domingo, 13 de noviembre de 2011

Fuego y Acero X: Cadenas


10.- Cadenas

La lluvia le mojaba el rostro, entre el sueño inquieto y febril. Notaba el calor del cuerpo que le sostenía, los brazos vigorosos que le transportaban y la suave cadencia de la respiración, el aroma salado del esclavo que se arremolinaba a su alrededor. Ahora, entre la espesa niebla de la fiebre, era consciente. Le daba sed aquel maldito olor. Los ojos azules que entreveía entre los cabellos rojizos, la fibrosa anatomía le despertaba un hambre extraña, distinta a cuanto había conocido. Aún dolorido y sin ser demasiado consciente de su propio cuerpo, esa ácida mordedura le estaba abrasando por dentro con una avidez que era incapaz de entender.

Entreabrió los párpados, temblando. Enredó dos dedos finos en una arandela de malla, húmeda y fría. La lluvia repiqueteaba sobre las hojas, desgranando una sinfonía de murmullos suaves en sus oídos. A través de la cabellera cobriza, oscura a causa del agua que la empapaba, la mirada de Ioren regresó a él, entre la verde penumbra del bosque.

- Tengo frío - murmuró apenas.

El hombre del mar le estrechó con más vehemencia, acercándole a su pecho. Tenía los pies congelados, pero al menos aquel gesto le reconfortaba.

- Estoy enfermo, ¿no es así?

- Te pondrás bien.

- Es culpa tuya.

- Quizá.

Driadan esbozó una breve sonrisa. En aquel momento no tenía ganas de discutir ni pelear. La voz de Ioren seguía siendo suave y grave, aséptica como siempre. No quería pelear... sólo escucharle hablar. Que le consolara, tal vez que dijera que todo iría bien. Abrió los labios y dejó que la lluvia los humedeciera, lamiéndolos a continuación.

- Ioren...

Los pasos del hombre del mar se detuvieron, y la mirada grave le escrutó.

- Ioren, yo...

¿Qué iba a decir? No lo sabía. Tenía la impresión de que la fiebre terminaría por llevarle, sin atención médica terminaría por morir. Y puede que fuera ese pensamiento, o que realmente deseaba disculparse, decir algo, darle palabras que no era capaz de encontrar, más allá del odio, la envidia y la rabia, algo que no podía definir, brillante entre todo aquel nudo espinoso de emociones crueles. El hombre del mar debió adivinar algo, porque su mirada se reavivó y apartó la vista.

- Mejor quédate callado.

- No... no es... quiero...

- Estás enfermo. Quédate callado. Habla cuando sepas qué dices.

- Pero...

- Así no cambias de idea - le interrumpió Ioren, rehuyendo su rostro - Lo que digas, estás seguro. No desvarías.

- No estoy desvariando... ¿Quieres escuchar, por favor? - murmuró de nuevo, consciente de que su tono era demasiado suave, casi íntimo.

- No, la verdad, no.

Su esclavo se tensó repentinamente. Estaba incómodo, y parecía enfadado por algo. Mantenía el ceño fruncido. Entonces Driadan lo oyó. Un sonido extraño.

- Escucha.

- No es momento.

- ¡A mi no! Escucha.

Driadan se revolvió en sus brazos, inquieto. No era el rumor de la lluvia, era algo mas allá, un sonido que se acercaba. Eran cascos de caballos. Ioren maldijo entre dientes, buscando con la mirada, entre la tierra verde y los helechos, algún escondite. Una mano brusca se cerró sobre la del príncipe y tiró con vehemencia, arrancándole el anillo de titanio, símbolo de su casa y de su estirpe. El cuerpo firme se tensó cuando le dejó entre un matorral espinoso, que le arañó la piel a través del camisón.

- No me dejes aquí... - susurró Driadan, repentinamente lúcido. El peligro se le anudaba en la garganta.

- Aguanta. - El esclavo le arrojó la capa y la espada y le dedicó una última mirada, dura y grave. - Si te ven, pelea. Hasta el último aliento.

- No te vayas - replicó desesperadamente - no me dejes aquí, perro traicionero...

Se revolvió entre los espinos, luchando contra la mano que le aplastaba los cabellos para ocultarle en el follaje. Las voces y los relinchos de los corceles parecían retumbar.

- Quédate oculto, desgraciado. ¡Quédate ahí! - le apremió con brusquedad.

- No, no... no voy a esconderme...

El silbido del acero al desenvainar elevó su canto en el claro. Ioren se dio la vuelta, gruñendo, y la cabellera llameante desapareció.

- ¡Un hombre! - gritó una voz desconocida - ¡Aquí est.... argh...!

Driadan se encogió, abrazándose las rodillas y maldiciendo en silencio. Las ramas retorcidas le cubrían, se agitaban las hojas, al contraluz de los cuerpos que combatían cerca. Un relincho cercano y el galope al detenerse. Alargó la mano hacia la espada y se aplastó contra las raíces del arbusto, observando los pies de los guerreros que corrían, se movían y atacaban.

- Es un bárbaro. ¡Atrapadle!

- Cuidado.

- Va desarmado.

- ¡Dioses!

Driadan cerró los ojos un instante, con el corazón martilleándole en las sienes. Había escuchado el gruñido y el sonido del hueso al quebrarse. Un cuerpo moreno, enfundado en cuero y malla, cayó a su lado, sangrando por la boca y con media cara destrozada. Tenía los párpados abiertos y los ojos en blanco. Uno de ellos se deshacía, fluyendo hacia el suelo, y su cráneo parecía demasiado estrecho, aplastado o roto.

- ¡Reducidle! ¡Reducidle!

Metal silbando y violentos impactos, el tintineo de las anillas, puñetazos sordos, exclamaciones de dolor y resuellos. Agarró la empuñadura, apretando los dientes, cuando el combate y los forcejeos se hicieron más vehementes.

- ¡Echadle abajo, maldita sea!

- ¡Aaaargh!

- Sagthar ... ¡no ruath menkval! - exclamó el hombre del mar, entre la respiración entrecortada

- ¡Ahora!

Sonó como si tumbaran a un caballo cuando derribaron a Ioren al suelo, entre golpes y jadeos que poco a poco se sosegaron. Desde su posición, Driadan sólo veía al muerto, el bulto ensangrentado inmóvil sobre la hierba, y las rodillas y piernas de los asaltantes. También la silueta de una figura enorme, tendida más allá, y un jirón de cabellera llameante.

- Por todos los demonios que ha prestado batalla este perro - resolló una voz insidiosa, de acento extraño.

Un par de pies enfundados en botas de cuero, extrañas y curvadas en la punta, se acercaron. Varios filos de acero destellaban sobre la maraña de cabellos rojizos, apuntándole, y otros pares de botas le pisaban, manos enguantadas le mantenían contra el suelo. Estaban amontonados sobre él para evitar que se moviera, y aun así, Ioren se movía, revolviéndose en vano.

- ¿Tienes nombre?

El hombre del mar escupió como única respuesta.

- Espléndido. Encadenadle y llevadle al barco.

- No...

Driadan tragó saliva. Tenía la espada aferrada con tanta fuerza que le dolían los nudillos. Estaba mareado, medio muerto de frío, pero le había escuchado. Y no solo él. También todos los demás. Alguien rió burlonamente y el tintineo de los eslabones se extendió como una maldición en la foresta.

- ¿No? ¿Cómo que no?
- No... - de nuevo el susurro - no... mátame ya... mátame ahora...

