miércoles, 14 de diciembre de 2011

Flores de Asfalto: El Despertar - XIII

A flor de piel


1 de Febrero – Cain

De rodillas, con el torso inclinado sobre el borde de la bañera, estaba besando al profesor.

Podía atisbar por el rabillo del ojo el reflejo de la luz en el espejo del baño. El grifo de la bañera goteaba y el murmullo del agua, que se agitaba al más leve movimiento de Cain, hacía eco en los baldosines blancos, inmaculados como todo lo era en aquel apartamento.

Cual si quisiera componer un cuadro perfecto, Cain recogía todas las impresiones de ese instante atemporal: la precisa inclinación del cepillo de dientes en el vaso que había sobre el lavabo, la arruga que formaba una toalla en el toallero, cómo se fragmentaba la luz sobre el cabello del profesor, arrancándole el brillo de bronce y oro viejo al color de su pelo. El perfume de Gabriel, ya familiar y hogareño como un abrazo de madre, le envolvía, entremezclado con notas de jabón neutro. Descubrió, al tenerle tan cerca ahora, nuevos matices en su aroma de madera y sándalo: resina, incienso, frutos secos. Y la suave caricia de su aliento sobre sus labios, el calor rotundo de sus brazos, que le estrechaban con vehemencia…

Hacía ya largo rato que se prolongaba aquel beso suspendido, hilvanado, de caricias sutiles y lenguas cautelosas. Cain se había estremecido como un niño inexperto con el primer roce de sus labios, obtenido en respuesta al suyo, irreflexivo y espontáneo. Ahora, aquel temblor del corazón se extendía por sus venas, almíbar espeso y caliente que templaba su piel y le ruborizaba las mejillas de pura emoción. Segundo a segundo, minuto a minuto, el contacto se prolongaba, y aquel beso extraño, primerizo, se desliaba lentamente como una madeja.

Los brazos de Gabriel eran duros y firmes. Le rodeaban los suyos, le arropaban los hombros y la espalda. Su pecho reposaba contra el del profesor y podía escuchar con claridad cada uno de sus latidos poderosos. Al abrazarle así, Gabriel se había empapado la camiseta, y debajo de la tela mojada podía percibir con claridad la tibieza de su carne, la geografía de su anatomía trabajada. Con los párpados caídos y el corazón derritiéndose, Cain apenas se atrevía a dar más de sí en ese beso lento y dedicado, temiendo el instante en que se rompiera, en el que el profesor se alejara.

No entendía sus sentimientos en ese instante mágico. La confusión y la maravilla se entretejían: ¿Cómo podía querer besar de nuevo a un hombre después de lo que vivió en los días pasados? ¿Cómo podía besar a este hombre en concreto, a su Arcángel Miguel particular, y permitir que probara sus labios pecadores e indignos? Quizá porque era un perdido y le daba exactamente igual todo eso cuando su corazón y sus instintos le apremiaban. O tal vez porque no podía, ni aunque se esforzara en buscarlo, encontrar nada de malo, de sucio o de perverso en lo que estaba sucediendo. No le parecía peligroso, ni siquiera al recordarse que, al fin y al cabo, no conocía a Gabriel en absoluto. A pesar del tiempo compartido, de las experiencias que habían tenido juntos – que si no eran muchas sí que le habían resultado intensas – no sabía nada de él. Sólo algunos detalles que no le permitían hacerse una imagen clara del profesor. Pero en ese momento, nada de eso le producía otra cosa que una punzada trémula de incertidumbre, que se fundía con la emoción sobrecogida. Estaban sucediendo cosas mucho más vitales en su alma, en su corazón.
Sabía que Gabriel le gustaba. Ahora podía tenerle como nunca le había tenido, alcanzarle de una manera física por primera vez. Y estaba disfrutando de cada átomo, de cada sensación, como si fuera la última.

Las lágrimas se le habían detenido en los ojos cuando Gabriel le rozó los labios con la lengua. Devolviéndole la caricia descubrió su sabor: adulto, varonil, un poco amargo al principio y después con el regusto áspero y rico de las nueces, las almendras y algo parecido a los dátiles negros. Exploraba aquellos trazos  con una mezcla de reverencia y nostalgia, como si le recordaran a algo que trasponía más allá de la memoria consciente. La barba naciente de Gabriel le rozaba las mejillas y le arañaba suavemente la línea de la mandíbula. Su aliento perfumado moría en sus labios en un hilo débil cada vez que éstos se separaban de los suyos. Su presencia pesaba, cálida y solar. Irradiaba fortaleza, como una silueta de montaña. Lentamente, Cain se aferró a ella, desanudando los dedos que mantenía crispados y deslizándolos detrás de la nuca del profesor.

Gabriel tomó aire con un suspiro contenido y se adentró en su boca con un ademán calculado y lento. Cain le abrió paso, separando los labios y recibiéndole con una nueva oleada de excitación en su interior. El beso se volvió profundo y sentido, se fue tiñendo de entrega con un punto de rudeza. Aquel matiz no asustó a Cain. Podía vislumbrar que había más, detrás de todo eso. Quería saber qué era. Estaba empezando a atisbar algo, un destello del alma oculta de Gabriel que se escapaba en gotas rebeldes por las grietas de su prisión.

“¿Quién eres?” se preguntó, en silencio. Cerró los dedos en su pelo, estremecido. Aguantó un gemido de abandono mientras el beso que se derramaba sobre él se tornaba apasionado, conquistador, exigente. Y esto tampoco asustó a Cain. Había lidiado con hombres tiranos. Sabía reconocer un abuso, y lo que percibía en los gestos y ademanes de Gabriel no era tal cosa. Eran necesidad y anhelo, que habían sido tan oprimidos que ahora pugnaban por romper aquella prisión y mostrarse sin tapujos.

La lengua invasora se deslizó sobre la suya, se enredó en ella y la ungió, posesiva, arrolladora. Los labios de Gabriel presionaban sobre su boca y se abrieron para acariciarle con los dientes, morderle con un gesto contenido y sellarle de nuevo. Los brazos del profesor se crisparon en torno a su cuerpo y Cain sintió que se mareaba. El calor le estaba asfixiando, tenía el corazón desbocado y había clavado las uñas en la camiseta de Gabriel. Respondía al beso mientras su alma y su cuerpo también se abrían, acicateados por los estímulos, extrañamente renovados. Ellos también sabían que Gabriel era diferente. Era diferente. No era como ninguno de los demás. La necesidad se desveló en el alma de Cain y tendió los dedos hacia el exterior, tratando de alcanzarle, aullando de hambre y soledad.

Él podría… él sí podría curarle de aquella espantosa existencia, de tanta culpa, de sí mismo.

Se irguió un poco más para reclamarle a su vez en el beso ya casi febril, asfixiante, y al hacerlo, las manos del profesor – que habían matado a Lieren y después habían tocado en el piano la música del universo – ascendieron hasta su rostro y lo enmarcaron con los dedos. Gabriel apoyó la frente en la suya y rompió el beso, resollando. Cain aguantó la respiración y maldijo en su interior.

El profesor le habló sobre sus labios, en un susurro, con la voz ahogada y herida.

- Dime que pare… no dejes que te haga algo de lo que tenga que arrepentirme.

- No quiero que pares – replicó Cain al instante, tirando de sus cabellos hacia él, los dientes apretados y la desesperación flirteando con la ira en su tono de voz – No te alejes, no me hagas esto. Límpiame, ayúdame, castígame, consuélame… lo que sea, pero no te alejes ahora.

Se abalanzó sobre su boca, dispuesto a no permitir que una sola molécula de aire pudiera separarles. Seguramente Gabriel iba a replicar algo, porque bajo sus labios vibró la voz amordazada por el nuevo beso. Finalmente, ésta se rompió en un quejido débil, resignado y grave. Cain tiró de la camiseta hacia arriba. Gabriel sacó los brazos de las mangas, después la cabeza. Volvió a su boca precipitadamente, con un destello de fuego cristalino en la mirada azul. El chico se había quedado con la prenda entre las manos cuando se vio súbitamente arrancado de su lecho de agua - ya casi fría - y escuchó la sacudida de la tela al arrancar el profesor una toalla de la percha. La arrojó al suelo. Y tumbó a Cain sobre ella.

- Esto es un desastre – murmuró el profesor. Le estaba mirando, con las manos sobre las baldosas, a ambos lados de su rostro.

Antes de que Cain pudiera reaccionar, decir algo, de nuevo se habían unido sus bocas. “¿Por qué no tengo miedo?”, se preguntaba, mientras los besos se sucedían, cada vez más ardientes, más íntimos. Tenía el estómago encogido, sí, pero a causa de la emoción y la incertidumbre, de la expectación que le mantenía en vilo en todo aquello. Era algo muy similar a lo que debía haber sentido cuando perdió la virginidad, ahora lo sabía. Deseo, expectación y un deleite claro y transparente en ambas cosas. No hastío, miedo ni indiferencia. Esto sí era bueno. Esto estaba bien.

Dejó la mente en blanco y se abandonó a las sensaciones, sintiendo el torso desnudo y musculoso contra la piel húmeda. Tenía los poros erizados por su simple contacto. La lengua de Gabriel le exploraba ahora sin el menor pudor, como si no se cansara del sabor de su saliva, de las caricias húmedas de su lengua y la textura de sus labios, liberando poco a poco una ruda sensualidad largo tiempo reprimida. Los dedos sensibles y tibios le rozaban las mejillas con una ternura que no recordaba haber conocido nunca, dibujaban la línea de su cuello, descendían hasta los hombros y volvían a ascender. Todos sus gestos estaban cargados de un deseo magnético, gravitatorio, que golpeaba en los nervios del joven en forma de espasmos cosquilleantes. Aturdido con sus atenciones, excitado hasta el mareo por la voluptuosidad recién revelada de su compañero, Cain ya no era dueño de sus actos. Le tiraba del pelo y le mordía, manifestando con su cuerpo el ansia de su alma, le rodeaba con las piernas y le atraía hacia sí con sutileza, tratando de mantener un cierto disimulo. Se sentía fluir en un río espeso y denso que giraba en espiral, arrastrándole con sus aguas.

Cuando abrió las rodillas bajo el peso del cuerpo del profesor, percibió el calor firme entre las piernas de Gabriel: un bulto duro y tenso que empujaba la tela de los pantalones y que presionó sobre su sexo al acercarse los cuerpos. El descubrimiento le provocó una sensación de nerviosismo e ingravidez en el estómago, como al iniciar el descenso en una montaña rusa.

Le miró de soslayo, valorando la situación. Los ojos de Gabriel, entrecerrados en un gesto de embriaguez, brillaban intensamente. Parecían poseídos por un misterioso fuego danzante y azul que parecía nacerle de muy adentro. Tenía el ceño fruncido y la mandíbula tensa de deseo y contención. Cain tragó saliva, impresionado por aquella nueva imagen de él: apasionado, al tiempo rendido y dominante, necesitado y dadivoso … y sobre todo ardiente, ardiente como un incendio, enardecido, soltando poco a poco las riendas de sí mismo, revelando una parte de él que Cain sólo había podido atisbar en su música, en algunos momentos casuales.

Aquella imagen le impresionaba tanto como lo que él mismo estaba sintiendo. Sabía que no había más camino que seguir adelante, y no quería otra cosa, pero temía asustarle. Por estúpido que aquel pensamiento pareciera, tenía la sensación de que, si hacía algún movimiento en falso, el profesor se espantaría y se alejaría con alguna excusa, absurda y dramatica. “Dime que pare”, le había dicho.

“Y una mierda”.

De todos modos, en aquel momento, el profesor no parecía tener ganas de detenerse. No paraba de tocarle. Las manos de Gabriel habían cobrado vida y derramaban caricias incandescentes en sus muslos, en sus costados, en su vientre. En una de ellas le rozó el pecho casi casualmente, pasando los pulgares sobre sus pezones. Éstos se contrajeron de inmediato y se endurecieron, un escalofrío le azotó y se le puso toda la carne de gallina. Cain arqueó la espalda y contuvo el gemido repentino, sorprendido por la vehemencia de sus reacciones. “Tiene que ser él”, pensó, mordiéndose los labios e intentando respirar rítmicamente, no ahogarse en sus atenciones. Gabriel podría hacerlo, saciaría su sed y le limpiaría, estaba seguro. “Es mi ángel, es mi ángel redentor”, se repitió, mientras se cimbreaba debajo de su cuerpo, con los labios entreabiertos, los párpados caídos y la mirada verde, acuosa, reluciendo bajo las pestañas negras, hechizada de deseo.

