martes, 22 de noviembre de 2011

Flores de Asfalto: El Despertar - VI

La Caverna


23 de enero, noche – Cain

Las luces blancas parpadeaban como estrellas intermitentes. La Caverna estaba a rebosar aquella noche de sábado, hervía como un potaje de cuerpos pálidos, de cabello teñido y engominado, de cuero y charol negro. El latido trepidante de la música industrial bombeaba como un corazón desenfrenado que iba haciéndose más sordo, más sordo, más sordo… cada vez más, a medida que la droga hacía efecto en Cain y el alcohol bajaba por su garganta. Bebidas frías, heladas, dulces. Luces que destellaban y estallaban, blancura fosfórica, y el hormigueo del cristal y la cocaína bajo la piel y en los dedos, en el paladar.

La Caverna era su sitio favorito. El suelo era negro y las paredes estaban tapizadas de rojo con terciopelo barato y raído. Había sillones de orejas, lámparas que simulaban velas, una larga barra con baldosines de espejo donde los camareros servían los licores y una pista de baile. Allí, las luces se enredaban y las criaturas de la noche danzaban en los espacios entre la oscuridad y los focos, saltando y contorsionándose, con los piercings balanceándose en las narices, las cejas, los labios y los pezones. Algunos estaban envueltos en camisetas de red, otros ni siquiera llevaban camisetas. Había chicas que llevaban corsé, otras sólo un sujetador, largas extensiones de color rojo oscuro, verde o azul en el pelo. Había chicos con la cabeza afeitada y tatuajes en el cráneo, algunos con faldas largas con corchetes metálicos. Había quienes vestían trajes que parecían hechos completamente de correas y hebillas, de manga larga, atados hasta el cuello, de modo que asemejaban alguna clase de enfermos mentales en sus camisas de fuerza. Los peinados eran variados y algunos completamente absurdos, con el cabello disparado en picos y puntas imposibles hacia un lado y otro. Todos los habitantes de aquel antro, todos sin excepción, se habían maquillado los ojos de negro, lo cual hacía que resaltaran y parecieran mucho más grandes. Por ese motivo, Cain les había bautizado para sí como "La Corte de los Búhos", y se sentía muy orgulloso de pertenecer a ella.

El también era un ave nocturna de ojos pintados que extendía las alas entre la oscuridad, que danzaba entre luces de neón, que a la luz del día se convertía en nada. Apoyado en la barra, dejó su bebida a un lado y contempló el frenético baile mientras se dejaba secuestrar los sentidos por los efectos del alcohol y las drogas, con la mente perdida en su extraña poesía silenciosa poblada de plumas de pájaro.

Pájaros, pájaros negros, cuervos con la nada en la mirada.

Absorto como estaba, no reconoció a la figura que se le acercaba desde la izquierda; apenas le pareció una sombra, un espectro. Hasta que habló.

- ¿Estás libre?

Cain volvió la cabeza y observó al joven. Era alto y el cabello blanco le caía sobre los hombros, cubriéndolos con un manto brillante y que sabía que encontraría suave al tacto. Los rasgos de su rostro eran delicados y hermosos, la nariz respingona y la piel nívea y antinatural. Los ojos de color rosado le contemplaban con un brillo divertido, delineados también de negro. Ave nocturna de ojos pintados. Lechuza albina, en este caso.

Imposible no reconocerle.

El corazón le dio un brinco y sus emociones giraron al compás de la música. En otra circunstancia, Cain le habría dado la espalda, o tal vez le hubiera montado una escena. Pero estaba puesto y había bebido, así que le devolvió la sonrisa.

- Quizá – la pregunta brotó espontánea de sus labios - ¿Dónde has estado todo este tiempo, Lieren?

El albino cogió el vaso de Cain y dio un sorbo, lamiéndose los labios después, sin dejar de mirarle.

- De viaje – respondió sin más, dedicándole una sonrisa maliciosa - ¿Me has añorado?

Las luces arrancaban destellos fantasmales a su pelo, a sus ojos inquietantes.

- No demasiado – replicó Cain con fingida indiferencia.

Nunca le diría la verdad. No pensaba darle ese gusto al desgraciado, confesarle que se sentía perdido sin él, que había estado vagando en un yermo durante los nueve meses durante los que él había tenido el maldito capricho de desaparecer, sin saber si volvería a verle nunca. Te largaste, me dejaste tirado, fue un infierno, esas no eran palabras para un reencuentro. "Si le reprocho, sabrá cuanto me importa. Y si sabe cuánto me importa, tendrá poder sobre mí".

- ¿Qué tal te ha ido, entonces?

Los dedos de Lieren le rozaron la sien al apartarle el flequillo. Aquel gesto tan familiar, cercano, le hizo temblar con una emoción exagerada. Sería por las drogas, pero de repente tenía unas ganas terribles de llorar, de lanzarse a sus brazos y suplicarle que no volviera a alejarse, que no le dejara solo nunca más. Todo lo que nunca haría. "Si lo hago, sabrá cuanto me importa. Y si sabe cuánto me importa, tendrá poder sobre mí".

Sin embargo, tampoco rehuyó aquel contacto, dulce y doloroso a la vez. Dejó que le colocara el pelo detrás de la oreja y que le peinara los cabellos, se lo permitió, como siempre le había permitido todo, incapaz de oponerse, incapaz de decidir si quería oponerse.

- Bien, me las he arreglado. A pesar de que te largaste con toda la pasta.

El albino sonrió, como si eso fuera divertido y no tuviera la menor importancia.

- Estoy seguro de que con todo lo que aprendiste, no te ha costado ganar más.

Cain asintió, apartando la mirada. No tenía sentido negarlo, era lo que era y ambos lo sabían, Lieren mejor que nadie. Y Cain no se avergonzaba, era el camino que él había elegido. De hecho, lo disfrutaba.

- ¿Has vuelto para quedarte? – espetó finalmente.

El joven de cabello blanco se encogió de hombros, bebiendo de vez en cuando pequeños tragos de la bebida de Cain.

- Aún no lo sé. De momento, sí. Necesitarás algo de ayuda.

- ¿Ayuda? ¿Para qué?

Cain frunció el ceño. El otro chico se rió entre dientes y le contempló con expresión burlona, mirándole desde arriba con un aire de superioridad que no se molestó en disimular. Sacó un cigarro arrugado de alguna parte de su abrigo. Era una prenda larga, de polipiel, negro y con el cuello alto. Se puso el cigarro entre los labios y lo encendió, dejando el mechero sobre la barra.

- Vamos, no te hagas el tonto. Ya me han dicho que te vendes en los baños a cualquiera que te da una papelina y te deja pasar la noche en su cama. – Dio una larga calada - Te quedarás conmigo mientras esté aquí. Así descansarás un poco de esos cerdos. Hay que descansar de vez en cuando, ¿sabes?

Cain asintió con la cabeza, mecánicamente. Lieren había regresado. Ya no estaría solo más tiempo, eso era bueno. Además, le daría un sitio donde vivir. De nuevo iba a cuidar de él. Siempre era mejor así. ¿No?

¿No?

Le vino a la memoria el sonido del piano. De repente, le parecía estar escuchándolo con absoluta claridad, por encima del percutir constante de la música de La Caverna, más allá de eso, casi como si brotase aquella música de su misma alma. "Es real", se repetía en su mente, una y otra vez. "Nada más lo es, sólo yo… y el piano. El piano es real."

- ¿Así que es verdad?

Cain asintió de nuevo, sin pensar. Lieren torció el gesto y suspiró.

- No pensaba que acabarías así, detrás de la puerta del cuarto de baño con don nadies. Ah, Cain, Cain, qué decepción. Tsk. Tú tienes más clase que eso.

Cain se giró para mirarle fijamente.

- No. En realidad no.

El albino se acodó en la barra y se inclinó un poco sobre él. Se acercó hasta que sus rostros quedaron a un par de centímetros, de manera que su pelo rozaba la nariz de Cain. Olía a pimienta y a nuez moscada. Cain recordaba aquel olor, lo tenía grabado en la sangre, en la lengua y en las entrañas. Miró sus labios rosados y contuvo los suyos para no besarle de inmediato, comprobar si aún sabía a pimienta.

- ¿Ah no? Entonces tal vez me equivoqué contigo – resolvió Lieren con indolencia. Le echó el humo a la cara en un hilo fino - No te eduqué para que fueras la puta de cualquiera con un gramo en el bolsillo.

- No. Me educaste para que fuera la tuya, pero te largaste – respondió Cain con sangre fría. No dejó que trasluciera el menor tono de reproche - ¿Qué esperabas que hiciera? Me las arreglé para seguir adelante, y no me ha ido mal.

- Ya veo. Aunque cuando me fui no imaginaba que cayeras tan bajo. Podías haber sido más selectivo.

- ¿Y quién te dice que no lo soy? Hay muchos que merecen la pena, tú no eres tan único y especial como te crees.

Lieren pareció sorprenderse. Luego le brillaron los ojos, como si se hubiera enfurecido, y Cain reprimió una sonrisa de triunfo: le había dado donde dolía. El joven del pelo blanco alzó la mano como si fuera a golpearle. Cain cerró los ojos con fuerza pero Lieren simplemente le puso la mano en el hombro y le miró a los ojos, soltando una carcajada.

- Es lo que siempre me ha gustado de ti, Cain. Eres un chico rebelde - una sonrisa traviesa cruzó el rostro del albino – pero mientes tan mal… venga, vámonos. Ya me he terminado la copa y ahora quiero estar contigo.

Le empujó por el hombro con suavidad, y Cain se dejó llevar, casi flotando. Lieren había regresado. Eso era bueno, era la mejor noticia que tenía en meses, ¿no?. Mientras caminaba por las calles, con la mano de él en el hombro, le escuchaba hablar de los lugares donde había estado, y respondía asintiendo cuando era oportuno y lanzando exclamaciones de asombro cuando correspondía, como un buen chico. Al mismo tiempo, pensaba en su situación.

Por una parte estaba su nueva vida. Bien, su vida en realidad no es que hubiera cambiado, sólo algunas cosas nuevas habían entrado en ella. Como el piano, el salón con el sofá que abrazaba, su habitación estéril con una puerta cuyo pomo parecía guardar un secreto… y Gabriel. Gabriel, la habitación de Gabriel, siempre cerrada, la voz del profe, su silueta delante del piano. Por un momento creyó verle de nuevo: San Miguel secándole con una toalla, mirándole a los ojos. "Ni se te ocurra dormirte". El piano. La música del piano y los zapatos en la puerta. Aún no se había acostumbrado del todo a esa vida pero le gustaba lo suficiente como para intentarlo.

