domingo, 13 de noviembre de 2011

Fuego y Acero VIII: Antes del alba.


8.- Antes del alba

El grajo sacudió las plumas y clavó las garras en la rama, lanzando dos gorjeos leves. Era un ave de buen tamaño y negro plumaje, tenía los ojos anaranjados y apenas prestaba atención a las brasas murientes de una hoguera en una cueva, a pocos metros de su atalaya. Estaba desvelado, y aún no había llegado el amanecer. Eran aquellas las horas favoritas de los chamanes, aquellas en las que la noche ya no es noche pero el día aún no es, cuando la luna rueda como una cabeza cortada resistiéndose al empuje del alba inevitable que todavía se hará esperar. La oscuridad deja de ser insondable negrura y se convierte en un velo vaporoso casi gris en el que todo se mezcla. Sueño y vigilia, noche y día, luz y oscuridad, realidad e imaginación, vida y muerte. El punto de inflexión. Decían los magos y espiritistas, los brujos y lectores de runas, decían todos aquellos que se atrevían a mirar más profundamente en el universo, que aquellas horas fantasma abrían las puertas de otras realidades, de los espíritus y los demonios, de lo sobrenatural y misterioso. Horas arrancadas al tiempo, apenas una o dos, que son indefinibles, que no son nada. Decían que abrían las puertas de la percepción y permitían al hombre verse tal como era.

El grajo chilló dos veces porque estaba desvelado. Quizá alguno de aquellos chamanes lo habría llamado destino. De seguro que los apasionados de encontrar conexión en todos los eventos del mundo habrían hallado una explicación al grito del ave. El hecho, más allá de toda interpretación, es que el grajo despertó a Driadan de su inquieta pesadilla, y abrió los párpados, tomando aire con un estertor y estrujando la espada contra sí.

Los contornos de la cueva eran borrosos, y las brasas parecían ojos incandescentes que le miraban. Había soñado con fuego y acero, con muerte, con el frío abrazo de las aguas. Había soñado angustia y soledad, miedo y grandes cargas sobre sus hombros adheridas con cadenas que le brotaban de la misma carne. Incapaz de recordar con claridad los hechos de su sueño más allá de las sensaciones, sólo una huella fría enredada en su alma permanecía con él, anudándole la garganta y haciéndole sentir peor que muerto, a merced de fuerzas que no podía controlar, hados y titanes que le sacudían como una marioneta. Trémulo, se abrazó a la espada, mientras el peso de la incertidumbre le asolaba en la repentina vigilia.

El grajo volvió a gritar, estaba desvelado. Y esta vez despertó a Ioren.

Si fue el extraño temblor de Driadan lo que le llevó a mirarle en las horas fantasma arrancadas al tiempo o fue el esqueje de un sueño recién arrancado, no tiene importancia. Los ojos rojos del príncipe se fijaron en los suyos, y el hombre del mar, yaciendo sin mantas, aún somnoliento, con el rostro sobre un brazo doblado y tendido sobre las piedras, no apartó la vista.

- ¿Tienes frío? - preguntó Ioren, con los ojos entrecerrados.

El grajo revoloteó, su sonido rompió el silencio de la noche.

- Estoy enterrado en la nieve - respondió Driadan en un susurro, sin pensar lo que decía.
- Siempre lo he estado, y ahora lo descubro.

Porque sí sentía frío. Un frío gélido y más intenso del que jamás había sentido. Se veía a sí mismo solo en un mar de llamas, en un gélido océano, y ni el fuego ni el agua le daban ningún calor. Solo, seco y yermo, con todo su odio, frente a sí mismo y su vida. Se le hacía insoportable el retazo de aquel sueño tan crudo como la realidad desnuda. Al abrazar la espada se hizo sangre en las manos. Tenía la impresión de tener fiebre y se notaba enfermo.

- Remueve las brasas - replicó la voz suave, y los ojos azules parpadearon un par de veces, contemplándole aún entre las pestañas.