No le apremió, a pesar de que su excitación se había disparado: se quedó tendido, alentándole con los gemidos que aguantaba detrás de los labios tercamente cerrados, acariciándole el cabello, deslizando las uñas por su espalda. El profesor le estaba regando de besos el cuello, mordiéndole con suavidad en las curvas de la mandíbula y los hombros. Bajo la toalla, la dureza del suelo no le parecía una molestia. Cain bailaba, libre, como un pájaro entre las zarpas de un gato, se exponía y se insinuaba con sutilidad, y cuando la respiración de Gabriel se rompía en un jadeo contenido le acariciaba entre las piernas con el muslo.

Finalmente, el hombre se alzó sobre él apoyándose en los codos, con una suerte de ronroneo grave vibrándole en la garganta y clavó los ojos azules en los suyos.

- Aún podemos volver atrás…

La mirada intensa, severa y densa pareció caer sobre él con un peso físico y tocarle por dentro. Esa mirada volvió fláccidos los miembros de Cain y casi le cortó la respiración. Era como encontrarse frente a una evidencia, al destino final y prometido, a la revelación del misterio de su existencia. Podía leer todo eso en sus ojos que parecían decirle algo… algo que fue incapaz de verbalizar en su mente pero que su alma entendió muy bien.

- No… no es suficiente – respondió.

Gabriel esbozó una sonrisa torcida, extraña, y el fuego en sus ojos se avivó.

Entonces sí sintió miedo.

No por la brusquedad con la que el profesor se arrancó el cinturón de un solo gesto y lo arrojó a un lado. Tampoco por el ademán casi animal con el que se abalanzó sobre él. No fue por eso, porque Cain le estaba respondiendo de la misma manera, con todos sus poros gritando, invocándole, llamándole. No le asustó la manera en la que le selló la boca de un mordisco ni la vehemencia de sus caricias que ahora parecían horadarle la piel: estaba aterrado ante la certeza inexplicable de que conocía a Gabriel. Le había conocido antes. Le había conocido siempre. Aquella expresión de su rostro le había agitado la conciencia como una visión.

Él mismo era más ancho, más hondo, más profundo de lo que nunca se había explorado, y ahora esas sombras de sí mismo, esas partes de él quizá ya vividas que habitaban en su interior, tomaban el control y devolvían la mirada a Gabriel, con los dientes apretados y un brillo exigente en las pupilas… bajo el cual destellaba una sensación de profunda compenetración, de igualdad, de seguridad, de reencuentro y de pertenencia.

“Dios mío, ¿quién eres?”, pensó, sintiendo cómo empequeñecía dentro de sí mismo, cómo su alma se manifestaba con crisoles y espectros desconocidos. “¿Y quién soy yo?”

Cerró los ojos y exhaló un gemido contenido cuando las manos de Gabriel comenzaron a recorrerle las caderas, la cintura y la piel tersa del trasero. Su tacto le despertaba, le producía un cosquilleo de nostalgia bajo la excitación. Le había echado de menos. Le había añorado, sí, durante toda su vida, a él, únicamente a él. Le abrazó, apretando los labios de nuevo mientras Gabriel se llenaba los dedos de su tacto y sus labios candentes seguían posados en su cuello. Reconocía ese abrazo. Al estrecharle, su sexo pulsante se aplastó contra el vientre del profesor, que se tensó y suspiró sobre su piel, arqueando la espalda. Estaba crispado, parecía incapaz de dejar de tocarle o de besarle, pero tampoco parecía atreverse a ir más allá. Cain empezaba a ahogarse de contención: cualquier duda o indecisión se había disipado en el momento que fue consciente de ese vínculo misterioso que les mantenía unidos, cuando le reconoció y supo que esto había ocurrido antes, muchas veces, y que así era como tenía que ser.

Reunió valor para llamarle, con un susurro quedo. Acercó los labios a su oído.

- Ven…

Gabriel suspiró de nuevo y se llevó una mano al pantalón. Cain escuchó el ronco deslizar de la cremallera, con el corazón en un puño y la sangre golpeándole con fuerza en las venas. Entreabrió los ojos, expectante y sediento. Cuando la virilidad tensa y caliente se liberó, se le clavó en la ingle, arrancándole un estremecimiento y provocándole un nudo de hambre en las entrañas.

No podía más. Aquello era una tortura. Separó más las rodillas, se cimbreó despacio, alentándole con precaución. Gabriel se movió para posicionarse, con un codo apoyado sobre el suelo y la otra mano en el costado de Cain. Las yemas de sus dedos le quemaban. Al inclinarse sobre él, el cabello del profesor se derramó sobre su rostro y le envolvió con su perfume; su aliento restalló en los labios del chico, agónico, desesperado.

- ¡Ven! – exigió Cain, cerrando los ojos y apretando las uñas contra su espalda.

- No quiero hacerte daño – respondió Gabriel, con un susurro ahogado y trágico.

Por algún motivo, a Caín aquello le irritó y le resultó ridículo. Le soltó con una mano para cerrarla sobre su miembro dispuesto y tirar de él hacia sí. Gabriel ahogó un gemido cuando el chico le agarró, y éste le dirigió una mirada reprobatoria.

- Déjate de tonterías… como si eso fuera un problema. Es increíble que me digas eso, a estas alturas – gruñó.

“¿A estas alturas?”. Desde el fondo de sí mismo, Cain se escuchaba y se observaba sin reconocerse. ¿Por qué había dicho eso? ¿Y qué era lo que “no era un problema”?

Gabriel, ajeno a sus circunstancias, alzó la barbilla con un matiz de engreimiento en su expresión y se acercó hasta que tocó su entrada. Relajando el abrazo, Cain entrecerró los párpados y respiró hondo, lento, obligándose a distender los músculos y preparándose para lo que venía.

Gabriel empujó. Al principio, con una presión lenta y constante, sin brusquedad. Cain, agarrado a él, fue a su encuentro con algo más de energía. Pero no era suficiente. Sus cuerpos se estrujaban el uno contra el otro, sin éxito. El esfuerzo hizo brotar diminutas gotas de sudor sobre la piel de ambos, y el resuello de frustración, casi un gruñido, rompió en la garganta del profesor.

Por un momento, pareció que todo aquello quedaría en una tentativa fracasada. El profesor se detuvo, dejando caer la cabeza hacia delante, sin retirarse del todo. Cain parpadeó, aún abrazándole con brazos y piernas, sin saber qué hacer para ayudar y pensando en algo que pudiera facilitar las cosas. Quizá el jabón…

- Perdóname – dijo el profesor.

Luego, sin previo aviso, le agarró una pierna, la levantó sobre su hombro, se inclinó sobre él en otro ángulo y embistió con decisión, una estocada certera y repentina que se abrió paso en su interior como si cortase mantequilla.

Cain se mordió los labios para no gritar. Dejó de respirar. Los oídos comenzaron a zumbarle, las terminaciones nerviosas enloquecieron y su corazón emprendió un galope desquiciado en el pecho. Se arqueó como un junco, tenso, las lágrimas asomaron a sus ojos y las uñas, que tenía clavadas en la espalda de Gabriel, se deslizaron hacia abajo dejando un surco sanguinolento.

Dolía, y el dolor avanzaba en sus entrañas, mientras iba llenándose de ese contacto opresivo, abrasador e invasor, que le estaba tocando hasta el alma. Dolía, pero no como otras veces. En esta ocasión, la sensación era mucho más vívida, ácida, de metal y de sangre. Después del dolor punzante, de ese escozor de costuras distendidas, un calor balsámico y palpitante iba apoderándose de todo su cuerpo. Se iba abriendo camino, una invasión lenta y agónica que le distendía las entrañas, forzándolas a adaptarse a su envergadura. A su paso dejaba un latido agudo como un alfiler, y después, un estremecimiento de placer. Finalmente, el profesor se detuvo, enterrado por completo dentro de él. El zumbido en los oídos de Cain remitió, y le escuchó jadear con alivio. Sus respiraciones, superficiales y apresuradas, se acompasaron, mientras los cuerpos se adaptaba, aún inmóviles.

- Dios mío…esto es…

El susurro del profesor sabía a delicias recién descubiertas. Cain tragó saliva y se relajó aún más al comprobar que a él también le estaba resultando agradable, cuanto menos. Extendió los dedos sobre su espalda, recogiendo su tacto. Gabriel tenía la piel suave, cálida y flexible. Bajo ella, los músculos elásticos se endurecían o se relajaban al compás de su respiración. Su textura le hacía pensar en felinos salvajes, en leones, panteras, pumas. Estaba tan caliente que quemaba, y cada movimiento suyo parecía transmitirle fuerza, irradiarle de algún modo. Se deleitó durante unos instantes en la sensación de tenerle dentro, llenándole por completo, y tenerle fuera, envolviéndole con sus brazos, cubriéndole con su cuerpo, protegiendo su rostro con la cortina de sus cabellos. Era el encaje perfecto, el complemento necesario. Todo estaba bien, todo era exactamente como tenía que ser.

Entonces, el profesor se movió para retirarse, emitiendo un gruñido suave de satisfacción. Cain completó su gesto, tragó saliva y se estremeció cuando Gabriel volvió a empujar en su interior. Luego salió, volvió a entrar, y arremetió de nuevo, con gestos amplios y lentos, en los que le llenaba y vaciaba casi por completo. La piel volvió a encendérsele y el zumbido regresó. Esta vez, el dolor ácido se diluyó, engullido por una sensación más intensa: placer vibrante y denso, goce creciente que se acumulaba en su interior con las embestidas consecutivas y en su propio sexo a causa del roce del cuerpo de Gabriel sobre el suyo.

Pronto encontraron su ritmo. Los gestos de ambos se volvieron más seguros a medida que se amoldaban; Cain elevaba las caderas para recibirle en cada envite firme y Gabriel le sostenía para atraerle hacia sí, con una mano aferrando el muslo de Cain, la pierna de él sobre su hombro y manteniendo su peso sobre el codo que había hincado en el suelo. En cada embestida enérgica, arrastraban la toalla adelante y atrás sobre las baldosas húmedas del cuarto de baño. Las paredes alicatadas hacían un eco metálico a los jadeos concatenados, los gruñidos sordos de Gabriel y los gemidos contenidos de Cain. La danza lenta se transformó en una cabalgada mucho más ágil, sus cuerpos se arquearon y los gestos se volvieron más apremiantes, los envites más rápidos.

En la vorágine del placer mordiente, cuando el joven comenzaba a notar el inminente ascenso hacia el clímax, los dientes de Gabriel se cerraron sobre su hombro, despertándole otra punzada de dolor. Pero ya nada era desagradable. Sus respiraciones se habían convertido en un contrapunto de jadeos apresurados, y sus movimientos estaban volviéndose cada vez más intensos, cercanos a un frenesí delirante. Cuanto más recibía, más quería; cuanto más dentro le tenía más le necesitaba, y ninguna caricia era suficiente, nunca era lo bastante cerca, lo bastante potente. Si, Gabriel estaba saciando su hambre y su sed, las de ambos, aquellas que no había logrado comprender. Pero al tiempo que las calmaba, las despertaba de nuevo. Estremecido, le tiró del pelo, buscando sus labios.

Los ojos de Gabriel se clavaron en los suyos, azules, intensos, inflamados de deseo.

- Eres mío – dijo entonces el profesor, con un susurro grave, entrecortado.

Cain ahogó un gemido, todos los poros de su piel se erizaron, y el vuelo frenético hasta la cumbre de la excitación recibió un empujón inesperado con estas palabras. Se arqueó para hundirle más en sus entrañas, le metió la lengua en la boca, mordiéndole los labios, exprimiéndole la saliva. Gabriel respondió con la misma pasión, la alimentó y la sublimó, devolviéndole todos los mordiscos, bebiéndose su aliento y lamiéndole la lengua con una lascivia que Cain jamás habría imaginado en él.