Por otra parte estaba lo viejo conocido. Lieren era lo viejo conocido, por supuesto. Se había fugado con él cuando abandonó la última casa de acogida, aquella en la que había un cuadro de un ángel que no respondía a sus oraciones. Cain nunca había conocido a un albino hasta que se encontró con él, y los que había visto en televisión o revistas eran, para qué engañarse, bastante feos. Pero Lieren no. Él tenía la piel como el mármol y las cejas y el cabello de un tono algo más claro. Sus facciones eran escultóricas, con una barbilla afilada y la sonrisa de labios tentadores de un sátiro burlón, el pelo largo hasta la cintura y suave como una nube. Le había gustado desde el principio… y de alguna manera, Lieren le había encandilado a él. No sabía cómo. Era incapaz de recordar en qué momento su vida dejó de tener sentido sin él, cuándo dejó de ser Cain y empezó a ser el chico de Lieren, suyo y a su merced. Pasaba los días y las noches en su lecho, o en su bañera, o en su sofá. Cuando no estaban juntos, estaba preparándose para él: descansando para mantenerse enérgico en la cama, o comiendo, o dándose largos baños perfumados, o simplemente, esperándole con ansia.

Y un día, cuando Cain salió a vagabundear en busca de una librería, la primera vez que salió del piso sin él desde que había ligado su vida a la del guapo albino… cuando volvió se encontró el piso vacío. Lieren se había marchado y se había llevado su equipaje. Nadie sabía qué había sido de él, fue como si se lo tragara la tierra. Pocos días después, el casero fundió el timbre de la puerta al intentar reclamar el último pago del alquiler. Cain salió de su refugio por la noche y se encontró solo, desahuciado, perdido y sin dinero en medio de la ciudad.

Le había echado tanto de menos…

- ¿Por qué te fuiste? – preguntó.

Estaban frente a la puerta de un edificio de seis plantas, en una de las calles anchas de la ciudad. Las farolas iluminaban con claridad la acera. Lieren metió la llave en la cerradura y le abrió la puerta.

- Estaba enfadado contigo.

La revelación le sacudió por dentro. Se sorprendió al verse despejado de golpe de los efectos de su consumo nocturno, y la culpabilidad cayó como una losa sobre él.

- ¿Por qué? – acertó a balbucear.

- Por favor… prefiero no hablar de eso. Está olvidado. Eso es lo importante.

El albino le empujó del hombro con suavidad y entró tras él. Caminaron en silencio hasta el ascensor. La luz del interruptor brillaba, verde. "Dios mío, debí hacer algo horrible".

- Lo siento – dijo en voz baja.

La puerta del ascensor se abrió. El espejo le devolvió su reflejo: un rostro pálido de ojos verdes y detrás, la alta figura blanca. Sorprendió un destello cruel en su mirada y la media sonrisa. Solo fue un instante. Un instante, un momento antes de que el semblante de Lieren se convirtiera en una máscara de indiferencia.

- He dicho que no hablaremos de eso.

Cain entró en el ascensor. El albino pulsó un botón. "¿Qué ha sido esa mirada? O tal vez es solo mi imaginación". El corazón del chico empezó a golpear con fuerza en su pecho, con inquietud. Estaba empezando a ponerse nervioso, sin saber por qué. Pero había algo raro en todo aquello.

- ¿Cuándo dices que has regresado? – preguntó de nuevo. Su voz le sonó a sí mismo débil y un poco asustada.

- Hoy.

Miró de reojo el reflejo del cristal, a través de los mechones negros de su largo flequillo. Esta vez se detuvo y mantuvo la mirada para cerciorarse de que no era impresión suya. El albino parecía cernirse sobre él, con los ojos fijos en su nuca y un brillo ávido en las pupilas, con el aspecto rapaz de un halcón a punto de abatirse sobre la presa. "¿Es mi mente? ¿Serán las drogas?"

- Sí que has tardado poco en conseguir piso.

- Tengo contactos.

El elevador se detuvo y anunció la cuarta planta con un tintineo electrónico. La puerta se abrió finalmente, y Cain salió al rellano en tinieblas. Cedió el paso a su acompañante, que se adelantó para abrir la puerta del apartamento.

Entonces lo vio, en la oscuridad. La silueta de Lieren, que parecía retorcerse, negra en la negrura, proyectando una sombra antinatural, insectoide, parecida a la de una araña. Ni siquiera tuvo tiempo de pensar si aquella visión era a causa de la mezcla de estupefacientes y alcohol. El pánico se apoderó de él, subiendo, espumeante, desde el estómago, como una cocacola agitada a punto de derramarse. Al tiempo que la enorme araña negra giraba la llave, escuchó el clic de la cerradura abriéndose. Dos ojos rojos, inyectados en sangre, se clavaron en él. Escuchó la voz de Lieren diciendo algo, pero sus oídos zumbaban.

Se agarró a la barandilla de la escalera y se precipitó por los escalones a la carrera, con el corazón golpeándole en la garganta, en el pecho y en las muñecas. Comenzó a sudar con un sudor frío y pegajoso, mientras miles de pensamientos inconexos giraban en su cabeza. Sus orejas parecían haberse convertido en avisperos.

"Corre, corre, corre", era todo lo que podía pensar.

Perdió el equilibrio en un escalón, pero se agarró a tiempo al pasamanos para recuperarlo. Saltó de tres en tres, luego se precipitó hacia la puerta. La luz ya se había encendido y escuchaba los pasos trepidantes tras él, retumbando, la voz potente, llamándole con un tono imperativo y furioso a partes iguales.

"Tengo que llegar a casa"

Al salir a la calle, tomó la dirección de la izquierda. Daba igual dónde estaba, sólo tenía que llegar a una de las vías principales y buscar el reloj. Después, podría encontrar el camino, estaba seguro. El camino a casa. Cerró los ojos, sin dejar de correr, con el aliento raspándole en la garganta, y rezó.

. . .

23 de Enero, noche – Gabriel

La conversación había decaído un poco, como siempre ocurría a esa hora, después de que la enfermera entrase con las pastillas y volviera a marcharse. Gabriel se había levantado y estaba mirando por la ventana distraídamente. Era una noche clara y fría, con estrellas. Enero estaba siendo especialmente frío aquel año, pero también algo más limpio de lo que acostumbraba. No siempre podían verse las estrellas en la ciudad. Las luces, el humo y la capa de polución las velaban. Dejó la cortina retirada y regresó a su sillón. La niña le sonrió, y él le devolvió una mirada seria.

- ¿Y mi regalo? – dijo ella con voz suave.

Gabriel metió la mano en el bolsillo del chaquetón, que reposaba en el respaldo del asiento, y le tendió la pelota de goma. En esta ocasión, era de color rosa brillante con motas azules. Ariadna la cogió, suspirando.

- Ni un lacito ni nada. Eres super soso para dar regalos, ¿Lo sabías?

- No me lo habían dicho nunca – replicó él, cruzándose de brazos. – Supongo que ahora ya lo sé.

Ariadna se rió y lanzó la bola al aire, luego la recogió con la otra mano.

- Con ésta hacen treinta y cuatro – declaró.

- ¿Tanto tiempo ha pasado?

Ella asintió con la cabeza. Sonreía, le brillaban los ojos y parecía animada. Las últimas semanas estaba recuperando la lozanía, y los médicos decían que mejoraba, aunque no querían darles esperanzas. Pero Gabriel las tenía. No podía perderlas, no era capaz de permitirse eso. Allí estaba aquella cría, recostada en su cama de hospital, alegre y dicharachera como si fuera la más feliz del mundo. No le importaba no tener pelo en la cabeza, ni las largas sesiones de radioterapia, ni la quimioterapia, ni los análisis, ni las biopsias. No, a Ariadna le importaban cosas como el activismo ecológico, las ballenas, los pingüinos, los libros de Harry Potter y sobre todo, las pelotas de goma.

- Treinta y cuatro tuyas, una por semana desde el día que te conocí – afirmó ella, sonriente, en respuesta a su pregunta.

Tenía la colección más grande de pelotas de goma que Gabriel había visto nunca, aunque para hacer honor a la verdad, nunca había visto otra. Según le había dicho, había empezado a coleccionarlas cuando cayó enferma, y ahora en su habitación, además de los peluches, los cuentos, la decoración infantil y los globos de colores, se amontonaban enormes tarros de plástico transparentes que contenían sus incontables tesoros. Debía de tener miles almacenadas en aquellos botes, que se repartían por todas las estanterías y repisas del pequeño cuarto.

- ¿Me dirás algún día para qué las quieres? – preguntó él, con una media sonrisa cómplice.

La niña pareció pensárselo, después le dedicó una mirada pícara.

- Quizá. Quién sabe. A lo mejor te lo digo el día que termines tu música.

- Entonces vamos jodidos – respondió Gabriel, con una risa suave.

Ariadna le golpeó el brazo con la mano y le reprendió severamente.

- ¡No digas tacos!, soy menor de edad.

- Bah, no te hagas la inocente. Además, con doce años ya eres una madurita interesante.

- Cuidado con lo que dices – le dio con la mano otra vez - eso te convierte a ti en un abuelo.

Gabriel iba a replicar algo cuando, de repente, sintió una palpitación violenta en el pecho. Frunció levemente el ceño, volviéndose hacia la ventana. Ariadna, extrañada, siguió la dirección de su mirada.

- ¿Has oído algo? – Hizo la pregunta, aunque sabía que era absurda.

No se trataba de algo que hubiera escuchado. Era otra cosa. Algo que había sentido. Lo había percibido con tanta claridad como…

"Como aquella vez"

- Gabriel, ¿Qué pasa?

El tono de voz de la niña era de preocupación contenida. Él se giró y vio sus ojos grandes, oscuros, observándole con inquietud. Meneó la cabeza.

- No tiene que ver contigo.

- ¿Has vuelto a tener esa corazonada? ¿Como aquella vez?

"Oh, dios mío". Sólo de pensarlo la angustia se enredaba en su garganta.

Sí, aquella vez.

Aquella vez fue la vez que conoció a Ariadna, cuando él salía de recoger el resultado de su revisión médica. Entonces vio a la niña, sentada en una de las sillas de espera del hospital, con una señora, su asistente social, al lado. Ariadna también era huérfana, claro. Como él. El pálpito le sacudió por dentro, del mismo modo que acababa de sucederle, de manera que se quedó quieto, mirando a la niña y a la señora que la acompañaba. Aquella mujer estaba hablando con un médico, y se levantaron para irse con una sonrisa porque todo iba bien.

- Parecido – confirmó, en un susurro – Es… creo que tengo que ir a casa.