Le estaba mirando. Los ojos azules destellaban, preñados del desesperado ardor de un animal acorralado. Le estaba mirando. Veía sus pupilas empañadas detrás de los mechones de cabello apelmazado, ensangrentado, la expresión dolorida en su rostro. Aun febril, Driadan lo comprendió. Entendió la humillación, la profunda herida de la esclavitud, el terrible sufrimiento que significaba para aquel hombre extraño y lejano, para su orgullo y su honor, portar cadenas, dijera él lo que dijese. Y lo entendió con una claridad que nunca antes había experimentado.

- No vamos a matarte, bárbaro - dijo otra voz. - Vales demasiado. Seguro que nos dan un par de buenas bolsas de oro por ti en Shalama.

Shalama. La ciudad de los esclavistas, en occidente. Allí donde todo hombre, mujer y niño tenía un precio, allí donde la libertad se pesaba en oro y hasta los reyes podían ser derrocados y vendidos. "Dadme fuerzas, dioses de mis padres", pensó el príncipe, cerrando los ojos un instante.

- No... ¡No!

- No te revuelvas, bastardo...

Era suyo. Él le había reclamado, llevaba su sello en el brazo, le pertenecía, y sus destinos estaban unidos. No podía permitir eso. Nunca. Antes morir. Escuchó su propio grito al salir del matorral. Las púas del ramaje le arañaron las piernas y los brazos cuando se precipitó hacia los hombres, blandiendo la espada, como un tigre hambriento. La neblina de la ira le cubría la vista cuando atravesó el cuello del tipo inclinado sobre Ioren, que sin tiempo a reaccionar, abrió los ojos y la boca, deshaciéndose su rostro en un mar de sangre.

- ¿Pero qué...?

- ¡A ellos! - bramó el extranjero de las botas curvas, rabioso - ¡A ellos! ¡Atrapadles, perros!

Las cadenas cayeron al suelo. El hombre del mar exhaló un bramido furioso, forcejeando contra sus captores, hundiendo los dientes y retorciéndoles los miembros como si fueran de mantequilla. Driadan se escurría entre las figuras de los guerreros, tambaleándose de un lado a otro, mientras buscaba más carne donde clavar la espada y la sangre salpicaba a su alrededor a cada tajo desesperado, en cada finta iracunda.

- ¡Fuego y acero! ¡Fuego y acero! - aullaba el príncipe, con el corazón cabalgándole en las venas y el universo rojo girando descontroladamente.

Tres cadáveres cayeron a sus pies, antes de que una masa confusa de brazos, manos, sables y garrotes se cernieran sobre él, derribándole. Le arrancaron la espada de las manos con un golpe y el suelo corrió a su encuentro demasiado rápido. Aún entonces, reconoció el calor y el aroma a sal que se interpuso entre su anatomía y las armas de los enemigos, cubriéndole en un abrazo protector. Gimió, aguantando un sollozo de frustración, arañando la tierra, con la mirada fija en la hoja reluciente, lejos de su alcance. Las siluetas de los rivales cubrieron con su sombra a los dos. Sólo entonces, con la amarga sensación de haberlo perdido todo, dejó que la debilidad de su cuerpo enfermo le cubriera lentamente, desarmado y derrotado.

Su padre solía decirlo, era el lema de la familia. No hay más derrota que la rendición. Y sin embargo, pese a haber luchado, la vida se empeñaba en demostrarle que había nacido vencido.

- Malditos salvajes... prendedles de una vez, antes de que maten a alguien más.

Mientras escuchaba los grilletes cerrarse en las muñecas de Ioren, su voz le llegó en un susurro quedo. Su aliento le rozó el oído.

- Te dije que te quedaras ahí...

- Levantadle. Arrastradle si es necesario.

La tibieza familiar fue arrancada de su espalda cuando los esclavistas tiraron del hombre del mar.

- Te dije que no iba a esconderme - replicó con un hilo de voz, sin esperanzas de que él le escuchara.

Alguien le retorció las manos a la espalda. Las sogas le mordieron las muñecas y los hombres le obligaron a ponerse en pie, alzándole por los cabellos. Dio un traspiés, buscando la mirada azul, con el aire arremolinándose en sus pulmones y presionando sobre el pecho con ansiedad. El hombre del mar, con el cabello sobre el rostro, aún tenía los dientes apretados y el gesto firme. Miraba a los combatientes uno a uno, memorizando sus facciones con aquel gesto gélido y aterrador. Después, sus ojos se encontraron durante un instante.

- Llevadlos al barco.

- Que vuestros dioses se apiaden de vosotros - murmuró Driadan, aún resistiéndose cuando tiraron de sus cuerdas. - Porque yo no lo haré.

Caminó a duras penas al final de la fila, engullendo a largos tragos la copa infecta que de nuevo se le tendía, masticando el odio nuevo y naciente que parecía corroerle el interior. Ardiente como una llama. Enfermizo como la fiebre. Virulento y cruel, aprendió a anestesiarlo y congelarlo hasta que pudiera despertarlo de nuevo con el cuerno resonante de la venganza.


. . .

Fuego y Acero IX: Llamas


9.- Llamas

La mañana le sorprendió con el sabor dulzón pegado al paladar y el aroma del perfume exótico que impregnaba los cabellos del príncipe anegando su olfato. Iris, las flores preferidas por la realeza. Antaño, en su tierra, había escuchado hablar a los chamanes sobre las propiedades oníricas de esa planta extraña y lejana, el embrujo que hacía caer sobre los débiles y la manera en que podía su efluvio abrir las puertas de la mente a la locura o la sabiduría. Sospechaba que los nobles de Nirala no tenían la menor idea de esto, y simplemente la utilizaban en sus aceites porque era una flor rara y muy cara.

Somnoliento, Ioren se frotó la nariz tratando de arrancarse el empalagoso olor y rodó hacia un lado para incorporarse y buscar su ropa, sin hacerse preguntas. Tenía cosas más importantes en las que pensar. En el exterior de la cueva, una suave llovizna hacía cantar las hojas verdes, y sus oídos entrenados no captaban nada sospechoso más allá de los rumores del bosque. Si les estaban buscando, no había llegado nadie. Se ajustó la túnica y se calzó las botas, apagando las brasas con la suela sin demasiados miramientos. Sobre el suelo aún había algunas bayas rojizas trazando extraños dibujos. Algunas se habían aplastado. Frunció el ceño al atarse los pantalones. Un resto de sangre seca le salpicaba el vientre, bajo el ombligo.

- ... eh, levanta.

Acercó la mano al cuerpo desnudo y encogido que dormitaba en el suelo. Estaba helado. Le zarandeó por el hombro.

- Chaval, arriba.

La maraña de cabellos oscuros estaba extendida sobre el piso rocoso como una anémona ondulante. El muchacho estaba de lado, hecho un ovillo de piel blanca y formas suaves, casi abrazándose las rodillas. Volvió a moverle, pero no hubo reacción. Gruñó con suavidad, contrariado. No podían perder más tiempo, era importante partir cuanto antes y alcanzar el puerto. Estaba seguro de que con el sello real de Driadan podrían tomar cualquier barco que se les antojara y emprender rumbo al Norte, de regreso a casa. No imaginaba un gran recibimiento después de lo sucedido en la costa, pero añoraba su hogar y a su gente. Y además... había cosas que debían ser hechas y designios que esperaban ser cumplidos. Tiró del brazo del chico para voltearle, dispuesto a darle un par de bofetadas para arrancarle del sueño pesado. Sin embargo, cambió de opinión al ver la enfermiza palidez del rostro, el sudor frío que le cubría y la sangre que le manchaba la parte interior de los muslos y se deslizó hacia la piedra cuando le movió, como una serpiente roja y oscura.