El pálpito creció. Cain se aferró a su amante con todas sus fuerzas, constriñéndole como una anémona hambrienta. Gabriel parecía al borde de su contención; el sudor se escurría en gotas finas por su espalda, brillaba sobre sus hombros. Se obligó a mirarle de reojo, abrazados como estaban. El profesor tenía la mandíbula tensa, los dientes apretados y el ceño fruncido en una expresión que podría ser doliente o furiosa. Había entrecerrado los párpados y tenía la mirada perdida, el cabello le enmarcaba el rostro, cercano al éxtasis. Cain se guardó aquella imagen muy dentro del corazón mientras se balanceaba al filo del precipicio.

Y entonces, repentinamente, cayó. Las cadenas se rompieron y sobrevino el vértigo; después el primer calambrazo, el gemido incontenible y el azote de placer relampagueando en su vientre. Las paredes del cuarto de baño amplificaban su voz. Intentó morderse los labios, pero fue en vano. Hundió las uñas en la espalda de Gabriel hasta hacerle sangre, contrayéndose, asaeteado por un orgasmo furioso y explosivo de contracciones intensas y amplias. Su semilla se derramó a borbotones sobre su vientre. Los sonidos apagados que huían furtivamente entre sus labios pronto se encontraron acompañados por los de Gabriel, graves y roncos. Le sintió distenderse en su interior, latir violentamente, y después el calor abrasador y espeso derramándose en sus entrañas. El profesor le asestó aún tres embestidas más, convulsas y desesperadas, mientras Cain se estremecía y se agitaba entre la polifonía de sus voces arrebatadas, presa de un clímax que creyó que le conduciría al desmayo.

Cuando las oleadas de placer comenzaron a remitir, suspiró, aún tembloroso. Enredó los brazos en el cuello de Gabriel y cerró los ojos. Saboreó cada pálpito y cada convulsión, cada estremecimiento remanente, dejándose mecer en la ingravidez que seguía al orgasmo. El profesor respiraba con dificultad, con el cabello colgando desde su frente hasta el suelo, húmedo de sudor condensado. Tenía el aspecto de quien ha combatido en una batalla larga y cansada. Tras unos instantes, se removió y salió de su interior, para consternación del joven. Aun así, Cain no se quejó. Mantuvo los ojos cerrados y los brazos a su alrededor hasta que Gabriel se deslió de ellos para envolverle en la toalla, con gestos muy lentos y delicados.

- No tengo frío – murmuró.

Se sentía somnoliento, satisfecho, flotando en una atmósfera de seguridad y paz. La respuesta le llegó en un susurro de terciopelo.

- Ahora no… pero puede que después sí.

Gabriel se puso en pie con lentitud, sus pasos se alejaron, el aire vacío y frío ocupó un lugar entre ambos, separándole de la calidez de su cuerpo.

- No te vayas – Cain extendió la mano, buscándole.

- No me voy. Sólo es un momento.

Le escuchó abrir el armario del rincón, luego oyó el agua correr, la tuerca del grifo cerrándose, la fricción de la tela y una cremallera. Cuando Gabriel volvió a su lado, le incorporó a medias con un brazo para secarle el cabello con la misma ternura con la que le había enjabonado antes. Ese antes que parecía haber tenido lugar siglos atrás. Cain abrió los ojos y le estuvo mirando con atención mientras lo hacía.

- Recuerdo haberte visto por primera vez, igual que ahora – confesó, a media voz. – Secándome con una toalla.

Gabriel asintió con la cabeza. No parecía azorado por lo que había sucedido, actuaba con toda naturalidad. Sólo su mirada y el tono de su voz habían variado, ahora más suaves, más cálidos.

- Me confundiste con otro – añadió Gabriel, mirándole de reojo – un tal arcángel San Miguel.

Cain esbozó una sonrisa perezosa y se acomodó contra su cuerpo, como un gato.

- Sólo me equivoqué en el nombre.

El chico se llenó los pulmones de aire, su olfato cosquilleó, sorprendido por un estímulo agradable. El lugar se había teñido de un aroma inusual: el olor del jabón, la nota chirriante del antiséptico y el perfume dulzón del semen. El olor del sexo, de la mixtura de las feromonas, combinado con las sales de baño.

- No soy ningún ángel – replicó Gabriel, frotándole los brazos con suavidad.

- Lo eres, solo que no lo recuerdas.

- ¿Y tu sí?

Cain apretó los labios.

- Sé que te conozco… de antes.

- No digas tonterías – la voz del profesor sonó tajante, a la defensiva.

Cain levantó la mirada, sorprendiendo su semblante severo y frío. “Él ha tenido la misma sensación”, comprendió. No dijo nada más. Estaba claro que el profe era de esa clase de personas a las que les cuesta aceptar las cosas, y las últimas horas debían haber sido un verdadero suplicio para él, pues habría tenido que aceptar muchas: había pasado de tener una vida normal a matar a un hombre y follar con otro. No era poco. Así que Cain se comportó como un buen chico, se dejó hacer hasta que Gabriel consideró que estaba lo bastante seco, y luego no opuso resistencia cuando le levantó en brazos, enredado en la toalla como una crisálida.

Le llevó a su cuarto, le tendió sobre las sábanas y le arropó como si fuera un crío. Un nudo de desazón le empezó a pesar a Cain en la garganta. Hubiera preferido que fuera la habitación de Gabriel, que le metiera en su propia cama. Aquello habría sido una especie de promesa silenciosa, una señal de que algo había cambiado. No se quejó.

- ¿Cómo te encuentras? – preguntó el profesor, sentado en el borde del colchón - ¿Te duele algo?

Los ojos azules le observaban, y Cain le devolvió la mirada, algo aturdido e inseguro. El cabello castaño de Gabriel, aún revuelto, y su torso desnudo con las marcas de las uñas y los dientes de Cain eran una evidencia escandalosa de lo que había sucedido entre ellos. La única en Gabriel, al parecer. ¿Se estaba comportando con naturalidad o más bien con indiferencia?.

Y “¿Te duele algo?” no era lo mismo que “¿Te he hecho daño?”, aunque sabía que era exactamente eso lo que quería decir. Pero lo había enunciado de tal manera que parecía que no hubieran estado copulando como animales apenas minutos antes. Sintió ganas de incorporarse y decírselo, repetirlo como Berenice repetía las palabras malsonantes: “Hemos estado follando, Gabriel, tú y yo, en tu cuarto de baño, apareándonos como bestias sin control, y nuestros gemidos reverberaban en tu mierda de alicatado blanco y perfecto”. Quería gritárselo a la cara y ver qué expresión componía, cómo se las apañaba para negarlo entonces. Maldito fuera, malditas sus vaguedades y terminologías que no comprometían a nada, su distancia verbal, sus murallas y su rechazo. Cain se sintió irritado. Negó con la cabeza y se dio la vuelta, mirando al techo.

- Estoy bien, sólo cansado.

El tono de su voz resultó más seco de lo que esperaba. Gabriel se le quedó mirando un rato más, como si dudase. Después asintió, se levantó y salió de la habitación, cerrando a su espalda. Cain entrecerró los ojos.

- Gilipollas – le susurró al techo.

. . .

1 de Febrero – Gabriel

El agua helada sobre su rostro le ayudó a relajar los músculos faciales y destensar la mandíbula. Se frotó con brío, como si estuviera intentando limpiarse los restos de una tela de araña. Cuando estuvo satisfecho y despabilado, alzó la mirada hacia el espejo y encontró su reflejo. Se observó detenidamente, tratando de tomar contacto otra vez consigo mismo.

No recordaba haber estado tan confuso en toda su vida. Intentaba procesar los hechos de las últimas cuarenta y ocho horas, pero su mente, incapaz de administrarlos correctamente, los envolvía en un sudario de irrealidad que hacía que todo pareciese un sueño. El agua fría había borrado en parte esa sensación, y no sabía si era peor el remedio que la enfermedad. Ahora su piel recuperaba la memoria sensorial y las imágenes de los últimos sucesos se deslizaban en un vodevil macabro por su mente: el frenético recorrido por las calles, el piso de contraluces en el que había encontrado a Caín, el ambiente denso y peligroso que se le pegaba al paladar, la estatuilla de bronce, el sonido del hueso al romperse… un viaje en taxi, la sensación de liberación, el piano. Pero todos aquellos recortes, como fotografías de un álbum desordenado, se ahogaban en la imagen de dos ojos verdes y acuosos que volvían a él una y otra vez, engullendo todo lo demás.

Cain… Cain forcejeando en aquella habitación espantosa, Cain en sus brazos, Cain en la bañera. Su sangre en el agua, la vergüenza y el sollozo que le habían tocado el alma.

Cain y sus reproches, Cain y el brillo irritado en sus pupilas, Cain y su ceño fruncido, su sonrisa, sus ojos de vidrio roto, de templos mancillados. Cain y su mirada hipnótica e hipnotizada. Cain furioso. Cain entregado, Cain estúpido, Cain caprichoso, Cain dulce y necesitado.

Cain debajo de su cuerpo.

Cain aferrado a su espalda. En sus labios, atrapando su sexo en las entrañas, Cain dentro de su boca, alrededor de su cintura, filtrándose en su piel. Cain en su sangre y en su aliento. Cain y su voz sofocada, los jadeos rotos, los estremecimientos, el goce de la carne tibia y suave, como un brote primaveral. Cain delicioso, Cain exacto y perfecto, como hecho a medida… Cain dulce y necesario.

“Estoy enfermo”, se dijo, apartando la mirada de sí mismo en el espejo. Se obligó a dejar de pensar en él antes de que el recuerdo de la experiencia hiciera despertar de nuevo aquellos deseos prohibidos.

Se frotó las manos contra el pantalón para arrancarse de las palmas el tacto de su cuerpo, pero no sirvió de mucho. Aún tenía su sabor en el paladar, el eco de sus gemidos apagados en los oídos, aún le escocían sus arañazos en la espalda. La expresión de su rostro juvenil parecía acecharle cada vez que cerraba los ojos. Su sexo había vuelto a reaccionar sólo con los recuerdos leves y la cremallera de los tejanos estaba clavándosele en la piel tensa y desnuda. Escupió una maldición, apretando el bulto naciente con un gesto frustrado, como si así fuera a conseguir que disminuyera.

- Esto es un desastre – repitió a media voz.

Bien. Lo hecho, hecho estaba. Ahora era tiempo de analizarlo con frialdad en lugar de huir como un cobarde. Se planteó darse una ducha, pero cambió de idea: la bañera todavía estaba medio llena, el agua teñida con los restos rosados de la sangre de Cain. Y la toalla fatal aún yacía en el suelo. La recogió inmediatamente y la arrojó al cesto de la ropa sucia como si quemara. Luego salió del cuarto de baño. No le parecía el mejor lugar donde analizar con frialdad lo que acababa de ocurrir precisamente allí. Se dirigió a la cocina y preparó café cargado. Se llenó una taza y se tragó la mitad a largos sorbos cuando aún estaba ardiendo y sin molestarse en añadir azúcar.

En realidad, toda aquella situación tenía un resumen bien sencillo: Había cedido a un impulso, en un principio inocente como podía ser un beso. Y se le había ido de las manos. Debería haberlo sabido, siempre le ocurría igual. ¿No era ese el motivo por el que siempre se mantenía contenido, sujetando con fuerza sus propias riendas? Cada vez que caía en la trampa de soltarlas un ápice, todo se precipitaba hasta sus más extremas consecuencias. Y qué demonios, Cain no había ayudado. Él le había pedido que le detuviera, que le frenase. Por sí solo no podía controlar el impulso despiadado, esa ansia por tomarle allí mismo con toda la potencia de su necesidad, y le había pedido ayuda. Pero en lugar de eso, el chico había tirado de él hacia sí, le había empujado al precipicio. No era culpa de Cain, desde luego, Gabriel era el único responsable. Pero una palabra suya habría sido suficiente para recuperar el control… ¿o no?. Tal vez no.