Gabriel nunca pudo explicar por qué hizo lo que hizo "aquella vez". Entendió que la mujer que acompañaba a la chiquilla le tomara por loco cuando las abordó y le pidió, de la mejor manera que pudo, que la llevara a la otra planta y pidiera unos análisis. A él también le parecía una locura. Quizá por eso consiguió convencerlas. Él no sabía que Ariadna estaba enferma, sólo tuvo aquel impulso, más poderoso que su propia voluntad.

Fue aquel impulso el que hizo que se descubriera que la niña padecía cáncer, y fue aquel diagnóstico el que la postró en una cama. Gabriel se había sentido culpable al principio, casi como si fuera él la causa de la enfermedad. Por eso se había preocupado por ella y la había visitado. Pero Ariadna había sabido hacerle comprender la enorme tontería que era sentirse culpable cuando, en realidad, según dijo ella misma, la había salvado. Sin embargo, Gabriel no estaría tranquilo hasta que la pequeña saliera del hospital, sana y sin mácula. No era capaz de curarse del todo de aquel irracional sentimiento de culpa.

- Vamos, vete – le apremió la niña, con los ojos muy abiertos.

Gabriel la miró.

- ¿Y si no es nada? Tal vez sólo…

- Gabriel, no – insistió ella, tajante – No puedes quedarte aquí. Si no es nada, al menos tendrás el alivio de que no ocurre nada malo. Pero si es algo, estás perdiendo el tiempo. ¡Vamos! ¡Corre!

Gabriel asintió. Las palabras de la niña, la fe que ella tenía en sus premoniciones, eran como una exhortación irresistible. Se inclinó para darle el beso de buenas noches e intentó arroparla mientras cogía el abrigo, pero ella le empujó.

- ¡Corre, corre! ¡Ya me tapo yo!

- Te llamaré mañana – prometió él, mientras salía por la puerta a toda velocidad.

Cuando Ariadna quedó atrás, toda su mente se concentró en aquella alarma interior que le apremiaba.

El latido de su corazón se asemejaba a una carrera de caballos, le hostigaba con violencia, como si cada segundo contara. Tomó un taxi en cuanto cruzó la puerta del hospital, aprovechando que una señora cojeante se bajaba de uno que había parado justo enfrente. Si al final resultaba no ser nada, la corazonada no le habría costado más de lo que valían dos paquetes de tabaco. Las luces de la ciudad discurrieron velozmente tras las ventanillas, pero no todo lo veloces que él hubiera querido.

- Vaya por dios – dijo el taxista en algún momento – estamos pillando todos los semáforos en rojo. Vamos, ni a propósito. Espero que no tenga mucha prisa.

Gabriel esbozó una sonrisa amarga.

Cuando el coche se detuvo por fin frente a su puerta, Gabriel pagó y salió del vehículo, cerrando de un portazo. Las luces del coche se alejaron y la calle quedó a oscuras, apenas iluminada por la luz vacilante de las farolas. Él se quedó a solas, con el latido retumbando en sus oídos. Recorrió el espacio con la mirada, buscando el peligro que debía estar allí, pero no encontró nada. "No hay nada", se repitió, intentando convencer a su instinto disparado. "No hay nada, no es nada. Me equivoqué."

Tomó aire y volvió la mirada al cielo. Si, era un placer poder ver las estrellas. Esperaba que Ariadna al menos pudiera disfrutar eso, ya que había tenido que dejarla sola antes de tiempo por una estupidez. Sacó las llaves del bolsillo y se dirigió a paso lento hacia la puerta, tratando de relajarse. No tenía sentido estar en esa situación de estrés sin motivo alguno.

Introdujo la llave en la cerradura y la giró. Al poner la mano en el picaporte, algo le llamó la atención, un reflejo, un destello sobre el cristal de la puerta. El latido se intensificó. "Está ahí". Sacó las llaves lentamente y se las guardó en la mano, dejando asomar un par de ellas entre los nudillos. Luego se dio la vuelta y avanzó hacia el oscuro rincón de la calle de enfrente, donde se apilaban los contenedores de reciclaje. Apretó los dientes y sintió como se tensaba cada uno de sus músculos al acercarse, preparándose para atacar con cada metro salvado, activados por un instinto desconocido hasta entonces. Estaba alerta como un león, dispuesto a saltar sobre el cuello de la amenaza invisible. Y en ese momento escuchó la voz, que susurraba, y el gemido apagado.

- ¿Ves lo que consigues? Esto es lo que consigues.

Se movió hacia la izquierda, asomándose al hueco que formaban los contenedores. Las siluetas se volvieron nítidas ante sus ojos. Allí, tirado boca abajo sobre un montón de bolsas de basura apiladas, estaba Cain, con la mirada verde, brillante, perdida en el vacío. Su rostro estaba ladeado, de modo que le veía las facciones con claridad. Tenía los pantalones enredados en los tobillos, y un hombre alto, con el cabello y la piel blanca, le mantenía los brazos sujetos a la espalda con una mano. Con la otra le agarraba del pelo, mientras empujaba detrás de él, repitiendo aquellas sandeces.

- No podías obedecer, no… ¿es que no te enseñé bien? ¿Fui demasiado blando? Así aprenderás… esto es lo que consigues.

Gabriel apretó los dientes. Una llama se le encendió en el pecho, prendió con la rapidez de la pólvora, quemándole hasta la garganta, y luego se extendió por sus nervios, impeliéndole a arrojarse contra aquel hombre y destrozarle el rostro a puñetazos. En ese instante, los ojos verdes de Cain parecieron fijarse en él. Le vio mirarle, y su rostro se quebró en una expresión de absoluto dolor, de vergüenza y de abandono. El gemido que brotó de sus labios amenazó con evaporar la poca sangre fría que pudiera quedarle a Gabriel.

- Hijo de puta, suéltale ahora mismo o te juro que te mato – ordenó, conteniéndose hasta el límite, con los puños temblando de tensión.

El albino levantó la mirada, sorprendido. Por algún motivo, su rostro pasó de la sorpresa al horror, y soltó al muchacho enseguida, saliendo de su interior y pegándose a la pared mientras intentaba guardarse el miembro en los pantalones y buscar una vía de escape al mismo tiempo. Cain se revolvió sobre los desperdicios y se arrastró hasta el otro lado del rincón como un animal herido.

- No es lo que parece – balbuceó el albino – Es consentido, ¿verdad, Cain?. Díselo.

El silencio fue toda la respuesta que obtuvo. Gabriel no la necesitaba. Podía oler la culpa en aquel hombre, verla en sus ojos rosados, en el gesto crispado de su rostro. "Bastardo, hijo de puta… le mataré, le mataré".

- ¡Díselo! – gritó de nuevo el hombre más joven, lanzando una mirada desesperada al bulto oscuro de rostro pálido y ojos verdes.

La voz del chico se dejó oír en un hilo débil, suave y venenoso.

- Vete al infierno.

Gabriel dio un paso adelante, levantando el puño. El albino se cubrió el rostro con las manos, entrecerrando los ojos, como si en vez de las llaves llevara en la mano una lanza o una antorcha.

- ¡No, por Dios, no me hagas daño! – exclamó, casi temblando - ¿Por qué le defiendes? No es más que un chapero de tres al cuarto. Sólo es basura. Basura. No vale nada. Déjame ir…

Gabriel apretó las llaves en el puño hasta clavárselas en la palma de la mano.

- La única basura que hay aquí eres tú. Y la basura se aplasta o se quema – escupió.

En aquel momento supo que sería capaz de asesinar. Nunca había creído que pudiera llegar a sentir algo como eso con tanta claridad, y sin embargo, ahí estaba. Por algún motivo, pensó que lo haría, que deseaba hacerlo, y que no se arrepentiría. Si le golpeaba, aunque solo fuera una vez, no podría parar hasta verle destrozado. Y como si le leyera la mente, el terror del albino iba en aumento a la par que su ira. Cuando escuchó el sonido del líquido derramándose comprendió que el muy cobarde estaba orinándose en los pantalones. "¿Qué coño le pasa a este?".

- Lárgate. Y que no te vuelva a ver – dijo al fin, haciéndose a un lado.

El tipo del pelo blanco no necesitó que se lo dijeran dos veces. Salió corriendo como si le persiguiera el mismísimo demonio, volviéndose a mirar atrás de vez en cuando. El corazón de Gabriel dejó de latir como un loco y, poco a poco, se apaciguó. Entonces, cuando se cercioró de que el albino no volvía, se acercó al rincón y tendió los brazos hacia el chico, acuclillándose entre la basura desperdigada que se había derramado de las bolsas rotas. Cain retrocedió instintivamente. Los enormes ojos verdes le observaban con un miedo primitivo, ancestral.

- Tranquilo – dijo, con voz suave – vamos, sal de ahí, chico. Vamos a casa.

El muchacho se pegó más a la pared. Apartó la mirada.

- No debiste hacer eso – susurró, en voz muy baja, gélida – Él tiene razón. Sí que quería.

Gabriel frunció el ceño.

- ¿De qué estás hablando?

Los ojos verdes volvieron a mirarle, punzantes, agresivos.

- ¿Crees que no me puedo defender solo? Si no hubiera querido follar con él, te aseguro que no lo habría hecho. Pero sí que quería. También soy un chapero de tres al cuarto. Eso también era verdad. Así es como soy. Ahora vete a tu casa y sigue con tu vida.

Gabriel se le quedó mirando un rato, sin saber muy bien cómo reaccionar. Luego se incorporó, sacudiéndose los pantalones. Se cruzó de brazos, suspirando. Había llegado tarde. Si hubiera llegado antes, quizá habría podido parar aquello antes de que ese cabrón le hiciera…

- Cain, a ver cómo te lo explico… - suspiró de nuevo – Me da igual que seas un chapero o un inversor de bolsa. Por favor, sal de ahí y vámonos a casa.

El chico escupió al suelo.

- Joder, ¿Es que no te enteras? Te he dicho que…

- No, eres tú el que no se entera. – replicó Gabriel, levantando un poco la voz. Estaba empezando a ponerse nervioso - No eres ninguna basura. Nunca lo serás, no mientras te respetes a ti mismo y seas tú quien elige. Pero sin eso, si te engañas, te mientes y vas dando tumbos y diciéndote que toda la mierda que te tragas es por tu gusto, entonces estás dejándote pisotear, chico. Y tú no eres de los que se dejan pisotear.

- ¡Y tú que coño sabes!

Cain se había puesto en pie de golpe. Su voz se rompió con el grito, y después se deshizo en un sollozo contenido. Las lágrimas se le escaparon, le rodaron por las mejillas y se limpió con los puños. Gabriel sintió que el corazón le temblaba en el pecho, sobrecogido. "Este chico no está bien", pensó. Le parecía ver todas sus heridas, las del alma, abiertas y sangrantes, toda su necesidad.

- Nada. Yo no sé nada – respondió, suavizando el tono – pero no te rindas.

