domingo, 29 de enero de 2012

Fuego y Acero XXXV: Confía en mi


35.- Confía en mi


El sol se había levantado alto en el firmamento, y casi era media mañana cuando comenzó a lloviznar. Las nubes se habían cerrado en el cielo rojizo, rompiendo en un chaparrón de agua caliente en contraste con el aire helado. Arévano no parecía demasiado contento al volver el rostro hacia arriba. Negó con la cabeza y miró de soslayo a los dos muchachos, arrebujándose en la capa.

—No creo que esto esté bien —dijo, por décima vez.

Driadan le dedicó una sonrisa segura y apretó el paso.

—Venga. Ya estamos llegando.

Las hierbas hirsutas se enganchaban en las capas de piel mientras caminaban. La tierra era tan dura que apenas se formaba barro cuando llovía, pero las heladas se convertían en algo muy peligroso para los viajeros, aun los que recorrían distancias cortas como era su caso. Envueltos en los mantos peludos, Cisne, Nirala y Arévano caminaban hacia la empalizada de Kelgard, que ya se encontraba a la vista.

—A Ioren no le va a parecer bien —insistió de nuevo el mayor.

Arévano se había dejado en la granja la espectacular sonrisa y su carácter juguetón. Estaba serio y parecía ir a arrepentirse en cualquier momento de estar allí. Driadan había esperado más colaboración por su parte, aunque al menos, les estaba acompañando. Le había costado convencerle más de lo que esperaba, al contrario que Cisne, que se había mostrado casi entusiasmado desde que conversaran al amanecer. Y fue Cisne quien le dio la réplica al antiguo esclavo de ojos azules.

—El Rojo lo entenderá. Vosotros no conocéis el idioma: solamente Nirala y yo. Y nadie lo sabe, aparte de ti. Podremos enterarnos de todo.

—De todo lo que quiera decir – replicó Arévano – que tal vez no sea mucho. ¿Qué pretendéis descubrir?

—Ya te lo hemos explicado – dijo Driadan – Traidores. Alguien traicionó al Rojo en las costas de mi país. Y no, no fui yo – añadió, cuando Arévano le miró con repentina suspicacia —. Pero Ulior Skol tiene algo que ver, estoy seguro. Ha salido muy beneficiado de todo esto.

—Esto es muy precipitado, Nirala – insistió Arévano —¿Por qué de repente? ¿Por qué así? A Ioren no le va a gustar nada.

—¿Es que no nos has escuchado? Tiene que ser hoy. Es la única excusa plausible.

Las piedras estaban comenzando a volverse resbaladizas a medida que el aguacero se descargaba sobre las áridas tierras. El viento soplaba, frío, y las llamas de los blandones y antorchas colocados en la parte superior de la empalizada temblaban de cuando en cuando bajo el azote del viento. Junto a la puerta, había seis guerreros armados que les miraron de arriba abajo al verles. Ioren estaba junto a ellos, esperando, y al ver a los recién llegados su expresión se fue transformando: primero curiosidad, después una ira fría. Intercambió un par de palabras con los centinelas y caminó a su encuentro a largas zancadas, con los ojos azules llameando como ascuas.

—Bien, espero que Ioren lo entienda en toda la profundidad que yo no he sabido alcanzar y no nos arranque la cabeza por venir a molestarle en un día importante —musitó Arévano.

Driadan tragó saliva. Iba encabezando el grupo y se detuvo en seco al divisar al alto guerrero. Pero cualquier impulso de dar la vuelta y pensárselo mejor desapareció al ver aproximarse a Ioren, y empezar a sentir el corazón galopándole en el pecho estúpidamente.

