lunes, 9 de enero de 2012

Fuego y Acero XXIX: Confesión



29.- Confesión


Mientras comían, sentados en la larga mesa de madera, Ioren no prestaba atención a la conversación de los demás alrededor. Sumido en sus pensamientos, tenía la mirada vuelta hacia la única ventana abierta de la gran sala; una oquedad ojival de la que habían apartado la madera de celosía que protegía de los vientos cortantes. El día se había vuelto más nublado aún en el exterior. Ioren podía oler en el aire una nevada inminente, probablemente les asaltaría antes del anochecer. Podía leerlo en el vuelo de las aves y en el canto secreto del viento, en la luz blanquecina del sol de mediodía.

La ventana estaba a la izquierda. Al fijar en ella su atención, la apartaba intencionadamente de la derecha, donde la presencia de Driadan, príncipe de Nirala, exudaba su infernal magnetismo, obligándole a ser consciente de él, quisiera o no. Le mirase o no. Engulló otra cucharada de estofado, anestesiándose con determinación ante la sutil melancolía que amenazaba con apoderarse de él.

En los últimos tiempos, no era el mismo de siempre. En los últimos tiempos, algo estaba soliviantándose con demasiada energía en el interior de Ioren el Rojo, y aquello no le gustaba nada; especialmente desde que había confirmado con horror que no había lucha ni desafío posible hacia ese algo, no había resistencia eficaz ni manera de ocultarse ante ello. No había, simplemente, nada que hacer al respecto salvo aceptarlo y sobrellevarlo. Y no era sencillo, en realidad. Dejó escapar el aire entre los dientes y frunció el ceño, obligándose a mirar al frente.

Los ancianos solían decir, cuando él era pequeño, que un hombre ha de tener cuidado con lo que desea. El justo querrá la justicia, y no toda la justicia satisface. El pobre querrá riquezas, y no todas las riquezas colman. Ioren había sido prudente con sus deseos desde muy joven, pero su última exigencia al encarar al destino y pretender que Driadan de Nirala se transformara en un hombre digno de arrebatarle la vida, estaba mostrando aristas y matices con los que el Rojo no había contado. No había contado con que Driadan fuera capaz de conseguirlo. Y ahora, viendo la transformación que se había operado en el muchacho a lo largo de los meses, desde su descenso al infierno en Shalama hasta la renovada energía y su actual carácter y comportamiento, Ioren empezaba a atisbar que sí, que Driadan podría hacerlo. Podía ser una realidad. Y esa realidad le asustaba, le enorgullecía y le admiraba al mismo tiempo, esa realidad naciente asomaba como una estalactita y se destilaba en gotas de ternura y calidez que estallaban en su interior sin permiso, confundiéndole y angustiándole. Lo que el chico podía llegar a ser era algo grande y brillante. Lo que el chico podía llegar a ser era algo ante lo que Ioren podría doblar la rodilla sin sentirse humillado. Era aterrador pensarlo.

"Yo, que nunca he temido a la espada, al fuego o a la tormenta…y esta criatura siempre ha sabido despertar esta congoja en mí. Debí dejarle atrás. Me lo tengo merecido por traer conmigo a mi maldición cuando la hallé. Debí dejar que se ahogara o algo peor", pensó, como pensaba a menudo. Pero aquellas reflexiones no eran más que una manera de consolarse, de aplacarse a sí mismo. Sabía bien que no podía dejarle atrás. Maldito muchacho. Ioren había sido muy imprudente, se daba cuenta. Pero ahora era tarde para lamentarse, como solían decir. Las cosas habían llegado demasiado lejos, y lo que era peor, amenazaban con dejar de ser algo que solo competía a ellos dos. Como el aceite contenido en una vasija resquebrajada, estaba brotando y expandiéndose. Y Arévano ya se había percatado de la fragancia de ese bálsamo. Entrecerró los ojos y deslizó la mirada sobre los antiguos esclavos que le habían acompañado hasta Kelgard.

Reinaba un ambiente de franca camaradería entre ellos. Podía olerlo, igual que las nevadas y los cambios estacionales. Siempre había tenido el talento de su padre para medir a las personas y para valorar los ambientes, y no había ni un doblez, ni el menor reborde en las expresiones, palabras y silencios de su nueva tripulación. Fijó la mirada en Arévano. El joven bebía del cuerno, riendo ante un comentario de Jhandi.

Driadan le había hecho notar que no le traicionaría, y el Rojo no tenía dudas al respecto. El joven del cabello castaño había sido un espadachín en Prímona, su país de origen. Aquella nación era famosa por sus buenos vinos, su decadente estilo de vida y la belleza de sus mujeres, entre otras cosas. Ioren no conocía mucho más sobre aquella lejana tierra, donde decían que siempre brillaba un sol cálido y que la primavera era florida y llena de colores vivos, pero Arévano le daba la impresión de ser un digno representante de su cultura. De risa fácil y ánimo alegre hasta en las peores adversidades, había sido de los primeros en prestar apoyo a Ioren en Shalama, cuando todos eran esclavos. Arévano estaba confinado en los almacenes textiles. Aunque no era débil para realizar trabajos pesados, tenía habilidades mas difíciles de encontrar, relacionadas con la tintura de hilos y el tratamiento de los tejidos, por lo que pronto le destinaron a aquella zona apartada. Había sido él el responsable de hacer llegar una gran cantidad de armas improvisadas desde las cocinas hasta los barracones de los esclavos. No había fallado en nada de lo que se le había encomendado, y Ioren no tenía ningún motivo de sospecha hacia él. Pero no eran sus intenciones lo que le preocupaba.

Suspiró profundamente y desvió la vista. Demonios, esperaba que no fuera tan evidente para todos. Cuando se levantó para salir de la estancia, todos le miraron por un momento. Los ojos verdes de Kraakha le atravesaron en la distancia, hiriéndole de nuevo, y volvió el rostro para evitarla.

- Terminad. No hay prisa – dijo, cruzando la puerta de madera y atravesando el pasillo.

La lectora de runas había actuado con él como manda la tradición hacia los thane y los caudillos, estén en activo o no. Le había ofrecido su casa, sus tierras y sus posesiones en usufructo hasta que él decidiera prescindir de su hospitalidad. Y le había preparado la alcoba del señor de la casa, que en el caso de Kraakha era una habitación que siempre había estado vacía… salvo las ocasiones en las que él la había ocupado anteriormente.

Ahora, al entrar en ella, volvió a tener aquella sensación de angustia que se le cerraba en el pecho cada vez que la pisaba. Espantó los recuerdos por la fuerza y apartó el sillón de mimbre cubierto por una manta de piel mullida, se sentó en él, cruzó las piernas frente al pequeño hogar de rescoldos murientes y abrió la ventana, perdiendo la mirada en el exterior y la mente en memorias lejanas, dejando que el tiempo se escurriera hasta que llegara la inevitable hora de aclarar ciertos asuntos con el Príncipe.

La hora inevitable llegó antes de lo que él mismo esperaba. Cayó sobre Ioren sin avisar, cuando Driadan abrió la puerta e irrumpió en su habitación sin pedir permiso, sacándole violentamente de sus reflexiones y contaminando la estancia con su presencia, con su perfume, con su figura de barbilla alzada y ojos relampagueantes.

- Dijiste "en la tarde", ya es por la tarde.

Ioren suspiró. Por un momento había tenido ganas de echarle y soltarle un revés con el dorso de la mano, maldito muchacho insolente. Pero el impulso se deshizo tan pronto nació. Driadan estaba de pie, le miraba fijamente, y en el brillo de las pupilas no había desafío ni capricho, solo curiosidad. Curiosidad y una avidez casi desesperada, que se acentuó cuando se acercó en dos pasos y, apoyando las manos en el brazo del sillón, se acuclilló para estar a su altura. Había llegado de improviso y le encontraba con la guardia baja, con algunas emociones viejas a flor de piel y eso no era bueno para el Rojo. Intentó no mirarle los labios cuando los movió para hablar, intentó no respirar el perfume a iris de sus cabellos, y apartó el brazo para que esas manos jóvenes no le rozaran de manera accidental. Si el maldito chico supiera lo que se desperezaba en su interior por su causa…

- Por favor, dime qué pasa – dijo Driadan, ajeno al cataclismo interior de Ioren – No me iré hasta que me lo digas.

- Demonios, siéntate – escupió el hombre del mar, señalando vagamente algún punto lejos de él. Cualquier cosa con tal de que dejara de estar tan cerca.

Driadan asintió. Volvió a incorporarse y arrastró la capa en la que se envolvía, caminó hasta la cama y tomó asiento allí. "No podía buscar otro sitio", pensó Ioren. Tomó aire y giró la silla para mirarle.