Era ridículo negar algo que se había demostrado evidente, así que tendría que aceptarlo: Jamás había sentido un deseo tan violento como el que le provocaba Cain. Nunca antes. Y aquel deseo era capaz de hacerle perder los papeles de una manera absoluta y salvaje. Por Dios, pero si le había…

Cerró los ojos y se dio otro trago de café hirviendo. El recuerdo de la carne palpitante, apretada alrededor de su sexo, estrechándole, abrazándole con el calor de un volcán, le provocó otro hormigueo violento en el estómago. Cuando volvía al momento y al lugar de los hechos, no se reconocía a sí mismo. “¿Cómo he podido llegar tan lejos? Estoy loco. Soy un psicópata y además un violador”. Después recordó que Cain no parecía estar en desacuerdo con nada de todo eso, así que lo de violador tal vez no era muy exacto. Pero en todo caso, el chico estaba herido, sensible, con la guardia baja. Siempre había tenido una profunda necesidad de afecto que Gabriel no había sabido comprender hasta ahora, y tal vez por eso había aguantado su ataque a pesar de que le había hecho daño, estaba seguro. Al terminar, había visto sangre nueva entre sus muslos. Él mismo se había manchado con su sangre.

Eso le recordó que tendría que ir a hacerse análisis. Que ambos tendrían que hacérselos. Palideció, sintiendo un cansancio terrible y repentino. Ojalá no estuvieran contagiados de nada, aunque después de lo que debía haber vivido Cain en aquel piso infernal, eso era tentar mucho a la suerte.

- No volverá a pasar – le prometió a la cafetera. – Esto ha sido un terrible error.

Un coro de asentimientos resonó en su mente agotada. “Una excelente decisión, Gabriel”.

Era lo mejor. No podía permitir otro desliz como aquél. Su vida estaba controlada, había conseguido contenerla y dirigirla adecuadamente, y Cain también estaba dirigiendo la suya. Era lo mejor para los dos. Él tenía el trabajo en la universidad, tenía a Sara, tenía la música. Todo estaba equilibrado, todo estaba bien. No debía salir de aquellos espacios seguros que se había marcado, y para ello, había que cerrar este capítulo cuanto antes. Y eso es lo que pensaba hacer.

No hablaría del tema. Seguiría comportándose con el chico como si nada hubiera ocurrido, y con el tiempo, seguramente los dos lo olvidarían. En todo caso, lo más probable es que él también se arrepintiera: le había parecido ver un poso de amargura en su voz y en su semblante cuando le había dejado en su habitación… como si estuviera enfadado con él. Y no podía decir que no tuviera motivos, después de lo que le había hecho, aprovechándose de su debilidad en aquellos momentos tan difíciles…

Sí. Eso tenía sentido.

Una oleada de alivio se extendió en su corazón, y al disiparse el último nudo que le mantenía tenso, se dio cuenta de que estaba extenuado. Dejó la taza en la encimera y caminó descalzo hasta su habitación, cerró la puerta a su espalda y se desnudó, dejando los vaqueros en el suelo de cualquier manera. Luego se metió entre las sábanas, con un suspiro de alivio y satisfacción. Cerró los ojos.

Y al hacerlo, volvió a sentir el susurro de la piel húmeda contra la suya, volvió a ver su mirada cristalina, regresó el aliento cálido en sus labios, los gemidos apagados, la expresión de su rostro mientras…

- Joder – gruñó, abriendo los párpados y pasándose las manos por la cara.

Miró al techo con indignación. Un latido entre sus piernas le alarmó, y levantó las sábanas, mirando bajo ellas. Arqueó las cejas con incredulidad al ver la reacción que habían provocado aquellos pensamientos incontrolables en su cuerpo.

- Venga ya… no puede ser. Otra vez no.

Resopló, dejando caer la cabeza sobre la almohada. Resignado, abrió el cajón de la mesita y, a tientas, se hizo con un paquete de pañuelos de papel. Tenía que solucionar aquello para poder dormir tranquilo. Y no le costó encontrar en sus recuerdos la inspiración necesaria para solucionarlo unas cuantas veces, antes de caer rendido en brazos de un sueño reparador.

. . .

©Hendelie

Flores de Asfalto: El Despertar - XII

Diques rotos


1 de Febrero – Gabriel

A partir de cierto momento en su vida, Gabriel había tenido muy presentes las cosas que se suponen. Cuando todo dejó de tener sentido, cuando la cordura parecía sostenerse a duras penas, aprendió a aferrarse a esas cosas.

Lo que se supone. Lo que se supone son las convenciones sociales. Cuando uno no está muy seguro de querer cumplirlas, de ajustarse a esos cánones, las enuncia así: “Se supone que tengo que hacer esto”, o “debería hacer aquello”.

Se supone que un hombre, para ser feliz y normal, debe cumplir una serie de condiciones, a saber: Un trabajo que le realice moderadamente. Un buen lugar donde vivir. Una pareja que colme sus necesidades emocionales y fisiológicas. Unas relaciones sociales saludables. Hacer ejercicio, llevar una vida sana y tener independencia económica.

Se supone que un hombre, a partir de los treinta años, comienza a plantearse una serie de objetivos que se consideran “maduros”. Formar una familia, mudarse al extrarradio, comprarse un coche mejor, ascender en el trabajo, abrirse un plan de pensiones.

Eso era lo habitual. Eso era lo que se esperaba. Aferrándose a esos parámetros que se repetían una y otra vez a su alrededor, en las vidas de otros, Gabriel había intentado encajar en la normalidad. Había embutido su vida en esas premisas. Se había esforzado. Se había esforzado mucho, no sólo por el deseo de sentirse parte del mundo, aunque tuviera visiones, sueños que no podía explicar y premoniciones que nadie más tenía. No solo por el deseo de parecerse a los demás: también por su propio bien.

Había buscado una casa pequeña pero luminosa. Había comprado muebles neutros, y la mantenía recogida y ordenada. Era una casa que le permitía conservar la calma, mantener el equilibrio interior, contener esa violencia, ese fuego arrebatado que se le prendía por dentro si perdía el control. Era una casa lo suficientemente equilibrada para que toda idea de lo sobrenatural quedara desterrada de inmediato a la luz de una lámpara fluorescente o ante la sola imagen de un lector de dvd. La tecnología, de alguna manera, parecía negar lo sobrenatural, como si en una misma realidad, ambas cosas no pudieran convivir.

Su estilo de vida al completo estaba enfocado a permanecer en ese estado de sosiego, casi de letargo, a evitar que despertase la llama que tenía dentro y a negar toda experiencia o sensación premonitoria o inquietante, que no pudiera explicarse. Había organizado toda su vida a tal efecto, para desterrar de ella la violencia instintiva y las experiencias extrañas.

 Y sin embargo, mientras abría la puerta del apartamento a duras penas, con el chico en brazos, entrando y saliendo de la inconsciencia, se sentía más liberado y más relajado que nunca.

Se supone que un hombre feliz y normal no tiene esa clase de emociones después de haber encontrado a una persona perdida guiándose por un pálpito interior. Y mucho menos, después de haber matado a otro. Aunque sea un cabrón como Lieren. Se supone que uno debe estar en estado de shock, o sentirse terriblemente mal, o terriblemente bien si eres un loco o un psicópata… aunque para ser sinceros, Gabriel no sabía exactamente cómo se comportaba un psicópata. A lo mejor, exactamente como él.

Pero ni siquiera encontrarse con ese pensamiento en su cabeza le perturbaba en esos momentos gloriosos, en los que el Universo entero parecía haberse situado exactamente donde debía estar. La conciencia de haber hecho lo correcto resplandecía firmemente en su interior. Se sentía bien, porque había realizado un acto esencialmente bueno. El hecho de saber que Lieren era otra persona, otro ser humano, un semejante, no le hacía cambiar de parecer. Persona, ser humano, quizá. Pero un semejante, de ninguna manera.

¿Y en qué estribaba la diferencia?, se preguntaba a sí mismo. Y a sí mismo se respondía: Lieren era Malo. Era Malo y tenía que ser exterminado, como todo lo Malo que no puede dejar de ser Malo y nunca dejará de ser Malo, irredimible e irredento. Que Lieren hubiera dejado de existir era Bueno. Bueno Para Todos.

Y eso le hacía sentirse pleno.

Cuando cruzó el umbral, ya había amanecido.

Cain se le había dormido en los brazos. Tenía marcas de golpes en el rostro y llevaba la ropa puesta de cualquier manera. Apartó los ojos de la curva de su mejilla amoratada, de los mechones de cabello apelmazados y sucios.

El chico necesitaba un baño. Un baño, yodo y compañía agradable. Una madre le vendría bien en este momento, con toda seguridad.

Sin embargo, lo que hizo fue tenderle con cuidado en el sofá y cubrirle con la manta. Luego se sentó frente al piano, agotado pero con esa lucidez clara y serena que despunta una vez se ha rebasado la barrera del cansancio.

A través de la ventana, la ciudad se cubría con el resplandor dorado y ligero de los primeros rayos de sol. Los contempló, sobre el suelo, avanzando como una caricia. Treparon al sofá y tocaron los dedos de Cain, que asomaban, blancos, debajo de la manta.

Entonces empezó a escucharla. Dentro de él. La música.

Al principio muy suave, lejana, como el recuerdo de un sueño antiguo. Un murmullo de armonía aún secreta, de contrapunto callado. Era el rumor del mar en la lejanía, el arrullo confuso del viento en las hojas.

Parpadeó, reteniendo la respiración, y rebuscó sobre la tapa del piano las hojas de papel pautado y el lápiz. Una emoción dorada como aquel amanecer le temblaba en el pecho, se desenvolvía lentamente.

El sol tocó el rostro de porcelana de Cain, dibujó la silueta de su nariz, le besó las pestañas. Gabriel apartó la vista, la fijó en las teclas y aguardó, aguardó, con el aliento detenido y el corazón retumbando, el pulso precipitado en las venas. En el silencio sepulcral de su interior, la sinfonía cobraba forma, desvelándose al fin.

Siempre había estado allí.

Como si se tratase de una señal, Cain suspiró y se removió debajo de la manta. Gabriel empezó a tocar entonces, con las mismas manos que habían aplastado el cráneo del albino. Deslizó los dedos sobre las teclas, acariciándolas con ternura. Y la dejó salir.


. . .


1 de Febrero – Cain

Un goteo de estrellas de plata le acompañó en el despertar. El sol le acariciaba las mejillas, estaba en el sofá, tapado con una manta, y el piano estaba sonando.

“Ha sido una pesadilla”, pensó al principio. Pero entonces sintió el dolor, y supo que no lo había soñado. Le dolía la cabeza, las costillas, las piernas, los brazos. Le dolía por dentro y entre las piernas, le dolía la garganta, le dolían los ojos y el vientre. Le dolía la espalda y el pecho.

“Estoy muerto”, pensó luego. Pero se suponía que en la muerte no había dolor, así pues…

“Estoy soñando, entonces”. Sí, eso tenía más sentido. Lieren le habría cortado la cara, le habría vuelto a inyectar opio, heroína, o patatas fritas con mayonesa, a saber… y ahora estaba soñando, o alucinando. Al menos era una alucinación hermosa.

“Pero…un momento. El piano es real. Y esta casa es real, siempre lo han sido. Si estoy teniendo un espejismo con esto… ¿cómo sabré entonces qué es auténtico y qué no?”

Entonces recordó. Y al recordar, volvieron a llenársele los ojos con lágrimas de alivio, se arrebujó en silencio bajo la manta y escuchó aquella música maravillosa.

El piano dibujaba pinceladas, trazaba formas y colores, le mostraba imágenes vívidas que podía sentir directamente en el corazón. El goteo de estrellas se convirtió en lluvia, lluvia cálida sobre un bosque. Los arpegios ascendentes vibraron, aumentando la intensidad de aquella ola lenta que se iba alzando poco a poco. Y el sol se alzó también en la melodía, un amanecer glorioso que arrancó de la oscuridad al bosque, desvelando sus tesoros: ríos cuajados de diamantes bajo sus rayos, hojas de esmeralda y jade, agitándose como pendones bajo la brisa, un cielo azul de espuma y algodón… y la vida, desde su más reducido estado a la forma más compleja, la vida en las briznas de hierba, en la tierra fértil. En las lombrices del barro y los microscópicos insectos de los árboles, en las musarañas y los ratones, en las hormigas y las arañas, en las culebras, en los gorriones y los petirrojos, en las ardillas y los mirlos, en el águila que surcaba el firmamento con las alas extendidas, dejando oír su grito.