Driadan se movió con toda la fuerza que fue capaz de reunir. Extendió la espada y agitó con la punta los rescoldos de la hoguera, que se encendieron un poco más. "Ojos rojos, mirándome". No percibió ningún calor. Apretó los dientes y tragó saliva, sintiendo que las fuerzas y la determinación le abandonaban. De pie en un páramo yermo, con las cenizas de su vida y la visión de un sueño de destrucción, de un futuro en el que todo era horror y nada le saciaría, porque el monstruo del odio que sabía que había despertado en su boca era imposible de calmar. Glotón y ambicioso, le acabaría poseyendo, siempre hambriento.

¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño.

El viento agitó las hojas y miró de soslayo las sombras fantasmagóricas de los troncos de los árboles en el exterior. Todo parecía irreal y extraño, la voz de Ioren que había escuchado hacía un momento se le antojaba su propia imaginación. A la deriva entre el descanso y la vigilia, no era capaz de encontrarse ni a si mismo. Todo aquello a lo que se aferraba parecía vano, haber dejado de existir. Algún extraño dios muy alto y poderoso proyectaba su sombra sobre él y hacía que todo se desvaneciera entre sus dedos, en su mente.

- Algo me muerde por dentro - susurró de nuevo. ¿Lo había dicho? El silencio pareció tragarse sus palabras. - Tengo miedo.

- ¿De qué?

Volvió la mirada hacia el hombre del mar. Los ojos azules seguían ahí, apenas una sombra brillante a través de las pestañas.

- De lo que pueda venir - dijo, tragando saliva ruidosamente y abrazándose para contener los temblores. - De lo que puedo llegar a ser. No lo sé.

Ahí estaba. Los ojos no se iban, más allá de las brasas, fueran reales o no. "Es todo lo que tengo", comprendió entonces, desolado. "Lo que más odio, a quien más odio, es todo lo que tengo. No puedo recurrir a nada más ni a nadie más. Sólo a mi enemigo."

- Te odio - repitió, apretando los dientes y doblándose sobre sí mismo. - Todo lo que está pasando es el infierno. Lo que vendrá será más infierno aún. Te odio...

- Ya. Yo también.

Casi se le escapó una risa seca. Qué magnífico, ya tenían algo en común. Unidos por el odio mutuo. Lo que más detestaba era aquello, no tener nada, nada salvo a él, su único asidero en la zozobra tenía que ser precisamente aquella persona.

- Quiero matarte ya... no quiero esperar más... - resolló, agitándose. Le pareció que algo húmedo le lamía los pies.

- Tienes la espada. Hazlo.

Driadan tomó aire y lo aguantó en los pulmones. Podía hacerlo, claro. La hoguera apagada le miró mientras se incorporaba a duras penas, arrastrando la capa negra. Al avanzar con pasos torpes y los dientes castañeteándole, barrió con el bajo del embozo las cenizas y algunas brasas ligeras que brillaron sobre el suelo de roca. Se formó una constelación de arándanos y chispas anaranjadas. El príncipe se acercó al hombre del mar, que no se había movido en absoluto, y le puso la punta de la espada en el cuello, bajo la barba cobriza que ahora apenas podía ver en la confusa penumbra. Ioren apenas se ladeó para seguir mirándole.

- Lo haré... - insistió, apretando el filo contra la piel. La hoja cantaba al rozarle la barbilla. - ¿Qué pensarás?

- Que es una pena.

- ¿Por qué?

Giró la muñeca. Debía haberle rasgado la piel, porque le llegaba a la nariz el olor de sangre y tenía la sensación de que el filo se escurría.

- Porque aún no estamos preparados.

Driadan sonrió a medias, aún con un ligero temblor.

- Pareces muy seguro de todo lo que dices. ¿Es que nunca dudas?

- Casi nunca. Sólo cuando todo desaparece.

El príncipe se detuvo y apartó el arma. En las sombras de la cueva, observó la sombra de formas confusas que era Ioren, su figura recortada tendida en el suelo y la maraña de cabellos que adivinaba, el rostro anguloso que no podía ver, el brillo de la mirada oscura. Cuando todo desaparece.

- ¿Nunca tienes miedo? - susurró, temblando de nuevo al apartar el arma.

- A veces.

- ¿De qué?

El viento silbó en el exterior. Ioren no desvió los ojos, no se ocultó al responder.