El príncipe había subido los pies al colchón y los había cruzado. Estaba sentado muy tieso, con el manto de piel gris cubriéndole los hombros y amontonándose sobre sus piernas y alrededor de su cuerpo. Bajo él vestía un jubón flexible del mismo tono, forrado por dentro con lana de cabra que asomaba por el cuello y ribeteaba el bajo. Por las aberturas de los cordones, que aún no dominaba lo suficiente como para cerrarlos del todo bien, se veía la tela blanca de la camisa de lino. En un alarde de refinamiento, el príncipe había colocado los puños de la misma, que le estaba grande, de manera que le asomaran por fuera de las mangas del jubón, cual si fuera una de esas prendas de seda con puntilla que utilizaba en la corte de Nirala. Ioren reprimió una sonrisa al darse cuenta de ese detalle. Podría echarle encima el pelaje de un uro recién desollado, que Driadan encontraría la manera de parecer gentil y aristocrático, aun vestido con harapos, aún desnudo. "No, desnudo no", se corrigió, apartándose la imagen de la mente a toda prisa. Alzó la mirada a sus ojos.

- No te hagas ilusiones, sabes ya mucho de los problemas que tengo aquí – comenzó, frunciendo el ceño y cerrando los dedos en los brazos del sillón, bien apoyado en el respaldo – pero hay detalles que me hacen mantenerme alerta, y como te dije, tengo algunos enemigos. Pocos, pero peligrosos. Es mejor que se sepa poco de ti, cuanto menos mejor.

- Lo entiendo – asintió Driadan con firmeza, luego arqueó la ceja con desdén– soy un Nirala, ya me he dado cuenta de las miradas que me arrojan en tu pueblo solo por eso.

Ioren frunció el ceño. La tripulación había ido un par de veces hasta la aldea de Kelgard, pero siempre habían acudido todos juntos. Él no se había percatado del detalle.

- Es normal. Tu pueblo no es querido entre los míos. Nirala tampoco ama demasiado a Thalie.
- No, no lo hace – replicó Driadan – Sobre todo porque constantemente asoláis nuestras costas y atacáis…
- ¡Es culpa vuestra! – interrumpió Ioren, echándose hacia delante repentinamente, con un mordisco en su orgullo patrio. Luego le hizo un gesto con la mano para zanjar el tema y volvió a recostarse. – Da igual. No es esa la cuestión, la cuestión no es esa.

En cierto modo sí lo era. Pero no del todo. Volvió a retomar el hilo de su discurso.

- Algunos aquí saben algo sobre tu tierra. Saben algo de tu pueblo, y aunque de los que vinieron conmigo a la guerra no volvieron muchos, quizá algunos recuerdan que a tu padre le llamaban  Ihrserek - observó al muchacho, que escuchaba con atención y con el gesto severo – En tu lengua significa ojos de sangre. Solo el Pegaso tiene ojos de sangre.

Driadan tragó saliva y palideció un tanto.

- ¿Crees que pueden saber quién soy?

Ioren negó con la cabeza.

- No es fácil. No estoy seguro. No sé si importe mientras estás bajo… - se corrigió - conmigo.

Bajo su protección. Driadan no tenía por qué saberlo, pero así era.

- Yo soy un Nirala cualquiera aquí, Ioren, o así sería la historia que contaríamos – dijo Driadan entonces, removiéndose un poco sobre el colchón, incómodo – de hecho todos me llaman Nirala. Nadie tiene por qué relacionarme con la familia real. Pero si lo hacen, ¿Qué puede pasar? ¿Me darán muerte o algo así?

- No lo creo… pero pueden usarte para terminar de hundirme – admitió el Rojo.

El príncipe apretó los puños y los ojos se le encendieron de ira. Ioren no hizo ningún gesto. Él había pensado mucho en eso, aunque quizá el jovencito no hubiera reflexionado al respecto, a juzgar por su expresión.

- De eso nada. Me miran mal, bien, no me importa que aquí crean que soy un traidor a mi pueblo. Pero no hay ningún motivo para creer que lo seas tú.

- Hay muchos motivos para creer toda clase de cosas.

- Pues cuéntamelos – Ordenó Driadan, inclinándose hacia delante. Luego añadió, en el mismo tono – Por favor. No sé donde quieres llegar con esto. Y aún no me has dicho dónde están los enemigos, quiénes son y por qué están en tu contra. Estás dando vueltas alrededor de algo que tratas de evitar, y será mejor que me lo digas cuanto antes. Nos ahorraremos tiempo y futuros problemas.

Cuando fue capaz de reaccionar tras la perorata del chico, Ioren soltó una risa seca.

- ¿Hoy has desayunado un anciano del consejo o qué? – Luego negó con la cabeza, suspirando. Sabía que tenía que confesárselo, al menos a él. Desvió la mirada hacia los restos de la hoguera y se blindó por dentro, dispuesto a enfrentar la situación del modo más aséptico posible – No te falta razón. En parte. Así que escucha, y si aprendes algo de esto, mejor que mejor. Solo hablaré una vez.

Driadan se mordió el labio y asintió. Ioren tomó aire y se dio la vuelta, ocultándose a su mirada y perdiendo la suya en el paisaje exterior. Su voz sonó ronca y cansada cuando empezó a hablar.

- Mi padre era Heren Raur, Heren el Rojo en tu lengua. Thane de Kelgard y caudillo de sus gentes, miembro de la Asamblea de Jefes de Thalie, uno de los Señores del Fuego y el Acero, conocedor de palabras arcanas, de puño fuerte y voz como el trueno. Por derecho de nacimiento, yo, su único hijo, era el primero en derechos para ocupar su lugar, si me demostraba capaz y preparado para ello.

- Y lo ocupaste – interrumpió Driadan.

Su voz le llegó lejana. En su mente, el recuerdo de la imagen de su padre, sangraba despacio. Asintió con la cabeza.

- Lo ocupé, aún siendo muy joven, cuando mi padre marchó a los Altos Salones y abandonó este mundo. Lo ocupé, y lo investí de nuevas alturas. Había sido instruido en la fuerza, y fui fuerte. Era fuerte mi brazo, mi corazón y mi magia… y aún lo son – completó, con una llamarada de orgullo. Aun lo era. Al menos eso le quedaba. – Era el mejor, nadie podía oponérseme. Quienes lo intentaban, eran derrotados, hasta que dejaron de intentarlo. Mi supremacía era indudable, y mi pueblo me seguía. No era un mal gobernante.

Hizo una pausa, suspirando. El recuerdo del brillo del fuego en las asambleas, de su grito jubiloso de batalla, el del sonido del cuerno y los cánticos de los hombres cuando saltaban al combate con los ojos brillantes y el espíritu inflamado, todo le parecía algo lejano, como un sueño brumoso. Se obligó a proseguir, consciente de la mirada escarlata sobre sí, a través del sillón. Una gaviota revoloteaba en el cielo blanco.

- En mi orgullo… - suspiró. Se sintió incapaz por un momento, finalmente, se arrancó las palabras, rasposas y duras, a tirones – En mi orgullo desafié a los Dioses, rompiendo las leyes de la tradición. Normas ancestrales y antiguas. Me fue advertido, pero yo tranquilizaba a mi gente, diciéndoles que … si los dioses no aprobaban lo que hacía Ioren el Rojo, aquel que tomaba cuanto deseaba, harían algo al respecto. Y que el silencio de los dioses significaba que aprobaban mis actos. Eso dije, en mi orgullo… ciego… ciego y enloquecido por el poder, Driadan.

Las últimas palabras habían sonado como un susurro dificultoso y cansado. Mantenía las manos apretadas para que no le temblaran, algo quemaba detrás de sus ojos. Lo engulló, se lo tragó, espoleándose a sí mismo, pensando en el chico que escuchaba sentado en la cama, cuya atención percibía claramente sobre sí. El joven que había sufrido infiernos peores que los suyos y que aun así perseveraba con entereza… al menos al final. Con esa imagen como inspiración, volvió a retomar el relato.

- Desafié a los dioses. Cometí actos imperdonables contra personas que no merecían tales castigos, que no merecían… la desgracia que atraje sobre sus cabezas. Y los dioses, Driadan, respondieron con contundencia.

- ¿Qué pasó?

Ioren sonrió a medias. Ahora sólo había imágenes amargas que describir.

- Primero vino la enfermedad de la tos. Se llevó a la mitad de la población de Kelgard. Después de eso, el Fuego nos odió. Cuando mis hermanos más jóvenes fueron a secar pieles al otro lado de la colina, un incendio se elevó entre los brezos y los abrasó vivos. Ninguno sobrevivió. Por último, cuando ya era claro que había atraído la maldición sobre mí, quise apaciguar a los Dioses yendo a la guerra.

- Y perdiste.

- Sin duda – sonrió a medias – pero no me tomes sólo por un bárbaro que cree en supercherías. Creo en el poder de los Dioses porque lo conozco, pero también sé que la mayoría de las veces, los dioses actúan a través de los hombres. Y los Dioses propiciaron que alguien envenenara el agua para que la tos se llevara a los ancianos, los Dioses propiciaron que alguien provocara un incendio en la colina que matara a mis hermanos. Y permitieron que ese alguien sembrara la semilla de la traición entre mis hombres, para que perdiéramos la batalla de la costa de Nirala.

- Esos son los enemigos de los que hablabas – dijo Driadan de nuevo – Entonces, hay gente que quiere causarte mal. ¿Y sabes quienes son?