- ... por todos los... - escupió, soltando una maldición.

Ioren no era curandero. No necesitaba serlo para darse cuenta de que algo iba muy mal con el príncipe. Le levantó los párpados y le tomó la temperatura. Estaba congelado, y temblaba en suaves espasmos de cuando en cuando. Suspirando, le manejó con cierto cuidado para colocarle boca abajo y echar un vistazo al lugar donde parecía estar herido, abriéndole los muslos. Tragó saliva. La zona estaba cubierta de sangre, seca y también nueva. Estaba seguro de que si le presionaba el bajo vientre, volvería a manar. Debía tener una herida interna, lo cual no le extrañaba.

Quizá se había infectado. Quizá le había destrozado por dentro. Quizá se había herido aún mas al caminar. Quizá ya estaba enfermo la noche anterior. Recordaba que estaba muy caliente. ¿Habría tenido fiebre? Se maldijo a sí mismo y a él, mirando al joven con odio contenido y pasándose la mano por la cara, en cuclillas cerca de su cuerpo. "Debería dejarle aquí, y al infierno. Pero, ¿cómo voy a volver a casa sin un barco? Aunque renunciara a los designios del destino, tengo que regresar, y le necesito para eso".

- ¿Me oyes, muchacho? - le palmeó la mejilla, tratando de obtener algo de él. Sólo halló respuesta en los estremecimientos y el resuello de una respiración dificultosa.

Trató de hacer memoria. ¿Qué planta usaba Kraakha para las fiebres? ¿Y cuál era la raíz apropiada para las infecciones? Demonios, no tenía ni la menor idea. No sabía si sería capaz de encontrarlas ahí fuera, sólo conocía con certeza las que él mismo había usado para restañar las heridas de los lobos en la caza. Y esto no era lo mismo. O tal vez no era tan distinto.

- No soy tu niñera, por las barbas de Urk... debería matarte

Lo dijo a media voz, mientras salía afuera empuñando la espada y miraba alrededor, empapándose de lluvia y aspirando con fuerza el perfume húmedo de los bosques. Sentía la llama furiosa ardiendo en su pecho, el deseo imperativo de cercenar la vida de aquella criatura tediosa y cargante y exorcizar con ello todos sus problemas y sus temores. Pero ya entonces, Ioren no se engañaba. Sabía que no podía hacer eso, no sin sentirse algo culpable.

Se movió con sigilo entre los árboles, tratando de encontrar un roble. Sólo había olmos, hayas y encinas, y los maldijo a todos, a los troncos y a las hojas. Repentinamente, le asaltó el temor de que una alimaña hambrienta acudiera a la cueva atraída por el olor de Driadan y su sangre derramada. Ahondó precipitadamente en la primera raíz que encontró y arrancó un fragmento a tirones, recorriendo el breve camino a la inversa a toda prisa. La cueva estaba desierta. El chico seguía tendido e inmóvil. Suspiró con alivio y dejó una piedra plana y cóncava en la boca de la gruta, confiando en que se llenara con agua de lluvia.

Mientras deshacía en virutas la raíz y trataba de molerla con la empuñadura de la espada, le asaltó el recuerdo de los ojos rojos en la oscuridad, la voz susurrante y amarga, el aliento golpeándole en los labios y el fuego ardiéndole en las venas. Miró de reojo a aquel despojo enfermizo y encogido, que había visto resplandecer con llamaradas de ira enajenada, y sintió asco. No había nada en él que le produjera otra cosa que desprecio y decepción, pero aun así, ahí estaba. Le había golpeado, escupido y arrastrado, casi con cansancio. Había respondido a sus provocaciones con la cosecha de lo que el príncipe había sembrado, y éste era el resultado: un retraso importante en sus planes. Y todo por que el maldito príncipe estaba hecho de barro y no era capaz de resistir las consecuencias de sus propios actos. Le dejaría pudrirse enfermo y solo en aquella cueva si no le necesitara. Si no estuvieran unidos por ese hilo invisible de odio y destino que alimentaba el orgullo y podría fortalecer al chico, y que a él le hacía seguir adelante a pesar de sus deseos de renunciar a todo. "Pero los dioses se enfadarán. Esta es mi prueba. Puede que me estén castigando por mi orgullo".

Recogió el polvo de la raíz molida en un puño y se acercó al improvisado cuenco de agua. Vertió los fragmentos en él y se acercó a la hoguera apagada. Maldita sea. Tendría que hacer el fuego de nuevo. No quería perder mas tiempo, de modo que agrupó los restos lo mejor que pudo y suspiró, con gesto angustiado, sosteniendo el cuenco en una mano. Se arrodilló frente al círculo de ramas quemadas y brasas apagadas, mirándolo con atención, y dejó fluir la oración entre sus labios, en su idioma natal.

- Rúnya del Fuego Oculto, del principio de los tiempos... deja que tus dedos rojos prendan y se inflamen... escucha mi llamada...

El aire pareció volverse cálido frente a él. Contempló los tocones ennegrecidos, aunando toda su voluntad, y dejó dos dedos sobre uno de ellos, relajando su mente y despejándola de todo pensamiento innecesario.

- Por la sangre de mis ancestros, Ioren Raur te llama... Rúnya del Fuego Oculto, del principio de los tiempos... yo conozco los secretos del fuego y del acero, soy hijo del Mar y de los terribles volcanes... por la sangre de mis ancestros, con derecho te invoco. Acude ahora, responde a tu siervo.

Sí, estaba funcionando. Notaba el mordisco abrasador en su carne, bajo la piel, en las arterias. Los latidos resonaban en sus oídos y empezó a sentir calor. Entrecerrando los ojos, se concentró y dirigió ese ardor hacia su mano. Las yemas le quemaron, y la madera comenzó a humear.

- Rúnya del Fuego Oculto, del principio de los tiempos... deja que tus dedos rojos prendan y se inflamen... escucha mi llamada...

La chispa prendió, y la pequeña pira volvió a encenderse con una llamarada roja e intensa que bailó un instante antes de estabilizarse. Ioren resolló y apartó los dedos, acercando el cuenco para que la mezcla se calentara. Las llamas le lamían la piel con suavidad cuando se movía demasiado hacia adelante, pero no se apartó hasta que el agua empezó a hervir. Sólo entonces se alejó, con un suspiro de alivio.

Bueno, si el chaval podía tragar, quizá se recuperase. En cualquier caso, tendría que cargar con él el resto del camino, no podía permitirse más demora. Removió la piedra cóncava y sopló en el líquido humeante, arrastrándose con las rodillas para acercarse al chico. Y se quedó inmóvil, como si un golpe de viento le hubiera azotado. Frunció el ceño y apretó los dientes.

Los ojos rojos le contemplaban entre los párpados entrecerrados, cubiertos por una pátina húmeda y febril.

- ¿Qué hechicería... es esta? - murmuró la voz débil, pastosa.

Maldición. Le había visto hacerlo. Tragó saliva y le acercó el cuenco.

- Bebe - ordenó.

- No pienso beber... tus brebajes... mala bruja... - replicó el muchacho con una tos.

