martes, 25 de octubre de 2011

Fuego y Acero V : Orgullo


V - Orgullo


Surgió de la oscuridad, despojándose lentamente de ella. Escuchaba el agua correr, y algo cálido, un abrazo, un golpe, un beso. El aire se embutía por la fuerza en sus pulmones. "He muerto y vuelvo a nacer, los dioses me traen de nuevo al mundo. ¿O es este otro mundo, más allá de todo...?"

Una maraña de pensamientos difusos se deshizo, casi estalló y se disolvió en su cabeza cuando empezó a ser consciente de sí mismo, vomitando agua, con el frío del aire matinal y el calor del cuerpo sobre el suyo. Abrió los ojos repentinamente y reconoció el aroma salado, la calidez templada y hierba fría bajo su cuerpo. El vello rasposo de la barba de Ioren le arañaba el rostro, y el aliento que penetraba en su garganta no era el de ningún dios. Una cortina de cabello enredado y mojado yacía sobre su cara, como un alga muerta. Tosió, se retorció y le pateó, gimiendo.

- Pe...rro.... aléjate - farfulló, hundiendo los dedos en la hierba y ladeándose para toser.

- Un despertar feliz - dijo la voz serena. El calor se fue, el cuerpo poderoso se despegó del suyo y se quedó a solas con el frío y el mareo.

Consiguió enfocar la vista y contemplarle. Estaba arrodillado junto a él, con los brazos cruzados sobre el pecho. Se hallaban en un claro boscoso, un río transitaba a pocos pasos y los árboles se abrían dejando paso al alba grisácea que despuntaba en alguna parte, vistiendo el paisaje de una bruma gris y espesa. La nebina se enredaba en jirones en las ramas de los espinos, y un pájaro pionero trinaba quedamente en la lejanía. Estaba mojado y tenía frío, y Ioren lucía el mismo aspecto que si acabara de surgir de los mares. El cabello se le pegaba al rostro y, empapado, se apelmazaba en mechones de cobre oscuro y opaco a causa del agua. Sus facciones se dibujaban con claridad, los ojos azules fijos en él como dagas punzantes.

- ¿Donde...? ¿Qué has hecho? Déjame, quiero regresar - ordenó sin convencimiento alguno, con tono pastoso. La cabeza le daba vueltas.

- No puedes.

- Silencio, no... ¡Ah!

Ioren se había levantado de un salto y le tiraba del pelo, con sus manos libres, sin esposas ni grilletes. Se incorporó lastimosamente, con las rodillas temblorosas, aferrándose a las muñecas del esclavo.

- Ponte en pie, muñeco de mantequilla. Eso es. Ahora escucha.

- No, escucha tú, perro. Yo soy...

La bofetada restalló sobre su rostro, haciéndole trastabillar hacia atrás. Le golpeó casi con desgana, pero aun así fue un golpe lo bastante fuerte para hacerle gemir de nuevo. Agitó la cabeza y le miró con odio. Los ojos de Ioren relampagueaban.

- Ya me estás cansando.

¿Le estaba cansando? Bien. Soltó un grito de rabia y se arrojó contra él. Puede que estuviera aturdido y mareado, medio muerto de frío y que lo hubiera perdido todo. Quizá su futuro había huido por el desaguadero del castillo, pero no iba a rendirse, no iba a dejar de pelear. No iba a soltar la cadena, con esposas o sin ellas. Los vigorosos brazos le interceptaron por el camino, le retorcieron las muñecas y le estrellaron de frente contra el tronco de un árbol. Jadeó, sin aliento por un instante. Los dedos del hombre del mar le tiraron del pelo, su rodilla se clavó en la parte trasera de sus muslos y la otra mano le sostenía las muñecas unidas.

- Déjame... déjame... - sollozó, masticando su odio. El frío y el dolor le mordían.

- Calla. Y escucha. Tenemos que irnos. Starling descubrirá que no estás muerto, quizá te busquen.

- Soy el... heredero. Quiero regresar...

- ¿Y qué harás cuando vuelvas?

Driadan dejó de hacer fuerza y permitió que su rostro girase para ver el perfil cercano del esclavo que ya no lo era. Éste aflojó la presa sobre sus cabellos.

- Soy Driadan Horwing, mi casa es la más antigua. Tenemos apoyos...

- Dromath, tu padre y rey tiene apoyo. No tú. No te quieren sentado en ese trono.

- No sabes lo que dices...

- Sé mas que tú sobre tu propia corte, porque he matado a hijos de todas las casas, y he visto y he prestado oídos. Tú estás ciego y vives en el lecho de las víboras sin saber que eres presa.

- ¡Cállate! ¡Cállate! - gritó, más alto de lo que esperaba. Las lágrimas se le agolparon y tembló, apoyando la frente en el tronco.