- Sé quienes pueden ser. Tengo mis sospechas.

- Ulior Skol – aventuró el príncipe - ¿El nuevo thane?

Ioren se giró a medias.

- Se aferra con gran ansia a la silla, ¿no lo has notado?

- Algo me dice que tú te agarrabas igual.

Ioren se rió entre dientes, con una risa desprovista de humor.

- No lo negaré. Aquí, Driadan, hay tradiciones. Tradiciones que, tras lo sucedido con mi persona y, amparándose en el ejemplo de mi caída en desgracia, los líderes de mi pueblo se preocupan de preservar y de vigilar que se cumplan. Una de ellas dispone que los enemigos de Thalie sólo pueden pisar estas tierras en calidad de esclavos. Kraakha tendrá la boca cerrada, pero me preocupa que alguien escuche aquello que no debe si Arévano y los demás hablan cosas de nosotros. Cosas como que te estoy instruyendo.

Por un momento hubo un denso silencio. En él comenzó a crecer una tensión espesa que podría cortarse con un cuchillo afilado. Ioren podía comprenderlo. Por eso no se enfadó cuando escuchó la voz lenta y casi incrédula que le hablaba a la espalda.

- Soy un enemigo de Thalie, ¿verdad?

Ioren el Rojo era uno de los guerreros más valientes que habían cabalgado el mar. En aquel momento no tuvo valor de mirar a Driadan a los ojos.

- Para todos los que viven en Kelgard, lo eres – respondió, con toda la entereza de la que fue capaz.

- ¿Hay más tradiciones aquí que tengan que ver contigo o conmigo, o con las cosas que compartimos, como entrenamientos y demás?

La voz del muchacho sonaba contenida. Casi resignada. Ioren suavizó la suya.

- No puedes ser miembro de mi tripulación, al menos no de manera oficial, delante de la gente. Para ellos debes ser mi siervo. Y desde luego, no te estoy entrenando. Y por supuesto que no hay nada más.

El silencio denso volvió a espesarse en la habitación. Luego, los pasos de Driadan sonaron con fuerza en la tarima. El Rojo percibió la agresividad en aquella manera de acercarse, y estuvo preparado cuando el muchacho cerró la ventana de un golpe ante su rostro y se plantó delante suya, con la mirada carmesí centelleando de rabia.

- ¿Y cuánto tiempo pensabas esperar para hablarme de estos pormenores? – exclamó el príncipe - Tienes enemigos, enemigos que pueden servirse de mi presencia aquí para hundirte, y tú no me has dicho nada hasta ahora… no solo eso, sino que… ¿En qué estabas pensado para traerme aquí? ¿Es que no se te ocurrió? ¡Yo no he venido por gusto! ¡Tu me arrastraste! ¿Acaso no sabías esto de antemano? ¿No previniste que nos encontraríamos en esta situación?

- Baja la voz – ordenó Ioren, poniéndose en pie para mirarle. Odiaba que le hablaran desde arriba. Y odiaba que le gritaran. Por no hablar de las llamas que ya le estaban lamiendo por dentro ante la actitud agresiva del chico. – Te van a oír, y los siervos no gritan a sus señores.

- ¡Eres un bastardo! ¡Maldito seas, me has engañado! ¡Lo hiciste a propósito, por eso querías traerme aquí, querías hacerme lo que yo te hice! ¡Vengarte!

Los gritos de Driadan habían alcanzado ya el tono insidioso y cruel que el hombre del mar le conocía, su mirada supuraba furia, y vio venir los puños volando hacia él. En su interior, la sangre le hervía en las venas, el corazón le retumbaba en el pecho y la angustia se mezclaba con la ira, con la desesperación y con la incomprensión.

- ¿Y qué si era eso lo que quería? – respondió, sujetándole por las muñecas, forcejeando para evitar que le golpeara. Fue incapaz de contener su propio rencor, que brotó como la espuma de la boca de un envenenado – Si, así era al principio. ¿Y acaso no es mi derecho? Me pusiste tu sello. Soy un guerrero, maldito demonio. ¡Un guerrero! Y me marcaste como a un ternero.

Driadan le escupió en la cara y Ioren le zarandeó. "¿Por qué siempre tiene que ser así?", se decía, mientras el joven intentaba escabullirse de su presa, aguantaba las lágrimas y le insultaba, rociándole con su desprecio. "No voy a permitir que siempre sea así", se dijo de inmediato. Le rodeó con los brazos y le estrechó, de espaldas contra su pecho, inmovilizándole. Pegó los labios a su oído y se arrojó al vacío.

- No iba a dejarte atrás. – Susurró, conteniendo la furia del muchacho, que le clavaba los codos y cuanto más se revolvía más se apretaba contra él - Jamás te dejaría atrás. Te traje conmigo, simplemente, porque no puedo separarme de ti… todavía. Ahora, deja de agitarte sin motivo. Nunca te haré esclavo. Mi rencor lo desea, pero yo no lo deseo. Tú eres libre tal como naciste.

El joven príncipe aún forcejeó un momento. Después pareció relajarse y se apoyó en su pecho, dejó caer la nuca hacia atrás y sorbió la nariz. Estaba llorando. Ioren tragó saliva y le abrazó con fuerza, apoyando la barbilla en sus cabellos. El aroma dulzón de los iris se coló por sus poros y se enredó en su alma.

- No me importa fingir que soy tu siervo – susurró Driadan a media voz – lo haré si es necesario. No quiero quedarme atrás. No quiero separarme de ti todavía.

- Tengo que recuperar la bendición de mis Dioses… resolver los problemas – replicó Ioren, tragándose sus propias palabras, el resto de ellas, las que de verdad quería decir – Cuando vuelva a ocupar la silla, todo será mejor para todos. Esto tiene que acabar, por el bien de mi pueblo. Hay que romper esta maldición y encontrar a aquellos que son la mano de los Dioses para inflingirme tormento. Porque no me importa pagar por mis faltas. Pero no pagaré más del precio que adeudo, y no dejaré que nadie se lo cobre en mi gente.

- No te causaré problemas. Quizá sería mejor que dejáramos de…

Ioren entrecerró los ojos. Luego le tomó por los hombros y le dio la vuelta, mirándole a los ojos. El semblante del príncipe no había perdido su porte orgulloso y digno a pesar de la rabia y el llanto. Con los dedos desnudos, le limpió los restos de las lágrimas de las mejillas, y luego los enredó en los cabellos negros del chico.

- Hay riesgos que aún estoy dispuesto a correr – murmuró, apretando los dientes un instante – Es por ellos por los que todo esto aún merece la pena.

- En ese caso, intentaré no hacer ruido – replicó Driadan.

Ioren dejó escapar el aire entre los dientes. Los ojos rojos brillaban con intensidad, con una llamada innegable, tan violenta como el impulso que le incitaba a estrellarse contra él y arrastrarle en su oleaje. Antes de darse cuenta, la marea decidió por sí misma. Se abalanzó sobre él al tiempo que el joven se impulsaba hacia arriba para atacarle con sus labios, y se enredaron como volutas de humo en la misma hoguera.

Sí, en los últimos tiempos, algo estaba soliviantándose con demasiada energía en el interior de Ioren el Rojo. Y aunque aquello no le gustaba nada; especialmente desde que había confirmado con horror que no había lucha ni desafío posible, resistencia eficaz ni manera de evitarlo, aunque aquello no le gustaba nada… era un alivio, un consuelo, y tenía que admitir, aunque fuera sólo para sí mismo, que le encantaba.

Fuego y Acero XXVIII: Enemigos



28.- Enemigos


Quince días después de que Kraakha hubiera acogido en su hogar a la tripulación de Ioren el Rojo, Driadan era capaz de acertar a un blanco móvil a una distancia de cincuenta pasos, de derribar a Qiram y Sulori en combate con espada, de conversar casualmente con cualquier habitante de Kelgard en el idioma del norte y de comprender muchas más palabras de las que había aprendido a pronunciar. Aquella mañana, una vez terminado el entrenamiento, se había abrochado el jubón de piel y había limpiado la espada que no estaba sucia. Antes de irse, Ioren le había llamado.

- Driadan.

Cuando se dio la vuelta, el guerrero le miró en silencio durante un largo rato, con expresión indescifrable. Luego se rebuscó en un bolsillo y le tendió una hebra de cuero desgastada, de color negro, descolorida. Driadan la cogió con dos dedos y le devolvió una mirada inquisitiva.

- No es que exactamente hayas ganado ninguna guerra – dijo Ioren en la lengua natal del príncipe, hablando con el ceño fruncido y cierto aire de incomodidad – pero has aguantado hasta hoy. Mucho ha pasado. Yo pienso que deberías llevar una.

Driadan entrecerró los ojos y le miró con curiosidad. El hombre del mar se rozó el cabello con las manos y rebuscó una de las trenzas que le salpicaban la melena oxidada y cobriza. El chico no necesitó pensarlo demasiado antes de negar con la cabeza, y le devolvió el cordón, alzando la barbilla.