Ioren le incorporó, agarrándole con un brazo y apoyándole en su hombro. Le acercó el guijarro hueco a los labios, manteniendo la expresión imperturbable. El cuerpo frío volvía a estar cubierto de sudor gélido. Era como abrazar un espíritu de escarcha.

- Cállate, desgraciado. Estás enfermo. Bebe.

- Te vi encender... sin... - el chico se calló, tragando el líquido con un gemido, hasta que Ioren apartó el sorbo de su boca - Sabe a huevos podridos... quema...

- Bah. No te quejes.

- He visto lo que has hecho...

- Tienes fiebre - replicó Ioren - No he hecho nada.

Volvió a darle de beber, confiando en que dejara de hacer preguntas. Driadan tragó, gimió nuevamente y se encogió entre sus brazos.

- Invocaste algo...

- Acerqué una rama encendida a la hoguera mientras rezaba. Eso es todo. Bebe más.

Driadan se removió, queriendo alejarse de la medicina. Ioren le agarró del cabello, en un gesto que no llegó a ser brusco. Finalmente, cedió y se terminó el líquido, dejando caer la cabeza en el hueco de su brazo mientras respiraba afanosamente, con una gota de la mezcla escurriéndose hacia la barbilla, pálido y desorientado.

- No me tomes por idiota... - susurró quedamente, parpadeando.

Ioren le miró. Le miró mientras los ojos rojos volvían a cerrarse y los temblores cedían poco a poco. Le apartó el cabello enredado del rostro y le acomodó sobre sus piernas, yaciente y desmayado, estrechándole con ambos brazos y tratando de calmar el intenso frío que exudaban sus poros. No se sentía culpable. No entendía demasiado bien lo que sucedía, pero a pesar de que no debía retrasar más la partida, aún permaneció durante unas horas sentado junto al fuego, con el príncipe resguardado junto a su pecho, observando su semblante despreciable y sumido en sus pensamientos.


. . .

Fuego y Acero VIII: Antes del alba.


8.- Antes del alba

El grajo sacudió las plumas y clavó las garras en la rama, lanzando dos gorjeos leves. Era un ave de buen tamaño y negro plumaje, tenía los ojos anaranjados y apenas prestaba atención a las brasas murientes de una hoguera en una cueva, a pocos metros de su atalaya. Estaba desvelado, y aún no había llegado el amanecer. Eran aquellas las horas favoritas de los chamanes, aquellas en las que la noche ya no es noche pero el día aún no es, cuando la luna rueda como una cabeza cortada resistiéndose al empuje del alba inevitable que todavía se hará esperar. La oscuridad deja de ser insondable negrura y se convierte en un velo vaporoso casi gris en el que todo se mezcla. Sueño y vigilia, noche y día, luz y oscuridad, realidad e imaginación, vida y muerte. El punto de inflexión. Decían los magos y espiritistas, los brujos y lectores de runas, decían todos aquellos que se atrevían a mirar más profundamente en el universo, que aquellas horas fantasma abrían las puertas de otras realidades, de los espíritus y los demonios, de lo sobrenatural y misterioso. Horas arrancadas al tiempo, apenas una o dos, que son indefinibles, que no son nada. Decían que abrían las puertas de la percepción y permitían al hombre verse tal como era.

El grajo chilló dos veces porque estaba desvelado. Quizá alguno de aquellos chamanes lo habría llamado destino. De seguro que los apasionados de encontrar conexión en todos los eventos del mundo habrían hallado una explicación al grito del ave. El hecho, más allá de toda interpretación, es que el grajo despertó a Driadan de su inquieta pesadilla, y abrió los párpados, tomando aire con un estertor y estrujando la espada contra sí.

Los contornos de la cueva eran borrosos, y las brasas parecían ojos incandescentes que le miraban. Había soñado con fuego y acero, con muerte, con el frío abrazo de las aguas. Había soñado angustia y soledad, miedo y grandes cargas sobre sus hombros adheridas con cadenas que le brotaban de la misma carne. Incapaz de recordar con claridad los hechos de su sueño más allá de las sensaciones, sólo una huella fría enredada en su alma permanecía con él, anudándole la garganta y haciéndole sentir peor que muerto, a merced de fuerzas que no podía controlar, hados y titanes que le sacudían como una marioneta. Trémulo, se abrazó a la espada, mientras el peso de la incertidumbre le asolaba en la repentina vigilia.

El grajo volvió a gritar, estaba desvelado. Y esta vez despertó a Ioren.

Si fue el extraño temblor de Driadan lo que le llevó a mirarle en las horas fantasma arrancadas al tiempo o fue el esqueje de un sueño recién arrancado, no tiene importancia. Los ojos rojos del príncipe se fijaron en los suyos, y el hombre del mar, yaciendo sin mantas, aún somnoliento, con el rostro sobre un brazo doblado y tendido sobre las piedras, no apartó la vista.

- ¿Tienes frío? - preguntó Ioren, con los ojos entrecerrados.

El grajo revoloteó, su sonido rompió el silencio de la noche.

- Estoy enterrado en la nieve - respondió Driadan en un susurro, sin pensar lo que decía.
- Siempre lo he estado, y ahora lo descubro.

Porque sí sentía frío. Un frío gélido y más intenso del que jamás había sentido. Se veía a sí mismo solo en un mar de llamas, en un gélido océano, y ni el fuego ni el agua le daban ningún calor. Solo, seco y yermo, con todo su odio, frente a sí mismo y su vida. Se le hacía insoportable el retazo de aquel sueño tan crudo como la realidad desnuda. Al abrazar la espada se hizo sangre en las manos. Tenía la impresión de tener fiebre y se notaba enfermo.

- Remueve las brasas - replicó la voz suave, y los ojos azules parpadearon un par de veces, contemplándole aún entre las pestañas.

Driadan se movió con toda la fuerza que fue capaz de reunir. Extendió la espada y agitó con la punta los rescoldos de la hoguera, que se encendieron un poco más. "Ojos rojos, mirándome". No percibió ningún calor. Apretó los dientes y tragó saliva, sintiendo que las fuerzas y la determinación le abandonaban. De pie en un páramo yermo, con las cenizas de su vida y la visión de un sueño de destrucción, de un futuro en el que todo era horror y nada le saciaría, porque el monstruo del odio que sabía que había despertado en su boca era imposible de calmar. Glotón y ambicioso, le acabaría poseyendo, siempre hambriento.

¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño.

El viento agitó las hojas y miró de soslayo las sombras fantasmagóricas de los troncos de los árboles en el exterior. Todo parecía irreal y extraño, la voz de Ioren que había escuchado hacía un momento se le antojaba su propia imaginación. A la deriva entre el descanso y la vigilia, no era capaz de encontrarse ni a si mismo. Todo aquello a lo que se aferraba parecía vano, haber dejado de existir. Algún extraño dios muy alto y poderoso proyectaba su sombra sobre él y hacía que todo se desvaneciera entre sus dedos, en su mente.

- Algo me muerde por dentro - susurró de nuevo. ¿Lo había dicho? El silencio pareció tragarse sus palabras. - Tengo miedo.

- ¿De qué?

Volvió la mirada hacia el hombre del mar. Los ojos azules seguían ahí, apenas una sombra brillante a través de las pestañas.

- De lo que pueda venir - dijo, tragando saliva ruidosamente y abrazándose para contener los temblores. - De lo que puedo llegar a ser. No lo sé.