El Rojo tenía un aspecto más imponente que nunca. Se había retirado los cabellos hacia atrás y estaban recogidos en la nuca, en un haz de trenzas apretadas y mechones cobrizos, rojos y anaranjados que colgaban hasta la mitad de la espalda, sobre una capa absolutamente blanca. El manto estaba ceñido en el hombro del guerrero con un broche de metal, acero azulado sin ningún engaste ni adorno, formando un símbolo espiral. Debajo de la capa, vestía prendas nuevas de tonos claros que Driadan no le había visto usar nunca: Botas de cuero flexible, pantalones de piel vuelta y un jubón de cuero tachonado de bronce y plata. No llevaba guantes, y dos espadas cortas colgaban del cinto, una a cada lado. Se había recortado la barba roja, y con los cabellos echados hacia atrás, los rasgos de su semblante se veían más claros de lo habitual: el rostro anguloso, la nariz fina y esculpida, los pómulos marcados, el ceño fruncido y debajo los ojos azules, llameando, bordeados por algunas arrugas de expresión.

Curtido, maduro y enfadado.

A Driadan le temblaron las piernas por un instante, y no era por miedo. Cuando el Rojo se plantó delante de él y cerró los dedos en el cinturón, mirándole a él, fijamente, con aire acusador, como si supiera perfectamente lo que pretendía y por qué estaba allí, y que él estaba detrás de todo… por todos los dioses, no era momento de sentirse emocionado, pero lo estaba. "Parezco una cría enamoradiza", se reprendió a sí mismo, consciente plenamente del perfume salado de Ioren y de su mirada pesada, de su silencio, de su presencia. Sus brazos deberían estar alrededor de su cuerpo. Y su boca en sus labios. Todo lo que no fuera estar juntos besándose, tocándose, degustándose y compartiendo sus cuerpos sobre la hierba, la arena o las sábanas, le parecía un terrible error, algo secundario, fatuo y banal, hasta tal punto de que casi olvidó lo que había venido a hacer allí y lo que tenían que decirle; todos sus pensamientos racionales fueron sustituidos por el deseo incontrolable de lanzarse a sus brazos.

¿Era eso el amor? Si no era eso, Driadan no tenía la menor idea de qué podía ser. Por suerte, su ensueño romántico fue bruscamente interrumpido cuando Ioren habló.

- ¿Se puede saber qué estáis haciendo aquí? – dijo, usando el plural por mera cortesía, ya que sus ojos estaban fijos, condenatorios, sobre Driadan –. Hoy es el día del homenaje al thane. Tengo que ir dentro.

- Llévanos – dijo Driadan cuando recuperó el habla. – A nosotros tres. Cisne, Arévano y yo.

Ioren arqueó lentamente una ceja. El agua comenzó a caer con más fuerza, como si respondiera de este modo a la imprudencia del joven príncipe: escandalizándose.

—Dime que esto es una broma  —dijo al fin—. No me reiré, pero al menos intentaré olvidarla.

—Escúchame. He estado pensando, y creo que… —Driadan tragó saliva. Había sido capaz de explicar el plan perfectamente tanto a Amala como a Arévano, pero de repente se sentía estúpido y las ideas se le deshacían en la punta de la lengua. Si al menos Ioren pudiera dejar de mirarle como si quisiera ahorcarle del palo mayor… pero el Rojo parecía verdaderamente molesto con su presencia allí — sé que esto es muy precipitado, pero tiene que ser hoy. Tiene que ser ahora.

Ioren suspiró y relajó un poco su actitud avasalladora. Asintió, y las llamas furiosas de su mirada se apaciguaron.

—Bien. Dime entonces, Nirala. Te escucho.

Los guardias de la puerta estaban mirándoles con curiosidad y desconfianza. El aguacero había arreciado, y aunque las gotas aún eran finas, estaban empezando a empaparse, el agua se escurría y calaba hasta las ropas finas debajo de las capas.

—Creo que Ulior Skol tiene algo que ver con la traición que perpetraron contra ti en las costas de Nirala – soltó, sin contemplaciones. Mantuvo la mirada fija en los ojos azules – Creo que no podrás descubrir tú solo a los traidores, porque se guardarán de ti. Así que, hoy, en el día del homenaje al thane, le regalarás a Ulior Skol a uno de tus siervos, que será nuestro espía. Cisne ha aprendido el idioma tan bien o mejor que yo.