- Los hombres del mar se atan el pelo por cada victoria, es un honor que consideres que merezco algo así. Pero no he ganado nada aún. Apenas estoy empezando. Y además – añadió con una mirada orgullosa bajo los párpados entornados – yo no soy un hombre del mar, Ioren el Rojo.

El norteño crispó la mandíbula al percibir el desafío en sus palabras, pero después, casi al instante, el relampagueo en la mirada se difuminó y un gruñido extraño vibró en la garganta del hombre musculoso, mientras alargaba los dedos y le arrancaba el cordón de la mano. Sólo cuando la dejó resonar en alto y dejó de apagarla, Driadan se dio cuenta de que lo que escuchaba era una risa, que rompió en una carcajada franca.

- Por la Sal y la Llama, no lo serás. Pero ya hablas como uno. Venga, largo – añadió, antes de que la oleada de calidez y emoción que estaba barriendo el corazón del príncipe tuviera un reflejo en sus mejillas o en el brillo de sus ojos – ve donde los otros. Ahora os alcanzo.

Sintiéndose como un niño de nuevo, Driadan asintió y saltó las rocas con habilidad, echando a correr hacia la casa de piedra, casi en una huida, con el corazón galopándole en el pecho. Giró en uno de los desniveles y se desplazó dando un pequeño rodeo, salvando algunas rocas lisas e inclinadas y descendiendo hacia una pequeña brecha en el terreno, una falla cuyo fondo estaba tapizado por un brezal ralo.

En quince días había aprendido algunos caminos en los alrededores de la granja de Kraakha, el nombre de cada caballo y ganso de su establo y a despertar a la hora oportuna para escurrirse de la cama del guerrero fornido y volver a la sala común, de manera que nadie se percatara de su ausencia. En quince días podía aprenderse mucho cuando uno estaba dispuesto a hacerlo. Y esa era otra de las cosas que Driadan había descubierto, la importancia de "estar dispuesto a".

Se detuvo al lado de uno de los arbustos, atándose bien las correas del jubón, y removió las hojas buscando bayas sin mucho éxito. Decidió sentarse en una roca y esperar a Ioren para regresar con él y hacerle algunas preguntas. Sabía que el Rojo aún estaría unos minutos rezando a sus dioses, y en ese tiempo, el viento fresco le calmaría a Driadan el rubor y le permitiría degustar la sensación de orgullo y felicidad absurda que las palabras del hombre del mar le habían despertado, agitando su espíritu más de lo que le apetecía soportar en aquel momento.

- Por la Sal y la Llama, no lo serás – repitió, golpeando las hojas del seto con la espada sin mucha intención, tratando de imitar la voz grave de Ioren – pero ya hablas como uno. Por la Sal y la Llama. ¡Por la Sal y la Llama!

- ¿Se puede saber qué haces, Nirala?

El príncipe carraspeó y se colgó la espada del hombro, levantándose inmediatamente. Del otro lado del brezal, Arévano apareció, apartando las ramas entrelazadas y los espinos y mirándole con clara diversión.

- Practicar idiomas – improvisó Driadan - ¿Y tú? ¿No estáis en la granja?

El joven se encogió de hombros y esbozó una sonrisa amplia, extendiendo el puño cerrado hacia él. Lo abrió y le mostró el tesoro de frutos jugosos de color púrpura. Driadan reprimió las ganas de devolverle la sonrisa y se llevó una mora a la boca, masticándola con deleite. Arévano le caía bien. Era agradable y simpático, tenía un rostro bondadoso, de rasgos bien dibujados, donde gobernaban dos ojos muy azules. El cabello, castaño con vetas doradas, enmarcaba sus facciones armónicas, en las que solo la cicatriz del labio parecía desentonar.

- Me he escapado un rato. Empiezo a acostumbrarme a los horarios, y eso no me gusta. Bastante tuvimos de eso en Shalama. - Driadan torció el gesto, pero asintió. No le agradaban las referencias a Shalama y la esclavitud – Kraakha pronto nos dará de comer, habrá que ir regresando.

- Ya. Yo estoy esperando al Rojo.

Arévano se le quedó mirando y asintió, guardándose una pregunta. Driadan también había aprendido en aquellos días a leer mejor en las personas, en sus inquietudes e intenciones, en su expresión corporal. O mas que haberlo aprendido, se había dado cuenta de que poseía esa cualidad a la que algunos llaman intuición.

- Dime – añadió sin más.

Arévano sonrió y meneó la cabeza, luego le miró con franca curiosidad.

- Nada, solo que… Ioren es también tu maestro, eso hemos comprendido. Ahora, al venir aquí. Él te está instruyendo.

- Así es – admitió Driadan, limpiándose los dedos en una hoja. No se le había escapado el "también". - ¿Hay algo malo con eso?

- No, no. Ya sabes, a veces… no sé, es que nunca hemos sabido… tampoco lo hemos preguntado. Pero en algunas ocasiones parecíais más enemigos que otra cosa. Siempre ha sido muy raro veros, y nunca terminábamos de entender qué pasaba con vosotros dos. Ahora, sin embargo, desde que estáis aquí, lo entendemos más.

- No es que sea asunto vuestro – replicó Driadan, sonriendo con un gesto afable, pero que encerraba una cierta frialdad. Arévano respondió con una sonrisa, si se apercibió de esa frialdad, no dio muestras de hacerlo.

- No, no lo es. Pero me alegro de que lo vuestro vaya mejor.

- ¿Lo nuestro? – dijo una voz, a la espalda del príncipe.

Arévano arqueó las cejas, mirando por encima del hombro de Driadan, quien suspiró y alzó la vista al cielo. Tenía eso que algunos dan en llamar intuición, y además, conocía cada matiz en el tono de voz de Ioren el Rojo. Y esas dos palabras habían sonado a un tiempo amenazantes y ofendidas. Pero Arévano fue rápido, lo cual confirmó la sospecha de Driadan de que su compañero hablaba de algo muy concreto y específico al referirse a "lo suyo", y que ciertas cosas no habían pasado desapercibidas.

- El entrenamiento, Rojo – dijo, mostrando su mejor sonrisa de inocencia – Nirala dice que ha mejorado mucho.

- Si, ha mejorado.

La tierra crujía bajo los pies del Rojo, que se detuvo detrás de Driadan. Hubo un momento de silencio, y después, Arévano, comiéndose la última baya, se dio la vuelta y se marchó entre los brezos.

- Nos vemos en la granja.

En cuanto su silueta se perdió entre los arbustos y antes de que el joven pudiera formular cualquier pregunta, el susurro áspero de Ioren le golpeó desde atrás como un latigazo.

- ¿Qué demonios vas contando por ahí?

Driadan arqueó las cejas y se dio la vuelta para encarar al hombre del mar. El viento le agitaba los cabellos, y había desasosiego y tensión en los hirvientes ojos azules. El príncipe se tragó la primera reacción y se mantuvo frío con un esfuerzo sobrehumano.

- ¿Qué voy contando sobre qué?

- ¿Le has dicho a él o a alguien?

- ¿Si le he dicho el qué?

Ioren frunció el ceño y entrecerró los párpados hasta que sus ojos se convirtieron en dos finas líneas resplandecientes, cargadas de fuego. Los brazos y el torso se crisparon, apretó los nudillos y los dedos y se inclinó peligrosamente hacia el joven. Driadan, sin arredrarse, se le quedó mirando como si no entendiera de qué hablaba.

- Esto ya no es un barco a la deriva ni un hatajo de esclavos, joven demonio – advirtió el guerrero, pegando el rostro al suyo al susurrar, en tono amenazador – aquí las cosas son diferentes. No hables más de la cuenta. No pienso perderlo todo por tu indiscreción, aunque ya no me quede apenas nada.

Driadan no se apartó. Contuvo el remolino virulento y furioso en su interior y alzó la barbilla, mirándole a los ojos.

- Podría decirte lo mismo a ti. Yo no soy quien entra a tu cuarto con portazos. No soy yo quien te arrastra aquí o allá. No hace falta que nadie diga nada si tú me asaltas de noche delante de todos. Por otra parte, pensaba que yo era todo lo que tenías. O eso dijiste.

- ¿Qué? ¡Yo no te he asaltado delante de tod…! No. No me quieras confundir con palabras y hechizos infernales – gruñó Ioren, apuntándole con el dedo.

Driadan lo golpeó con la palma de la mano, desdeñoso.

- Tú eres quien hace magia de la Llama, yo no hechizo a nadie. A mi me tildas de demonio porque tú no habías pensado en que algunas cosas llaman la atención. No es culpa mía. Arévano es observador, y ya está. No pretenderás que nadie haya notado nada. Pero no veo por qué es tan dramático.

- ¿Cómo que no lo ves?

- No se lo dirá al nuevo thane, si lo que te preocupa es que se entere de que te desahogas con tu muchacho de Nirala. Arévano no haría eso.