Sabía que era cierto. Ahora, empapado, en un bosque, inmovilizado por su esclavo y con el alba gris sobre sus cabezas, después de la noche confusa que había vivido, no tenía sentido engañarse más. Claro que la corte no le quería como heredero. Claro que Starling les había traicionado, ¿acaso había podido engañar a los más viejos señores del reino por una sola estancia en la Sala del Pegaso? Todos le habían visto antes de eso, corriendo por los patios, el chico que abrazaba sin pudor a un padre que le consentía, el ojito derecho del Rey... tan ciego que no era capaz de admitir que su hijo estaba, exactamente, hecho de barro o mantequilla. Sin el valor para permitirle forjarse como debía por temor a perder el recuerdo de su esposa, de la madre de Driadan. Claro que planeaban quitarle de enmedio. Y tomando como esclavo al jefe de los hombres del mar, no había sino colaborado con sus planes, proporcionándoles la excusa perfecta.

Ioren le soltó y se alejó de él. El príncipe clavó las uñas en el tronco del árbol y se dejó caer, de rodillas, consumido por los sollozos. Se sentía como si no fuera nada, absolutamente nada. Su mundo seguro y artificial se derrumbaba a su alrededor, se deshacía en ceniza. Sólo era un muchacho, uno que no había aprendido nada en absoluto del mundo en dieciséis años. Hipando, se abrazó a sí mismo, pegándose la toga helada y húmeda al cuerpo, buscando algo de realidad, un ancla, una sujección.

- Mátame... de una vez... - pidió, arañándose el rostro con la dura corteza. - Ojalá me hubieras arrojado por la ventana... no al foso... al suelo...

- Dices tonterías. Llora y desahógate. Luego sereno, nos vamos.

Rechinó los dientes. No quería decir nada más, pero estalló, volviéndose hacia él, hecho un mar de lágrimas.

- ¡Cómo puedes ser así! ¡Me atacas, me obligas a escapar, aunque nos odiamos te niegas a darme muerte! ¡No tienes compasión ni crueldad, eres una maldita piedra sin emociones, sólo reaccionas cuando hiero tu orgullo! ¡Te odio! ¡No puedes obligarme a ir a ninguna parte!

Ioren estaba sentado en una raíz, a pocos pasos, escurriendo la capa. Impasible, le miró y arqueó la ceja.

- No voy a tenerte pena. Pero aun así, dices tonterías. Hieres mi orgullo, dices. Demostraste tener más orgullo tú cuando te enfrentabas a mí; sácalo ahora, búscalo y aférrate a él para hacer lo que te corresponde.

- ¿Lo que me corresponde? ¿Qué sabes tú de lo que me corresponde?

- Reinar. Ser un hombre. Cumplir tu destino.

Driadan escupió a un lado y soltó una maldición, meneando la cabeza. Las lágrimas se negaban a detenerse, y se sentía idiota además de nulo, ahí llorando enfrente del esclavo que ya no lo era. No entendía ni una maldita palabra de lo que decía, y era incapaz de entender por qué le permitía seguir con vida tras el agravio que había sufrido a sus manos. Ah sí. Aquella estupidez de unas visiones en unas piedras. Él tendría que matar a Ioren algún día y Ioren no quería morir a manos de un inútil.

- ¿Y donde voy a ir? ¿Qué voy a hacer?

- Vienes conmigo a Thalie.

Driadan parpadeó y se rió por lo bajo, con cierta amargura. Claro, sí. Ir con él.

- Iluso, jamás - respondió, poniéndose en pie. El llanto se había cortado en seco. - Antes prefiero ser un muerto de hambre o arrojarme al acantilado que ir contigo a ningún sitio bárbaro y apestoso lleno de algas.

- No entiendes.

- ¿Qué tengo que entender?

Ioren se levantó, dejando la capa a un lado. Se movía con inusual discreción pese a su envergadura, silencioso como una bestia, y los ojos azules destellaban intensamente. Los músculos ondularon en los vigorosos brazos cuando abrió y cerró los dedos. Driadan se pegó al árbol, tragando saliva.

- No te lo estoy pidiendo - dijo el susurro.

De nuevo le atrapó, y de nuevo, Driadan forcejeó con toda su alma. Esta vez, mientras trataba de patearle y el hombre del mar le inmovilizaba con deshonrosa facilidad, se preguntó por primera vez por qué hacía todo eso. ¿Por qué plantaba cara, si sabía que no iba a ganar? "Es mi orgullo", comprendió. Pensaba que lo había perdido por completo, pero el hecho de que Ioren le desafiara lo espoleaba y lo reavivaba; seguía gozando de cierta salud.

- Suéltame, perro - exclamó. Le gustó escuchar su voz.

- Eres un incordio.

Seguía teniendo su orgullo. Sospechó que nunca lo perdería, por mucho que trataran de arrebatárselo, y por vez primera fue capaz de comprender que algo tenía en común con aquel esclavo despreciable que no le había traído más que infortunio. Pero el sabio conoce que lo que siembra recoge, y empezaba a comprender todo el sentido de aquella frase, que no se había apartado de su mente en aquellos diez días, aunque no hubiera vuelto a visitar al esclavo desde que éste le hablara de sus destinos. Al parecer, estaban irremisiblemente encadenados. Con metal o sin él.