—¿Habéis aprendido el idioma? – los ojos de Ioren relumbraron un instante, con una mezcla de incredulidad y suspicacia.

—Cisne estará atento, si hay algo sucio en Ulior Skol, lo descubrirá – prosiguió Driadan, ignorando la pregunta – Si está limpio, también podrá confirmarlo. Salimos todos ganando, de una manera o de otra. Además, Cisne está de acuerdo y quiere hacerlo.

El joven Amala asintió y dio un paso adelante. Driadan dejó escapar el aire, más tranquilo, mientras Ioren les miraba y parecía pensárselo.

Aquella mañana, después de hablar con el Cisne, él y Driadan habían informado a Jhandi y Arévano, y este último se había empeñado en acompañarles. También había sugerido que, si Cisne iba a ser el infiltrado, debería adecentarse un poco y ofrecer un aspecto más adecuado al de un siervo útil. A Driadan le había ofendido la recomendación, pero no podía evitar estar de acuerdo en que Amala necesitaba algunos arreglos urgentes. Parecía un mendigo. Un mendigo atractivo, pero un mendigo pese a todo. Así que le bañaron, le ayudaron a desenredarse y peinarse la cabellera y a escoger ropa más adecuada. Ahora Cisne tenía un aspecto casi tan deslumbrante como lo había tenido en Shalama, pero mucho más dócil.

Mientras aguardaba el veredicto del Rojo, Driadan se iba reafirmando en su estrategia. El thane aceptaría el regalo. Estaba seguro de que Ulior Skol era la clase de persona que adoraba tener siervos. Le había bastado el primer vistazo en aquella enorme sala, en la que los perros roían los huesos en los rincones, para saber que Ulior era un tirano en potencia. Había visto cómo aferraba los brazos del trono. Se preguntó si los Starling estaban arañando con sus garras los brazos del trono de Nirala, igual que Ulior Skol había usurpado el de Kelgard, que sólo era una aldea de algunos cientos de habitantes.

—Así que propones que coloque un espía junto al thane. ¿En qué te basas para sospechar de él? Es una acusación gravísima, y si por una corazonada absurda de un muchacho que ni siquiera conoce esta tierra y nuestras tradiciones coloco a un espía entre sus siervos y es descubierto, te advierto que como mínimo tendremos una guerra.

—Por todos los dioses, Ioren – dijo Driadan, cerrando los ojos y respirando para no perder los nervios. Sabía que esto iba a pasar, ¿no?. El Rojo no se caracterizaba precisamente por aceptar lo primero que le entregaran sin analizarlo a fondo. Y además era un cabezota. – Yo estuve en la Sala del Pegaso – explicó, volviendo a su idioma natal. Cisne y Arévano fruncieron el ceño – Mi padre mató a todos los prisioneros salvo a ti.

Driadan miró de reojo a sus compañeros y volvió a utilizar el idioma del Sur, el que usaban para entenderse entre todos. 

— El traidor no habría sido tan estúpido como para delatar a su propio pueblo sin pactar un escape o algo por el estilo. Tiene que ser alguno de los que sobrevivieron, es decir…

—Ulior Skol no estaba en Nirala entonces —replicó Ioren.

—No, él no – replicó Driadan inmediatamente – pero había otros que sí regresaron, ¿no es verdad? Quizá alguno de ellos le servía, o estaban aliados.

—¿En qué te basas para creer eso?

—En nada – respondió el príncipe, en un súbito ataque de honestidad, y alzando un poco la voz con cierto apasionamiento —pero tengo ojos para ver que el nuevo thane haría cualquier cosa para mantenerse donde está. Y aún si no tuviera nada que ver con las traiciones del pasado, Ioren, ¿no sería posible que aquellos que hundieron el cuchillo entonces, al verte de nuevo aquí, sano, libre y aspirando a obtener lo que por derecho te pertenece, quisieran buscar una alianza en él? Piénsalo con frialdad. Si mantenemos vigilado a Ulior Skol descubriremos más que con tus preguntas francas y tu manera directa de enfocar los problemas, Ioren —. insistió, sin darle tiempo a hablar, alzando la barbilla —La traición no es una actitud directa. Es algo retorcido, astuto y cruel. No la desenmascararás a golpes. Confía en mí.