- Y a ti que te importa eso.

- Me importa. No sé por qué, pero es así. Y tú sabes que no miento.

El chico se le quedó mirando. A Gabriel le pareció muy frágil y asustado, a pesar de sus esfuerzos por aparentar indiferencia y desdén. Un deseo incontenible de abrazarle y protegerle le asaltó con tanta urgencia que le cortó la respiración en la garganta, pero se reprimió.

Entonces supo que sí había llegado a tiempo. Le vio abrir una mano temblorosa, y un objeto metálico, una hoja plateada y brillante, cayó al suelo, entre las bolsas negras.

Cain se abrazó a sí mismo y pasó por su lado, con la cabeza gacha. Gabriel se acercó a recoger el arma. Era una navaja de diez centímetros. La cerró y se la guardó en el bolsillo; luego le siguió y dejó que fuera el chico quien abriera la puerta.

Subieron las escaleras en silencio. Cuando entraron en el piso, la luz parpadeante y dorada de la ciudad iluminaba el salón, colándose por las ventanas. Gabriel cerró la puerta y observó la silueta oscura y despeinada del chico. El olor húmedo y acre de los desperdicios y el miedo se le había pegado a la ropa y al cuerpo, ahora impregnaba la habitación.

- Voy a ducharme.

Gabriel no dijo nada. Se sentó delante del piano y abrió la tapa. Estuvo acariciando las teclas sin tocar, sumido en sus pensamientos, mientras escuchaba correr el agua. Cuando Cain salió del cuarto de baño y apagó la luz, pulsó la primera tecla.

Se dio la vuelta para mirarle de soslayo en la oscuridad. La figura del muchacho era una sombra de ojos brillantes. Percibía su presencia con intensidad. Le parecía, de repente, ser más consciente de él que de ninguna otra cosa. De su alma, de su dolor, de su soledad.

"Quiero consolarte", pensó, pero no se lo dijo.

Se volvió de nuevo hacia el piano y tocó el primer acorde suave, manteniendo pulsado el pedal para silenciar las notas. Lo dejó reposar, hasta que las vibraciones se diluyeron en el silencio, y después lanzó otra nota al aire, brillante y clara. Luego otra, y otra. La melodía se dibujó despacio, dulce y melancólica, como una procesión de luces tímidas en la oscuridad del salón, solo rota por el reflejo de las luces urbanas.

- Siempre habrá oscuridad – murmuró, quizá para él, quizá para sí mismo, para nadie o para el universo entero - Pero algunas noches … algunas noches se ven las estrellas.

Escuchó el murmullo del sofá cuando Cain se tendió en él, encogiéndose. Percibía su mirada sobre sí. Cuando habló, la voz del joven le resultó suave, una caricia en los oídos.

- En las mías no había más que tinieblas… pero ahora parece que al fin han llegado. Las estoy escuchando.

Gabriel soltó el pedal lentamente, apenas un ápice, y volvió a pisarlo. Siguió tocando. El arpegio ascendía, parecía hacerse eterno, los sonidos brotaban sin trabas y los dedos del profesor parecían saber exactamente a dónde iban. No sabía qué melodía era aquella, no la conocía y nunca antes la había interpretado, pero sonaba exactamente a lo que quería transmitirle al joven: sonaba a esperanza y a amaneceres dorados, a constelaciones mágicas, a vientos que se llevaban las nubes de la tormenta. Y entonces, igual que habían venido, como un remolino de nieve, comenzaron a gotear, y la melodía pidió volver a dormir.

Así, con gotas de lluvia y notas aisladas, se fue.

Gabriel, sobrecogido, cerró la tapa y volvió la mirada hacia el sofá. Cain tenía los ojos cerrados y parecía haberse dormido. Le estuvo mirando en la oscuridad, durante minutos enteros, antes de levantarse silenciosamente y marcharse a su habitación, con una mezcla de alivio y rabia en el corazón.

. . .

© Hendelie

Flores de Asfalto: El Despertar - V

Conocerse


16 de Enero - Gabriel

Había vivido solo durante toda su vida. Debería resultarle extraña aquella repentina cotidianeidad; que otra persona metiera la llave en la puerta de su casa, que le preguntara dónde poner esto o aquello cuando soltaron las bolsas y comenzaron a colocar la compra. Sin embargo, no se lo parecía. Al contrario, tenía la impresión de que ahora sí estaba todo bien. Cain estaba sentado en un taburete, sorbiendo una cocacola de la lata mientras él ponía el agua a hervir.

- No esperaba que supieras cocinar. – Dijo el chico - Bueno, espera… ¿sabes cocinar?

- Claro que sé cocinar – replicó Gabriel, lanzándole una cebolla por los aires. Cayó al suelo y Cain la dejó ahí, mirándola con languidez – Venga, colabora. Tú también te lo vas a comer, ¿no?

- Eso depende de lo que sea.

- Voy a hacer stovies.

- Ah, muy bien. ¿Y eso qué es?.

Cain se acercó a la encimera, cogió un cuchillo y empezó a pelar la cebolla con la lentitud desmañada de quien lo ha hecho pocas veces y desearía que siguiera siendo así. Gabriel arrojó un puñado de zanahorias sobre un escurridor y las metió debajo del grifo, junto con cuatro patatas grandes, arremangado hasta los codos.

- Es un plato escocés.

- ¿Tu familia proviene de allí?

- No, en realidad no – respondió, frunciendo un poco el ceño – No conocí a mis padres, ni siquiera sé cómo se llamaban. Me crié en una institución hasta que cumplí la mayoría de edad.

- Entonces podrían haber sido de allí – dijo Cain, mirándole de reojo – Quiero decir que puedes inventarte lo que desees para tu pasado. ¿No?

Gabriel le devolvió la mirada, disimulando su sorpresa.

- Si. Es precisamente lo que he hecho.

Cain sonrió a medias y apartó la vista, arrancando casi media cebolla al intentar apartar un trozo renegrecido. Ahora que al fin podían hablarse relajadamente y como personas civilizadas, Gabriel tenía la impresión de conocerle desde siempre. No le costaba hablar con él, a pesar de que sus amigos no le tenían precisamente por un gran conversador. Y el chico también había abandonado su actitud defensiva y parecía mucho más inclinado a la comunicación. Ambos habían bajado las defensas.

- Yo debería hacer lo mismo, pero no me he parado a pensarlo – comentó el joven. Se estaba soplando el flequillo. Aún tenía los ojos llenos de maquillaje negro y había bajado al supermercado con la camiseta agujereada – Tampoco tengo familia. He estado en casas de acogida y esas cosas. Al menos lo estuve, un tiempo.

- No fue una experiencia agradable – afirmó Gabriel. No necesitaba que el chico se lo confirmara, pero aun así, lo hizo.

- La verdad es que no –. dijo, intentando raspar algo de la hortaliza con el filo del cuchillo - Con el tiempo aprendes a darte cuenta de lo que eres para los demás. De que no les importas verdaderamente. Sólo quieren mirarse al espejo por las mañanas y sentirse unas maravillosas personas por lo que están haciendo por ti. Y eso los que no son maltratadores y violadores.

Gabriel había terminado de pelar las patatas y las zanahorias. Le quitó la cebolla de las manos a Cain antes de que terminara de destrozarla. El chico se limpió las manos en un trapo y volvió con su cocacola, mientras él empezaba a trocearlo todo sobre una tabla.

- Un chico con suerte, ¿no?

- La mía no ha sido peor que la de otros – replicó Cain. El profesor detectó un tono de orgullo en su voz – Yo no soy de los que van lloriqueando, ni tampoco lamentándose de que la sociedad les haya dado de lado. No, yo al menos me abro camino a mi manera. Sé cómo es esta ciudad, cómo es de verdad.

Gabriel terminó de aniquilar las verduras en un torbellino de cortes y las echó al agua hirviendo.

- Un lugar hostil poblado de monstruos.

Fue el turno de Cain para sorprenderse.

- Pues… si. Exactamente eso. Tu también lo sabes.

El profesor se dio la vuelta para abrir la nevera. Sacó la carne picada, le quitó el envoltorio y la arrojó de cualquier manera en una sartén que había preparado a fuego bajo. Cain le seguía con la mirada, los ojos verdes brillaban detrás del flequillo largo y negro. Cuando no tenía pintada en la cara esa expresión de gilipollas engreído, el chico parecía todo lo joven que era. O que debía ser.

- Yo ya he cruzado la franja de edad a partir de la cual no me queda más remedio que saberlo. Pero tú ... ¿Cuántos años tienes?

- Veinticinco – respondió Cain sin dudar.

- Vale, ¿y de verdad?

- ¿Eh? ¿Por qué no te crees las cosas que te digo? – protestó – No hay derecho.

Gabriel volvió a reírse entre dientes, removiendo la carne con una pala de madera. El olor de las especias y el jugo de la ternera con mantequilla empezó a inundar la cocina y le azuzó el hambre. Hacía mucho que no cocinaba stovies. Hacía mucho que no cocinaba nada. Pero cocinar para uno solo había terminado por resultarle tedioso y patético.

- No me creo esta porque es mentira.

- ¿Y como lo sabes?

- Tengo una intuición para eso. ¿Veinte?

Cain se quedó callado un momento. Cuando le miró, resopló y volvió los ojos al cielo con un gesto desdeñoso.

- Veintiuno – dejó la cocacola en la mesa y se acercó a la sartén – Huele bien.

- Pues ya verás cuando esté terminado.

. . .

16 de Enero – Cain

Cuando finalmente el profe sirvió los dos platos y los dejó sobre la mesa de la cocina, Cain miró el suyo con cierta suspicacia. Tenía un aspecto raro: una especie de engrudo de color pardo con trozos amarillos y naranjas asomando aquí y allá. Sin embargo, cuando tomó el primer bocado, se dio cuenta del hambre atroz que tenía, y también de que estaba buenísimo.

- ¿Quién te ha enseñado a hacer esto? 

Gabriel se había sentado en el otro extremo de la mesa y había abierto una cerveza. Dio un trago directamente de la lata y alzó la barbilla con orgullo.

- Internet.

- Oh, claro. Un maestro cocinero sin igual.

El profe probó su comida y asintió a medias. Al parecer no estaba del todo satisfecho con el resultado, pero en lo poco que había observado de él, Cain ya había detectado los rasgos de un carácter muy autocrítico.

- ¿Por qué has alquilado la habitación?

Por un momento, creyó que Gabriel no le había escuchado. Solo masticaba, los ojos azules fijos en el plato. Cuando levantó la mirada, un mechón de cabello ondulado le cayó sobre la frente y lo apartó con un movimiento airoso de la cabeza.