Las lágrimas le arrasaron las mejillas, se estremeció debajo del cobertor. Podía escuchar, aunque no estuvieran sonando, las voces blancas que se unían en un coro a aquella música fantástica. Eran cantos de alabanza a Dios, a los Dioses, a un dios único y multiforme, esa divinidad de fuego y aire que yacía en el corazón de cada átomo, de cada galaxia, cuyo rostro eran las hojas y el lodo, la sonrisa y el llanto, el ser humano y la roca inerte. Era un canto de gloria y de esperanza, de júbilo indescriptible y gratitud.

Apartó la manta y se irguió, limpiándose las mejillas con las manos, buscando con la mirada al profesor. Sus manos se movían con rapidez y precisión sobre las teclas. Tenía el ceño fruncido y un fulgor intenso en los ojos azules. El cabello le caía sobre la frente y le tapaba la cara de vez en cuando, al moverse hacia delante mientras hundía el pie en el pedal o buscaba las teclas más apartadas con todo su cuerpo.

Y entonces, de repente, la música se detuvo.

Gabriel se había detenido, jadeando y con los dedos crispados sobre las teclas. Las miraba, agitado, como si buscara algo.

- No… no, no, no te vayas, notevayas notevayas, ¡NO! – exclamó, y aporreó el teclado con ambos puños. - ¡Mierda! – otro golpe - ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Casi lo tenía!

Cain cerró la boca. La había abierto en algún momento. Se quedó mirando cómo el profesor garabateaba apresuradamente sobre el papel pautado, transcribiendo lo que acababa de tocar. Frunció el ceño y apoyó la barbilla en el respaldo del sofá.

Estaba en casa. Se había salvado. Estaba en casa.

Y no sabía cómo enfrentarse a eso.

De momento, el cansancio y el alivio eran más poderosos que la vergüenza… pero sabía que llegarían, antes o después: La vergüenza, la indignidad, el autodesprecio. Había vuelto a hacerlo, había regresado a aquellos abismos en un momento de debilidad, y todo para ser rescatado. Ni siquiera había sido capaz de liberarse por sí mismo. Y además…

“Dios mío”.

Se tapó la boca con las dos manos y le sobrevino una náusea. Se escurrió de nuevo hacia los cojines del sofá y se tapó con la manta hasta las orejas, controlando la respiración y las ganas de vomitar. Lieren estaba muerto. Había escuchado su cráneo romperse, había visto la sangre que empapaba el colchón.

“Dios mío”.

Su cerebro encadenó los procesos. Muerto, sangre, policía, preguntas, él, Gabriel, el juicio, el arma, las huellas, homicidio, la cárcel. “Testificaré, diré que fue en defensa propia. Eso no puede pasar. Eso no puede suceder, maldita sea, profe…”

- ¡Maldita sea!

Gabriel dejó de escribir y le miró, sorprendido al escucharle.

Cain apartó la manta y se levantó de un salto. Dio un grito y se le doblaron las rodillas, pero los brazos del profe ya estaban ahí para sostenerle, y los ojos azules, vibrantes, con esa nueva llama que bailaba dentro, le observaban con preocupación.

- Cuidado. No puedes andar aún.

Le ayudó a sentarse en el suelo. En la cercanía, su olor a sándalo y madera volvió a abrazarle con calidez.

- Tenemos que volver – le instó, aferrándose a su camiseta.

- ¿Volver? Te has vuelto loco.

- Hay que eliminar las pruebas. Has matado a Lieren, estúpido. ¿Cómo se te ha ocurrido? ¿En qué estabas pensando? ¡Cómo has podido!

Gabriel frunció el ceño, pero  no le soltó, aunque los dedos se crisparon alrededor de los brazos del muchacho. Su voz no perdió ni un ápice de sosiego cuando le respondió.

- No me hagas reproches.

- ¿Qué? – Cain meneó la cabeza, incrédulo - ¡Has matado a un hombre, Gabriel!

- ¿Y qué pasa con eso? ¿Qué es lo que te preocupa, que haya matado al albino o las pruebas?

- ¡Las dos cosas! – exclamó, tirándole de la ropa - ¿Qué te pasa? ¿Es que has perdido la cabeza?

Gabriel pareció meditarlo.

- Es posible. Pero eso tampoco es importante ahora. Tenemos que ver tus heridas.

Se le quedó mirando, sin entender nada. A lo mejor estaba en estado de shock. Si, tenía que ser eso. Gabriel no entendía muy bien lo que había ocurrido, su mente no había procesado los hechos… cuando volviera en sí lo pasaría realmente mal. Se relajó y le contempló detenidamente, mientras su ánimo se apaciguaba y se enternecía su corazón.

- Vale – admitió, finalmente. - ¿Tu estás bien?

Gabriel asintió, apartándole el cabello del rostro. Estaba muy cerca, contemplándole con intensidad. Podía sentir su aliento cálido que se desvanecía, casi rozándole, a pocos milímetros de sí. Quería olerle el pelo y tocarle el cuello. Quería besar los pómulos, las mejillas y el mentón cubierto por un rastro de barba castaña. Le miró los labios.

Gabriel, que parecía ensimismado con los ojos fijos en él, volvió en sí y se levantó, rodeándole con el brazo para cargarle como si fuera un niño. Cain hubiera deseado rodearle el cuello con los brazos, pero ya no era el momento. Ahora no tenía excusas, así que se dejó llevar, fingiéndose más aletargado de lo que en realidad estaba.

. . .

Gabriel:


Aún no podía apartar de su cabeza la armonía. La música le había visitado y después se había marchado. Esa dama esquiva, de vestido blanco, que desaparecía tras las esquinas dejando a su paso únicamente un jirón de tela blanca, el recuerdo del sabor dulce en el paladar y deseo de más. Aquel despertar no completado, aquel coitus interruptus, habría sido motivo de una terrible frustración si Cain no hubiera despertado.

Ahora ni siquiera la música era tan importante. Sólo quería sanarle.

Había vuelto a apoyar la cabeza en su hombro, mientras le llevaba hacia el cuarto de baño. Su cuerpo aún no había terminado de metabolizar los estupefacientes y aún estaba aturdido y débil. Gabriel sabía que no iba a ser un trago fácil, contemplar las marcas de la violencia sobre aquel chico tan raro, tan gilipollas a veces – había que admitirlo -, pero también tan especial. Imaginaba que tampoco sería fácil para él. Por eso, después de atravesar el umbral, dejó al chico dentro de la bañera, con la ropa y todo.

Los ojos verdes parpadearon y le observaron. Él se había quedado arrodillado al borde de la bañera, dudando. No sabía por qué dudaba. No estaba seguro de si era pudor, miedo, ambas cosas o ninguna de ellas. Finalmente, dejó de pensar en tonterías y empezó a quitarle las botas, que ni siquiera habían abrochado en su rápida huída. Al fin y al cabo, le había encontrado desnudo en casa de aquel hijo de puta. Y además, el día que le subió a su casa le había quitado la ropa también. Era absurdo sentirse raro por ello.

Los ojos verdes seguían cada uno de sus movimientos, muy abiertos, sorprendidos.

Tragó saliva.

Ambos estaban en silencio. El eco de sus respiraciones reverberaba en las paredes de baldosines, como si estuvieran en una catedral.


. . .


Cain:

El corazón le dio un salto en el pecho. Gabriel le estaba quitando la ropa. ¿Por qué tenía esa expresión tan trágica?. Estaba muy serio, con el ceño fruncido y ese brillo en la mirada… parecía un poco enfadado y un poco apenado. Más lo segundo que lo primero. Pero no decía nada.

Observó sus manos, mientras le tomaba del brazo con una delicadeza imposible para pasarlo por la manga de la camiseta. Luego hizo lo mismo con el otro y después tiró de la tela. Cain dejó de ver por un momento, mientras la prenda pasaba por delante de su rostro y el tejido susurraba contra su piel.

Cuando quedó desnudo de cintura para arriba, se abrazó a sí mismo, apartando los ojos por primera vez. No sabía de qué quería ocultarse, por qué quería cubrirse. Agachó la cabeza.

Hola, humillación. Sabía que vendrías.

. . .

Gabriel:

El resplandor en los ojos del chico se volvió amargo. Cruzó los brazos sobre su pecho, escondiendo las marcas de dientes, los arañazos y algunos cardenales. No importaba, nunca podría taparlos todos. Tenía señales de violencia en las muñecas, el surco oscurecido de alguna clase de atadura. Algunos pequeños cortes ya se habían secado en su hombro.

“Ojalá estuviera vivo, para matarle otra vez”.

Le desabrochó el pantalón y le pasó un brazo por la espalda para incorporarle un poco y poder sacarlo. Intentó no mirar. Solo vio una suave sombra de vello oscuro, una silueta rosada y después el rastro de sangre seca que le dibujaba un camino entre los muslos.

“Ojalá estuviera vivo para matarle dos veces más”.

Cain cerró las piernas y se inclinó hacia un lado, haciéndose un ovillo en la bañera.

- Vete.

Su voz era un hilo tenue y ahogado, menos que un susurro.

“Se está escondiendo de mí”.

Su corazón se había herido muchas veces. Había perdido a gente querida. Pero no recordaba haber sentido nunca antes tanta ira hacia el mundo como en aquel momento, al ver al chaval que se encogía en su bañera, enroscándose sobre sí mismo lentamente, como una oruga muerta. Apretó los dientes.

- No puedo hacer eso – respondió.

Puso el tapón y abrió los grifos. El agua templada mojó los pies del joven.


. . .


Cain:

Las lágrimas volvían a deslizarse por sus mejillas. Se sentía pequeño, insignificante, sucio y sin valor. Gabriel le trataba como si fuera de porcelana, como si fuera algo a lo que cuidar… y eso sólo le hacía sentir peor. Desmerecedor de tales atenciones. Más sucio, más insignificante, más pequeño.

El agua tibia estaba cubriéndole las piernas mientras los sollozos se empujaban en su garganta. Al contacto con ella, las heridas, aún tiernas, volvieron a escocer. Emitió un quejido leve y volvió a insistir.

- Por favor, vete.

Estar así era patético y horrible. No podía ser más vulnerable de lo que era en aquel momento. Tenía el cuerpo desnudo y el alma desollada, de manera que hasta la caricia más cálida, el afecto más sincero, le provocaban un espantoso dolor.

- No puedo hacer eso… no me lo pidas más – respondió de nuevo el profe, con aquel murmullo contenido.

- ¿Por qué eres tan cruel? – sollozó, en voz baja, suplicando sin dignidad ninguna. Qué mas daba ya. Ni siquiera quería tocar las paredes con el eco de su voz - ¿Es que no ves que me quema la vergüenza?

El agua le llegaba ya a la cintura. Escuchó el chapoteo de algo que se sumergía y luego las gotas escurriéndose cuando salía. El roce blando y rugoso de una esponja se posó sobre su hombro.

- La vergüenza no tiene lugar en esto. Pero si tiene que estar aquí, contigo, entonces estará conmigo también, porque no voy a marcharme.

Las palabras de Gabriel fueron más de lo que podía soportar.

Rompió a llorar, cubriéndose la cara con los puños. El agua se tiñó de rosa con los restos de sangre y las hemorragias renacidas. La esponja húmeda se deslizó por su espalda, unas manos grandes y precisas recogieron el agua para derramarla sobre su cabeza como en un bautismo.

Sabía que estaba muriéndose en aquella bañera. Pero necesitaba morir para volver a nacer.

. . .

Gabriel:

Restañó cada una de sus heridas. Le lavó los brazos y las piernas, los pies y los dedos de las manos. Le limpió de lágrimas el rostro una y otra vez, hasta que las lágrimas cesaron. Hizo espuma en su cabello y escurrió las manos sobre su cuerpo resbaladizo.