- No voy a dejar de luchar - resolló, a pesar de su situación. De nuevo las manos apresadas sobre su cabeza en los dedos férreos de Ioren, que las apretaba contra la madera del espino, de nuevo sus rodillas destrozándole las suyas. - No voy a dejar de ser un incordio.

- Bien.

- ¡Bien!

El aliento restallaba sobre sus mejillas heladas, y él le estaba mirando. Driadan se había quejado antes de que le pasara por alto, de que no le tomara en cuenta. "Cada vez que te veo, pienso en lo que está por llegar", recordó que había dicho. Entonces, tal vez no rehuía su imagen por vergüenza, sino porque no le gustaba su destino. Ioren debía creer en esas cosas. Pensó que contemplarle, para él debía ser como mirar a la misma muerte. Sin embargo, ahora lo estaba haciendo, y no parecía sentir ni orgullo ni deshonra, ni miedo ni resignación. Sus ojos sólo brillaban, azules, crípticos, oscuros, detrás de la melena cobriza. Su cuerpo estaba caliente y se estrechaba contra el suyo para mantenerle preso, y aun sabiendo que era en vano, Driadan no dejaba de revolverse, apretando los dientes con pretendida fiereza.

Se le cruzó por la mente el juego de las bolas metálicas. Avanzar saltándose una. Era muy complicado, nunca había conseguido completarlo definitivamente, pero este... este era mucho más peligroso. Y difícil. Repentinamente, se impulsó hacia adelante para morderle en la boca, rabiando, incapaz de resistir la provocación de su impasibilidad.

Jugar aunque puedas perder. Jugar aunque sepas que perderás. Ahora no había demasiado que lamentar, ahora no importaba tanto.

Los dedos se crisparon y le escuchó contener el gruñido. Ioren le soltó las manos para apartarle, tirándole del pelo, mientras Driadan le arañaba los labios con los dientes y buscaba su lengua con malicia, resollando y apretándose contra él. Si no podía vencerle con golpes, podría vencerle con besos. O al menos asustarle lo suficiente como para que el hombre del mar le respetara y le temiera un poco. Ahora ya no le preocupaba hasta dónde pudiera llegar, no se sentía consciente de ningún peligro, y sólo buscaba un asidero entre la turbulencia. Cuando le llegó la bofetada, él tenía los dedos prendidos en los cabellos rojizos y se reía entre dientes.

- ¿Qué estás haciendo, demonio? - susurró Ioren, atravesándole con ojos gélidos - ¿Por qué has hecho eso?

Driadan se lamió la sangre de las comisuras.

- No puedes contra esto, ¿verdad?

- Te dije que sólo aviso una vez.

El hombre del mar se había alejado de su rostro para ponerse fuera del alcance de su boca, pero Driadan le tenía sujeto del pelo. Cuando hablaron, en susurros contenidos, vio condensarse sus alientos entre ambos

- Y el sabio conoce que lo que siembra recoge.

Se preguntó si iba a escapar y humillarse o iba a darle su cosecha. No tardó en obtener la respuesta. Un nuevo golpe le llegó, y la sangre se mezcló con el calor palpitante, el dolor y el perfume de los océanos.

. . .


Fuego y Acero IV : Traición

IV- Traición


Era de noche en Nirala. El Palacio Real dormitaba, reposando sobre sus columnas. Habitaciones cerradas y velas apagadas. Los guardias nocturnos se apoyaban distraídamente en los muros. Los largos pasillos mostraban sus pendones ondeantes y la brisa fresca traía el aroma lejano de las montañas; en el mármol pulido destellaban pálidamente la luna y las estrellas con haces blancos que atravesaban los tragaluces, las ventanas amplias con cortinajes. Corredores desiertos y calma nocturna.

Muy abajo, donde nunca había tranquilidad, entre los gruesos muros de la prisión, Ioren acercaba el rostro al ventanuco enrejado. Apenas unos palmos que abrían su mundo al exterior, desde donde todavía podía atisbar el firmamento. Habían pasado diez días. Miraba al cielo, con los ojos entrecerrados, buscando el astro azul, como cada noche, sin éxito. En las visiones de la Lectora de Runas aparecía una estrella azul que él debía seguir si quería alcanzar de nuevo la libertad.

Las paredes de un castillo son sabias. Sobre sus superficies se dibujan las siluetas a la luz de antorchas y candelabros, resuenan las voces. Conocen ellas los anhelos más secretos, los actos más ocultos. Nada se les puede ocultar, y entre su poderosa roca guardan historias de pasiones y traiciones. Como un teatro de sombras chinescas, generación tras generación contemplan la caída y alzamiento de las casas, las infidelidades y las historias de amor, el horror y la grandeza. Recogen los anhelos y esperanzas en los susurros a media voz. Ioren leía las historias de los muros de aquel castillo, de aquella celda, pero Nirala nunca tendría la suya grabada en la roca. Él era un hombre del mar. Su historia no estaba hecha para guardarse entre muros.