- Hace dos años que salgo con una chica. No es que esté enamorado de ella, pero no puedo dejarla por ahora. – Hizo una pausa y Cain entrecerró los ojos, intentando seguir el hilo de ese razonamiento – Es complicado de explicar. Está pasando una situación difícil. Y lo cierto es que no quiero tener que decirle que no cuando me proponga venir a vivir aquí, conmigo. Si tengo un inquilino, será mucho más fácil.

- ¿Soy tu excusa?

Gabriel asintió con naturalidad. Cain se aguantó la risa y se llenó la boca de nuevo. Masticó y tragó, mientras el profe se defendía débilmente.

- Está pasando por un mal momento, no puedo dejarla ahora. Pero tampoco voy a ahorcarme más.

- Ya, ya. Si yo no digo nada. Aunque viendo el favor que te hago, deberías permitir que me quedara sin pagarte ni un céntimo.

- Hecho.

Cain se rió en alto esta vez, comiendo con buen ánimo. El stovies o como quiera que se llamara aquello estaba realmente delicioso, y además era contundente. Cada bocado le producía un calor agradable en el estómago. "Tengo que intentar comer mejor y beber un poco menos", se dijo, llevado por un optimismo repentino.

Luego dejó de masticar, frunciendo el ceño. El profe estaba de guasa, ¿no?. Le miró a la cara.

- ¿Lo dices en serio?

No parecía que el profe bromease. Ahí estaba, tan tranquilo, con su melena dorada y su semblante apacible, asintiendo con la cabeza.

- Pues yo estaba de broma – admitió Cain.

- Bueno, yo no.

- No puedo aceptar eso – repuso, alzando un poco la voz y apoyando las dos manos en la mesa - De ningún modo, te pagaré lo acordado, tal y como quedamos. No quiero deberte nada.

- Vale, tranquilo. Como quieras.

Cain se dio cuenta de que se había puesto de pie. Volvió a sentarse, repentinamente tenso otra vez. Durante un rato, se dedicó a su plato en silencio. A Gabriel también parecían habérsele terminado los temas de conversación. Finalmente, Cain dejó de hacerse preguntas que no podía contestarse él solo y alzó la mirada hacia el profe, calculando bien las palabras para no sonar hostil.

- ¿Por qué me recogiste aquella noche?

Gabriel dejó el tenedor y sus ojos azules se encontraron con los del chico, serenos y graves. Cain se pellizcó el pantalón, algo nervioso.

- No me das lástima – respondió al final –. No te subí a mi casa por eso, y no te he ofrecido vivir aquí gratis por pena. Antes has dicho que eres capaz de darte cuenta de lo que eres para los demás. Si eso es verdad, habrás visto que conmigo no va de eso.

El chico asintió, soltando la tela de los vaqueros. Se había quedado mirándole fijamente, como si no pudiera apartar los ojos de él, y se había bebido todas las palabras de su respuesta. "Ha contestado a la pregunta que no le he hecho", comprendió, "se ha dado cuenta de qué era lo que yo quería saber en realidad, y a eso es a lo que ha respondido".

- ¿Y de qué va entonces?

Gabriel negó con la cabeza. Le estaba observando con curiosidad.

- Aún no lo sé – admitió - Cuando te encontré tirado en la calle, simplemente no podía dejarte ahí. Y lo de ahora… supongo que creo que todo el mundo debería tener un lugar al que volver. Este puede ser el tuyo, si quieres.

- No lo entiendo – replicó Cain. Las palabras del profesor estaban empezando a removerle algo por dentro. Se le había hecho un nudo en la garganta y meneaba la cabeza, testarudo. – Si de verdad piensas eso, ¿por qué no has subido aquí arriba a todos los mendigos y los sin techo que hay en esta ciudad de mierda?

- Ya te lo he dicho. A ti no pude dejarte ahí. No sé por qué. No todo tiene una explicación en esta vida.

Cain dejó los cubiertos. Sería muy dramático decir que no tocó más su comida, pero no hubiera podido hacerlo aunque quisiera. Se había terminado el plato.

- Ni siquiera me conoces.

- Deja de darle vueltas. – insistió Gabriel con voz tranquila -Ya te he dicho que está bien. Olvídalo, págame el alquiler y punto. Podemos achacar mi descabellada propuesta a un exceso de emoción provocado por mi bajo consumo de azúcar.

Caín no pudo evitar que una sonrisa torcida le cruzara el rostro. Dio otro trago de cocacola y le cambió la lata de cerveza por la suya, casi vacía ya.

- Pues toma. Bebe eso para que te suba un poco y así no vuelvas a decir tonterías.

- No te pases de listo. ¿Eres católico?

Cain frunció el ceño y no protestó cuando Gabriel volvió a cambiar las latas de posición. Intentó dar una respuesta veraz.

- Creo que no, aunque creo en algunas cosas así como religiosas. ¿Por qué lo preguntas?

- Por el nombre que te has puesto. Y por el que me pusiste a mí.

"Agh. San Miguel". El chico se sonrojó violentamente antes de poder evitarlo, así que bajó la cabeza y fingió apartarse unas migas de la camiseta para que el largo flequillo le tapara todo el rostro.

- Ah, eso… ya, bueno. Un poco católico sí soy. Y una de las casas en las que viví… en fin, era una familia acomodada. Tenían una pintura de San Miguel Arcángel, con su espada de fuego, las alas abiertas y el pelo largo.

- Entiendo.

- Las drogas hicieron el resto.

Cain recuperó la compostura. Qué demonios, ¿de qué se avergonzaba? Era ridículo sentirse azorado por algo así, sentirse azorado por nada, alguien como él, que llevaba la peor vida posible y no tenía decencia, vergüenza ni ganas de conocerlas. Al alzar el rostro, se encontró con la mirada penetrante del profe, que la apartó al poco, perdiéndola en las cortinas.

- ¿Qué pintura era?

- ¿Eh? – Caín parpadeó, la pregunta le había sacado de sus pensamientos – Ah… pues no sé como se llamaba. ¿Por qué?

- Por nada. Curiosidad.

Cain asintió y se puso de pie, llevando los platos al fregadero.

- Tú has cocinado, ya recojo yo. Es lo justo.

- Vale.

Gabriel se levantó y salió de la cocina. Cain abrió el grifo. Hacía años que no fregaba un plato, pero recordaba a la perfección cómo se hacía. Mientras el agua corría y la espuma y el estropajo eliminaban los restos de suciedad de la vajilla, el piano empezó a sonar en el salón. El chico se sintió reconfortado por la música, como le sucedía siempre. Se preguntó si, antes, hace años, en algún momento de su vida que no podía recordar, había tenido una familia que le amara, un hogar en el que sonaba un piano como aquel. Se preguntó si podría él también limpiarse de todo lo que le manchaba con un estropajo y jabón, como los platos. "Pero no tengo nada de lo que limpiarme", se recordó. "Esto es lo que quiero, yo lo he elegido, nadie me ha obligado. Es mi vida, y me gusta. Me gusta. Es mucho mejor que lo que tenía antes. Me gusta."

En la casa de la familia acomodada, le había pedido al arcángel del cuadro que le protegiera. Se lo había pedido muchas veces, y nunca lo había hecho. No, Cain sabía que la ciudad era un lugar hostil lleno de monstruos, que los ángeles no existían y que la única manera de sobrevivir entre la suciedad cuando no puedes limpiarla es aliándote con ella.

. . .

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Flores de Asfalto: El Despertar - IV

Barreras


16 Enero – Gabriel

El sábado por la mañana, Gabriel estaba sentado delante de la mesa del salón corrigiendo exámenes cuando el muchacho salió de su habitación, arrastrando los pies.

–Buenos días.

–Está por ver.

Con esa respuesta afónica y seca, Cain se metió en la cocina y empezó a quejarse de algo. Gabriel no le estaba prestando atención, era un hombre metódico y ordenado que siempre terminaba con lo que estaba haciendo antes de concentrarse en otra cosa, ignorando todo lo demás. Continuó corrigiendo el examen que tenía entre las manos: en él, uno de sus alumnos había añadido a la Revolución Industrial la invención del barco volador a vapor, y se encontraba sumergido en la lectura de aquella historia fantástica con la que el estudiante pretendía eludir el suspenso. La verdad es que se lo estaba pensando. Quizá debería aprobarle sólo por ser tan creativo.

–¿Estás sordo o qué? - una taza verde aterrizó sobre uno de los exámenes, dejando una huella circular de líquido oscuro sobre el papel. Cain apartó la silla y se sentó. – Te estoy hablando.

- Si, ahora me estás hablando – contestó Gabriel. Sentía el enfado latiéndole en las sienes al ver como la mancha de café se extendía sobre el examen. Sin embargo, su voz sonaba contenida – Antes hablabas, sin más.

Cain resopló.

- Te estoy diciendo que dónde está el azúcar - Estaba despeinado, con una huella oscura de maquillaje emborronado bajo los ojos verdes, y vestido con una camiseta llena de agujeros y unos vaqueros – No la encuentro por ninguna parte.

- No hay – dijo Gabriel, alzando la mirada y volviendo a bajarla hacia el texto. – No la uso.

- ¿Cómo que no la usas? Debes ser la única persona en el mundo que no tiene azúcar en su casa.

- A lo mejor. Siempre puedes ir a comprarla.

Durante un rato, pudo terminar de leer en silencio. Una vez se hubo decidido, escribió una cifra en la esquina superior derecha de la hoja y una anotación debajo: "Por esta vez te salvas".

- ¿Por qué te dedicas a esto? – preguntó Cain, observándole.

- Me gusta enseñar.

El siguiente trabajo no iba a tener tanta suerte. Nada más echar un vistazo al folio distinguió una letra irregular y difícil de entender, además de fallos ortográficos aterradores. Cogió el rotulador y empezó a sentenciar.

- Me acuerdo de haber ido a alguna clase tuya.

- Ya. Yo también recuerdo haberte visto por allí alguna vez – respondió, tachando despiadadamente - ¿Por qué dejaste los estudios?

- No los dejé. Nunca estuve matriculado; sólo fui de oyente a tu asignatura unas cuantas veces.

- ¿Y eso? ¿Te interesa la historia?

- No, pero reconozco que tú la hacías interesante.

- ¿Entonces a qué demonios te colaste en clase de historia universal?

- Un colega que estudia allí siempre nos hablaba del profe de historia y de lo bueno que estaba, así que fuimos a comprobar si era verdad. - Gabriel le atravesó con la mirada, repentinamente alerta. ¿Pero qué estaba diciendo el niñato? Cain seguía sentado con su café y los ojos emborronados de negro, le sonreía con aire malicioso. – Si te soy sincero, ahí en la tarima y hablando sobre tu asignatura, estabas bastante sexy. Pero de cerca pierdes mucho.