Driadan se detuvo para tomar aliento. Había dicho las últimas frases sin apenas detenerse a respirar, y ahora estaba asintiendo, ansioso, lamiéndose los labios. No sabía por qué era tan vital para él que Ioren diera su visto bueno, pero lo era. Cisne estaba de acuerdo. Estaba preparado, aguardando. Lo haría bien, lo harían bien, los dos. Sabía que estaba en lo cierto. Ioren no era capaz de ver esas cosas en su propia gente, aunque hubiera sabido oler la traición de Starling en su reino. Era imparcial con los demás, con lo ajeno, pero era incapaz de serlo con los suyos; ni siquiera con Ulior Skol, que tenía todas las papeletas para ser revelado como la mano misteriosa que había urdido la caída del Rojo. No, Ioren era demasiado pasional. Demasiado leal y demasiado franco, tenía una culpa muy pesada sobre sus hombros, culpa para con su pueblo, que le impedía ver sus imperfecciones. No iba a poder luchar esta batalla solo, y Driadan tenía la dura labor de convencerle para que les permitiera ayudar.

O quizá no tan dura.

Algo de todo lo que había razonado, argumentado y expuesto, había pulsado en la cuerda adecuada, porque Ioren se había quedado inmóvil, mirándole con un brillo conocido, suave y cálido al fondo de la mirada. Con un destello, ese resplandor se convirtió en angustia y nostalgia, y después desapareció tras la mirada dura. Ioren apartó la vista, cruzándose de brazos. Luego chasqueó la lengua.

—Maldita sea… es una locura. ¿Está de acuerdo él? — dijo, señalando a Cisne con el pulgar — Curioso. ¿Respondes por él?

Driadan frunció el ceño y se sorprendió asintiendo.

—Sí, respondo.

—Curioso – repitió Ioren. Luego murmuró algo ininteligible entre dientes y señaló a Arévano — ¿Y cual es tu papel en todo esto?

El joven recuperó la sonrisa y se encogió de hombros.

—Intenté disuadirles, y como no pude, me acabaron convenciendo. ¿No acaba de sucederte a ti?

—Venid conmigo, los tres – dijo Ioren, con un gruñido resignado – Seguiremos el plan de Nirala y veremos si da algún resultado.

Driadan asintió, disimulando su excitación, y echó a andar dos pasos por detrás del Rojo. Cisne caminaba a su lado, Arévano cerraba la comitiva. El joven sureño le apretó los dedos cuando sus manos se rozaron y le dedicó una mirada de gratitud. El príncipe inclinó la cabeza, magnánimo. Amala volvería a ser lo que era, lo que deseaba ser. Y además, podría ser útil a la causa del Rojo. Todo estaba bien, todo iría bien.

. . .

© Hendelie

Fuego y Acero XXXIV: El cisne


34.- El cisne


Al día siguiente amaneció un sol rojo y líquido, de luz hiriente. El alba arañó los jirones de nubes blancas y lamió la helada de la noche anterior, tiñéndola con un resplandor sanguinolento.

—Malo — gruñó Beonar — Sol rojo, no es buen presagio.

Qilem negó con la cabeza.

—No más malos presagios para nosotros.

Ambos siguieron arando el campo.

Driadan estaba sentado en la valla, junto al huerto seco, contemplándoles mientras trabajaban. Llevaba un par de horas allí. Se había despertado en el lecho caliente como un nido, azotado por las pesadillas y esas estúpidas visiones que la hechicera le había metido en la cabeza, y había salido en busca de aire fresco, incapaz de mantenerse por más tiempo inmóvil. Había visto teñirse el cielo de azul suave, pintarse las nubes a brochazos, envuelto en la capa de piel mullida. Allí afuera, bajo la puñalada del aire frío, su cabeza se despejaba y podía pensar mejor. Pensar en todo.