- De ti

Cuando Driadan soltó el sable, el acero cayó sobre las brasas, con el sonido de una campana vieja al golpear sobre las piedras. El fuego extinto brilló y pareció avivarse un instante. Cayó de rodillas, con la capa enredada en el cuerpo, respirando entre los dientes apretados, y acercó los dedos al rostro del hombre del mar. Ioren no se movió, sólo se tensó un instante cuando le rozó con las yemas, y parpadeó tres veces.

¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño.

- Todo ha desaparecido ahora - dijo Driadan en tono confidente, dando voz a una profunda certeza en su corazón - ¿Ahora tienes miedo?

Ioren no pronunció una palabra. Se limitó a cerrar las manos como grilletes en sus muñecas, sin incorporarse ni un ápice. Él se estremeció, con un nudo en el estómago. Ese contacto sí le pareció real, plenamente físico, y sus manos estaban calientes. Tiró de ellas hacia sí y le obligó a inclinarse hacia su rostro. El chico no ofreció resistencia alguna. Así, arrodillado sobre el hombre tendido que le sostenía las manos, parecía un hijo recibiendo la última voluntad de su padre enfermo. El aliento salado le llegaba a las mejillas y también era cálido.

- Enfrento mis miedos - sonó al fin, la voz suave e irreal.

- Entonces háblame de ellos. - Inclinó la cabeza y apoyó la frente en la del hombre del mar, rozándole con los labios. - Puedo hablarte de los míos... del odio que me devora... de la desesperación que me produce encontrar consuelo en ti, siendo que te aborrezco, que representas todo cuanto me produce aversión y envidia... de cómo me abrasa tener que compartir mi desespero contigo y sentirme vulnerable y débil no queriendo serlo. Mi único refugio es mi odio hacia tí. Pero tu ya los conoces y sabes todo esto.

La respiración de Ioren se mezcló con la suya, el aroma de sus cabellos le envolvía. Le estaba apretando las muñecas y tenía todo el cuerpo en tensión, podía sentirlo bajo el suyo.

- Qué quieres saber - murmuró el hombre del mar en la confusa penumbra.

- ¿Qué temes de mi?

Dejó la boca entreabierta sobre la suya.

- Lo mismo que tú temes de mi. Que me hagas mirarme a mí mismo. Que me muestres como soy. Y que no me guste lo que vea.

Los dientes le rozaron los labios. Forcejeó con cierta suavidad para que le soltara las manos y los dedos crispados se desasieron de sus muñecas, dejándole libre. Se aferró a los cordones de la túnica de cuero y tiró de ellos, bebiéndose el aliento, buscando el refugio y el calor con angustia y resignación. Los brazos le envolvieron y le escuchó gruñir quedamente un instante. El consuelo del enemigo. Algo ahí donde todo desaparecía, en la inexactitud de la noche que no es noche y el día que no llega, el aroma envolvente y la piel cálida bajo sus dedos, la lengua furiosa que se precipitó hacia su boca. Driadan le desnudó con torpeza y lentitud. Ioren lo hizo a tirones, arrancándole la capa y la camisa de dormir, sucia y mojada.

- ¿Por qué me buscas? - resolló el hombre del mar, agarrándole los cabellos y tirando de ellos hacia atrás para apartarle del beso.

Los ojos azules brillaban con intensidad bajo el ceño fruncido. Driadan tenía las manos sobre su pecho y aún temblaba, sentía el nudo cerrándose en su garganta, ahogándole.

- Porque no tengo nada más - susurró en respuesta, con voz plana. - Porque me dijiste que removiera las brasas.

Ioren le soltó los cabellos y las palmas callosas se escurrieron sobre su cuerpo, encendiendo llamas latentes bajo su piel fría. Ser tocado le hacía real, y esas manos eran una referencia, recorriendo su torso desnudo y abriéndose en su estómago. Driadan suspiró y echó la cabeza hacia atrás, dibujando los músculos del hombre del mar con los dedos desnudos.

¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño.

- Te gustó lo que pasó junto al río...

