces de los trabajadores se diluyeron como el sordo sonido de un viento lejano. Una lengua fría se deslizó por su espalda, se enroscó en su garganta. Ioren apretó los puños y se giró para mirarla de frente. Kraakha no se intimidó por su actitud ni su mirada, se mantuvo quieta y esbozó una sonrisa triste.

—Puedes matarme si quieres. Ya no me importa. Todo está hecho.

—Explícate.

—Al menos me reuniré con mis niños – prosiguió ella, haciendo caso omiso – Te engañé, todas las visiones de tu destino sólo eran mis propios deseos, dibujándose en mi mente, volcados sobre la tuya.

La sangre empezó a arremolinarse en las venas del Rojo como una marea bullente, espumeante, alzándose desde las profundidades con una furia aún sorda.

—Eso no es posible. No podías saber lo de la estrella, ni conocer a Nirala.

—Conozco a Starling y a Driadan, hijo de Dromath. Y también te conozco a ti. Si no hubieras creído que tu destino era morir a manos del príncipe de Nirala, nada te hubiera impedido acabar con él. No lo habrías traído aquí.

—¿De qué estás hablando? No lo entiendo.

Kraakha exhaló una risa ahogada. Ioren volvió el rostro hacia las rocas al escuchar los cuernos. Un grupo de norteños armados se apostó tras las rocas de los acantilados. El thane de Kelgard en persona descendía por el camino tortuoso hacia la playa, mientras el sol se escurría por el ocaso como una lágrima roja. Ioren atravesó a Kraakha con la mirada.

—Gracias a mi, Ulior Skol obtendrá una valiosa alianza donde tú y tu estirpe sólo disteis guerra y muerte – murmuró, con un destello angustiado en la mirada – Entregar la cabeza de Driadan de Nirala a los Starling nos garantizará prosperidad cuando sean ellos quienes se sienten en el Trono del Pegaso.

—No podías saberlo… —consiguió articular Ioren.

Cerró los ojos. Todo daba vueltas. No, el que no sabía nada era él. Kraakha era Lectora de Runas, conocía los destinos y el futuro… y lo que había hecho era apartarle deliberadamente del suyo, manipularlo, para vengarse por todo el daño que le había causado. Se lo merecía, sí. Se lo tenía merecido. Todo lo que le había sucedido era su castigo por haber escupido sobre los dioses.

Abrió los párpados y se volvió hacia Ulior Skol, quien ya había llegado a la playa con sus hombres y desmontaba ágilmente.

"Todo se desmorona"

La tripulación se agrupó alrededor de los listones de madera. Dos soldados empujaron a Cisne hacia delante. Uno de ellos llevaba una cuerda entre las manos. El chico sureño tenía los ropajes rasgados y la espalda marcada a base de latigazos. La sangre aún se escurría sobre su piel morena. Levantó el rostro hinchado y balbuceó un gemido. Buscaba a alguien con la mirada, pero tenía los dos ojos hinchados a causa de los golpes y no podía abrirlos.

—Lamentamos mucho toda esta serie de malentendidos, y perdona nuestra irrupción en tus trabajos, Ioren el Rojo – dijo educadamente el thane. – De veras que siento lo que voy a decirte, pues estoy seguro de que has sido engañado por estos extranjeros. El muchacho que me diste como servidumbre ha resultado ser un espía. Hemos conseguido hacerle hablar y ha confesado la identidad de ese chico de los ojos rojos.

El thane miró a Ioren con gesto entre comprensivo y apenado. Él le mantuvo la mirada, con la mandíbula y los puños tan rígidos que tenía los nudillos blancos, pero su semblante se mantenía impertérrito. Driadan había dado un paso adelante para intentar alcanzar al Cisne, pero Arévano y Jhandi le habían sujetado e intentaban empujarle hacia atrás.

—Supongo que tu también estás terriblemente ofendido por esta afrenta, hermano—comentó el thane con toda tranquilidad.

Ioren asintió.

—Muy ofendido—respondió con el mismo sosiego. Su mirada azul era afilada y peligrosa.

—Entonces, hagamos justicia—dijo el Señor de Kelgard, volviéndose hacia el barco. Hizo una seña a los hombres— Ejecutad al espía y traed aquí al heredero de Nirala.

Los hombres de Ulior Skol agarraron al cisne y lo arrastraron hacia el mar. Otros cinco se acercaban a la tripulación con pasos lentos. Estos habían cerrado filas alrededor de Driadan, que estaba aguardando con dos hachas en la mano y la barbilla bien alta. 

El Rojo le miró. Driadan le miró a él, y esa sí era la mirada de un príncipe. Por un instante, se sintió orgulloso. Ahora podría morir a sus manos sin deshonra... pero no era el momento de eso, sino de otra cosa.

A veces, por mucho que uno se esfuerza en hacer planes, los momentos te atrapan; la marea sube y te encuentras en la cresta de una ola. Y cuando la ola se desata y te arroja sobre la orilla, entonces sólo puedes correr a su favor y actuar como el instinto ordena.

Dos de los cinco hombres del thane se habían aproximado a Driadan y alargaban los brazos para cogerle. El joven arrugó el entrecejo y les miró con desdén.

—Puedo ir solo, gracias.

Los norteños dudaron. Driadan dio un paso al frente y miró a Ioren. Arrojó las hachas por el aire, con un movimiento fluido e inesperado en dirección al rojo, que levantó los brazos para atraparlas al vuelo. Y fue el príncipe de Nirala quien alzó la voz y, en el idioma de Thalie, gritó, alto y claro, las palabras que habrían de teñir de rojo la playa.

—¡Fuego y Acero!

Después, agarrando del cabello a uno de los hombres del thane, se sacó una daga de debajo de la túnica y le cortó el cuello sin una sola vacilación.

Ioren sonrió al ver el relámpago de ira cruzar la mirada de Ulior Skol. Los gritos de batalla de los hombres se elevaron por encima del rumor del mar. El sol se escondió, y las armas tomaron la palabra.


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©Hendelie


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