Ahí estaba. Los ojos no se iban, más allá de las brasas, fueran reales o no. "Es todo lo que tengo", comprendió entonces, desolado. "Lo que más odio, a quien más odio, es todo lo que tengo. No puedo recurrir a nada más ni a nadie más. Sólo a mi enemigo."

- Te odio - repitió, apretando los dientes y doblándose sobre sí mismo. - Todo lo que está pasando es el infierno. Lo que vendrá será más infierno aún. Te odio...

- Ya. Yo también.

Casi se le escapó una risa seca. Qué magnífico, ya tenían algo en común. Unidos por el odio mutuo. Lo que más detestaba era aquello, no tener nada, nada salvo a él, su único asidero en la zozobra tenía que ser precisamente aquella persona.

- Quiero matarte ya... no quiero esperar más... - resolló, agitándose. Le pareció que algo húmedo le lamía los pies.

- Tienes la espada. Hazlo.

Driadan tomó aire y lo aguantó en los pulmones. Podía hacerlo, claro. La hoguera apagada le miró mientras se incorporaba a duras penas, arrastrando la capa negra. Al avanzar con pasos torpes y los dientes castañeteándole, barrió con el bajo del embozo las cenizas y algunas brasas ligeras que brillaron sobre el suelo de roca. Se formó una constelación de arándanos y chispas anaranjadas. El príncipe se acercó al hombre del mar, que no se había movido en absoluto, y le puso la punta de la espada en el cuello, bajo la barba cobriza que ahora apenas podía ver en la confusa penumbra. Ioren apenas se ladeó para seguir mirándole.

- Lo haré... - insistió, apretando el filo contra la piel. La hoja cantaba al rozarle la barbilla. - ¿Qué pensarás?

- Que es una pena.

- ¿Por qué?

Giró la muñeca. Debía haberle rasgado la piel, porque le llegaba a la nariz el olor de sangre y tenía la sensación de que el filo se escurría.

- Porque aún no estamos preparados.

Driadan sonrió a medias, aún con un ligero temblor.

- Pareces muy seguro de todo lo que dices. ¿Es que nunca dudas?

- Casi nunca. Sólo cuando todo desaparece.

El príncipe se detuvo y apartó el arma. En las sombras de la cueva, observó la sombra de formas confusas que era Ioren, su figura recortada tendida en el suelo y la maraña de cabellos que adivinaba, el rostro anguloso que no podía ver, el brillo de la mirada oscura. Cuando todo desaparece.

- ¿Nunca tienes miedo? - susurró, temblando de nuevo al apartar el arma.

- A veces.

- ¿De qué?

El viento silbó en el exterior. Ioren no desvió los ojos, no se ocultó al responder.

- De ti

Cuando Driadan soltó el sable, el acero cayó sobre las brasas, con el sonido de una campana vieja al golpear sobre las piedras. El fuego extinto brilló y pareció avivarse un instante. Cayó de rodillas, con la capa enredada en el cuerpo, respirando entre los dientes apretados, y acercó los dedos al rostro del hombre del mar. Ioren no se movió, sólo se tensó un instante cuando le rozó con las yemas, y parpadeó tres veces.

¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño.

- Todo ha desaparecido ahora - dijo Driadan en tono confidente, dando voz a una profunda certeza en su corazón - ¿Ahora tienes miedo?

Ioren no pronunció una palabra. Se limitó a cerrar las manos como grilletes en sus muñecas, sin incorporarse ni un ápice. Él se estremeció, con un nudo en el estómago. Ese contacto sí le pareció real, plenamente físico, y sus manos estaban calientes. Tiró de ellas hacia sí y le obligó a inclinarse hacia su rostro. El chico no ofreció resistencia alguna. Así, arrodillado sobre el hombre tendido que le sostenía las manos, parecía un hijo recibiendo la última voluntad de su padre enfermo. El aliento salado le llegaba a las mejillas y también era cálido.

- Enfrento mis miedos - sonó al fin, la voz suave e irreal.

- Entonces háblame de ellos. - Inclinó la cabeza y apoyó la frente en la del hombre del mar, rozándole con los labios. - Puedo hablarte de los míos... del odio que me devora... de la desesperación que me produce encontrar consuelo en ti, siendo que te aborrezco, que representas todo cuanto me produce aversión y envidia... de cómo me abrasa tener que compartir mi desespero contigo y sentirme vulnerable y débil no queriendo serlo. Mi único refugio es mi odio hacia tí. Pero tu ya los conoces y sabes todo esto.

La respiración de Ioren se mezcló con la suya, el aroma de sus cabellos le envolvía. Le estaba apretando las muñecas y tenía todo el cuerpo en tensión, podía sentirlo bajo el suyo.

- Qué quieres saber - murmuró el hombre del mar en la confusa penumbra.

- ¿Qué temes de mi?

Dejó la boca entreabierta sobre la suya.

- Lo mismo que tú temes de mi. Que me hagas mirarme a mí mismo. Que me muestres como soy. Y que no me guste lo que vea.

Los dientes le rozaron los labios. Forcejeó con cierta suavidad para que le soltara las manos y los dedos crispados se desasieron de sus muñecas, dejándole libre. Se aferró a los cordones de la túnica de cuero y tiró de ellos, bebiéndose el aliento, buscando el refugio y el calor con angustia y resignación. Los brazos le envolvieron y le escuchó gruñir quedamente un instante. El consuelo del enemigo. Algo ahí donde todo desaparecía, en la inexactitud de la noche que no es noche y el día que no llega, el aroma envolvente y la piel cálida bajo sus dedos, la lengua furiosa que se precipitó hacia su boca. Driadan le desnudó con torpeza y lentitud. Ioren lo hizo a tirones, arrancándole la capa y la camisa de dormir, sucia y mojada.

- ¿Por qué me buscas? - resolló el hombre del mar, agarrándole los cabellos y tirando de ellos hacia atrás para apartarle del beso.

Los ojos azules brillaban con intensidad bajo el ceño fruncido. Driadan tenía las manos sobre su pecho y aún temblaba, sentía el nudo cerrándose en su garganta, ahogándole.

- Porque no tengo nada más - susurró en respuesta, con voz plana. - Porque me dijiste que removiera las brasas.

Ioren le soltó los cabellos y las palmas callosas se escurrieron sobre su cuerpo, encendiendo llamas latentes bajo su piel fría. Ser tocado le hacía real, y esas manos eran una referencia, recorriendo su torso desnudo y abriéndose en su estómago. Driadan suspiró y echó la cabeza hacia atrás, dibujando los músculos del hombre del mar con los dedos desnudos.

¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño.

- Te gustó lo que pasó junto al río...

El tacto de su piel era suave y curtido, como el de una piedra muy pulida, y desprendía un calor intenso a medida que le acariciaba el vientre. Parecía llamear cuando tiró hacia abajo de los pantalones y dejó los dedos sobre la carne tensa y ardiente que ocultaban en su interior. Era agradable tocarle.

- Me gustó, y a ti también. - afirmó Driadan, en el mismo susurro íntimo. La respiración se le había acelerado - Por eso nos odiamos más aún... más que por todo lo demás, bastardo.

- Me alegra que disfrutaras, enfermo.

La voz de Ioren le llegó como una bofetada, un murmullo cortante y acerado, demasiado jadeante para enfadarle. Apretó los dedos y acarició la piel tersa, inclinándose para besarle.

- Es horrible para ti también, ¿verdad? - escupió, venenoso, colando la lengua entre sus labios. - Qué indigno, seducido por el príncipe de Nirala, por el rey de las zorras, esclavo si no de él, sí del deseo que te despierta...