El tacto de su piel era suave y curtido, como el de una piedra muy pulida, y desprendía un calor intenso a medida que le acariciaba el vientre. Parecía llamear cuando tiró hacia abajo de los pantalones y dejó los dedos sobre la carne tensa y ardiente que ocultaban en su interior. Era agradable tocarle.

- Me gustó, y a ti también. - afirmó Driadan, en el mismo susurro íntimo. La respiración se le había acelerado - Por eso nos odiamos más aún... más que por todo lo demás, bastardo.

- Me alegra que disfrutaras, enfermo.

La voz de Ioren le llegó como una bofetada, un murmullo cortante y acerado, demasiado jadeante para enfadarle. Apretó los dedos y acarició la piel tersa, inclinándose para besarle.

- Es horrible para ti también, ¿verdad? - escupió, venenoso, colando la lengua entre sus labios. - Qué indigno, seducido por el príncipe de Nirala, por el rey de las zorras, esclavo si no de él, sí del deseo que te despierta...

- Tanto como para ti que me necesitas - respondió Ioren con una mirada desafiante. - Tú también ... eres esclavo.

Ioren le levantó de la cintura con ambas manos y le colocó sobre sí. Driadan dejó las manos sobre su pecho y le miró, apretando los dientes. Qué mas daba ya.

- Lo soy... cierra la maldita cadena, perro sarnoso... - jadeó, arqueándose y apretando las rodillas contra sus costados, arañándole el pecho mientras se cimbreaba con impudicia - átanos con la necesidad... húndete y húndenos...

Se alzó y le buscó, con la respiración atropellada, y se acercó a la cúspide candente con el sudor nuevo brotando de los poros. Las manos de Ioren le aferraban las caderas, y le sintió elevarse cuando se impulsó hacia arriba con un suspiro rasposo, grave. El hombre del mar le apretó contra sí, y el dolor volvió a visitarle, atravesándole como una lanza de fuego y sacudiéndole la garganta con un grito que sofocó a duras penas. Era real. Ese fuego, esa punzada en las entrañas.

- ¡Cerdo! - gruñó, arañándole el torso y rechinando los dientes. - Duele... argh...

Dejó caer la cabeza hacia adelante, mareado y confuso. La irrupción en su carne le llenaba de sensaciones contradictorias, encendía torbellinos abrasadores en su vientre y al tiempo le hacía sentir que su cuerpo no le pertenecía, que miles de garfios metálicos le tiraban de los tendones y los nervios. Ioren soltó una mano para agarrarle del pelo y tirar hacia sí, arrollándole con un beso húmedo de lava prendida, que le anegó hasta la garganta y apagó los gemidos resbaladizos de él y los jadeos secos del hombre del mar. La saliva salada se mezcló con la suya, enredó la lengua en la del hombre al que odiaba y se estremeció mientras avanzaba en su interior, abriéndose camino poco a poco, horadándole.

¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño. Ahora no le importaba en absoluto.

Crispó los dedos sobre su cuerpo, deslizándose en el beso amargo, y cuando Ioren lo abandonó para tomar aire con dificultad, se aferró a sus cabellos, pegando la mejilla a la suya y moviéndose con suavidad para retirarse.

- No me gustó - escupió Ioren en su oído, clavándole los dedos en las nalgas - No me gustó, hijo de perra...

- Mientes, mientes... - jadeó Driadan.

Volvió a dejarse caer, casi con vehemencia, complacido con el gesto de tensión repentina del hombre que se estremeció y contuvo un bufido casi animal cuando le acogió hasta el final. Escocía y de nuevo parecía ir a romperse por dentro, pero se obligó a continuar, ondulando las caderas.

- Dioses, cómo te odio.

Sí, eso estaba bien. Él lo había dicho en un susurro arrebatado, enredando el brazo en su cintura e impulsándose hacia arriba, ahondando en su profundidad, encendiéndole por dentro. Driadan se aplastó contra su cuerpo y se movió, sofocado y envuelto por el olor del mar, por el aroma penetrante de su piel. Era suyo, era su esclavo, le odiaba, estaban unidos, le tenía. Cabalgó sobre su anatomía cuando el dolor se borró y sobrevino el suave oleaje del deleite cosquilleante, que le hacía vibrar los nervios, escuchando sus voces unidas en una sinfonía agria de goce venenoso e inevitable. Las manos rudas le marcaban con fuego, el roce de su piel ígnea le alimentaba y le resguardaba de sí mismo.