Había puesto ya un orden pulcro en su cabeza cuando Cisne pasó por su lado, con un cubo de agua. Alargó la mano y le agarró de la parte de atrás del cuello de la camisa, haciéndole dar un respingo y ponerse a la defensiva.

—Tranquilo – dijo Driadan, ignorando su mirada de terror – ven, siéntate a mi lado.

Cisne miró el cubo. Parte del agua había caído a la tierra. El príncipe negó con la cabeza, indicándole que no tenía importancia.

—Ya se encargará otro. Siéntate a mi lado.

El muchacho del sur obedeció con desconfianza, dirigiéndole miradas temerosas de soslayo. Driadan le contemplaba, analizándole. Le había crecido mucho el pelo y lo tenía muy enredado. Su rostro, que había hecho las delicias de la corte de Shalama, ahora aparecía seco y macilento, con los ojos y las mejillas hundidas y esos ojos de animal huidizo en lugar de la chispeante mirada traviesa de antaño.

—¿Tú que opinas? – preguntó, señalando el firmamento - ¿Es un mal presagio?

Cisne no respondió. Driadan le puso una mano en el hombro y le dio un par de palmadas.

—Bueno. Tengo algo que decirte. Ya no tienes que vivir con miedo.

El muchacho frunció el ceño. Se escuchaba chillar a las gaviotas y el golpeteo constante y regular de las azadas en la tierra dura, los resuellos de Qilem y Beonar. El graznido de los gansos, lejano.

—No sé si lo he entendido.

Cisne siempre había tenido una voz muy bonita. Parecían haber pasado siglos desde la última vez que el príncipe la escuchó. Sí, Cisne había tenido una bonita voz, un rostro agradable, pero había sido una verdadera alimaña. Driadan no sabía si ya había pagado o no, si era justo o no. Tampoco se preguntaba si le había perdonado. Todo eso no le importaba mucho en aquella mañana roja.

—Ya no tienes que vivir con miedo, no de mi. O del Rojo.

Los ojos del Cisne se encendieron. Le observó con expresión anhelante, casi con ansiedad.

—Llevas mucho tiempo esperando las represalias – prosiguió Driadan – Bueno, no esperes más. No van a llegar.

—¿Qué significa esto? – replicó entonces el muchacho, con voz trémula y agazapándose con desconfianza – Es otro juego cruel. ¿Qué vas a hacer?

Driadan entornó las pestañas y elevó el labio superior en una mueca de desprecio. Bajó de la valla y se agarró el cinturón con las dos manos. Se le abrió el manto y reveló la camisa medio abotonada. Cisne se estremeció solo de verle así, delante del huerto congelado, bajo el firmamento que amenazaba con volver a romperse en nieve y escarcha.

—Vamos. Mírate. Das pena. – Le espetó el príncipe – En Shalama puede que fueras el rey de los corredores y el señor de las alcobas, el niño bonito del palacio. Pero al menos tenías agallas para hacer algo, aunque fuera destrozarme la vida a mí. ¿Y entonces qué? Un poco de venganza y te vienes abajo como un muñeco de mantequilla.

El Cisne abrió los ojos como platos. Driadan levantó el mentón.

—Todos los hombres nacen libres. Ser un rey o un esclavo, depende de lo fuerte que seas. Y lo fuerte que seas depende de lo fuerte que quieras ser. Esto que ha pasado, lo que nos ha pasado a todos, es una oportunidad. Hasta para Perfidia lo es. Ellos la están aprovechando – recalcó, señalando con la cabeza a los dos hombres que trabajaban unos pasos más allá - , yo la estoy aprovechando. ¿Qué vas a hacer tú? Ahora ya no tienes por qué vivir con miedo, así que te pregunto, ¿Qué vas a hacer tú?