Cain se dejó hacer. Cuando empezó a enjabonarle, los ojos verdes volvieron a mirarle, quebrados como los cristales de una vidriera. No había ningún muro ya que le impidiera ver en ellos su herencia de dolor y de amargura.

Cuando el chico se arrojó a él, extendiendo los brazos para enredarlos en su cuello, fue casi un alivio. El agua se balanceó con su movimiento, salpicó la camiseta de Gabriel, se derramó sobre el suelo.

- No voy a poder soportarlo más – confesó Cain, entre las lágrimas, hablándole al oído con una voz que apenas le salía del cuerpo. Estaba aferrado a su cuello con desesperación. – Si vuelvo a caer… si dejo que pase otra vez…no podré soportarlo, Gabriel, no podré, me romperá, lo sé, lo sé…

Le estrechó contra sí, inclinándose sobre el borde de la bañera. Le peinó los cabellos mojados con los dedos.

- No pasará más… - Promesas otra vez. Días antes, le había dicho que todo iría bien, y después le había rechazado de su lado. El recuerdo le provocó una  punzada de amargura – No volveré a fallarte. Ya no.

- Lo siento – dijo Cain.

- Lo siento – repitió él. Le tembló la voz. – Lo siento. Lo siento. Lo sien…

Un roce suave sobre sus labios le interrumpió. Percibió el sabor salado de las lágrimas, el olor del jabón y la delicada textura de una boca que se cerraba sobre la suya, como una pinza de terciopelo en su labio superior.

Se quedó muy quieto, pillado por sorpresa. Luego, un relámpago le recorrió la espalda y se quedó suspendido de un hilo en aquel instante increíble.

El chico le estaba besando.

La sensación de aquel beso era tan vívida que toda la realidad parecía haberse concentrado en él.

“Tranquilo. No hagas nada precipitado, o puedes romper cosas que no tengan arreglo”.

Cerró los ojos y decidió apartarse con delicadeza de sus labios sin dejar de abrazarle. Cain necesitaba consuelo, no otro gesto que pudiera interpretar como rechazo.

Mientras decidía, vio en su mente con claridad cómo ejecutaba las acciones y cómo transcurrían los hechos.

Y mientras lo veía, sus manos se habían crispado y sus labios se estaban abriendo, respondiendo a la caricia con un tacto sobrio y refrenado.

El chico exhaló el aire entre los dientes en un soplo, sobresaltado al percibir su respuesta. Luego, sus labios presionaron un poco más, y su respiración superficial murió dentro de su boca.

“¿Qué demonios estoy haciendo?”

Gabriel sintió otro escalofrío, una descarga eléctrica, cuando la lengua de Cain le tocó. Le tenía sujeto por los brazos y seguramente le estaba haciendo daño de tanto como había crispado los dedos. Los aflojó lentamente, al tiempo que se estrechaba contra él, adaptándose a ese beso y deslizando una caricia húmeda sobre la lengua del chico para responder a su tímida incursión.

Gabriel nunca había besado a ningún hombre. Inconscientemente, comparaba la sensación con las experiencias que había tenido con las chicas. Era distinta, pero no desagradable. Además, le gustaba el sabor de Cain, que era dulce y un poco picante, como la menta.

La respiración de Cain se aceleró. Estaba temblando.

Gabriel dejó de resistirse. Le estrechó entre sus brazos y tomó aire profundamente, hundiéndose en sus labios y convirtiendo el beso sutil y explorador en un dique abierto de pasión reprimida. Se abandonó, y con ese gesto, mandó al infierno a las voces silenciosas que llevaban un tiempo acompañándole y que ahora se habían puesto a gritar. Aquellas que, desde hacía días, habían estado susurrándole sin palabras que lo que ahora estaba haciendo estaba mal.

. . .

Cain:

Hacía rato que no podía pensar en nada. Solo quería que aquel momento no acabara nunca.

“Dios mío, le estoy besando… y él a mí”.

. . .

Gabriel:

Se supone que un hombre normal no hace estas cosas.

Pero Gabriel ya no tenía ganas de engañarse. No después de haber matado a un tío con una escultura china, que en sus manos había creído percibir como una espada de fuego.

Él no era un hombre normal. Y ahora que había asumido eso, iba a besar a Cain hasta que al chico le pareciera bastante.



. . .

©Hendelie

Flores de Asfalto: El Despertar - XI

Salvación y perdón


30 – 31 de Enero : Cain


“No es real”

Como en una caída libre e infinita, descendía. Con el aire bajo su cuerpo y sobre su cuerpo. Vacío, vacío todo alrededor, sólo él y la gravedad danzando juntos en aquella madriguera estéril. Los fragmentos de su conciencia habían quedado reducidos a cenizas revoloteantes, a los restos de un incendio. Atrapaba algunos jirones al vuelo, inconexos. Algunos, perturbadores. Uno de ellos le recordó a algo que había leído. Lo escuchó, recitándose en su cabeza, con una voz profunda y dulce. Voz de padre, de sacerdote:

“O el pozo era en verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a suceder después...”

Intentó mirar alrededor en su particular persecución del conejo blanco, pero no veía más que oscuridad. Podía sentir la presión sobre su mente, sobre su alma. Sepultado en un océano frío y negro, en el lecho submarino de la inconsciencia, al borde de cruzar la línea que le separaría para siempre de…

¿De qué? ¿De la realidad?

“Pero no es real”

Se forzó a patalear. Intentó mirar hacia arriba (si es que había arriba, ¿y dónde estaba abajo?), sacudió las manos y se impulsó. Aunque no fuera real, no quería quedarse para siempre yaciendo en aquellas profundas simas, con los restos de sus recuerdos, sus fantasías y sus delirios representándose ante sus ojos en un frenético vodevil. Nadar, nadar hacia la superficie, pero el agua es tan espesa… tan espesa…

Le cuesta moverse en el fango, pero lo consigue. Un párpado abierto, al fin, pesado, irritado. Escuecen los ojos, un rayo de luz blanca los atraviesa. Quema, abrasa. ¿Será así cuando uno nace?

Duele. Todo y nada, algo está doliendo. Los pulmones al respirar, la garganta, que parece anudada con un alambre de espinos. Duelen las entrañas, heridas y distendidas, duele el sexo, irritado, duele el vientre. Los músculos duelen, trabados de tensión, y duele la cabeza, que es como un estruendo y un avispero, como una tormenta y un yunque. Pero por encima de todo, duele el brazo
.


Las sensaciones de aquel despertar abrupto se mezclaron con los recuerdos a medida que conseguía volver a la vigilia. Eran recuerdos que nunca deseaba volver a visitar pero que le perseguían siempre. Cada vez que el peligro y la inquietud revoloteaban sobre su cabeza, aquel pasado volvía a él sin que pudiera huir, asaltándole desde las esquinas del subconsciente como un atracador nocturno.

Una casa de clase media, un lienzo pintado, un marco ornamentado.

Recordaba la luz, sobre todas las cosas. Cain siempre había tenido una memoria muy afinada para los ambientes y las iluminaciones. En su memoria, la luz era amarillenta entonces, cálida, como resplandor de fuego. Esa luminosidad arrancaba tonos fantásticos al cuadro del ángel, avivaba sus colores, despertaba matices ricos y vibrantes en los rojos, los ocres y los anaranjados. El cabello del ángel parecía miel caliente. Su piel, crema de leche. Se imaginaba sus manos de barro, sólidas, firmes. Por aquel entonces había deseado desesperadamente que una de ellas saliera del lienzo y le apresara los dedos, que tirase de él hacia adentro y le rescatara de su infierno personal.

Se recordaba rezando las oraciones que había aprendido, siendo muy niño, de una mujer entrada en años que olía a naftalina. Se recordaba intentando murmurar las plegarias en el orden correcto, aferrado al borde del aparador, mirando aquel cuadro.

Su alma gritaba, pidiendo ayuda. Al otro lado del cristal, nadie respondió.

A mitad de la letanía, los pasos se acercaban a su espalda. Una mano suave y ancha se apoyaba en su hombro, y no era la del ángel. Él siempre lo sabía. El perfume de la colonia del hombre le llenaba las fosas nasales. Su voz, envolvente y suave, apacible y adulta, le saludaba como debe saludar un padre a un hijo. Había algo en el modo en que se estrechaban los dedos en su hombro que le provocaba repulsión. No era lo más repulsivo, no, desde luego. Todo lo peor venía después de eso. Pero ese gesto inicial, tan terriblemente cotidiano, era el preludio de su calvario particular.

Cerró los ojos con fuerza, apartando el resto de recuerdos de sí. Sabía lo que venía después. No quería volver a eso. Bastante angustia le provocaba aquel despertar, costoso como un nacimiento, como para agravarla volviendo a esos días.

Palpó con la mano, intentando tocarse el brazo que le dolía tanto. Encontró algo húmedo y pegajoso recubriéndole la parte interior del codo.

No necesitaba comprobarlo. Sabía que era sangre.



. . .



30 – 31 de Enero: Gabriel


Salir fuera de nuevo fue un alivio.

No soportaba aquella música estridente. No tenía nada en contra de la música moderna, pero no era capaz de hallar un motivo que justificara ese volumen excesivo, que parecía destinado a hacer reventar los tímpanos. Se sacudió el abrigo de cuero y miró alrededor, en busca de la siguiente calle, del siguiente bar.

El asfalto estaba mojado. Las luces de las farolas eran como racimos de uvas fosfóricas agrupadas al otro lado de la acera. Había charcos en la calzada. Miró hacia arriba y descubrió las nubes espesas y turbias, arremolinándose por encima de los altos edificios.

- Tío, ¿tienes papel?

Se giró. Miró al tipo que le hablaba: joven, ojos vidriosos, pelo verde peinado hacia un lado, maquillaje.

- No. ¿Conoces a un chaval que se llama Cain?

El tipo del pelo verde se echó a reír.

- Aquí todos somos Cain, tronco – le dijo, ofreciéndole un cigarro. – Dios reniega de nosotros, no le gustamos una mierda. Nos ha dado la espalda y nos ha mandado a buscarnos la vida solitos.

Gabriel aceptó el tabaco, haciéndole un gesto de agradecimiento con la cabeza. El mechero del chico de pelo verde destelló en la oscuridad.

- ¿Por matar a vuestros hermanos? – preguntó Gabriel, mirando alrededor.

La gente entraba y salía de los locales. Era una calle estrecha, maloliente, con antros bajos y escaleras descendentes que conducían a sótanos exteriores. Sobre las puertas, luminosos rojos y azules indicaban los nombres: Hedonie, Voltaje, Biohazard, La Caverna, Gamma, Ultravox. En los rincones negros, donde la iluminación de las farolas no le daba alcance, la suciedad se acumulaba, escondiéndose de la luz para conspirar.

- Eso es un cuento. Cain no mató al hermano, tronco. Es todo un cuento chino de la Iglesia para justificar la opresión del Estado sobre los que quieren apartarse del camino para borregos que nos trazan.

Gabriel asintió distraídamente, mientras contemplaba a la concurrencia. Había gente joven por todas partes, con el pelo oscuro o teñido de colores chillones, vestidos de negro. Se amontonaban como bolsas de basura y al lado de éstas: unos fumando con aire ausente, otros calentando plata con mecheros viejos. Otros intercambiando dinero por papelinas, por hachís, por pastillas, por una mano sobre su mano y un paseo hacia un lugar más íntimo.

Gabriel apretó los dientes, expulsando el humo de la primera calada por la nariz. Hacía años que no fumaba. Miró al chico del pelo verde, que seguía ahí plantado, como esperando que él respondiera a su despliegue de sabiduría popular.

- Estoy buscando a un chico moreno, con los ojos verdes – volvió al tema que le interesaba. No tenía tiempo de filosofar sobre historia bíblica - Tiene el flequillo largo y mide un metro sesenta y siete. Piel muy blanca, ojos rasgados. Se llama David, pero le conocen por Cain.

El chaval negó con la cabeza.

- Ni idea, tío.

Ni siquiera se decepcionó. No había recibido otra respuesta en toda la noche.