Los pasos resonaron, botas pesadas, y luego un tintineo de llaves. El suelo proyectó alargadas sombras. Un chirrido de la puerta y cinco siluetas. Se volvió a mirarlas. Cinco caballeros embozados se colocaron en círculo a su alrededor. No les reconoció, y les contempló detenidamente, tranquilo, a la expectativa. No tenía miedo.

- Ioren Raur, ¿Quieres ser libre? - susurró el primero de ellos.

Meditó un instante en silencio, sin moverse de su sitio. Había aprendido desde su más tierna infancia las virtudes del búho: ojos abiertos, oídos atentos y mente veloz, por eso no tardó en entrever lo que esa visita significaba y reconocer la esperada señal. ¿Acaso no era esto lo que las predicciones le habían mostrado por medio de las runas? Tomó aire lentamente, volvió los ojos hacia los encapuchados.

- ¿Qué queréis de mí?

- Que tomes venganza - dijo el hombre que había hablado, apartándose la caperuza. Una cascada de cabellos rubios se desprendió por sus hombros, la tez pálida, aristocrática, se reveló entre las sombras de su atuendo.

- Para eso necesitaría una espada - dijo Ioren.

El hombre rubio sonrió. Hizo una señal a los carceleros, que se acercaron con cierta reticencia, y Ioren extendió las muñecas ante sí. Acercaron la ganzúa y los grilletes se abrieron con un sonido que se le antojó dulce a los oídos , entre el silencio roto por las respiraciones desacompasadas de la peculiar reunión. Cuando fueron retiradas las cadenas, todos aguardaron un instante en la oscuridad, los caballeros con las manos en la empuñadura, alerta y desconfiados. Él se miraba las manos. Se frotó la piel surcada por rojas estrías, sumido en sus pensamientos.

- Diremos que escapaste - dijo otro de los hombres embozados. - Que asesinaste al joven príncipe y te diste a la fuga.

Asintió, en silencio, y repitió.

- Dadme una espada.

- No la necesitarás. Nosotros podemos hacerlo por t...

- No.

Los caballeros se miraron. El que se había descubierto asintió con ligereza y señaló el cinto de uno de sus camaradas, quien tendió la vaina cerrada a Ioren. El hombre del mar la tomó. Era demasiado ligera. Sostuvo la empuñadura y desnudó el acero de su funda, observando el resplandor de la hoja bajo la luna descolorida. No estaba mal.

- Intenta que no te maten por el camino - dijo quien le había cedido la espada. Llevaba un fardo a la espalda, del que extrajo una amplia capa oscura con caperuza y un tabardo igual al que ellos portaban. - Esto te servirá para no llamar la atención, pero deshazte del emblema cuando llegues al ala de los aposentos reales.

Ioren no respondió. Se puso la sobrevesta y se envolvió en la capa, echándose la caperuza sobre el rostro. Le estaba corta, el bajo apenas le llegaba a las pantorrillas. Cuando los caballeros se apartaron, cruzó los corredores a paso tranquilo, con la espada en la mano, oculta bajo el negro manto. Los centinelas de las prisiones le prestaron escasa atención.

Los muros de un castillo son guardianes de secretos. Ioren recorrió, silencioso, las galerías. No estaba nervioso ni excitado, ni siquiera eufórico, pero una cálida satisfacción le templaba los músculos al verse despojado del liviano peso de los grilletes. Respiró profundamente al alcanzar el patio y volvió la mirada hacia el cielo una última vez, protegido por las sombras de las cuadras.

- Cabalga la estrella azul... - murmuró, escuchando el silencio, buscando el arrullo del mar en la lejanía, en su propio corazón, con los párpados entrecerrados. Las palabras de Kraakha volvían a él con claridad meridiana - cabalga la estrella azul que rompe el cautiverio, y abandona su estela para remontar el océano...

"Podemos hacerlo por ti", habían dicho los hombres.

Valoró sus opciones. Un chico muerto sólo significaría un destino sin cumplir. Ioren Raur había nacido de la sangre más alta entre los hijos del Mar, y ningún hombre de honor rehúye su destino con bajeza, ningún valiente se esconde de lo que los hados le deparan, ni teme a la muerte, sino que la busca cada día, aguardando la entrada en las Salas de los Dioses con el espíritu alto y el corazón alegre. Se arrancó del pecho el tabardo de la casa Starling y lo arrojó al centro del patio, respiró tres veces y corrió, como una sombra ágil y corpulenta, hacia las estancias reales.

Sobre las baldosas, la prenda quedó reposando, con el emblema de los traidores reluciendo bajo la luna: estrella azur de ocho puntas sobre fondo de plata.

. . .