El joven sureño abrió la boca lentamente. Parecía haberse quedado congelado, quieto en el sitio, con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo, sentado en la valla. Driadan le miraba, sin apartar la vista, mientras la comprensión iluminaba el semblante del que había sido su compañero. Luego, una suerte de dolor agudo pareció atravesarle, porque reprimió un sollozo y bajó la barbilla, agarrándose a la madera del cercado al empezar a temblar.

El príncipe se llenó los pulmones de aire. Una parte de sí mismo también estaba algo impresionada por el modo en que había hablado. Casi le resultaba gracioso darse cuenta de que había usado las mismas frases concisas, cortas, y un tono seco similar al de Ioren el Rojo, el Guerrero, el Maestro y el Ejemplo.

Desvió la mirada, apartándola del joven que lloraba. La corriente de simpatía hacia el Cisne, a pesar de todo lo que había sucedido, era fuerte como una cadena de acero. Tenían más o menos la misma edad y algunos rasgos de carácter similares. Habían estado mucho tiempo juntos. Sus primeros días en Shalama, Cisne había hecho verdaderos esfuerzos por ser simpático y caerle bien. Incluso le había cuidado. Driadan se había comportado como un príncipe debe comportarse con un esclavo, con desprecio y desdén. Con asco. Le había rechazado continuamente. Así pues, ¿no se había ganado su despecho y su antipatía? ¿De qué se extrañaba si después el Cisne había vuelto su crueldad hacia él? ¿No habría sido mejor haberle convertido en aliado en vez de… en esto? Había pensado mucho sobre todo aquello durante la noche anterior, y también lo hacía ahora. Por primera vez, Driadan lamentaba que las cosas hubieran sido tan desagradables entre ellos.

Y por primera vez, entendía el terror que había caído sobre Cisne el día en que el fuego y el acero se abatieron sobre Shalama.

Su mundo se derrumbó. Aun siendo un esclavo, Cisne conocía las reglas del juego y la jaula en la que vivía a la perfección. Aquello era su universo y en él se movía, hasta se sentía seguro. Al destruirse aquel universo y verse de pronto vulnerable y expuesto a la violencia y la barbarie, no lo había podido soportar, y el miedo había hecho presa en él. Sabiéndose culpable, vivía día tras día con la imagen de la Sharin Luarah, la mujer a la que ahora llamaban Perfidia, como un recordatorio de su posible destino antes o después. El Rojo le despertaba el terror que despierta un verdugo, y Driadan, el de un juez.

—No tengo palabras de consuelo ni nada de eso – murmuró el príncipe, desviando la mirada – Tampoco te voy a abrazar.

Cisne se limpió los ojos con el dorso de la mano, hipando al tomar aire.

—No entiendes – susurró el muchacho, levantando los ojos hacia Driadan. Estaban mojados y dolientes. – Me dices que es una oportunidad, algo que puedo aprovechar, pero ya te lo dije, Nirala. Yo he sido esto toda mi vida, desde que era un niño he sido lo que éramos en Shalama. No sé ser otra cosa.

—Esa es una mentira que yo también me he contado – le atajó el príncipe – Pero sí que puedes aprender a ser otra cosa. Da miedo, lo sé. Sé que estás asustado, pero no puedes quedarte quieto por miedo. No eres idiota, maldita sea. Eres astuto como una ardilla, más listo que yo. Podrías hacer lo que quisieras.

Resopló. Le costaba horrores admitir eso, pero Cisne lo era. No porque leyera más deprisa o porque tuviera mejor memoria. Era listo porque tenía astucia para la vida. Había sabido adaptarse bien a todo, al menos hasta la noche del fuego y el acero.

Cisne tragó saliva y bajó de la valla, apoyando la espalda en ella.