- Vale. Gracias por el cigarrillo.

Se dio la vuelta y se dispuso a bajar los siguientes escalones, a entrar en el siguiente tugurio y a hacer las preguntas de rigor que nadie le contestaría. No le importaba. No estaba cansado. Y no pensaba cansarse, no hasta haberle encontrado.

- Eh.

Gabriel volvió la mirada hacia atrás. El del pelo verde le saludó con la mano.

- Que tengas suerte.

- Gracias.

Abrió la puerta del Biohazard y se adentró a través de las hipnóticas luces, de los cuerpos apretados y el olor a tabaco, alcohol y perfume barato. Maldijo la música estridente una vez más.


. . .


30 – 31 de Enero: Cain


Se había envuelto el brazo con la sábana para detener la hemorragia, mientras esperaba a que el mundo se asentase. La habitación era un tiovivo. Todo daba vueltas. Tenía náuseas y un dolor pulsante en las sienes, pero al menos, había sido capaz de despertarse. “Quizá sería mejor para mi seguir dormido”, pensó, tratando de enfocar la vista. Una lamparilla roja estaba encendida. Se desdobló, luego se dividió en cuatro. Por último se puso a girar lentamente, en sentido inverso al del resto del espacio. Las máscaras chinas de las paredes también daban vueltas. Parecían estar mirándole fijamente.

No supo si fue aquella feria terrorífica la que aminoró el ritmo o sus ojos los que se acostumbraron, pero al final fue capaz de encontrar una cierta estabilidad en aquel caos. Miró a ambos lados: estaba solo en la habitación.

Ese descubrimiento le alivió, aunque no sabía por qué. Siempre era un alivio no encontrar a nadie en el cuarto en el que uno se despertaba después de haberse puesto hasta las cejas.

Trató de incorporarse, pero descubrió que no podía. Aunque tenía movilidad en las manos, el resto de su cuerpo parecía no responder correctamente. Apenas fue capaz de doblar una rodilla y luego la pierna cayó a un lado, inerte y laxa.

“Mierda”

Abrió los labios resecos para intentar llamar a alguien, pero de su boca solo salió un patético gemido. Luego una tos. ¿Cuánto tiempo llevaba sin beber agua? ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente, hundido por la fuerza en aquel pantano ciego al que los estupefacientes le arrastraban?

El sonido de la puerta al abrirse retumbó en sus oídos, distorsionado y terrible. Una figura blanquecina, casi fantasmal, entró en la habitación, seguida de otra: Un hombre alto, de pelo negro y tez tostada, con los ojos amarillos; ojos de gato. Las paredes habían dejado de bailar. Ahora comenzaron a derretirse, goteando como el queso fundido.

“Las drogas, otra vez. No es real.”

- ¿Está herido? – dijo alguien. Una voz con acento extranjero.

“Herido, herido, herido…”, repitió el eco retorcido de su alucinación.

- Se ha abierto un poco la vena con una jeringuilla. Pero no es nada.

“Nada, nada, nada…”

“Yo no me he abierto ninguna vena”. Escuchó su propio susurro, en su cabeza. Su voz le hablaba a sí mismo, pero se negaba a salir de ahí. Estaba encerrada dentro de él. Intentó protestar de nuevo, sin éxito.

- Quinientos me parece mucho. Está drogado. Ni siquiera va a oponer resistencia.

Cain hundió los dedos en el colchón. Aferró las sábanas. Intentó enfocar la mirada en Lieren. Sabía que era Lieren, aquel espectro blanquecino.

- Tú mírale a los ojos mientras le follas. Hazme caso. Si no te satisface, te devuelvo la mitad cuando termines.

“Termines, termines, termines”

Sabía que era Lieren el hijo de perra que le estaba vendiendo. El maldito que le había drogado. El cabrón despreciable que le había esclavizado con la culpa y con malas artes, manipuladoras y engañosas.

El moreno sacó un fajo de billetes y empezó a contarlos, mientras Lieren los cogía, uno a uno.

Cain arañó el colchón. Buscó con la mano, entre las sábanas, a la desesperada.

Recordó de nuevo la mano del hombre trajeado sobre su hombro, en aquella casa de clase media, tan normal, tan cotidiana, tan perfecta. El cuadro del ángel que nunca escuchaba su plegaria. Recordó los detalles: la habitación infantil en la que dormía, el oso de peluche que contemplaba atento desde la estantería, con la sonrisa perpetua. Un oso sonriente. Un cuerpo caliente y sudoroso sobre el suyo. Sus dedos alrededor de la carne tensa. Su boca invadida, sus entrañas, el dolor punzante, las palabras suaves, las caricias del hombre… las caricias del hombre, sus palabras dulces y compasivas pero de significados amargos y horribles. Sus mentiras. El miedo. La angustia, el miedo. La angustia y la sensación de irrealidad, irrumpiendo violentamente en su auxilio.

Y cuando la mente se separaba del cuerpo, él se veía, desde arriba. Sentado, diminuto y etéreo, junto al sonriente oso. Se veía y lloraba por sí mismo. ¿Quién más iba a hacerlo?

Ni siquiera los ángeles lloraban por él.

Lo que ocurrió con el hombre trajeado no había dejado de repetirse durante toda su vida.

El corazón le latía como loco mientras el hombre moreno se desnudaba. Hombre moreno, hombre trajeado, ¿qué mas daba?. Era lo mismo. Él y Lieren estaban diciendo algo, parecían ansiosos. Sus sonrisas eran de plástico tenso. Los ojos de Cain estaban fijos en uno, luego en otro, mientras, a tientas, trataba de encontrar algo con lo que defenderse, alguna manera de terminar con todo aquello. Hacer que fuera diferente.

La pequeña llama que tenía dentro se avivó. Se encendió y se elevó, con un fogonazo ardiente y decidido que le recorrió cada nervio: era la adrenalina, disparándose, preparándole para un enfrentamiento. Era la rabia, despertando.

No iba a permitirlo, nunca más. No iba a dejar que volviera a suceder.

Las paredes goteantes se emborronaron. Por un momento le pareció que la habitación era una pantalla mal sintonizada. Todo se cubrió de líneas estáticas y de nieve, como si no fuera más que la imagen de un televisor. Entre aquellas franjas parpadeantes, los ojos de Lieren destellaban como los faros de un coche, como las pupilas de un depredador de la selva. Le pareció que su figura se deformaba, mostrando grandes extremidades retorcidas, pedipalpos alargados, patas quitinosas y articuladas que se apoyaban en la pared, en el techo.

“No es real, no es real, no es real, no es real, no es real…”

Lo repitió como un mantra, ahogando otro gemido. Les escuchó reír a ambos, monstruitos felices con su desesperación, exultantes al ver su miedo, su negación desesperada, su resistencia impotente y débil. El hombre moreno ya no tenía ropa. Se subió a la cama y se cernió sobre él.

Su sonrisa era blanca como una media luna.

Cain cerró los ojos y pensó en Gabriel. Las notas del piano, cristalinas, acudieron en su ayuda, tintineando en su mente, que parecía un avispero.

Sus dedos tropezaron con algo duro y frío, oculto bajo las sábanas.


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30 – 31 de Enero: Gabriel


Se detuvo en seco, mientras atravesaba la pista de baile. Los focos de colores parpadeaban como intermitentes frenéticos. Los cuerpos se movían sin control.

El corazón le había dado un vuelco sin motivo aparente. Todas sus alertas interiores comenzaron a vibrar al unísono.

Se dio la vuelta y se abrió paso hacia la salida, a empujones, con la atención fija en la sensación que le sobrecogía: era un latido, un pálpito, una especie de llamada oculta en el ritmo de su pulso, en el lento avance de sus células.

Hasta aquel momento, había proseguido con la búsqueda de Cain de una manera ordenada y tranquila. Estaba convencido de que el chico no estaba en peligro, y confiaba plenamente en que se daría cuenta si eso sucedía.

Y así era. Ahora la premonición era clara como el clamor de una trompeta, demasiado potente como para perder un solo segundo en dudar.

Se precipitó hacia el exterior, donde una fina llovizna le recibió. “Por Dios, que llegue a tiempo. Por Dios, que aún no sea tarde”.

Miró alrededor, tenso y concentrado. Fijó la vista en un callejón a su derecha.

Su corazón golpeó con fuerza. Ese era el camino.


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30 – 31 de Enero: Cain


Había encontrado una batuta. Magnífica, afilada, puntiaguda. Ahora podía dirigir la sinfonía.

Todo sucedió deprisa, medido con pasos de baile. El piano retumbaba en sus oídos, aunque no pudiera escucharlo realmente, midiendo el ritmo de los arpegios y los acordes. ¿Había sabido tocarlo alguna vez?. Podría tocarlo esta noche, al llegar a casa.

Tocar el piano con las manos manchadas y la locura acechando. Tocar el piano con las venas llenas de desesperación.

El hombre moreno le abrió las piernas. Cain le abrazó con un brazo.

Los dedos volando sobre las teclas, las paredes blancas, la luz radiante bañando el suelo de madera del apartamento. Quería volver a casa. Y lo haría a cualquier precio.

- Así que complaciente… - dijo el hombre moreno.

Cain le miró a los ojos, intentando enfocar su mirada. Cuando lo consiguió, sacó la mano de debajo de las sábanas, lentamente, mientras el hombre buscaba entrar en su cuerpo, moviéndose con sutileza, con aquella sonrisa sucia en su rostro. Lieren les miraba, con un aspecto aún más enfermizo.

El oso de peluche, al menos, no parecía un pervertido de mierda.

- Bésame – murmuró a duras penas, acariciando el cuello del hombre.

El tipo alzó el rostro, frunciendo el ceño, y detuvo sus movimientos. Se incorporó a medias.

- ¿Qué?

“Ahora”, pensó Cain.

Y acción.

Levantó la mano, empuñando la jeringuilla, y le apuñaló en el ojo. El hombre moreno gritó. Cain sacó el arma improvisada y volvió a golpear, rápido y letal como la picadura de un escorpión. Hundió el instrumento hasta embadurnarse la mano de sangre, hasta que el líquido rojo y espeso le corrió por su propio brazo y le salpicó en la cara.

Trémolos graves, vibración intensa. La melodía mantiene la expectación, no hay resolución, sólo emoción.

Lieren se abalanzó sobre ellos. El hombre moreno estaba temblando, chillando como un cerdo. Se llevó las manos al rostro, del que asomaba el émbolo rígido, goteando sangre. Salió de la habitación tambaleándose y echó a correr, pidiendo socorro a gritos.

- ¡Qué coño has hecho, Cain! – exclamó Lieren. Sus manos volaron, tratando de atrapar al chico. Él rodó sobre el colchón hasta caer al suelo por el otro lado.

Intentó ponerse de pie, agarrándose a un cajón de la mesilla. Las piernas no le respondían.

- ¡Te voy a matar, hijo de puta! – gritaba Lieren.

El cajón salió de la cajonera y se estrelló contra las baldosas. El contenido se derramó por el suelo, rodando en todas direcciones. Botes cerrados de pastillas, ampollas de cristal, paquetes de plástico apretado, polvo blanco. Y un objeto plateado que destelló con una promesa de liberación.

Una navaja.

¿Por qué siempre navajas? Eran una constante en su vida.

Alargó los dedos para cogerla. Lieren le agarró del pelo, tirando con tanta fuerza hacia atrás que le hizo daño en el cuello. Cain gritó.

- Desgraciado… ¿crees que te voy a dejar escapar? – resollaba el albino. Le había cogido también de un brazo y estaba arrastrándole por el suelo mientras Cain pataleaba, mareado. – Antes te mato. ¿Oyes bien? Te mato.

Los dedos de los pies se le escurrían sobre la sangre que cubría las baldosas. ¿Era toda del hombre moreno? No lo sabía. Lieren le estaba haciendo mucho daño. En algún momento le dio una patada. Cain apretó la navaja en su mano e intentó abrirla, mientras se resistía con sus escasas fuerzas.

El filo giró y se descubrió, desplegándose con elegancia. Una única ala, brillante.

La intensidad crece, más rápido, más fuerte. El clímax de la melodía se aproxima, es como un torbellino, es como un huracán. Nadie podría detenerlo. Es imposible.