Driadan estaba hundido en un sueño sin imágenes cuando despertó sobresaltado. Se incorporó de los cojines, frotándose los ojos y murmurando entre dientes. ¿Qué era esa caricia gélida repentina?. El viento penetraba a raudales por la ventana abierta. Suspirando con hastío, salió de la cama y se acercó a cerrarla. Juraría que la había dejado trabada antes de irse a la cama, aunque puede que se equivocara. Los cortinajes se agitaban en la oscuridad.

- Parece que va a llover - murmuró, rozando la hoja de madera con los dedos.

- Sangre.

La mano se cerró sobre su boca, dedos férreos apretándole las mejillas. Un brazo le rodeó el torso, inmovilizándole. Se tensó, dando un respingo, y el corazón se desprendió hacia su estómago, luego subió hasta sus sienes y comenzó a retumbar con virulencia. Olor a salitre, el calor de su pecho contra su espalda y la voz susurrante en su oído. "Voy a morir", pensó, con una certeza que no podía negarse a sí mismo. Se revolvía, intentando liberarse de la presa, pero el esclavo, que había perdido sus cadenas misteriosamente, apuntaló un pie en el alféizar y se encaramó a él, sin soltarle, manteniéndole en vilo apretado contra su cuerpo. Ioren había amenazado con arrojarle al vacío noches atrás, en sus aposentos. Al despegar los párpados y observar las baldosas y el foso al otro lado, el mundo empezó a dar vueltas. "Lo va a hacer". Rezó por que sólo fuera una pesadilla.

- Hoy va a llover sangre, criatura - repitió el hombre del mar. - Deja de retorcerte como culebra. No lo pones fácil.

Le mordió la mano con todas sus fuerzas, desesperado, hasta abrirle una herida. Ioren espetó una maldición y la apartó. Driadan resolló y tomó aire, ahogándose, tragando los sollozos y el pánico.

- Perro bastardo, suéltame - susurró.

- Desgraciado - Ioren se miró los dedos ensangrentados. Driadan sintió un escalofrío cuando el aliento ardiente le rozó la oreja. - Eres absurdo. En vez de gritar pidiendo auxilio, me amenazas en susurros. Me exasperas.

- Si vas a despeñarme, hazlo ya. No pienso gritar.

- La estrella azul te quiere muerto.

Driadan dejó de debatirse. El viento le golpeaba con fuerza, y no sabía como demonios hacía Ioren para mantenerse en pie en el estrecho espacio del vano, azotado por el aire que traía el perfume de la lluvia y con el cabello revuelto, sosteniéndole al tiempo. Puso los pies sobre los suyos, jadeando a causa del desasosiego. "La estrella azul te quiere muerto".

- Ellos te... ellos te han soltado - susurró de nuevo.

- Ellos me han soltado.

- Y has venido a matarme.

- He venido a hacerte un hombre - dijo la voz grave, como el gruñido equívoco de un león.

El viento se alzó con un envite más poderoso. Las cortinas se pegaron a la pared, silbó con un aullido plañidero, y empezó a escuchar el metal y los gritos, los ruidos de botas, los pasos. Algunas ventanas se iluminaron con el tibio resplandor de antorchas y velas.

- Starling se alzará con el poder - prosiguió el hombre del mar - No sé si van a matar a tu padre, o casar hijas para buscar nuevo heredero. Pero tienen a la guardia. Lloverá sangre.

- No... no te entiendo... ¿como sabes todo eso, cómo... ? - murmuró Driadan, con voz trémula.

- Conoce a tu enemigo. Nosotros aprendimos todo de Nirala y las casas. Quién puede traicionar. Qué perro lame, qué perro muerde. Vives en nido de víboras, los hombres de la montaña no conocen el honor.

Quizá solo era una pesadilla. El ulular del vendaval y las voces, las botas que se acercaban, los golpes en la puerta, las palabras adivinadas entre los gritos. "Escapó... por aquí... matar al príncipe... robó una espada... guardias muertos". Driadan no tardó en formarse la imagen. Ioren era la excusa de los Starling para justificar su muerte, los Starling que tenían el mayor ejército de las casas nobiliarias del reino, los Starling que se las habían arreglado para permanecer al margen de los combates con los hombres del Mar, los Starling que agasajaban a su padre más que ninguna otra casa.

- ¿Qué vas a hacer?

- No eres rey. No eres príncipe. Ahora, empieza a ser hombre. Y cuando seas hombre, podrás volver aquí y tomar tu reino y tu corona.

Y le empujó.

El ulular del viento, y el abrazo del vacío. Driadan apretó los dientes, intentando no gritar, como se había prometido a sí mismo, pero no le sirvió de nada. Se escuchó quebrando la garganta, rasgándose con su propio chillido y con el corazón golpeándole las venas como un ejército al galope, hirviendo de adrenalina, viendo cómo el espacio se volvía pequeño y su cuerpo sólo parecía un muñeco de trapo. Y al estrellarse contra las gélidas aguas del negro foso, ellas se metieron en su boca, se colaron por su nariz, inundaron sus ojos y sus oídos. Algo le agarró de la pierna, tirando. Todo se convirtió en un infinito frío y mojado, y su último pensamiento fue para su padre.