- Tanto como para ti que me necesitas - respondió Ioren con una mirada desafiante. - Tú también ... eres esclavo.

Ioren le levantó de la cintura con ambas manos y le colocó sobre sí. Driadan dejó las manos sobre su pecho y le miró, apretando los dientes. Qué mas daba ya.

- Lo soy... cierra la maldita cadena, perro sarnoso... - jadeó, arqueándose y apretando las rodillas contra sus costados, arañándole el pecho mientras se cimbreaba con impudicia - átanos con la necesidad... húndete y húndenos...

Se alzó y le buscó, con la respiración atropellada, y se acercó a la cúspide candente con el sudor nuevo brotando de los poros. Las manos de Ioren le aferraban las caderas, y le sintió elevarse cuando se impulsó hacia arriba con un suspiro rasposo, grave. El hombre del mar le apretó contra sí, y el dolor volvió a visitarle, atravesándole como una lanza de fuego y sacudiéndole la garganta con un grito que sofocó a duras penas. Era real. Ese fuego, esa punzada en las entrañas.

- ¡Cerdo! - gruñó, arañándole el torso y rechinando los dientes. - Duele... argh...

Dejó caer la cabeza hacia adelante, mareado y confuso. La irrupción en su carne le llenaba de sensaciones contradictorias, encendía torbellinos abrasadores en su vientre y al tiempo le hacía sentir que su cuerpo no le pertenecía, que miles de garfios metálicos le tiraban de los tendones y los nervios. Ioren soltó una mano para agarrarle del pelo y tirar hacia sí, arrollándole con un beso húmedo de lava prendida, que le anegó hasta la garganta y apagó los gemidos resbaladizos de él y los jadeos secos del hombre del mar. La saliva salada se mezcló con la suya, enredó la lengua en la del hombre al que odiaba y se estremeció mientras avanzaba en su interior, abriéndose camino poco a poco, horadándole.

¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño. Ahora no le importaba en absoluto.

Crispó los dedos sobre su cuerpo, deslizándose en el beso amargo, y cuando Ioren lo abandonó para tomar aire con dificultad, se aferró a sus cabellos, pegando la mejilla a la suya y moviéndose con suavidad para retirarse.

- No me gustó - escupió Ioren en su oído, clavándole los dedos en las nalgas - No me gustó, hijo de perra...

- Mientes, mientes... - jadeó Driadan.

Volvió a dejarse caer, casi con vehemencia, complacido con el gesto de tensión repentina del hombre que se estremeció y contuvo un bufido casi animal cuando le acogió hasta el final. Escocía y de nuevo parecía ir a romperse por dentro, pero se obligó a continuar, ondulando las caderas.

- Dioses, cómo te odio.

Sí, eso estaba bien. Él lo había dicho en un susurro arrebatado, enredando el brazo en su cintura e impulsándose hacia arriba, ahondando en su profundidad, encendiéndole por dentro. Driadan se aplastó contra su cuerpo y se movió, sofocado y envuelto por el olor del mar, por el aroma penetrante de su piel. Era suyo, era su esclavo, le odiaba, estaban unidos, le tenía. Cabalgó sobre su anatomía cuando el dolor se borró y sobrevino el suave oleaje del deleite cosquilleante, que le hacía vibrar los nervios, escuchando sus voces unidas en una sinfonía agria de goce venenoso e inevitable. Las manos rudas le marcaban con fuego, el roce de su piel ígnea le alimentaba y le resguardaba de sí mismo.

- Cierra la cad...ena...ah... ¡Ciérrala! - exigió, con un gemido desvaído, estremeciéndose sobre él. Lo que tenía dentro ardía, duro y palpitante, empujándole y recorriéndole con caricias bruscas que revolucionaban todas sus sensaciones, ahogándole y haciéndole perder la conciencia. Las uñas de Ioren le arañaban el trasero, estrechaban la carne como si quisiera arrancársela o hundir los dedos en ella, le tiraba del pelo.

El hombre del mar exhaló un resuello grave y le mordió el cuello, respirando sobre su piel y arqueándose para buscarle más profundamente. Al hacerlo, algo se prendió en los abismos, como si hubiera tocado un resorte oculto de su cuerpo que no conocía y se inflamaba con más intensidad cada vez que le embestía hasta el límite. Algo que descargaba corrientes vibrantes por todo su cuerpo y le erizó cada poro, transtornándole por completo. Driadan le soltó y le rodeó la nuca con ambos brazos, apretándole contra sí, deshecho en gemidos sollozantes, completando cada movimiento. Su propia virilidad parecía a punto de estallar.

Ioren gruñó y rodó sobre el suelo, empujándole hasta dejarle con la espalda tendida sobre la roca viva. Deslizó las manos bajo sus muslos y le hizo alzar las rodillas hasta sus hombros, sosteniéndose con las palmas y empujándole sin moderación, desatado y con la respiración deshecha en jadeos guturales. Driadan había perdido la visión, y le parecía haberse deshecho, fundido con el aire. Un cristal a punto de romperse ante la vibración de un sonido demasiado intenso. La voz de Ioren se escurrió en sus oídos como una lengua lasciva.

- Canta... canta para mí...

- Tienesquemir...¡AH!... - se mordió los labios, incapaz de hilvanar las palabras.

- Te miraré... hasta el final...

Los ojos azules se fijaron en los suyos. Y cantó. Dejó escapar todos los quejidos sutiles y lascivos, dejó que toda la armonía de su voz se alzara para su enemigo, le regó con su saliva, lamiéndole los labios entre el aria lujuriosa que le dedicaba. Ioren no cerró los ojos, pero sí apretó los dientes y se le empañaron con una tonalidad densa y turbia cuando su propio canto, primitivo y feral, se le anudó en la garganta. Le empujó, desintegrándose en su interior, distendiéndose y vomitando una semilla incandescente y explosiva que le anegó las entrañas, entre violentas palpitaciones y el ondular salvaje de los músculos. E l latigazo le sacudió y le hizo gritar, retorciéndose y tensando cada fibra, haciéndole saltar las lágrimas y morderle los labios. Entonces, aun en aquel instante de silencio y paz extraña, azotado por las convulsiones, derramando su esencia entre ambos, se dio cuenta. No había odio. Ni un ápice en aquel momento preciso, mientras temblaba y gritaba, abrasado por la pasión y arrasado por fuerzas incontrolables que le zarandeaban.

No había odio, y los brazos de Ioren le rodeaban, se aferraba a él, como él lo hacía, agitándose los dos, resollando ambos, estremeciéndose. Se sentía seguro. Cuando fue capaz de abrir los ojos, Ioren le estaba mirando. Ambos recuperaban el aliento con dificultad. Tampoco vio odio en él, y cuando cerró los párpados y se derrumbó sobre el suelo, inconsciente, no le abandonó su mirada, y no volvieron las pesadillas. ¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño.

Y no importaba nada en absoluto.