Ioren se quedó mirándole por un momento con los ojos muy abiertos, como si estuviera escandalizado o no terminara de creerse sus palabras. Sin embargo, para Driadan no temblaba el suelo. Frunció el ceño y se ajustó la espada, seguro de sí mismo. ¿Y qué si en la tripulación estaban enterados? No era asunto de ellos, pero lógicamente algunas cosas despertaban ciertas sospechas. Y hasta donde Driadan sabía, el asunto de los amantes del mismo sexo entre los guerreros y en el mundo militar no era algo tan extraño. Bastaba con no hablar de ello. Para él era raro, pero suponía que gente más vivida como Arévano y Jhandi debían tomarse aquellos detalles casi con indiferencia. Él mismo sospechaba que había algunos en el grupo que habían tenido más que apretones de manos en alguna ocasión, pero ni le importaba ni iba a hacer comentario alguno al respecto. Sin embargo, por el modo en que Ioren el Rojo se pasaba la mano por la frente y vocalizaba una maldición, inmóvil y completamente tenso como la cuerda de un arco, para él parecía el fin del mundo.

- Más vale que no pase de esto – murmuró.

- Ioren, ¿qué es lo que pasa?

- Nada, por ahora – sus ojos volvieron a destellar y le encaró de nuevo con furia – Yo no me desahogo con mi… no digas esas cosas.

Apretó los dientes. Driadan tuvo que reprimir una sonrisa. Se dio la vuelta y le miró de soslayo, empezando a caminar entre los brezos. El hombre del mar le seguía, machacando la tierra bajo los pies.

- Tu muchacho de Nirala, es lo que soy. Tú lo dijiste. – se deleitó en el gruñido a su espalda. A Ioren no le gustaba que Driadan le recordase los momentos en los que perdía el control de lo que hacía o decía, al parecer. Ese descubrimiento le gustó. A él no le parecía mal ser "su muchacho" o "todo lo que le quedaba", la ternura de Ioren era un regalo que atesoraba y veneraba cada vez que ésta se hacía presente, aunque a él le avergonzase - ¿Qué es lo que temes? No voy a hacer nada terrible, pero no es justo que me culpes; hasta el momento no lo he hecho. En vez de culparme, explícame las cosas para que yo sepa hasta qué punto debo ser cauto y con qué he de cuidarme.

- Hablas con sabiduría – admitió Ioren, tras unos segundos de silencio. Driadan se regodeó en el orgullo una vez mas en aquella mañana. Dos veces antes de la comida, era todo un logro – En la tarde hablaremos un rato y te explicaré. Ahora apresurémonos.

Las zancadas del hombre del mar adelantaron al joven príncipe, que apretó el paso para quedar a su altura. Los espinos le arañaron las rodillas cuando comenzaron a ascender la altiplanicie, ya muy cerca del hogar que ahora compartían. Los graznidos de los gansos se escuchaban con claridad.

- ¿No me vas a dar ni una pista?

Ioren ladeó la cabeza, tendiéndole la mano cuando le vio trastabillar en una oquedad del terreno. Driadan se sujetó a ella, y en cuanto hubo recuperado el equilibrio, Ioren la apartó como si se hubiera quemado.

- No, pero te daré una lección – repuso Ioren, en un tono que le sonó melancólico y lejano, con el sabor rezumante de una herida abierta, lejana, que aún supuraba. Su mirada tenía una gota de tristeza cerca de las pupilas cuando se dirigió hacia él – Un hombre invencible es el que no tiene ninguna debilidad. Pero si tienes una, escóndela. Pues si la conoce el gusano, puede susurrársela al búho, y si el búho la conoce, quizá se la muestre en el reflejo de los ojos al halcón. Y si el halcón se posa en el brazo de tu enemigo, tu enemigo sabrá donde hundir su espada.

Driadan guardó silencio, con la sensación de que el hombre del mar estaba hablando de vivencias propias, no sólo de enseñanzas y parábolas. Estaban ya en la puerta de la granja cuando se atrevió a hablar de nuevo.

- ¿Tienes muchos enemigos aquí, Ioren?

- No son muchos – respondió él. – Pero son los peores. No hay peor enemigo que aquellos que te han querido.

Driadan no preguntó más, pero al llegar al salón, cuando se sentó a la derecha del Rojo, apenas levantó la vista de la mesa para responder a las preguntas que le hacían. No habló con nadie, y mientras comía, masticaba y tragaba las palabras que habían intercambiado esa mañana, mientras aguardaba a la tarde, con la esperanza de que algunos secretos se le revelasen.

. . .

Fuego y Acero XXVII: Instrucción


27.- Instrucción


- Escucha. Y aprende esto.

La mañana estaba avanzada. En el firmamento plomizo, las gaviotas cruzaban como flechas pálidas, chillaban y se hundían en el agua para volver a salir. Driadan había apoyado la espada en una piedra, en el acantilado, y Ioren había dejado la suya clavada en la tierra antes de detenerse y hablar.

- Toda la persona que nace, nace libre – dijo Ioren, con la voz grave y serena. Hablaba despacio, como si cada frase fuera un arcano sagrado y profundo. – Todo el que nace puede ser un rey. También puede ser un esclavo. Ser una cosa o ser otra, sólo depende de lo fuerte que seas. Por eso nos templamos en el acero. Para ser más fuertes que los demás. Matas a un rey y eres rey, no importa qué sangre tienes. Solo la fuerza.

Driadan tomó aire y asintió, mirando a los ojos del hombre del mar. Cada mañana, al amanecer, Ioren le daba aquella espada de acero y le enseñaba a luchar como un hombre. Luego, cuando el príncipe sentía que sus músculos se iban a romper, se dirigía a él con las mismas palabras, "escucha y aprende esto", con los ojos azules inflamados por una llama interior que él imaginaba prendida en su propia alma, y le decía cosas que Driadan grababa en su mente y su memoria. Se sentía en aquellos momentos como acero fundido. El entrenamiento le calentaba y le endurecía, pero eran las palabras del Rojo las que le daban forma. Por eso le escuchaba en silencio.

- ¿Cómo se hace fuerte un hombre? – preguntó Ioren, señalándole con la barbilla desde su altura – Dímelo tú, si lo has aprendido ya.

El príncipe se apartó la cabellera revuelta del hombro. La brisa marina le despeinaba. Aunque estaba agotado, sentía deseos de agarrar la espada otra vez y volver a practicar.

- Respetando a los dioses y las leyes de la tradición – respondió, aún jadeando para recuperar el aliento – Con la sabiduría de la tierra y del mar. Aprendiendo a leer en los corazones de los hombres. Aplastando al enemigo antes de que levante la cabeza. Y teniendo paciencia para esperar el momento adecuado.

Ioren hizo un gesto de aprobación y le señaló la espada.

- Cógela y límpiala.
- No está manchada – protestó el joven, mirando de reojo el arma. La hoja no brillaba, no había sol que arrancara destellos del metal.
- Hoy no. Algún día lo estará. Nunca es mal momento para empezar un hábito.

Driadan cogió el arma y se sentó en una piedra, deslizando el bajo de su túnica sobre el acero. Ioren hizo lo mismo con la suya, a algunos metros de él. En el silencio, solo el rumor del mar y el silbido de la tela sobre las espadas se escuchaban.

El aire era gélido y cortante en los acantilados, pero a Driadan no le resultaba molesto. Decir que se había acostumbrado le parecía excesivo, pero en la última semana, sí se había adaptado en cierto modo a la vida en aquel lugar. No sabía cómo. Quizá las experiencias vividas le habían hecho tener mejor capacidad que antaño para amoldarse a las situaciones nuevas. O tal vez tenía que ver su propio cambio de actitud al descubrirse en el espejo de la habitación.


Para ser un rey, antes debes ser un hombre, había dicho Ioren. Ahora estaba preparado para admitir que tenía razón. Sus objetivos se habían definido con claridad en su mente, sobre todo en los últimos días. El entrenamiento le había ayudado a pensar de una manera en la que nunca lo había hecho, la disciplina, el orden y la rutina habían establecido en torno al príncipe algo muy parecido a un entorno seguro, le habían proporcionado un control verdadero sobre sí mismo, sobre algunos aspectos de su vida. Eso había aclarado sus pensamientos como un barrido de viento. Ahora sabía bien lo que quería, podía mirar hacia delante y veía las posibilidades como algo real. Recuperaría su tierra, su trono y su venganza. Iba a tenerlo todo. No sabía cómo, pero decidirlo ya era un paso.

El susurro del tejido sobre el acero era una música agradable. Inmerso en su actividad, volvió la cabeza al escuchar los pasos. La mujer del pelo negro y los ojos verdes se acercaba, envuelta en el viejo chal. Driadan la observó, contempló sus movimientos y su gesto cuando ella se detuvo a algunos pasos y se dirigió a Ioren. Hablaron en su idioma, sin mirarse y en un tono seco. Distinguió las palabras "comida" y "fuego", poco más. Luego, Kraakha se dio la vuelta y regresó por donde había venido, aún con la cabeza gacha y la misma postura incómoda.

La observó caminar un rato y después se volvió hacia Ioren.

- No parece que os llevéis muy bien.

Ioren no respondió. Terminó con el ritual y se colgó la espada del cinto, poniéndose en pie y mirando hacia la granja.