. . .

Sabía que no era un foso estanco. Es lo primero que había notado cuando le llevaron prisionero al castillo, que el agua discurría bajo los sucesivos puentes, yendo a parar a una suerte de drenaje adyacente a las murallas. Sacó a flote el cuerpo del chico, y empleó pocos segundos en comprobar si estaba consciente. Chasqueó la lengua al ver que no era así.

- Estás hecho de barro... - murmuró.

Se dio el pequeño placer de agarrarle de los cabellos mientras nadaba, pegado a las paredes de piedra y ocultándose en la sombra, rumbo al exterior. Entretanto, en los patios y los corredores resonaban las exclamaciones. El chocar de los aceros pronto cubrió el reino de Nirala, y Ioren miró de reojo el amasijo de camisón, pelo negro y rostro pálido del príncipe, que flotaba indignamente sobre las aguas oscuras. Podría hundirle la cabeza en el agua ahora y acabar. Pero ningún hombre de honor rehúye su destino con bajeza. Ningún valiente se esconde de lo que los hados le deparan, ni teme a la muerte, sino que la busca cada día, aguardando la entrada en las Salas de los Dioses con el espíritu alto y el corazón alegre.

Suspiró y siguió nadando, arrastrando aquel fardo inservible y tragándose su desprecio, esperando que mereciera la pena el sacrificio si algún día podía llegar a respetar a la mano que debía poner fin a sus días.

. . .

© Hendelie


Fuego y Acero III : Destino

III.- Destino

- Me golpeé con un mueble.

El rey Dromath asintió lentamente, sin hacer más comentarios, actitud que el príncipe agradeció en su interior. Estaba sentado frente a la mesa de mármol, colocando las bolas metálicas sobre la redonda superficie de madera. Era un juego antiguo, una de esas piezas exóticas que le habían traído de oriente, una especie de puzzle complicado. Para mover una de las esferas de metal, había que saltarse otra forzosamente, y ésta debía ser retirada del tablero. Al final, sólo debía quedar una, en el hueco del centro. El juego era fácil al principio, pero después se convertía en un verdadero infierno.

- Me han informado de que hiciste venir al esclavo ayer por la noche.

- No es asunto tuyo. Es mío.

Movió una de las piezas y retiró la otra, observando con atención.

- Si vuelvo a percibir que tus golpes con muebles y las estancias del esclavo en tus aposentos coinciden, le haré matar.

- No puedes, el esclavo es mío.

- Y tú eres mío. Mi hijo.

Driadan apretó los dientes, concentrándose en las bolitas de metal.

- Al menos muestras algo de carácter hacia mi persona, una agradable novedad.

- Debo irme - prosiguió Dromath, ignorando el comentario - Partimos hacia el templo de la playa, para honrar a los dioses por nuestra victoria. Estaré fuera unos días.

- Bien.

Se había quedado sin opciones de mover las fichas, de modo que volvió a colocarlas. La ventana seguía abierta, pero a pesar de todo, el olor a salitre no le abandonaba. Se le había pegado al cuerpo, como una medusa. El juego le ayudaba a no pensar en ello, y concentrarse en la manera de recuperar su orgullo. Si algo le había quedado claro, era que él no pensaba soltar la cadena.

- ¿No vas a despedirme?

Sabía que su padre esperaba el abrazo, el beso en la mejilla, la bendición. Pasara lo que pasase, antes de la partida del rey, Driadan olvidaba toda ofensa y el temor por perderle, la previsión de su larga ausencia y su lejanía, le anegaban el corazón de ternura. A pesar de todo, era consciente de que su padre le amaba, y de que él le quería igualmente, más que a sí mismo o a cualquier cosa. Y sin embargo, en esta ocasión, Driadan no se sentía con fuerzas para desterrar el rencor.

- Puedes irte. Que los dioses te acompañen - dijo, finalmente.

Empezó de nuevo, tomando otra pieza entre los dedos. Ni siquiera se giró a contemplarle. Su padre suspiró, aguardó unos instantes y salió de la habitación, cerrando a su espalda.

Quizá Driadan había comprendido que no todo el amor es bueno. Que también se puede querer equivocadamente. Cuando las botas pesadas dejaron de oírse en el pasillo, volcó el tablero, soltando una maldición amarga. Las esferas rebotaron sobre los junquillos y se desperdigaron por la amplia estancia.

- El sabio conoce que lo que siembra recoge - murmuró entre dientes, llenándose de aire los pulmones y apretando los puños.

No pensaba ceder, por mucho que deseara correr escaleras abajo y abrazar a su padre, poner su mano pequeña en su enorme mano, decirle "buen viaje, los dioses te guíen, vuelve pronto, buen viaje". Dromath había sembrado, ahora que recogiera.