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Fuego y Acero VII: Venganza


7.-  Venganza

El sol se sentaba en el horizonte como un rojo sultán perezoso y el maldito bosque parecía que no iba a terminar nunca. ¿Desde cuándo era tan grande? Driadan lo recordaba diferente, mucho más transitable a lomos de su corcel Ráfaga. Dudaba, sin embargo, ser capaz de montarlo ahora, en su deplorable estado físico. Había seguido a buen paso al maldito esclavo, con la mirada fija en su espalda mientras pensaba en la conveniencia o no de golpearle con alguna rama derribada y partirle la columna, si es que podía. No le resultaba fácil caminar. Tenía dolores en todo el cuerpo y se sentía más que indispuesto, cada paso era un suplicio de punzadas y mordiscos ardientes en los músculos y las entrañas, pero aun así se negaba a dejarse derrotar. No tenía muy claro el sentido del tiempo, pero hacía un buen rato que había comenzado a empañársele la mirada con extrañas figuritas de colores brillantes y los contraluces de la arboleda se emborronaban a sus ojos. Se obligó por ello a mantener su atención en la maraña de cabello cobrizo y la espalda enfundada en cuero oscuro y mojado, fijándose a aquel referente de su ira y su rencor para mantenerse a flote.

Ioren sólo caminaba. Avanzaba hacia adelante, sin volverse hacia él para comprobar si le seguía, sin girarse en absoluto si le escuchaba dar un traspiés. No le prestaba la menor atención, y no habían cruzado ni una palabra. Driadan, demasiado concentrado en no venirse abajo, apenas conseguía enfocar sus pensamientos para hacer balance de su situación. Fue cuando se detuvieron al abrigo de una pequeña caverna rocosa y maloliente, algo alejada del cauce del río, cuando se dejó caer en un rincón de cualquier manera, tratando de recostarse hacia un lado, y se permitió suspirar.

Ioren tiró la espada sobre el suelo y se volvió hacia el exterior. Los troncos de los árboles se dibujaban, grisáceos, y las hojas verdosas se agitaban con la brisa sobre el tálamo embarrado de la tierra, donde los helechos se enredaban sobre las raíces y destellaban como joyas sanguinas a causa de los rayos del sol poniente, que todo lo anaranjaban. El hombre del mar pareció quedar absorto unos segundos, contemplando el paisaje, y luego se encaminó hacia afuera.

- Quédate aquí - dijo, simplemente. Y se marchó.

Driadan escuchó los pasos ligeros sobre la hojarasca y luego escupió a un lado. Alargó la mano y se apropió de la espada, abrazándose a ella. No le costaba reconocer el emblema de la empuñadura, desde luego. Starling, los traidores de la estrella azul que querían arrebatarle sus derechos de nacimiento. Apoyó la nuca en las rocas desnudas del suelo, encogiéndose sobre sí mismo con el arma entre los brazos, observando su reflejo distorsionado en la hoja de metal. Era mejor pensar en Starling que en todo lo demás, en el dolor lacerante y en las sensaciones confusas de lo que había pasado junto al río. Mejor olvidar eso. No había pasado. Pensó en su situación.

¿Matarían a su padre? No les creía capaces de tanto. Una cosa era desbancar a un muchacho con la excusa de un esclavo loco y escapado, y otra muy distinta enfrentarse a un verdadero rey con la adoración de su pueblo y el apoyo de todos sus vasallos. No, era capaz de encontrar las conclusiones acertadas. En la noche de la tormenta, cuando Ioren le sostenía al borde de la ventana, revelándole el fin de su vida como heredero, se había escuchado el canto del acero y los gritos del combate. Starling habría pasado a cuchillo a los sirvientes de Driadan, acusándoles de haber liberado al esclavo o de haberle conducido a sus aposentos desencadenado. Cuando su padre regresara, ¿Le dirían que el jefe de los hombres del mar había secuestrado a su hijo? Probablemente, no. Les interesaba más que dieran por muerto al joven príncipe, no que el rey iniciara una cruzada contra los habitantes de Thalie. Una cosa era defenderse de ellos en las costas, otra muy diferente, organizar una guerra que les llevaría más allá del mar.

- Sucios Starling - murmuró, ladeando el sable y contemplando sus ojos rojizos. "¿Qué habría hecho yo en su lugar?", se preguntó. No le costó seguir los pasos de sus enemigos.

Shaldelie, el joven mozo de cuadras que cuidaba personalmente de Ráfaga, se le parecía mucho. Quizá no lo suficiente para engañar a un padre que no quisiera ser engañado... pero a estas alturas ya dudaba de que Dromath fuera esa clase de padre. El mundo real estaba resultando mucho más crudo de lo que podía soñar en sus peores pesadillas. Tal vez destrozaran la cara de Shal y le vistieran con una de sus camisas para presentárselo al Rey entre el lamento de las plañideras y los gritos de dolor de los siervos. Pobre príncipe. Esto se veía venir, mira que tomar por esclavo a un bárbaro, un chaval endeble que apenas rozaba la mayoría de edad. Y qué ineficacia el servicio. Intolerable.

Resopló, tragándose la indignación. Starling eran muy listos, siempre lo habían sido. Él les había admirado mucho en un tiempo. Lord Clandor de la Estrella, un gran guerrero y el hijo mayor de la familia siempre fue su modelo a seguir. Fuerte, valeroso, imperturbable, rubio y hermoso. Y Lady Lonaria Starling, claro, la chica de dieciocho años que se prodigaba en atenciones con él y a quien había besado y acariciado en más de una ocasión. Siempre había sospechado que ella se dejaba sobar por orden paterna. No le extrañaba. Así eran las cosas en la corte: Driadan era heredero y Starling deseaba prosperar, de manera que el detalle de que le estrujen un pecho en un rincón a una de tus hijas cuando nadie mira, es una circunstancia que podría considerarse favorable cuando se pretende medrar. Grigori Starling, el patriarca, era frío y tranquilo. Sus sonrisas siempre le habían parecido ensayadas, mas allá de la larga melena canosa y el rostro noble de rasgos decididos. Una estatua con ojos demasiado vivos y brillantes, una mirada inteligente en la que se entreveía una mente astuta, calculadora, siempre activa. Y la gélida cortesía de quien tiene mucho que ocultar.

Dromath quedaría sin herederos. Tendría que tomar esposa, y casi seguro que sería una Starling, pues las damas solteras o no comprometidas de la corte de Nirala tenían la mala costumbre de enfermar, querer marcharse lejos o prometerse rápidamente con otros caballeros desde que a Starling se le había metido en la cabeza poner su despreciable trasero en el trono. Por supuesto, era de necios pensar que la casa de la estrella no tenía nada que ver en aquello. Su padre, obviamente, se casaría de nuevo por obligación y alguna de las muchachas de Starling sería gustosamente convidada a abrir las piernas para gestar un descendiente. Pariría un engendro de ojos rojos y pelo rubio o blanco al que su padre llamaría hijo y nombraría sucesor.

Ioren estaba equivocado a medias, y tenía razón a medias. No sabía más que Driadan acerca de la corte de Nirala. Pero sí era cierto que él se había envuelto en su falsa seguridad y había prestado escasa atención a esos asuntos, convencido de que era intocable, de que nadie jamás se atrevería a hacer lo imposible. ¿Cómo iba a imaginar algo así? ¿Por qué iba a pensar en ello si había vivido siempre en un cofre, en una jaula, en un reducto, alejado por su padre de todo lo que pareciera peligroso o sucio, complicado o corrupto, obligado a vivir una eterna infancia forzada, a vestir una inocencia que ya le parecía un disfraz desgastado y patético y se lo venía pareciendo hacía tiempo?