Otra patada le golpeó en la espalda. Cain gimió y trató de morder al albino. Él le abofeteó. La navaja se precipitó hacia la carne, un filo puntiagudo buscando la piel blanca. Se hundió en el brazo con el que le sujetaba, y Lieren gritó.

Sus ojos se convirtieron en ascuas. Los iris rosados se tornaron rojos, como la sangre que brotaba de su brazo. Soltó al muchacho, que se desplomó sobre el suelo.

Cain, aturdido, se aferró a las sábanas de la cama para intentar trepar, ponerse de pie.

Lieren se arrancó la navaja del brazo.

“Qué manera más patética de morir”, pensó Cain, buscando refugio debajo de la cama.

- ¡Ven aquí, maricón de mierda!

“Ojalá hubiera visto al profe una vez más. Solo una.”

- ¡Bastardo! ¡Ya te tengo!

Los dedos crispados de Lieren se cerraron en el tobillo del chico. Cain clavó las uñas a las baldosas, rechinando los dientes. Las lágrimas le enturbiaron la mirada y comenzaron a rodar por sus mejillas, mientras Lieren tiraba de él, resollando, furioso y fuera de sí.

Tenía las uñas partidas, agrietadas, y los dedos en carne viva cuando el albino consiguió sacarle de debajo de la cama. Le dio la vuelta, soltándole un bofetón, y le puso la rodilla sobre el estómago.

- ¿Qué habías creído, pequeño gilipollas? – espetó, respirando con dificultad. El brazo le sangraba abundantemente. Tenía las pupilas diminutas, como cabezas de alfiler, el ceño fruncido y expresión demente, con una sonrisa apretada y fría igual que el filo de un cuchillo – No eres nada. No eres nadie. Sólo eres una boca mojada y un trasero apretado, ¿entiendes? Nunca saldrás de aquí. Eres una basura. Estás donde debes.

Las notas parecen quebrarse, partirse. Se disuelven, inconexas. La esperada resolución, el glorioso clímax, no llega. La melodía se muere. La armonía se marchita. Los tonos se caen, los arpegios se desprenden, el ritmo desfallece.

Las palabras de Lieren eran como un hechizo. Caían sobre él, más dolorosas que los golpes, más frías que el filo de la navaja, que estaba ahora rozándole el cuello en una caricia temblorosa que no se decidía a hundirse en la carne. No eres nadie. No vales nada. Solo eres basura.

¿No había dicho lo mismo el hombre trajeado, con otras palabras, más compasivas, mientras se colaba en su cama bajo la atenta mirada del oso de peluche? ¿No habían dicho lo mismo tantos y tantos otros después de él? ¿No lo decía, acaso, él mismo? No importaba que un leve destello de razón gritase en su cabeza que todo eso era mentira. No era lo bastante fuerte. La costumbre, los principios asumidos tiempo atrás, aquella otra parte, la irracional, asentía con fuerza a cada palabra de Lieren, y además, añadía sus propios argumentos. “Es culpa tuya”, decía, “es tu destino, ¿qué otra cosa vas a hacer? Si intentas cambiarlo, los que te rodean sufrirán. ¿Por qué te resistes?”.

- ¡Que te follen! – replicó, de todos modos.

Se resistía, sí, a pesar de todo. Tenía la sensación de que esta vez no podía rendirse, ya no, ya nunca más. “Si me rindo una vez más, solo una, no podré volver a levantarme”.

La bofetada no le vino de sorpresa.


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30 – 31 de Enero: Gabriel


La lluvia había empapado las aceras y los parabrisas de los coches aparcados. Gabriel corría, sorteando a personas, vehículos y farolas por igual. Podía sentir el magnetismo, la señal clara, vibrante, como un diapasón cósmico que convertía cada soplo de viento, cada semáforo, en una parte del mensaje que estaba recibiendo. Los traficantes le miraban con desconfianza desde las esquinas cuando abordó aquel callejón oscuro y retorcido, apenas iluminado. Los proxenetas se sonrieron al verle detenerse delante de la puerta del número dieciséis.

No sabía donde estaba, pero ese era el lugar.

En ese momento, un hombre salió a trompicones del portal, gritando y con el rostro cubierto de sangre. El latido de su corazón se volvió más insistente. Los nervios se le crisparon y un estallido de adrenalina le nubló la vista. Se le tensaron los músculos al apartar al entrar en el edificio y subir las escaleras de tres en tres.

Se detuvo en un rellano donde había una puerta entreabierta. Al otro lado se escuchaba, sorda, la música de ritmo sincopado que caracterizaba los forcejeos: gemidos apagados, bofetones restallando, muebles golpeados.

Sintió de nuevo ese fuego incontrolable subirle por la columna vertebral y hormiguearle en los dedos. Cuando entró en el apartamento, ya sabía que no iba a poder detenerlo.

Una voz sollozante, desesperada, gritó en la habitación del fondo.

- ¡Que te follen!

La reconoció al momento. Mientras caminaba hacia el lugar del que procedía, agarró el primer objeto contundente que encontró a su alcance. Ni siquiera se fijó en lo que era: La figurilla de un dragón de bronce, de treinta centímetros, pesada y retorcida.

El metal se bañó con un suave resplandor rojizo.


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30 – 31 de Enero: Cain


A pesar de sus intentos de ofrecer una resistencia convincente, Lieren le había agarrado de las muñecas con una mano y le tenía inmovilizado sobre el suelo lleno de sangre.

Resollaba, observándole con odio.

- Que te follen – repitió Cain, con un susurro apagado.

Si esas iban a ser sus últimas palabras, al menos nadie podría decir que no lo intentó.

Lieren apretó la rodilla contra su vientre un poco más, obligándole a tomar aire con fuerza y provocándole una arcada. Luego le puso el filo de la navaja sobre el rostro y sonrió con crueldad.

- Así aprenderás a no morder la mano que te da de comer, niñato endiablado – susurró, apretando la hoja contra su mejilla. – No necesitas para nada esta cara bonita. A ver si marcándote como a los animales se te queda bien grabado dónde está tu sitio.

Apenas había terminado de decirlo cuando la puerta se abrió con tanto ímpetu que golpeó contra la pared de detrás. Cain dio un respingo involuntario. Lieren miró a su espalda. Gabriel estaba ahí, mojado y furioso, con los ojos azules ardiendo de ira, el ceño fruncido y la mandíbula apretada. En la mano empuñaba algo informe, dorado y llameante que levantó por encima de su cabeza.

La voz del albino gimoteó, suplicante.

- Dios mío, no…

Cain no apartó la vista. Vio descender el golpe e impactar en la cabeza de Lieren, que de repente estaba encogido y tratando de cubrirse con las manos y un instante después se había desplomado sobre el suelo. Gabriel le cogió del pelo y tiró de él, como él había hecho con Cain minutos antes. Le levantó casi en vilo para arrojarle encima del colchón. Lieren, medio inconsciente y sangrando profusamente por la cabeza, intentó abrir los párpados y gimió como un idiota, repitiendo las mismas tres palabras.

- Dios mío, no…

El profesor no vaciló. Volvió a levantar la mano y a golpear. Se escuchó el crujido del hueso al partirse y el borboteo inconfundible de la vida que se escapa.

Cain no bajó los párpados. Mantenía las pupilas fijas en Gabriel, sobrecogido y capturado por aquella imagen. El ángel del cuadro le parecía una farsa al lado de éste que tenía delante, imponente y terrible. Y que, por encima de todo, respondía a la llamada de aquellos que le necesitaban. Casi podía verle las alas.

Gabriel soltó la figura de bronce. Golpeó contra las losas al caer.

Un momento después, Cain se encontró alzado por dos brazos cálidos y acogedores, cubierto por el abrigo mojado de lluvia, escrutado por un par de ojos azules. Los que un instante antes habían lucido como llamas de implacable determinación, y ahora derramaban una mirada preocupada sobre él.

- ¿Estás bien?

Cain se esforzó por contestar, aunque le llevó varios segundos.

- No puedo andar.

Gabriel asintió y sostuvo su mirada. Abrió los labios, como si fuera a añadir algo, pero luego pareció cambiar de opinión. Su voz sonó ronca y apagada.

- Voy a buscar tu ropa y nos vamos a casa.

Cain le tiró del pelo, con un ademán cansado. Sabía que iba a desvanecerse en cualquier momento, pero la admiración que le había producido Gabriel hacía unos cuantos segundos, estaba empezando a derivar hacia sentirse un idiota y un débil por comparación. Sabía que no era momento de reproches, pero salieron de su boca sin meditarlo.

- Al menos podrías preguntarme si quiero ir a casa. Al menos podrías disculparte.

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30 – 31 de Enero: Gabriel


“Al menos, al menos. Al menos podrías darme tú una tregua”, pensó Gabriel. Pero no lo dijo.

Estaba agotado, como si hubiera consumido muchísima energía en muy poco tiempo.

No quería mirar al albino. Sabía que estaba muerto. También sabía que no se sentía tan mal como debería sentirse, que no estaba reaccionando como se supone que reacciona cualquier persona normal tras matar a otra, sea por accidente, en defensa propia o tras un período de enajenación mental.

No quería pensar en eso.

Se sentó al borde de la cama, con Cain en brazos, cubierto con parte de su abrigo. Los latidos de su corazón se habían sosegado en cuanto el maldito desgraciado del pelo blanco había exhalado el último suspiro. La sensación de alarma, los nervios atentos, los sentidos sobrecargados, todo su sistema se había ido desconectando poco a poco y pasando a mínimos después de aquellos minutos (¿o habían sido horas?¿o segundos?) de búsqueda desesperada.

Había seguido las señales sin fijarse en nada más. No sabía el nombre de la calle en la que estaban. Olía a sangre, a lubricante y a alcohol. Por primera vez, se fijó en la decoración de aquel cuarto. Fijó la mirada en las máscaras chinas de la pared.

El niñato de mierda quería una disculpa. Él solo quería que terminase todo aquello de una vez.

- Siento haberte tratado mal en la puerta del restaurante – dijo, con voz átona - ¿Quieres volver a casa conmigo?

Los ojos verdes le estaban observando. Era plenamente consciente. Pero no tenía fuerzas para mirarle. No se atrevía a volver a hacerlo. El chico estaba destrozado; pálido, ojeroso, con los labios agrietados. Tenía marcas en todo el cuerpo y restos de sangre entre los muslos. Si volvía a mirarle a la cara, sabía que cogería esa estúpida figurilla de bronce y golpearía al albino hasta que su cadáver quedara reducido a papilla. Y sabía que, tal vez, también golpeara a Cain. Pero sin la figurilla. Sólo un buen bofetón, por gilipollas. ¿Cómo se le había ocurrido irse así, volver aquí, a esto?.

Los dedos del chico se cerraron sobre su camiseta y se encogió entre sus brazos. Le sintió temblar con un sollozo. Gabriel suspiró y le abrazó.

- Perdóname – susurró Cain. – Perdóname. Perdóname.


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30 – 31 de Enero: Cain


- Perdóname…

Se estaba ahogando con las lágrimas. Se aferró a su ropa, enterrando el rostro en su pecho. Los brazos se cerraron a su alrededor, y percibió la caricia de sus labios sobre los cabellos. Se estremeció, rehuyendo aquel roce. Estaba aún cubierto por los besos y el sudor de otros. No quería que el profe tuviera que estar en contacto con eso más de lo estrictamente necesario.

- Tranquilo. – La voz grave de Gabriel era débil, apagada. Debía estar cansado - No pasa nada, chico. Todo irá bien.

- Quiero volver a casa.

Alzó la mirada para verle. Había deseado volver a tenerle delante, contemplarle antes de morir, si es que tenía que morir. Ahora sabía que se había salvado, pero su imagen le era tan necesaria como su tacto, como su voz, como su música. Se encontró con sus ojos, azules y cálidos, y levantó los dedos para tocarle.

Incluso ese gesto nimio fue demasiado para su cuerpo. Se le emborronó la vista y la inconsciencia volvió a apoderarse de él, hundiéndole en un sueño profundo y, esta vez sí, sosegado.



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