Se levantó y se dirigió al amplio espejo, mirándose detenidamente. En los aposentos reales, las alfombras se extendían sobre las losas cubiertas de esteras, y había espacio para la gigantesca cama de dosel, los arcones y armarios, las mesas y divanes. Sin embargo, aquel pequeño rincón entre visillos de seda azul, era su favorito. El tocador de madera labrada había pertenecido a su madre, una mujer a la que nunca conoció, pero a quien creía conocer por los retratos y comentarios de su padre y señor. Al mirarse en el espejo, no le costaba imaginarla. De pelo negro y tez delicada como porcelana, con las cejas en forma de alas de gaviota y la nariz pequeña y fina, orejas redondeadas y suaves y el pequeño bultito debajo del labio inferior. Seguramente, nunca lució un ojo morado, como él ahora. Crispó el gesto al recordar al esclavo.

- Bastardo.

Rebuscó entre los afeites hasta encontrar el carboncillo y los lienzos limpios. Retiró el polvo de rosa con el que había tapado las magulladuras de su boca y se revisó las heridas. Le escocía, por dentro y por fuera. Sentía la acidez de las llagas en la lengua. Se le había quebrado la piel y tenía la barbilla raspada. Se aplicó un bálsamo aceitado que le calmó en cierto modo, pero también tiñó sus labios de una pátina untuosa y brillante. Dioses... no le extrañaba que...

- Parezco una dama - se quejó a su propio reflejo.

Gruñendo, se tiznó las mejillas con el carboncillo, simulando la barba que no tenía. Se soltó la coleta y se alborotó los cabellos, intentando imitar la manera de mirar de Ioren. El efecto no le convencía. Quizá era por el batín. Se dirigió al arcón y se despojó de las ropas, rebuscando las prendas que utilizaba para entrenar. Cuando estuvo enfundado en los pantalones de cuero, con las botas flexibles y la loriga tachonada, azul oscuro, negro y plata, se colocó el cinto y lo apretó bien, irguiendo la espalda. Esta vez, su aspecto le satisfizo más. Ahora parecía un chaval vestido de soldado, pero al menos ya no se asemejaba a una niña.

Suspiró, se rearmó de valor y salió de sus aposentos.

Driadan jamás había estado en las celdas. Cuando, tras recorrer interminables pasillos oscuros, los guardias que le escoltaban se detuvieron delante de una puerta enrejada, ya se había acostumbrado al olor inmundo de aquel lugar. No dejaba de ser irónico que, en los subterráneos del fastuoso palacio de mármol, tanta ruindad se ocultara. Y aquel aroma a carne, sangre y desechos humanos era peor que el peor de los estímulos que había conocido nunca. Sin embargo, la celda de Ioren estaba perfumada. Olía a salitre y mar.

Los guardias abrieron, discutieron sus órdenes, finalmente, se marcharon, y se quedó a solas con el hombre que no le miraba. Esposado, permanecía sentado cerca del escueto ventanuco que apenas le dejaba ver algo de luz, dejando que ésta cayera, lechosa, en diagonal sobre su figura. El cabello se veía ahora destellante, mostrando todos sus tonos de cálido metal. Dorado, rubio rojizo, castaño claro, cobre, rojo intenso, en una amalgama gradual que le recordó al príncipe todas las maneras en las que el sol se muestra.

- Mi padre se ha ido - anunció - Mientras esté fuera, soy el rey.

El silencio era espeso. Sólo lo rompían los gemidos de los reos y sus gritos ocasionales.

- ¿No vas a decir nada?

No parecía que fuera a hacerlo. Se empeñaba en ignorarle. Comprendió que tal vez era su manera de demostrar su libertad en su esclavitud. Y que al bajar a verle, al llamarle, él demostraba su esclavitud en su soberanía. Irónico. También era consciente de lo infantil de su comportamiento, de la rabia que proyectaba hacia aquella persona llamada Ioren Raur, que parecía inmune a sus iras. Todo eso, la amalgama de sus iras y odios, el tapiz de los sentimientos y el juego de poder, era más complicado que el puzzle de las esferas.

Entonces, inesperadamente, el susurro rompió el silencio, casi fundiéndose con él, flotando en él como un navío en el océano.

- Si eres rey, gobierna.

Driadan le miró, disimulando su sobresalto. El hombre del mar no se había movido, permanecía vuelto hacia el ventanuco.

- Gobernar... sí. - Luego frunció el ceño, pensativo. - No conozco las leyes de las que hablásteis en la Sala del Pegaso - dijo, dando unos pasos por la estancia. - Tus hombres dijeron que se habían roto leyes de honor.

- Son nuestras leyes, no vuestras. No tenéis honor - replicó el susurro.

- Violar y asesinar no me parece una muestra de ello.

- En la guerra, fuego y acero. Pero hasta el fuego y el acero están regidos por leyes. Hasta la sangre que se derrama. Debe hacerse como debe hacerse.

Le resultaba extraño mantener esa conversación. Parecía que las palabras viajasen de uno a otro saltando muros muy gruesos, altas cordilleras. Hablándose desde los dos extremos del mundo. Driadan dejó de pasear y se detuvo, observando a Ioren.