—Yo estaba bien allí. El palacio de la Sharin Luarah era el mejor lugar donde había vivido nunca – se lamentó – No me maltrataban y nunca me obligaron a hacer nada demasiado raro. El Sha Nuredil era gordo pero agradable, y me había acostumbrado ya. Con el tiempo habría llegado a ser mayordomo de la casa, si no hubiérais…

Se calló y meneó la cabeza. Driadan imitó su gesto.

—No, no tiene sentido volver a eso. Pero escúchame: tú y yo podemos intentar hacer algo interesante aquí. – El príncipe se acercó un poco, y Cisne le miró, de nuevo con suspicacia. – Creo que nadie más puede hacerlo. Y si sale bien, podremos pensar en algo para tu futuro. Si quieres servir, si aún te empeñas en ser eso, bien, podemos encontrar un sitio para ti. Si quieres ser otra cosa…

Cisne se apretó la capa en torno al cuerpo y los ojos color avellana relampaguearon.

—No comprendo esto, así de repente. Me dices que ya no debo tener miedo, que puedo hasta ser libre, y ahora parece que estés ofreciéndome un trabajo o algo así.

Driadan compuso un gesto de indiferencia suma y encogió un hombro.

—Lo hicimos fatal en Shalama. Los dos – respondió, bajando la voz un poco.

Era todo cuanto podría decir al respecto, pero algo se relajó en el semblante de Cisne, y asintió lentamente con la cabeza.

—Creo que sí.

Después, ambos se apoyaron en la valla y contemplaron el cielo, mientras Beonar y Qilem abrían surcos en un suelo que se lo ponía demasiado difícil. Pero eran hombres tenaces y no se cansaban; no se detenían. Driadan se había vuelto a hundir en sus pensamientos. Estaba pasando revista a todos los recuerdos que tenía del Cisne, como había hecho el día anterior. Revisaba cuanto había pasado por alto y cada vez tenía más claro que, con una mínima colaboración por su parte, habrían podido ser amigos inseparables. "Yo fui el idiota al principio. Podía haber tenido un gran aliado", se dijo, suspirando. Esperaba que no fuera demasiado tarde.

—¿Cómo te llamas? – preguntó, al cabo de un rato. – Tu nombre verdadero.

Cisne permaneció en silencio un rato, con la mirada perdida. Cuando se retiró el cabello del rostro – una maraña de rizos revueltos y mal cuidados – sus ojos estaban enfermos de nostalgia y esbozaba una sonrisa leve, sesgada, algo amarga.

—Amala – respondió al fin, en un susurro casi inaudible – Amala, ese es mi nombre. Significa limpio.

El príncipe asintió.

—Es un nombre muy bonito.

No era un cumplido. Le gustaba la sonoridad y el significado. Y cuando Cisne le devolvió la pregunta, tragó saliva y una puñalada de nostalgia le atravesó el pecho al recordar los salones de Nirala, la voz de su padre y su semblante, tan vívidos y tan reales como si le hubiera tenido delante el día anterior.

—Driadan – respondió, ahogándose en el repentino acceso de pena – significa hoja de roble.

Los dos jóvenes se miraron un momento y luego contemplaron el cielo otra vez. Cisne se había calmado, y el príncipe, tras dejar pasar aquella angustia, recuperó la compostura y entrecerró los ojos. Su voz sonó más débil de lo que le hubiera gustado cuando habló de nuevo.

—Bien. Entonces, Amala… creo que podemos hacer algo interesante aquí. ¿Estás dispuesto a intentarlo?

—¿De qué se trata?

—De desenmascarar traidores.

Cisne arrugó el entrecejo y luego asintió con la cabeza, tan despacio que a Driadan le costó identificar el gesto. Pero comprendió que, aún mientras asentía, estaba pensándolo y tomando la decisión.

- Cuenta conmigo.

Driadan asintió y se estiró, irguiéndose.

- Es un buen comienzo.

- Si – dijo Cisne, y sonrió, por primera vez desde un tiempo incontable. Una sonrisa breve y fugaz, pero ahí estaba. – Es un buen comienzo.

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© Hendelie


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