- Ni bien ni mal.
- Nos ha acogido en su casa. Todos vivimos en su granja – replicó el chico.
- No puede negarme la hospitalidad si se la pido. Es la costumbre – dijo el Rojo con sencillez – Por eso trabajamos en su tierra mientras estamos con ella.
- ¿Y tus tierras y tu casa? ¿No tenías?

Caminaron alejándose del acantilado. La hierba pálida crecía en jirones dispersos entre el suelo seco y rocoso. Bloques de granito irregular despuntaban por doquier, donde el liquen se extendía como manchas oscuras de una infección. El terreno era escarpado y árido, salpicado de matorrales ásperos de tonos grises. En algunos, se abrían flores de color azul desvaído, diminutas y agrestes.

- Ahora son de Ulior Skol, el nuevo thane.
- ¿Y qué harás al respecto?
- Recuperarlo todo – Ioren se detuvo, hizo una pausa y luego siguió caminando - Cuando llegue el momento.

Driadan arqueó la ceja.

- Pero tú eres el jefe. Él solo está ahí porque le dejaste al mando cuando marchaste, eso nos dijiste. ¿Por qué no puedes reclamar lo tuyo ahora?

La hierba crujía bajo sus pies. El príncipe sentía los músculos entumecidos por el repentino enfriamiento y le dolían los brazos, pero no se quejaría. Mantuvo su postura erguida y su caminar orgulloso, al paso de Ioren, sin quedarse atrás.

- No es tan sencillo. Perdí la batalla y ha pasado mucho tiempo. Mi pueblo tiene que confiar en mí de nuevo, y los dioses devolverme su gracia.

El joven no hizo más preguntas. Al llegar a la granja, cruzaron los establos y el corral de los gansos. En los primeros sólo había un par de caballos escuálidos, de ojos saltones y temperamento vivo, que habían conocido tiempos mejores. El corral estaba habitado por aves de pelaje blanco que se amontonaban en los rincones junto al heno para protegerse del frío, con las plumas hinchadas. Las tierras de labranza se extendían al oeste, y a Driadan, llamarlas de ese modo le parecía ser compasivo. Tras un vallado de madera y granito, se extendían apenas unas tres millas de tierra reseca y algunos árboles sin hojas.

Jhandi estaba cortando leña junto a la entrada de la casa, una construcción de piedra y madera con el techo de pizarra. Les saludó con una sonrisa, y Driadan respondió correspondiéndole, inevitablemente.

- ¿Qué tal esos brazos, Nirala? – dijo el sureño en su idioma - ¿Ya puedes tumbarme de un puñetazo?
- Lo comprobaremos algún día – respondió el príncipe.

Entraron al interior, donde el fuego ardía en la gran sala y olía a humo y carne asada. Cisne y Perfidia servían la comida en los cuencos, y Kraakha removía el caldero en la hoguera. Todos los días, Ioren se sentaba en la cabecera de la mesa, como si fuera el señor de aquel lugar, y compartían los alimentos mientras hablaban de las cosas que habían hecho o visto. Se apiñaban en torno a la mesa alargada, hundiendo las cucharas en las escudillas, bebiendo de los cuernos. Los perros aguardaban bajo la mesa a que algún bocado fortuito se dejara caer allí.

- Salud y que aproveche.

Ioren retiró la silla de brazos de madera y tomó asiento. El resto de su gente – ahora eran sus hombres, se recordó Driadan – lo hizo después, con amplias sonrisas y mirando las lonchas de buey con buen apetito. Driadan se sentó a la derecha de Ioren, como cada día, y agradeció con la cabeza a Cisne su ración. El chico le esquivó la mirada.

- Nunca me acostumbraré a esto – parloteaba Arévano, dando la vuelta a un cuerno entre los dedos – En mi tierra bebía vino en copas de cristal tallado. En este recipiente, todo me sabe a hueso.
- Eso es porque tienes mucha imaginación – replicó Fernos – A mi me resulta agradable.

Levantó su cuerno y bebió, chasqueando la lengua después y lamiéndose la cerveza del bigote. A su lado, Jhandi, que había llegado el último tras encargarse de la leña, se rió con suavidad. Comieron entre conversaciones pausadas, bromeando de cuando en cuando. Driadan, la mayor parte del tiempo sólo escuchaba y observaba.

De todos los esclavos que habían escapado de Shalama, sólo siete se habían quedado con Ioren hasta el final, aquellos que no tenían familia ni motivos para querer regresar a sus hogares. Entre ellos se habían creado relaciones de camaradería y fraternidad, lazos que habían ido estrechándose con el paso del tiempo y las experiencias compartidas. A pesar de que algunos, como Qilem, eran tan silenciosos que a veces su presencia pasaba desapercibida, se podía sentir en el ambiente una gran confianza entre aquellos hombres tan distintos. Driadan deslizó la vista sobre ellos y se detuvo en Perfidia y Cisne, que les servían a la mesa.

Aquellos dos… algún día tendría que ocuparse de ellos. Plantearse el trato que estaban recibiendo. Pero cada vez que se fijaba en la mujer, un estremecimiento de ira le recorría la espalda y volvía a sentir deseos de molerla a patadas, esta vez hasta matarla. Era consciente de lo que ella había hecho. Cómo les había manipulado, tras la fachada maternal y cariñosa de una buena ama, para mantenerles moderadamente apaciguados mientras les obligaba a arrastrarse por el fango. A Cisne no le importaba, él estaba acostumbrado. Driadan jamás olvidaría.

Al fondo de la sala, Kraakha, la de los ojos verdes, estaba comiendo en un rincón. Sentada en una silla, junto al fuego, sola, lanzaba miradas fugaces hacia los hombres que habían invadido su hogar. A veces, un gesto de terror asomaba a sus ojos al observar a Ioren, matizado con algo más que el príncipe no podía definir aún. Frunciendo un poco el ceño, Driadan se llevó otro bocado a los labios, contemplándola y haciéndose preguntas.

La granja era un edificio bastante grande para acogerles a todos. Todos, ciertamente, estaban trabajando en las tierras de aquella mujer, como pago a su hospitalidad. Pero ni para el reproche ni la cortesía ella hablaba con nadie. Cuando alguien le dirigía la palabra, solía darse la vuelta con expresión asustada, negando con la cabeza, y desaparecer en otra habitación. La había visto cargar leña, arar, levantar troncos con esfuerzo: no era una mujer enclenque. La había visto también coser con habilidad, reparar pequeños desperfectos en la casa, cocinar. Había visto la espada que había colgada en su pared y la daga que llevaba al cinto. No, la lectora de runas no era ninguna desvalida hembra, era una mujer independiente, que vivía sola, apartada de la aldea de Kelgard y que era capaz de desenvolverse en cualquier aspecto sin necesitar a nadie más. Y sin embargo, estaba amenazada de alguna manera. O coaccionada. Para Driadan era evidente en su actitud: Kraakha no quería tener a aquella gente allí. Y estaba seguro de que tenía mucho que ver con Ioren. Había intentado desentrañar el significado de las miradas que ambos se dirigían a veces, incluso había espiado en ocasiones alguna conversación entre los dos que parecía más personal que las otras, pero su conocimiento del idioma no era suficiente y no había entendido nada. Sólo que había amargura en las palabras de ambos, sobre todo en las de ella.

Un codazo suave le sacó de sus pensamientos.

- No la mires tan fijo, Nirala. ¿Acaso es de tu gusto?

Jhandi sonrió con su hilera de dientes blancos, Driadan hizo una mueca.

- Un poco mayor para mí.
- Eso no debería ser un problema, amigo. Más experiencia. Y es muy guapa. ¿Por qué no tiene varón, Rojo?

La mirada de Jhandi se volvió hacia Ioren, que estaba escuchándoles y también miraba a Kraakha. Ella le atisbó fugazmente con los ojos verdes, brillantes, y luego bajó la cabeza, volviendo el rostro al fuego.

- Es una mujer prohibida. Tiene el don de la visión, ningún hombre puede tocarla.

El príncipe volvió el rostro. Algo le llamó la atención en la voz de Ioren al decir aquello. El Rojo estaba de nuevo dedicándose a apurar la escudilla, perdido en sus pensamientos, pero en aquel preciso momento, Driadan tuvo la certeza de que el hombre del mar se había saltado esa prohibición en alguna ocasión.

Había una historia entre ellos, entre el Rojo y la lectora de runas, y con una punzada ácida en el estómago, el príncipe decidió que no desistiría hasta descubrirla por completo. Al fin y al cabo, disponía de tiempo. Convertirse en un hombre y poder recuperar su trono no era tarea que pudiera completarse en cuatro días, no había ninguna prisa.

. . .

Flores de Asfalto: El Despertar - XVIII

Aceptación


14 de Febrero – Gabriel

Al otro lado de la ventana, estaban la noche y la ciudad. La noche, enjoyada de estrellas, con su luna balanceante, con su telón negro. Y la ciudad, sucia, prendida de luces, teñida de niebla, acechante y siempre hambrienta. Las bombillas amarillas y blancas de las farolas envolvían las calles en una bruma luminiscente que tenía algo de fantasmagórica, filtraban su resplandor a través del cristal hasta el apartamento en penumbra.