- Me alegra que pienses así – respondió sin más, volviendo su atención al trabajo.

Le costó concentrarse por un momento breve, pero en seguida impuso la autodisciplina y dejó de pensar en las palabras de aquel chaval descarado.

- No te enfades, profe. Ya te he dicho que hacías interesantes todos esos rollos sobre conquistas romanas y persas. De hecho, el chico que venía conmigo a tus clases acabó matriculándose.

- Bueno, eso es un enorme consuelo – replicó Gabriel, levantando la ceja.

Sabía que sus alumnas disfrutaban mucho con su presencia. Esas cosas pasan, hay quien lo llama la erótica del poder, y en su caso, tener buena planta no ayudaba a evitar los enamoramientos de pasillo. Lo que no se le había ocurrido pensar es que también los chavales pudieran mirarle de ese modo. No es algo que uno se plantee.

- Si…debe ser algo de lo que se sienta orgulloso un profe, ¿no?

Algo en el tono de voz de Cain le hizo mirarle de reojo. La sonrisa burlona había desaparecido, sustituida por un gesto amargo. Había una herida abierta en su mirada. Al percibir su atención, el chico se dio un trago de café y enmascaró sus emociones.

- Esto está asqueroso sin azúcar – añadió, apartando la silla. – Voy a hacerte un favor y a reponer tu despensa. No sé como puedes vivir así. Ni siquiera tienes panecillos.

Cain se dirigió a la cocina, sin parar de hablar, y Gabriel se quedó solo y perplejo en el salón, preguntándose quién era aquel chaval y qué era lo que pasaba con él. ¿De qué se escondía? ¿Qué le hacía tanto daño? ¿Y por qué tenía aquel impulso tan violento de protegerle? "Me voy a meter en un lío", se recordó a sí mismo, anclándose a la silla. "Me prometí ser distante, no puedo volver a caer en lo mismo". Apretó los puños y los dientes, y mientras todavía se amonestaba a sí mismo, se levantó con la resignación de un soldado.

No tenía remedio. En el fondo, siempre lo había sabido.


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16 de Enero – Cain


Ni azúcar, ni leche, ni verduras. El contenido de los muebles de cocina de su nuevo hogar era un verdadero drama. ¿Cuánto tiempo hacía que no elaboraba aquel tío una lista de la compra? "Seguro que no menos que yo. Bueno, traeré lo que me apetezca". Clavó la mirada en una lata de melocotón en almíbar, respirando hondo y hablando en voz alta para exorcizar los recuerdos.

Las cosas podrían haber sido tan distintas para él… y sin embargo, ahora no tenía sentido pensar en ello. Estaba donde estaba por decisión propia, ¿no?. Bueno, quizá al principio no, pero ahora sí, ¿verdad? "Ahora sí. Hago lo que quiero hacer y me gusta. Me gusta", se repitió. Se había recompuesto del todo cuando escuchó la voz de Gabriel desde la puerta.

- Oye, ¿Cuándo vas a traer tus cosas?

- Ya las he traído – respondió, volviéndose a medias – es decir, que no tengo nada que traer. ¿Me das un papel y un boli, profe?

Gabriel volvió al momento con un sobre abierto y un bolígrafo.

- ¿Cómo que no tienes nada que traer? ¿Ropa, libros? ¿Nada?

Cain negó con la cabeza, escribiendo productos en el papel y tratando de no ponerse nervioso. Servilletas, zumo, manzanas. Preguntas personales.

- ¿Dónde vivías antes?

Anotó vodka en la lista, tensando la espalda, a la defensiva. Preguntas personales. No quería reaccionar así, pero no podía evitarlo. Eran temas que le ponían alerta, como un animal que se sintiera amenazado.

- ¿Y tú por qué no tienes fotos de familia en tu casa? – respondió con sequedad. – Si te preocupa que sea un asesino o algo así, te informo de que tú tienes más posibilidades de serlo. Das el perfil. Soltero, mayor de treinta, vive solo y secuestra jovencitos en la calle.

- ¿Pero qué tonterías estás diciendo? ¿Que secuestro jovencitos?

- ¿Y tú de qué me acusas exactamente?

- No te estoy acusando de nada, niñato insolente. Sólo te he hecho una mierda de pregunta.

Cain apretó el papel entre los dedos, mirando al profesor con rabia contenida. Tenía razón, él sabía que la tenía. Se obligó a calmarse, mirándole a los ojos. Gabriel había fruncido el ceño y sus pupilas brillaban con una luz interior, reavivadas. Supuso que le había enfadado, porque hasta entonces sólo había visto en él una calma a toda prueba. Ahora, en cambio, su postura era rígida y su expresión se había endurecido.

Por no hablar de los tacos, claro. Niñato, mierda. Palabras malsonantes. Nada propias de un profe. Se aflojó un tanto.

- Vale, vale. Pero respóndeme tú también.

- No tengo fotos de familia porque no tengo familia – replicó Gabriel.

Lo dijo con frialdad y sin dudar ni un ápice. Y Cain supo que era verdad, y que el profe seguía molesto. ¿Era por la insinuación de los jovencitos?

- No he vivido en un lugar fijo – respondió él ahora, desviando la mirada – he estado en casas de amigos y en pensiones. Por eso no suelo llevar ropa. Osea, ni ropa ni nada. Uso las cosas y luego las tiro o se las doy a alguien. Así no voy siempre cargado.

Gabriel se le quedó mirando con el mismo gesto. Y Cain supo que no le creía.

- Es verdad – insistió, tragando saliva. Tenía la impresión de que iba a echarse a temblar en cualquier momento. Para camuflarlo, se mostró rudo y desafiante. – Mira, tengo dinero y me lo puedo permitir, ¿vale?, y a veces cojo ropa de mis amigos. Es el tipo de vida que he elegido, no tienes ningún derecho a juzgarme. Y no me importa lo que pienses de ello.

El profesor sólo le miraba, en silencio. Su gesto se había suavizado y ahora parecía más cercano a la preocupación que al enfado. Cain se angustió más. Aquello sólo lo empeoraría. Ya bastante mal se sentía, y ahora además tenía que volver a ver esa mirada, exactamente igual a la que había visto hacía unos días, mientras volvía en sí después de flirtear con la sobredosis. "Ni se te ocurra dormirte", le había dicho. Lo recordaba muy bien. Estaba preocupado entonces y lo estaba ahora, lo veía claramente, y su corazón le gritaba que se dejara de tonterías y que hablara, que se lo contase todo a aquel desconocido que, sin embargo, no le resultaba tan desconocido.

- ¿De dónde sacas el dinero? – dijo entonces Gabriel.

La pregunta fue un jarro de agua fría. A pesar de haber sido pronunciada en un tono suave, a Cain le dolió como una lanzada en el costado.

- No quiero hablar de eso.

Aguardó, durante unos segundos. Tenía la impresión de estar delante de su padre, delante de un juez, esperando una sentencia. Los ojos azules, clavados en él, parecían atravesarle y mirarle por dentro. Tuvo la impresión de que no importaba callar, él le estaba desnudando el alma con esa mirada y lo estaba viendo todo. Todos sus pecados, su vergüenza, su orgullo y su sacrificio.

- Vale – Gabriel asintió con la cabeza y desvió la mirada hacia los armarios abiertos, suspirando y cruzándose de brazos – Lo cierto es que esto está un poco vacío.

Cain sintió como si una enorme losa de granito desapareciera de sus hombros. No había condena, no iba a insistir. No había sermones ni lástima. Aliviado, se apoyó en la encimera.

- No sé como puedes vivir sin azúcar. De verdad.

Gabriel le miró de reojo y de repente se echó a reír. Entre dientes, con un sonido suave y aterciopelado, de vibración grave y cálida. Cain sonrió.

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Fuego y Acero XIII: Consuelo

13.- Consuelo

En otro tiempo, en otra vida, había cruzado los pasillos de su castillo a la carrera. El alegre riachuelo de su risa, de los pesados pasos de su padre sobre la tarima de madera, regresaban a él en un vórtice confuso de recuerdos: las exclamaciones de los sirvientes cuando les empujaba, los ladridos de los perros de caza, los clarines en el exterior, los ondeantes pendones del Pegaso. Sus ecos resonaban en la memoria, parecían desprenderse de los adornados muros de aquel otro palacio que no le pertenecía, donde su suave calzado tampoco hacía ruido y el bramido de su corazón no era un trepidante anuncio de alegrías venideras, sino un espejo de aflicción e incertidumbre.

Corrió, tragándose las lágrimas y el orgullo, apretando los dientes y alzando la barbilla al descender las alfombradas rampas y dirigirse a la amplia arcada que se abría hacia los jardines. El aire de la noche le golpeó en el rostro, y los blandones de la muralla que cercaba la finca le observaron, como rojas luminarias, atentas y vigilantes. Peor que una puta. Esclavo y obligado a satisfacer los deseos, cualquier deseo, de los desconocidos, los extranjeros, que visitarían su cárcel al día siguiente. Pelear hasta el último aliento. Ioren no dejó que los latigazos le arrebataran su dignidad, él jamás permitiría que nada ni nadie rozase su orgullo, horadase su alma. "Yo tampoco. Aguantaré. Aguantaré cualquier cosa".

Caminó, lívido y serio, hacia el edificio de los almacenes. Sus pies se hundían en el césped mientras atravesaba el delicado jardín, dejando que los pétalos de las flores nocturnas le rozaran las yemas de los dedos, besaran su rostro. Caminó, apuntalando su fortaleza, recogiendo los jirones de su malherida honra y negándose a ceder al desaliento, a las ganas de gritar, a los sollozos que le estrangulaban. Y cuando empujó la puerta de celosía con ambas manos, entrando en el escueto cobertizo donde se amontonaban las alfombras y las cortinas, su corazón se detuvo.

La luz de la luna se colaba al interior, tomando la mano al dorado resplandor de las lámparas de aceite y los faroles de cristal. Los tapices y los tejidos colgaban de los muros, yacían en un sueño indolente unos sobre otros en el suelo de madera limpia y los estantes, asomaban como lenguas coloridas de los baúles entreabiertos. Allí, en medio de la cuadrada estancia abigarrada de paños y bobinas de hilo, el hombre del mar se dio la vuelta al escuchar la puerta, con el ceño fruncido y una chispa de desconfianza en los ojos azules, que se apagó al reconocerle.