- ¿Acaso no habéis llevado vosotros como reos a los que vivían en las aldeas?

- Ya eran esclavos.

- No es cierto, eran vasallos de...

- No hay diferencia. Un guerrero es un guerrero. Un esclavo es un esclavo. Un siervo nunca será guerrero, y un guerrero nunca será siervo, a menos que uno rompa sus propias cadenas y que el otro se las ponga voluntariamente. Al guerrero le corresponde la muerte en combate, no...

- ¿...la humillación de las cadenas?

Ioren se movió entonces y le miró, con una sonrisa torcida, extendiendo ante sí las manos esposadas. "Iluso, jamás", recordó el príncipe.

- Esto no me degrada a mí - dijo, en tono bajo - Sólo es metal. Es sobre ti sobre quien cae esta vergüenza. Necesitas ponerme esto porque no puedes demostrar poder sobre mí de ninguna otra manera. Porque sabes que si no las tuviera, morirías. Tú y todos.

- Si pretendes convencerme para que te libere, no vas por buen camino.

- No necesito tu permiso para ser libre. Ya lo soy. No dejo de serlo.

Driadan apretó los puños y levantó la barbilla. Los ojos azules, penetrantes, se alejaban de nuevo hacia la ventana.

- ¿Entonces por qué no te vas? - escupió, mordaz. - No eres libre, no lo eres. Me perteneces, llevas mi sello, y no importa que no obedezcas, jamás te dejaré marchar. Tendrás que matarme o romper tus cadenas, destrozar a toda la guardia de la ciudad con tus manos para irte.

- No me voy porque no quiero.

Driadan cerró la boca, abriendo mucho los ojos. Eso no se lo esperaba. ¿Era una insolencia? No lo parecía. El hombre del mar lo había dicho con calma, casi con amargura. "Tal vez está fanfarroneando", pensó. Pero aun así...

- ¿Qué? Eso no tiene ningún sentido.

- Para ti no. No lo entenderías.

- Quiero entenderlo - exclamó, tajante.

Los ojos azules volvieron, destellantes y profundos, y el esclavo se puso en pie. Agitó la melena como un león, y le observó desde toda su altura. Las trenzas diminutas se derramaban sobre sus hombros, más de una veintena, y el rostro se dibujó con claridad para Driadan, bajo la luz clara. Era el rostro de un rey, de fuerte mandíbula y barba recortada, rojiza, que ya crecía demasiado. Con los pómulos marcados y el ceño fruncido, la nariz recta y un aura venerable de respeto fuera de toda cuestión, que le golpeó con violencia. Sintió que le temblaban las manos, y apretó los dedos contra el cinturón.

- Kraakha miró las runas antes de la batalla - dijo la voz suave, átona y vibrante. - Miró a Ioren y vió mi destino. Al verte en el salón supe que eras tú la visión de la que ella hablaba, y cada vez que te veo, no puedo sino pensar en lo que está por venir. Debo quedarme y enfrentar mi destino.

Driadan dejó escapar el aire. Se había olvidado de respirar por un momento, y tragó saliva. "Supersticiones, sólo son supersticiones", se recordó. Las lectoras de runas eran las brujas del Norte. Decían que podían ver el futuro.

- Pero si apenas me miras... y lo haces con odio.

- Nadie dijo que un guerrero tenga que amar su destino.

- ¿Cuál es el tuyo? ¿Y qué tiene que ver conmigo? - murmuró en voz baja.

- Dices que eres rey porque tu padre marchó. Eso no es así - respondió Ioren. - Un rey se forja en sangre y corazón, en brazo y arma, en espíritu y carácter. Te forjarás y reinarás, y algún día tu mano pondrá fin a mi vida.

El muchacho dio un traspiés. Se sentía mareado, como si estuviera a bordo de un navío en océanos desconocidos, donde sólo se ve el horizonte y no se atisba nada más.

- ¿Y entonces por qué te quedas, si dices que puedes irte? ¿Por qué no te estrangulas a ti mismo con esas cadenas que llevas? ¿Es que quieres ese destino? ¿Es que no puedes huir de él?

Ioren esbozó una sonrisa desdeñosa y se volvió hacia la ventana.

- No sabes nada.

- ¡Deja de decir eso! - exclamó el chico, golpeando la pared con el puño cerrado. Se hizo daño, pero no le importó.

- Me quedo porque tienes que forjarte en fuego y acero. Y si es mi destino morir a manos de un rey, que sea un rey de verdad. Un rival digno.

Driadan cerró los ojos, digiriendo el significado de esa frase. Apretó los dedos y se quedó inmóvil largo rato, hasta que le pareció escuchar una risa lejana, ver un reflejo tenue de sí mismo, patético, caprichoso y pusilánime. Tal y como su padre decía que era. Tal y como sabía que era.

- No sabes cuánto te odio - murmuró, dándose la vuelta, con las manos temblorosas.

Ioren no respondió. No parecía importarle.

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© Hendelie


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