Pero ellas, la noche y la ciudad, estaban fuera, al otro lado de la ventana. Se habían convertido en un espejismo furioso que intentaba llamar la atención sin conseguirlo, intentando ser real.

Las velas, eso era real. Sus llamas calientes y anaranjadas. Sus manos también eran reales: el tacto hormigueante sobre las palmas mientras acariciaba la piel de Cain. La respiración tenue del chico, el sabor de sus besos, el breve temblor de las pestañas. El atisbo casual de su mirada, que reflejaba las llamas titilantes en sus iris de esmeralda.

Cain era real. El universo entero parecía haberse replegado, condensándose en él con toda su belleza y vastedad. En toda su miseria y su imperfección. En toda su pureza. Le tenía entre los brazos, debajo de los labios, pegado a su cuerpo, y era verdadero, y a él también le convertía en algo auténtico. Se sentía como al despertar a la vida después de haber pasado años anestesiado. Como un recién converso postrado de rodillas en la catedral; sin habla, sin capacidad de raciocinio. A solas con él, a solas sus emociones. A solas con la necesidad de tocarle, de protegerle, de adorarle con cada átomo de su ser.

Llevaban un rato enredados en los besos, tocándose los brazos descubiertos, los cuerpos desnudos, recorriéndose con caricias necesitadas, después ardientes y ahora devotas. Él había caminado hasta Cain, le había rozado con los labios y había presionado sobre su boca. Él le había acorralado contra la encimera sin previa provocación.

¿Alguna vez creyó que esto no iba a suceder? ¿Que podía luchar contra esa fuerza?

No es por pena… ¿Entonces, por qué es?

La respuesta a las preguntas que Cain se hacía era demasiado sencilla y demasiado increíble. Pensar en ello le hacía sentirse algo confuso, pero al mismo tiempo, una repentina certeza de amarle parecía arder sin palabras en su interior en aquel momento, mientras se separaba de sus labios un instante para respirar a duras penas. Levantó una mano para rozarle la mejilla. Cain cerró los ojos e inclinó el rostro, correspondiendo a su tacto con un suspiro contenido.

La luz de las llamas se reflejaba en su piel.

—Mañana harás como si nada hubiera ocurrido.

La voz susurrante del chico le provocó una punzada de angustia.

—No.

Los ojos verdes volvieron a mirarle. Sí, quería que le mirase. Quería escucharle respirar, sentir el latido de la sangre bajo su carne. Deslizó los dedos sobre su rostro, entre su pelo. Cain seguía la dirección de la caricia, propiciando el contacto, sin apartar los ojos de los suyos.

—No sigas adelante si mañana vas a hacer como si nada.

Negó con la cabeza de nuevo. No, no. Estaba seguro. Los obstáculos insalvables le parecían meros charcos que sólo había que saltar. Aun así, Cain insistió. Los ojos verdes volvieron a apartarse y volvió a preguntar:

—¿Y Sara?

Sus labios se encontraron otra vez. Las lenguas se enredaron. Las uñas de Cain arañándole la nuca lentamente, su respiración en la boca, el latido de su corazón sobre su pecho y la penumbra de las velas. Cuando se separaron, aún lamió un resto de saliva de su comisura, hambriento y con el pulso acelerado, el calor arremolinándose en algún punto debajo de su vientre.

—¿Qué pasa con ella?

La voz le salía un poco brusca, ronca de deseo.

Buscó su cuello, el suave pálpito en la curva. La piel del joven tenía un sabor peculiar, exótico. No se parecía a nada que hubiera probado antes. Su textura era elástica y suave. Caliente. Apetecible. Le provocaba dolor de estómago. Le mordería hasta arrancar la carne de los huesos.

—Eso quiero saber…

Las palabras brotaron entrecortadas de la garganta de Cain. Gabriel arqueó las caderas para apretarse contra su cuerpo. Los dedos del chico se deslizaron a lo largo de su espalda desnuda, provocándole un escalofrío; luego ascendieron, revoloteando como pájaros.

—No puedo pensar en eso ahora —confesó Gabriel, en un susurro áspero.

Sentía la boca seca y una necesidad urgente de arrancarle los pantalones y hundirse en su interior. Dios, lo estaba deseando. Llevaba dos malditas semanas sin desear otra cosa. “Hazlo ya, hazlo ya, hazlo ya”, repetía una vocecita en su cabeza, y esa voz se había vuelto más fuerte cada día que pasaba, cada noche que la imagen de Cain se colaba en sus sueños. Y de nuevo, las palabras del chico, entrecortadas.

—Si es sólo sexo, no me importa… por mi está bien.

Cerró los dientes con suavidad sobre su hombro, desabrochándole los pantalones. “Hazlo ya”, insistía la voz. Cerró los ojos, intentando relajarse y contener el salvaje galope de la sangre en sus venas. Le bajó la cremallera de un solo movimiento, agarrando después la cinturilla y tirando hacia abajo, arrastrando la ropa interior y liberando el sexo despierto del chico. Cain se mordió los labios para reprimir un gemido de alivio. Le tiró del pelo, acercándole a su boca. Gabriel hundió la lengua en ella y succionó, lamió, mordió, emborrachándose con su sabor.

Sólo sexo. ¿En qué demonios estaba pensando este chaval?¿Cómo podía pensar todavía? Mientras se exprimían el uno al otro en el beso apretado, deslizó una caricia amplia sobre el pecho de Cain, giró en la cintura y le agarró de la cadera. Él hizo un movimiento oscilante, provocador. Sus erecciones volvieron a rozarse, desnuda la del joven, la de Gabriel aún atrapada bajo la tela áspera de los vaqueros.

—Si mañana vuelves a… — Hablando otra vez. Bueno. Aunque en parte le irritaba, también le gustaba oír su voz, jadeante y atropellada a causa de la excitación—. Si vuelves a… fingir que esto no ha ocurrido… te juro que quemaré tu casa, profesor.

La amenaza le despertó un relámpago de deseo más intenso. El desafío le provocaba. Alzó una mano para agarrarle del pelo y tirar hacia atrás con fuerza medida; metió la otra entre sus piernas. El gemido ahogado del chico cuando cerró los dedos alrededor de su virilidad le supo a dulce en los oídos, y la mirada insolente de Cain terminó de abrirle el apetito. El condenado estaba pidiendo guerra.

—Ya te he dicho que no. No me presiones.

Le agarró de la cintura y le subió a la encimera, un movimiento tan repentino que los ojos verdes se abrieron con sobresalto y las manos de Cain se cerraron en sus hombros. Sin darle tiempo a reaccionar, hundió el rostro en su pecho y atrapó un pezón entre los dientes. Comenzó a mover los dedos sobre la carne tensa de su entrepierna, desde la cúspide hasta la base, en una caricia lenta e incitante. Él gimió.

—Dios…

Gabriel hizo girar el botón endurecido de su pecho con la lengua, lo provocó, lo ungió de saliva, presionando más con las mandíbulas para hacerle reaccionar. Su sabor le estaba enloqueciendo de necesidad. Dentro de su mano, la excitación de Cain se hacía cada vez más evidente. Con la otra le estaba sujetando del pelo, obligándole a mantener el rostro alzado, y tenía el brazo apoyado en su espalda. Por eso podía notar cómo se erizaba su piel, el suave ondular de los músculos, tensándose y relajándose en un intento de administrar los estímulos. También el despertar del sudor tibio y ligero en la nuca, el resuello breve en el que se había convertido su respiración y el galope acelerado del corazón.

Mordió un poco más fuerte, tirándole del pelo. Cain sofocó un grito y le arañó los hombros. Su sexo se distendió con un latido violento y Gabriel se sacudió con un estremecimiento al escucharle.

—¡Cabrón! —exclamó el chico.

Deslizó de nuevo la lengua en círculos y volvió a regalarle una dentellada. Cain volvió a gritar y esta vez la reacción de Gabriel también fue evidente. Cada vez que le escuchaba una corriente tibia y eléctrica se disparaba bajo su epidermis, secándole la garganta, acrecentando su hambre y destrozándole entre las piernas. Apartó los labios y se irguió, sin dejar de agasajarle con la caricia íntima, cada vez más rápido. Fijó los ojos en los suyos.

—¿Cabrón y qué más? ¿”Cabrón, para” o “cabrón, sigue”?

Cain no podía responder, y él lo sabía. Estaba jadeando. Sin embargo, en un alarde de orgullo y de carácter, el muchacho le agarró del pelo y volvió a atraerle hacia su boca. Y esta vez fue Cain quien le mordió. Una punzada breve pero intensa en el labio inferior.

—Cabrón a secas —resolló a duras penas, moviendo las caderas contra su mano.

Gabriel se lamió los labios. Ese maldito chaval… posiblemente fuera la cosa más sexy que había tenido entre manos en toda su vida. Se apretó contra él de nuevo, acuciándole, y le soltó para arrancarle las prendas del todo. Cain luchó por su ropa interior en un forcejeo provocativo, con sonrisa maliciosa incluida. Gabriel tuvo que agarrarle de las muñecas y sujetarlas por encima de su cabeza para despojarle definitivamente de ella.