Driadan se quedó inmóvil, con las manos aún sobre los batientes. Incrédulo, parpadeó y movió el candil, dejando que la mortecina luz de la vela lamiera con suavidad la silueta de Ioren, la piel bruñida de los brazos musculosos y los rojos mechones de cabello despeinado. Incapaz de reaccionar, permaneció en pie, bebiéndose su imagen, entregándose al inesperado consuelo que su presencia le brindaba. Dioses, estaba allí. Estaba allí, de pie, altivo y sereno como siempre, a pesar de la banda de hierro que lucía al cuello como una extraña alhaja oscura. Estaba allí, con la guerrera de cuero oscuro que al parecer había recuperado de algún modo, enfundadas las piernas en unos pantalones de lino ligero y descalzo sobre una de aquellas valiosísimas alfombras. Estaba allí, con las trenzas salpicándole la melena enredada y la barba rojiza rasurada y arreglada. Sin una marca ni una herida en la piel de los brazos que permanecía expuesta. Estaba allí, y estaba bien. Lo parecía. El alivio se extendió como linimento sobre su alma, y sus ojos se detuvieron en la mirada azul, que se volvía añil a la luz equívoca que bañaba el almacén.

- ¿Qué haces aquí? - le preguntó, al fin.

- La mujer me dijo que viniera - replicó la voz grave y suave. Su sonido le hirió en los oídos, como una caricia demasiado esperada, añorada sin saberlo.

Driadan asintió con la cabeza, sin atreverse a dar un paso más que el necesario para entrar y cerrar a su espalda. Le temblaron los dedos al hacerlo.

- ¿Como estás? - preguntó de nuevo.

Ioren asintió despacio.

- Bien. Mejor de lo que esperaba –. Hizo una pausa larga. - Llevas los ojos pintados.

Driadan parpadeó y se rozó las pestañas con los dedos, lamiéndose los labios y asintiendo después. La angustia volvió a hacer presa en él.

- Si. Tenemos que ser agradables a la vista.

Ioren apretó los dientes y cerró los puños. El príncipe se pegó a la puerta, buscando un asidero firme al que agarrarse. La alegría inesperada que le había producido encontrarle se estaba transmutando poco a poco en vergüenza y bochorno. "Llevo los ojos pintados porque tengo que estar hermoso. Soy un objeto de decoración, y a partir de mañana, seré menos que una ramera. ¿Y a ti, cómo te va? ¿Qué tal es hacer girar la rueda del molino? ¿Te dan bien de comer? A nosotros sí, para que nos mantengamos lustrosos y apetecibles como la fruta madura antes de hincar el diente". Dioses, no iba a poder con aquello. Se dio la vuelta y trató de levantar el cerrojo de la celosía, que había caído al cerrar, con los dedos temblorosos.

- Driadan.

Se detuvo. La palmatoria tembló en su mano, y a punto estuvo de caérsele. La voz le había llamado por su nombre. La soga en su garganta apretó más, la grieta en su pecho se estremeció con violencia. Las emociones daban vueltas como un molinillo multicolor, golpeándole y haciéndole marearse.

- No te vayas aún.

- No quiero que me veas - dijo sin pensar. Apenas un susurro, demasiado amargo, lento, en el que las palabras se deshilachaban sin contención ni freno. - No quiero que veas en lo que me están convirtiendo. Me irrita tu desprecio. Si antes ya era irritante, ahora que tiene más motivos, me hará enloquecer. Jamás he soportado tu desprecio. Nunca, desde que me evitaste en la Sala del Pegaso, he podido lidiar con él, que me recuerda mi propia vergüenza, la amarga realidad de lo que soy a los ojos de todos, por mucho que me esfuerce en dejar de serlo.

Crispó los dedos en los huecos de la celosía, manteniendo el candelabro agarrado con la otra mano. No quería temblar. No quería hacerlo allí, así, delante suya, y en el silencio que siguió sólo intentaba serenarse para poder salir de allí con dignidad. No esperaba ninguna respuesta, por eso le sorprendió que llegara.

- Eres todo lo que tengo ahora.

- Entonces no tienes nada - susurró, apretando los dientes. Las lágrimas se le agolpaban en los ojos.

- Eres todo lo que tengo ahora.

Escuchó sus pasos y se le aceleró la respiración, el aroma del mar le golpeó con intensidad.

- Mañana seré un despojo en manos de otros - escupió a la desesperada, precipitadamente, mientras trataba de levantar el cerrojo - Mañana me humillaré hasta que la palabra indigno me quede grande, hasta que pierda su sentido y no haya gran diferencia entre el barro del camino y yo. Y siempre me quedarás tú para recordar lo bajo que he caído. Pero a ti ni siquiera eso. A ti sólo te quedará barro.

- Jamás.

Los dedos se cerraron en su brazo, le zarandeó y le obligó a darse la vuelta. Los ojos azules destellaban en fuego gélido y mantenía los dientes apretados, como un león iracundo.

- No olvides quién eres. Jamás, pase lo que pase. Nadie puede arrebatártelo.

- ¡No puedo mantenerlo!

Su propia exclamación resonó con clara certeza en sus oídos. No sabía si iba a ser capaz, no con lo que le esperaba. Había visto los rostros apagados, inexpresivos, las almas arrasadas de los esclavos del navío, y se cernían sobre él como fantasmas acechantes. Le asediaban como presagios de un destino ineludible. Quería soportarlo, quería mantener la cabeza alta, pero no podía hacerlo siendo Driadan el príncipe. Quizá siendo Nirala, la zorra, el esclavo, podría aún conservar las fuerzas para sobreponerse a todo lo que cayera sobre sus hombros. ¿Cómo iba a explicárselo? ¿Cómo iba a entenderlo él, que siempre parecía un rey aunque no lo fuera? Levantó el rostro y enfrentó su mirada.

- No puedo mantenerlo - repitió, más sosegado. Le temblaba la voz. - Teníais razón, mi padre y tú. Soy un endeble. No puedo mantenerlo.

Ioren negó con la cabeza. La presa en sus brazos se aflojó y los dedos rudos le rozaron los lagrimales, recorriendo las líneas oscuras que maquillaban sus párpados. Un nudo doloroso se cerró en la garganta de Driadan, conmocionado por los gestos del hombre del mar. Aquello era una caricia.

- Entonces yo te lo guardo - afirmó en un murmullo grave. - Lo conservo para ti. Todo lo que eres. Hasta que salgamos de aquí y puedas llevarlo de nuevo.

- ¿Qué... qué quieres decir? - pronunció con dificultad, tragando saliva.

- No dejaré que te pierdas. Eres todo lo que tengo ahora. No importa lo que pase, prevalecerás. - prosiguió Ioren, con los músculos tensos. Sus dedos se habían detenido en los pómulos del chico. - El resto, déjamelo a mi. Nuestro odio, las cadenas... lo conservo todo para ti, y cuando salgamos te lo entrego. Lo recuperas. Vuelves a ser tú.

El príncipe se pegó a la puerta, entrecerrando los ojos. No sabía si comprendía aquello, pero no le importaban las palabras. Eran las yemas cálidas y ásperas dibujando el contorno de su rostro, el calor cercano de su cuerpo y el tono arrullador de su voz, era su cercanía lo que le fortalecía y le esperanzaba. No había una gota de desprecio en el modo en que le estaba mirando, la manera en la que le acariciaba las mejillas. Era tan intenso que tuvo que tomar aire con todas sus fuerzas, y el temblor volvió a sobrecogerle. Aunque su mente no entendiera el significado, su corazón se bebía aquellas frases breves de acento adusto, se enredaban para cerrar las costuras abiertas como hilos trenzados.

- Aguanta. Pelea hasta el último aliento.

- Voy a hacerlo - respondió, en un susurro íntimo, trémulo. Alejó la mano del cerrojo y rozó sus dedos. - Lo haré. Del modo que sea. Eres... todo lo que tengo ahora.

Una lágrima ardiente se escurrió por su mejilla. Ioren la recogió con los dedos y se inclinó sobre él, rozándole la nariz con los cabellos. Siempre había sabido lo alto que era, aunque ahora le parecía estar fijándose por primera vez, o percibirlo con un matiz diferente.

- No eres endeble. Todos somos débiles. También fuertes. No es malo ser débil. Es malo quedarse en eso.

Driadan tragó saliva de nuevo. Cada vez le costaba más. Recorrió sus facciones con la mirada, a la luz del candil que milagrosamente aún no se le había caído de las manos. Las vio con inusual claridad, y le transportaron a aquella primera vez, en la Sala del Pegaso, cuando le llevaron encadenado y sus pasos eran los de un soberano de la antigüedad, su porte el de un héroe y su mirada la de un león. Exactamente igual que ahora.

- Mañana seré un despojo en manos de otros - repitió a media voz, frunciendo el ceño y alzando la barbilla. - Quiero ser Driadan una noche más... quiero llevarme un consuelo al que mañana pueda abrazarme, cuando me toquen otros dedos, cuando sonría a desconocidos, cuando mi sabor se pierda en bocas que desearé destrozar con una espada que ya no tengo.

Ioren se tensó y apretó la mandíbula, inmóvil, sin alejar la caricia de su piel. Sus ojos se cubrieron con un velo turbio y angustioso. El príncipe supo entonces que aquello no le era indiferente. Y lo confirmó cuando escuchó su voz fluir hacia él, con un susurro contenido y peligroso, mientras entrecerraba los párpados.

- Entrega a Nirala a quien debas para sobrevivir. Pero Driadan es mío.

- Yo no soy de nad...

No pudo decir más. El candil se le cayó de las manos cuando él le besó, hundiéndose entre sus labios con sedienta avidez, y el pie descalzo de Ioren hizo estallar el cristal que cubría la vela de un pisotón, apagando la llama del cirio. La marea estalló en su interior repentinamente. Le enredó los brazos en el cuello y se pegó a su cuerpo, se estrechó contra su boca, lamiendo la lengua que le buscaba y buscándola a su vez, espoleado por una necesidad irracional y desbocada. Se empujaron hacia las alfombras amontonadas, debatiéndose para tocarse sin despegar los labios, con el aliento fundido y las respiraciones entrecortadas. El cabello áspero le rozaba los hombros, las mejillas, y el olor a salitre impregnaba sus sentidos, los dedos en su cintura le quemaban a través de la tela de la túnica. Cayó sobre el mullido nido que habría de acogerles, hundiéndose en el abrazo de un montón de cortinas de seda y gasa, que exhalaron un suspiro al ahuecarse bajo el peso de ambos. La calidez de Ioren le cubría, fluctuaba a su alrededor, y su cuerpo pesado y duro como una roca parecía envolverle, asediarle, atraparle. Él estaba encima suyo, con las rodillas hundidas a ambos lados de su figura estilizada, recorriéndole con las manos, besándole como si quisiera consumirle.

- Dime que no te doy asco - susurró, suplicante, cuando él liberó su boca y se escurrió por su cuello.

- No me das asco.