- Cierra la cad...ena...ah... ¡Ciérrala! - exigió, con un gemido desvaído, estremeciéndose sobre él. Lo que tenía dentro ardía, duro y palpitante, empujándole y recorriéndole con caricias bruscas que revolucionaban todas sus sensaciones, ahogándole y haciéndole perder la conciencia. Las uñas de Ioren le arañaban el trasero, estrechaban la carne como si quisiera arrancársela o hundir los dedos en ella, le tiraba del pelo.

El hombre del mar exhaló un resuello grave y le mordió el cuello, respirando sobre su piel y arqueándose para buscarle más profundamente. Al hacerlo, algo se prendió en los abismos, como si hubiera tocado un resorte oculto de su cuerpo que no conocía y se inflamaba con más intensidad cada vez que le embestía hasta el límite. Algo que descargaba corrientes vibrantes por todo su cuerpo y le erizó cada poro, transtornándole por completo. Driadan le soltó y le rodeó la nuca con ambos brazos, apretándole contra sí, deshecho en gemidos sollozantes, completando cada movimiento. Su propia virilidad parecía a punto de estallar.

Ioren gruñó y rodó sobre el suelo, empujándole hasta dejarle con la espalda tendida sobre la roca viva. Deslizó las manos bajo sus muslos y le hizo alzar las rodillas hasta sus hombros, sosteniéndose con las palmas y empujándole sin moderación, desatado y con la respiración deshecha en jadeos guturales. Driadan había perdido la visión, y le parecía haberse deshecho, fundido con el aire. Un cristal a punto de romperse ante la vibración de un sonido demasiado intenso. La voz de Ioren se escurrió en sus oídos como una lengua lasciva.

- Canta... canta para mí...

- Tienesquemir...¡AH!... - se mordió los labios, incapaz de hilvanar las palabras.

- Te miraré... hasta el final...

Los ojos azules se fijaron en los suyos. Y cantó. Dejó escapar todos los quejidos sutiles y lascivos, dejó que toda la armonía de su voz se alzara para su enemigo, le regó con su saliva, lamiéndole los labios entre el aria lujuriosa que le dedicaba. Ioren no cerró los ojos, pero sí apretó los dientes y se le empañaron con una tonalidad densa y turbia cuando su propio canto, primitivo y feral, se le anudó en la garganta. Le empujó, desintegrándose en su interior, distendiéndose y vomitando una semilla incandescente y explosiva que le anegó las entrañas, entre violentas palpitaciones y el ondular salvaje de los músculos. E l latigazo le sacudió y le hizo gritar, retorciéndose y tensando cada fibra, haciéndole saltar las lágrimas y morderle los labios. Entonces, aun en aquel instante de silencio y paz extraña, azotado por las convulsiones, derramando su esencia entre ambos, se dio cuenta. No había odio. Ni un ápice en aquel momento preciso, mientras temblaba y gritaba, abrasado por la pasión y arrasado por fuerzas incontrolables que le zarandeaban.

No había odio, y los brazos de Ioren le rodeaban, se aferraba a él, como él lo hacía, agitándose los dos, resollando ambos, estremeciéndose. Se sentía seguro. Cuando fue capaz de abrir los ojos, Ioren le estaba mirando. Ambos recuperaban el aliento con dificultad. Tampoco vio odio en él, y cuando cerró los párpados y se derrumbó sobre el suelo, inconsciente, no le abandonó su mirada, y no volvieron las pesadillas. ¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño.

Y no importaba nada en absoluto.


. . .

© Hendelie

2 comentarios:

  1. Mucho amor ,lo que se dice mucho amor no hay la verdad . Sobretodo mucho dolor y muchos miedos.

    Me dan un poco de pena estos dos. Espero que más adelante se arreglen un poco , entiendo que tal y como son los personajes no van a ser todo cariño y arrumacos pero un poquito mas de ternura y un poco menos de testosterona no le vendría mal .

    Muy intenso el capi . Me ha gustado mucho

    Judith

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