Cuando los pasos del hombre del mar volvieron a sonar cercanos y entró en la cueva, el príncipe apartó los ojos de la espada y miró a Ioren. Él había soltado un montón de leña sobre el suelo de piedra y llevaba algo oculto en un pliegue de la capa formado con su brazo flexionado. Cuando sacudió la tela, un puñado de bayas cayó sobre la roca viva. Rebotaron como las fichas de su puzzle oriental, rojas y redondas. El príncipe las observó con una punzada de nostalgia. Eran muy rojas. Como los ojos de la familia real.

- Supongo que tienes un plan - susurró Driadan, sin moverse.

Afuera, las ascuas del crepúsculo se apagaban y el viento agitaba los árboles. Ioren se acuclilló en el suelo y colocó las ramas para hacer el fuego, asintiendo con la cabeza. Apenas le atisbó de soslayo un momento, y sus ojos se dirigieron a la espada, no a él.

- Vamos a Thalie - respondió, frotando un par de ramas entre sí. Hacía girar una entre las manos sobre el hueco de la otra.

- Eso ya lo dijiste. ¿Cómo cruzaremos el mar?

- En barco.

Driadan suspiró. Le golpearía si no estuviera agotado. Extendió una mano para capturar una baya y se la metió en la boca. Estaban algo verdes, pero el sabor ácido le revolvió el estómago y le hizo ser consciente del hambre que tenía.

- ¿Tienes un barco guardado en los calzones, acaso? - espetó a media voz.

Ioren se detuvo y se quedó inmóvil, tensándose como si le hubieran golpeado. Luego volvió a su actividad, con el cabello cubriéndole el semblante.

- Eres hijo del rey y tienes el sello real en el dedo. Podremos tomar un barco en el puerto al final del río. A ti te lo darán.

Driadan frunció el ceño, masticando el fruto y cogiendo otro que estrujó entre los dedos.

- Qué bien te vengo para volver a casa.

- Si.

Unas chispas saltaron, y una llama roja y titilante destelló repentinamente sobre la rama. Driadan parpadeó. Nunca había visto hacer fuego de aquel modo, y cuando Ioren acercó la rama ardiente para encender la hoguera, pensó maliciosamente que no se encendería. Ioren dejó la rama y esperó, soplando de cuando en cuando cada vez que la tenue luz rojiza parecía consumirse un tanto.

- Eres un bastardo despreciable - dijo Driadan simplemente.

Ioren sopló la rama. El fuego se encendió, prendiendo uno de los troncos y algunas hojas secas colocadas en el lecho de la hoguera.

- Tú quisiste hacerme esclavo. No eres mucho mejor - replicó Ioren al poco, con una voz extraña, más seca de lo habitual, casi un reproche. Casi. - Eres capaz de sacar lo peor de mí. Eres un demonio.

Driadan contempló el avance de las llamas, jugueteando con los arándanos y comiéndolos uno tras otro. El fuego pronto caldeó la diminuta cueva y cubrió su piel, arropada por la capa y el mojado camisón con una sensación confortable.

- Eso es exactamente lo que pienso de ti, así que estamos en paz - dijo al fin, en un susurro quedo.

- Bien.

- Te odio.

- Eso ya lo has dicho. No será mas grande por que repitas.

Ioren se alejó de la fogata y se sentó al otro lado de la pared rocosa, frente a él. La lumbre entre ambos repartía resplandores carmesíes en las oquedades de la piedra seca, arrancaba destellos a las telas de araña y dibujaba las sombras en el rostro del hombre del mar. Driadan sentía las llamas brillar en sus propios ojos, calentar hasta su mirada.

- Quería dejarlo claro.

- Lo está.

- Perfecto - suspiró y se incorporó a medias, apoyándose en la empuñadura - ¿Qué vas a hacer en Thalie?

- Entrenar a un guerrero y educar a un rey.

- ¿Y si no quiero?

Los ojos azules le atravesaron, cruzando la hoguera.

- Habré arrastrado un inútil a casa.

Driadan le miró largamente. Aquel tipo era completamente absurdo. Todo aquello del destino, aquella estupidez sobre oráculos que decidían que el final de Ioren sería a sus manos... bien, no es que le disgustara. No le importaría matarle en aquel preciso instante. Pero empezaba a ser consciente de algunas cosas. Quería venganza. Vengarse de Ioren, desde luego, pero sobre todo y antes de eso, vengarse de Starling. Recuperar su posición y acabar con aquellos bastardos. Si Ioren quería fraguar en él su propio verdugo, era asunto suyo. A Driadan, desde luego, le convenía.

- Quiero ser guerrero y rey - dijo al fin, sin soltar el arma, que permanecía con el filo apoyado en el suelo, sirviéndole de apoyo. - Quiero destruir a esos Starling y sentarme en mi trono. Es mío. Me pertenece, y lo quiero.

Ioren apartó la mirada, suspiró y asintió. Le pareció distinguir un destello nostálgico a través de los gélidos ojos azules.

- Serás guerrero y rey. Serás fuerte y digno. Destruirás la estrella y tendrás el trono. Podré morir bien así. Pero antes de todo eso, tendrás que ser hombre.

- Vi a tus hombres. Todos parecían reyes.

Lo declaró con el mismo tono, teñido de rencor y determinación, que había usado antes. Sentía el sabor amargo en el paladar, mas allá del regusto de los frutos que había engullido. Ese peculiar gusto que probó la primera vez que jugaba con la palabra odio. Ioren negó con la cabeza, suavemente.

- Sólo eran hombres.

- ¿Y tu? ¿Eres rey?

- Soy jefe. Soy thane. Thane no es exactamente igual que rey. Es como guía.

Driadan se relajó un poco. Estaba hablando al hombre del mar casi con insolencia, pero él no había abandonado el tono suave y susurrante, apaciguado y casi cansado. Por un momento se le pasó un pensamiento peregrino por las mientes. Aquella gente había atacado y saqueado sus costas. ¿Cuántos habrían muerto? ¿Y en la sala del Pegaso? ¿Qué habría supuesto para el hombre del mar ver morir uno a uno a sus hombres bajo la espada de su padre? ¿Estaría triste por ellos, orgulloso, apenado? Si lo estaba, no lo demostraba.

- ¿Por qué ayudas a que se cumpla tu destino? - preguntó, recostándose de nuevo. Se le cerraban los ojos. - No entiendo eso...

Las llamas danzaban y crepitaban. El calor era agradable, aunque el suelo estuviera duro y se le clavaran las rocas en el costado. El agotamiento empezaba a ganar la partida.

- Todos los míos queremos una buena muerte - dijo la voz suave. - Una muerte digna, a manos de un rival a la altura. Es la aspiración última del hombre del mar.
- ¿No os importa la vida? - dijo Driadan al fuego.

Veía su rostro ensombrecido entre vaporosas llamaradas que se fundían con sus cabellos. Las últimas palabras de Ioren le llegaron en una negrura teñida de naranja, entre el tirón del sueño impositivo.

- Tanto como la muerte. Es parte de la vida, al fin y al cabo, sólo un paso más. Saber que la muerte viene hace de la vida una joya preciada. Todo lo vuelve diferente. Cada cosa revela su verdadera importancia cuando conoces que la muerte viaja a tu lado.

Todo lo vuelve diferente. Habría deseado reflexionar sobre aquellas palabras, pero se vio incapaz. Un manto cayó sobre su conciencia y se perdió en el sueño, acompañado por la voz de su enemigo y ya no esclavo, nunca más esclavo, que parecía lo único infalible en aquella nueva realidad. Su odio. Su orgullo. Su venganza. Y él.


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