Echó la cabeza hacia atrás, entrecerrando los ojos, y se mordió los labios para aguantar un gemido. Quería tocarle, pero estaba tan mareado que no sabía que ya lo estaba haciendo, que le tenía aferrado de los cabellos y por eso le hormigueaban las manos. El beso húmedo dejó una marca ardiente, de saliva y calor en su clavícula.

- Dime que te gustó lo que pasó junto al río...

Le había levantado la túnica y tiraba de ella para sacársela. Driadan alzó los brazos y se cimbreó involuntariamente. El tejido se deslizó sobre su torso y le impidió verle por un momento cuando le despojó de la prenda. Después, con la piel expuesta, los ojos azules volvieron a él. Acercó los dedos para desatarle las correas de cuero.

- Me gustó, y a ti también - llegó de nuevo, la respuesta suave, vibrante.

Nunca había sido muy consciente de lo que en realidad pasaba cuando estaban en situaciones de tanta intimidad. Sabía que habían estado juntos dos veces. Quizá solo una. Sabía que había sido extraño y violento, pero tenía que asentir ante esa afirmación. Si él estaba confesando, admitiéndolo, Driadan también podía hacerlo, mientras se desnudaban con una mezcla de arrebato y contención en la penumbra del almacén.

- Sí. Me ... me gustó, de alguna manera - murmuró.

Le rozó con las manos al quitarle la guerrera de cuero. La dejó junto a su propio rostro, arqueando la cintura para permitirle deslizar los pantalones hacia abajo, y las manos del hombre del mar siguieron el contorno de sus muslos desnudos, le rodearon las rodillas al descubrirlas. Después, le miró un instante desde arriba, acariciándole el torso, las costillas y el terso vientre hacia el ombligo. Driadan resolló y volvió a arquearse ante sus gestos, azotado por un latigazo de calor. Cerró los ojos y apretó los dientes, viendo cernirse la sombra de Ioren sobre él. Su boca respiraba en su piel, y la caricia de la lengua húmeda, el cosquilleo de los dientes en su pecho le arrancaron otro gemido. Apretó las rodillas contra sus costados, levantándolas, y hundió los dedos en su pelo. El olor del mar, el ardor del fuego, su sabor salado en el paladar. Tragó saliva, con un jadeo sordo.

La estancia, que olía a fibras y a tintes, parecía haberse contaminado con el perfume de Ioren, con su propio aroma, que se enredaban y se extendían como una enfermedad viciante y cargada. Las cortinas se le pegaban a la espalda, y el esclavo le cubría de besos ardientes, lamía su piel llevándose el sudor recién despierto, el rocío que exhibía su figura como prueba del deseo. Arañaba cada rincón de carne templada con los dientes, gruñendo con la sutilidad de un ronroneo. Cada roce le fustigaba con violencia, y la excitación se volvió dolorosa cuando las manos de Ioren le acariciaron entre las piernas, cerrando los dedos en torno a su virilidad.

- Nadie va a tocarte donde yo no lo haya hecho.

Sus palabras le estremecieron de nuevo. Le tiraba de los cabellos, curvándose, acercándose a él al tiempo que se removía como si no pudiera soportar las huellas de sus caricias, las marcas de su saliva hirviente. Cuando hundió la lengua en su ombligo, aún aferrado a su sexo, una corriente de energía descargó en todos sus músculos, como si un rayo le hubiera alcanzado.

- No voy a... tocar a nadie... donde a ti no te haya tocad...o... 

Casi no podía hablar. Los fonemas se le diluían en la lengua. Le temblaba la voz y apenas podía respirar. El deseo le mordía en las entrañas, se acumulaba entre sus piernas, tensándole al ritmo de las caricias de los dedos del hombre del mar. Arqueándose una vez más, extendió los dedos entre su pelo y los dejó deslizarse sobre los hombros poderosos, estrechando los músculos a su paso. Duro como la roca, caliente como la lava, era el de aquel hombre el cuerpo de un animal selvático que respiraba vitalidad salvaje en cada movimiento. Se lamió los labios y se incorporó, tirándole del pelo y empujándole. Ioren levantó el rostro, observándole como si estuviera a punto de golpearle.

- Te deseo - dijo Driadan, abalanzándose hacia él y hablando sobre sus labios. Le miró a los ojos. No quería esconderse más. - Tengo hambre de ti. Tengo sed de ti. Por eso me gustó.

Ioren no respondió. Pero no necesitaba respuesta, no ahora, que ese hambre y esa sed se manifestaban con tanta virulencia como una fiebre. Le lamió los labios y extendió la ávida caricia de sus manos a lo largo del torso musculoso, rodeó su espalda con los dedos y buscó su vientre, la carne tensa que despuntaba mientras le besaba con lúbrico desespero. Le había tenido dentro, pero no recordaba haberle tocado, y al hacerlo, el gruñido ahogado que brotó de los labios del pelirrojo le provocó una descarga de orgulloso goce. Ioren le mordió la boca. Las manos rudas se clavaron en sus caderas y le recorrieron la espalda mientras él le tocaba con ambas manos, recorriendo toda su extensión y presionando con suavidad, fascinado ante las notables reacciones que provocaba. La piel se tensó, caliente y dura, entre sus manos. Notaba los latidos de la sangre bajo sus dedos, y el gesto con el que Ioren se despegó de su boca y contuvo un gemido gutural le hizo temblar de nuevo, satisfecho.

- Dime que me deseas... - susurró sobre sus labios, aumentando la intensidad de la caricia. Le lamió los dedos, que se acercaban a su boca, con un gesto lujurioso y abandonado - Dime que me d... ¡Ah!

La inesperada intrusión le arrancó un gemido de sorpresa, se envaró y dejó caer la cabeza sobre el hombro de su amante.

- Tranquilo. Relájate - susurró el Rojo.

Asintió despacio, cerrando los ojos y apartando las manos de su sexo para abrazarle. De rodillas, frente a frente, el gesto tierno con el que se estrechaban podría asemejar algo diferente a lo que estaba sucediendo. Driadan abrió algo más las piernas y trató de respirar acompasadamente, mientras uno de los dedos rudos y húmedos de su propia saliva se abría paso en su interior con contenida lentitud. Las sensaciones se dispararon, y se aferró a su cuerpo, aplastando la mejilla contra su pecho. La caricia íntima se sumergió en sus entrañas, sintió el movimiento circular y no pudo reprimir el gemido involuntario ante el despertar de los sabores que antes hubiera tragado precipitadamente.

- Dioses... - resolló, dejando caer los brazos y arañándole la cintura. - Me torturas...

Se inclinó sobre su cuerpo, enroscándose en su regazo, y cerró los ojos al acogerle entre los labios. Los jadeos contenidos le inundaron los oídos, propios y ajenos, mientras degustaba su intimidad a conciencia, dejándose llevar por aquella extraña marea de goce compartido, sujetándose a sí mismo para no perderse aún, deshecho y contrayéndose por dentro ante el roce de sus dedos invasivos. Se hundía en aguas profundas y misteriosas, le hundía en su boca y él se hundía en su cuerpo. Los oídos comenzaron a zumbarle y un escalofrío mordiente se aferró a su espalda perlada de sudor, el aroma de sus cuerpos le envolvió.

- Basta... - resolló el hombre del mar, en un murmullo ahogado.

Driadan no le obligó a repetirlo. Apartó los labios de su carne y se aferraron el uno al otro, con los semblantes desencajados por la furia con la que sujetaban sus impulsos. Ioren le aferró por las caderas y Driadan se sustentó en los hombros musculosos, elevándose para ir en su busca. Detuvieron la respiración cuando sus cuerpos se unieron al fin, temblando de alivio y liberación al abrirse paso el uno en el otro, al acogerle y al irrumpir en su anatomía.

- Ioren...

Le estrechó, enredando los dedos en su pelo, pegando los labios a su oído y cubriéndole con la cortina de cabello oscuro. Le estrechó, jadeante y a punto de romperse, respirando con fuerza sobre la melena encendida, arañándole la espalda. Las manos anchas y ardientes se crisparon en su trasero, ciñéndole con un gesto arrebatado y posesivo. El hombre del mar respiraba como un león.

Las imágenes se precipitaron en su memoria, cada encuentro, cada golpe, cada insulto, cada palabra escupida, la manera en que su perfil se recortaba en la ventana, ojos azules entre mechones de cabello rojo. "Eres todo lo que me queda".

Y se movió. Se elevó y se dejó caer, mordiéndose los labios y reprimiendo los sollozos, cabalgando con la barbilla erguida y el rostro de Ioren apretado contra su cuello, sus manos guiándole y sus gruñidos contenidos estallando sobre su piel, haciendo el contrapunto a los gemidos que le rompían la garganta.

Cada roce, cada gesto, cada mirada buscada, cada imagen suya, cada sueño inquieto. "Eres todo lo que me queda". Su vientre se contraía en cada movimiento. Arqueó la espalda, dejando caer la cabeza hacia atrás. No había dolor. No había odio. No había nada.

Pendones con pegasos bordados, fichas de metal rebotando contra el suelo, cepillarse el cabello cien veces. Le embistió. Contuvo un grito. Buscó sus labios. Escuchó un susurro desvaído en un idioma que no entendía.

El foso helado. La ventana abierta. Arándanos rojos. Una llama encendida por arte de magia. La mano de su padre. Un tabardo con una estrella. Un reino, un destino, un hombre que vino del mar. "Eres todo lo que me queda".

Arremetió hacia su cuerpo y se revolcaron entre los tejidos, buscando el aire, sacudiéndose con ímpetu carente de control y atrapándose con brazos y piernas enredados, yendo al encuentro del otro, presas de un frenesí incontenible.

- ¡Mírame! - casi lo gritó, entre los gemidos desatados.

Y la mirada azul se clavó en sus ojos cuando se deshizo y convulsionó, mordiendo la mano que le tapaba la boca, rociado por el sudor salado del hombre del mar, que palpitaba en sus entrañas, deshaciéndose también en un estertor trémulo. Una lengua de fuego líquido se derramó dentro de él, su cuerpo parecía distenderse, romperse y reagruparse. Y el clímax le arrasó como una ola atronadora, barriendo su conciencia, rompiendo todos los muros con una fuerza capaz de desintegrar hasta las cadenas.

Tembló entre sus brazos, meciéndose en el instante imposible de un parpadeo. Aún temblaba cuando él le estrechó contra su cuerpo y los besos se derramaron sobre sus cabellos.

Un sello. Unos grilletes. El Pegaso bebiéndose la sangre de los muertos. Canta para mí. Te odio.

- Te odio... - murmuró, balanceándose indolente en los remanentes latigazos del orgasmo, con su virilidad aún enterrada en las entrañas. - Te odio... no sabes cuánto...

- Y yo a ti

El príncipe le abrazó, reconfortado con su respuesta.

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