Los ojos verdes no dejaban de mirarle. Las sienes le zumbaban y el deseo había vuelto densos y pesados todos sus músculos; sentía una presión constante en los riñones y una línea de tensión entre la espalda y la pelvis. Cuando pudo al fin arrojar al suelo los boxers ajustados de Cain, él le observaba bajo los párpados entrecerrados, con expresión abandonada y turbia de deseo. Había dejado de oponer resistencia al ver sus manos prisioneras contra la puerta del armarito de la cocina y tenía el torso ligeramente arqueado, las nalgas parcialmente apoyadas en el mármol y las rodillas cerradas contra los muslos de Gabriel, los pies apuntalados con el empeine detrás de sus piernas. Deslizó la mirada a lo largo de aquel espectáculo divino de carne, piel y anhelo, miró al fondo de los ojos verdes y su contención llegó al límite.

Se abrió los pantalones con una sola mano, con movimientos rápidos y bruscos. Tiró de la tela sólo lo suficiente para poder maniobrar, descubriendo su sexo más que dispuesto. La mirada verde resbaló despacio a lo largo de su cuerpo hasta fijarse ahí. Cain se lamió los labios, con los ojos fijos en su erección y eso provocó otro escalofrío al profesor. ¿El condenado se daba cuenta de toda esa mierda? ¿De los gestos que tenía, de lo provocador que resultaba? Seguramente sí, tenía que ser intencionado.

—¿Vas a pensártelo mucho más? —susurró el chico, con cierta ansiedad.

—Tal vez —respondió Gabriel. Había empezado a acariciarse, mirándole.

—Quizá esto te haga decidirte.

Cain removió las muñecas y se escurrió de la encimera para poner los talones en el suelo. Gabriel le soltó. El joven se dio la vuelta, apoyando las manos sobre el mármol y separando las piernas, ligeramente inclinado hacia delante. Luego ladeó la cabeza y le miró por encima del hombro.

Gabriel había dejado de respirar. Le aguantó la mirada y después recorrió con ella la anatomía deliciosa que no dejaba de tentarle y ahora se le ofrecía. El tatuaje de las alas negras en los riñones capturó su atención mientras se acercaba. Con un suspiro suave, abrió las manos y las deslizó por sus caderas con un gesto lento. Cain se estremeció bajo sus manos, dejando colgar la cabeza hacia delante. Gabriel cerró los dedos, sujetándole con firmeza, apretándole con los pulgares sobre el tatuaje y se pegó a su cuerpo, apretando las caderas contra sus nalgas en un roce lascivo. Tenía que hacer un esfuerzo para hacer pasar la saliva a través de la garganta al tragar, sus pulmones parecían haber olvidado el ritmo y todo su cuerpo se contraía y se erizaba, clamando por saciar su sed.

Se separó un ápice para colocarse mejor, tocando su entrada con el extremo ardiente y duro de su sexo.

—Maldita sea… hazlo de una vez —gimió Cain, arqueándose como un animal ansioso.

Gabriel sonrió a medias, sintiendo un malicioso placer al escucharle. No había sido exactamente una petición, pero le excitaban igual su exigencia y su súplica, su rendición y su desafío. Cualquier maldita cosa que él hiciera le hacía perder los estribos. Apretó la mandíbula y embistió, enterrándose con un movimiento firme.

Cain ahogó un resuello. Se tensó. Una gota de sudor se deslizó por su espalda. Gabriel contó hasta diez mentalmente antes de empujar otra vez y hundirse por completo en él. Cerró los ojos, exhalando un suspiro de alivio. Rodeado de aquel calor palpitante y estrecho, el mundo parecía dar vueltas y su cuerpo dejaba de pertenecerle.

—Dios mío —murmuró con voz ebria—. Esto es demasiado bueno.

Cain volvió a mirarle por encima del hombro, con el semblante distendido en una mueca de placer. Se echó encima de él, mordiéndole el lóbulo de la oreja, y empezó a moverse en su interior, manteniéndole aferrado con fuerza mientras él recibía los envites intensos, más cortos al principio y más profundos y largos después.

Las respiraciones de ambos se convirtieron en un contrapunto de jadeos roncos. Gabriel sólo tenía oídos para él. Arqueó la espalda y balanceó las caderas, buscándole más profundamente cuando el interior del chico se distendió y aumentó el ritmo de las embestidas. Estaba caliente y apretado, se contraía cada vez que le recibía, el cuerpo ligero y sinuoso se pegaba al suyo.

Sólo sexo. Le soltó con una mano y la deslizó entre las piernas de Cain. Cerró los dedos en su carne pulsante y buscó su ritmo mientras le embestía con más fuerza, ahogando jadeos que sonaban como gruñidos salvajes. El sudor le perlaba la espalda y estaba despeinado, totalmente fuera de sí. “Fuera de tus casillas, Gabriel, follando con un muchacho como si fueras un puto animal”. Una parte de sí mismo era consciente de esto y se reía de él. Se reía de sí mismo, de su ilusión de autocontrol, de orden, de dominio de sus actos, que estaba saltando por los aires. Siempre había sido un espejismo frágil.

—No… me voy a… ah…—resolló Cain.

Apenas podía hablar. La última palabra se le quebró en un gemido intenso, se contrajo y apoyó la frente en los puños cerrados sobre el mármol, arqueando la espalda. Sus lamentos se elevaron, hicieron eco en las paredes de la cocina y se convirtieron en sollozos sofocados cuando la pasión desatada se convirtió en frenesí.

Gabriel ya no podía pensar de ninguna manera racional. Había una niebla roja delante de sus ojos y algo vibraba con tanta fuerza en sus sienes que le ensordecía y le mareaba. Sabía que le estaba mordiendo. Sabía que estaba enterrándose en su interior con impulsos salvajes, casi violentos. Le sentía retorcerse debajo de su cuerpo, le escuchaba gemir y ahogar los gritos, pero en el timbre de su voz los matices de placer y dolor parecían confundirse.

No quería hacerle daño, pero tenía los dientes hundidos en su hombro. No quería herirle, pero el modo en el que le penetraba estaba resultándole doloroso incluso a él mismo. Había perdido sus propias riendas, y a pesar de todo, aquella pérdida era un alivio.

—Me voy…  me…

La voz entrecortada y suplicante de Cain le espoleó aún más, teñida con el temblor de la excitación al límite.

—Hazlo de una vez —replicó, desesperado, renovando sus esfuerzos.

Cain se tensó. Su sexo empezó a latir con fuerza y estalló al fin con un grito más áspero, derramándose sobre la mano de Gabriel y salpicando el mueble de la cocina. Se arqueó y tembló, alzó el rostro y lo dejó caer de nuevo, curvando la espalda para pegarse más a él.

Las contracciones del orgasmo del muchacho acabaron con las últimas reservas de contención del profesor. Un latigazo, como el restallido de una cuerda que se rompe, anunció el final. Se escuchó gruñir a sí mismo. Su sexo se distendió y una ola eléctrica y caliente le barrió desde las caderas hasta la nuca cuando la semilla brotó a borbotones espasmódicos. Un temblor de tierra, una tormenta de relámpagos. Sacudió la cabeza. La conciencia parecía abandonarle en el torrente desatado y convulso con el que se vaciaba en su interior. Cada estremecimiento le mordía los nervios y los afinaba al máximo; su virilidad exhausta se estrechaba contra las paredes del angosto canal en el que estaba hundida, provocando estímulos que se volvían insoportables.

Sus gemidos ásperos y bruscos se mezclaron con el canto dulce y abandonado de Cain durante un momento de conjunción que parecía estar prolongándose hasta lo imposible. Y al final, el temblor cesó. Las oleadas de placer desbocado se volvieron más suaves, el fuego se retiró y poco a poco el mundo volvió a su sitio, revelando sus cuerpos unidos, echados sobre la encimera de mármol, respirando como si fueran a ahogarse en cualquier momento y húmedos de sudor.

Fue un momento glorioso. Un momento de silencio, de mente en blanco, de total y absoluta paz, con el cuerpo caliente de Cain debajo del suyo y la frente apoyada en su nuca mientras su cuerpo retornaba poco a poco a sus ritmos habituales. Cuando levantó el rostro, todo parecía repentinamente irreal y extraño.

¿Realmente lo había hecho? ¿Acababa de tirarse a Cain otra vez?

“Mierda. Joder, mierda. ¿Pero qué demonios…?”

Y tanto que lo había hecho. Como que aún estaba dentro de él. Tragó saliva, con una oleada de culpabilidad, y pensó en alejarse, envolverle con una manta y llevarle a la cama. Inició el movimiento para escurrirse fuera de su cuerpo. Un cosquilleo de placer le ascendió desde el extremo de su sexo hasta el vientre, afilado y casi doloroso, haciéndole cerrar los ojos y apretar los dientes. Todas las palabras del chico volvieron a su mente en una avalancha.

Mañana volverás a hacer como si nada. Si esto es sólo sexo, por mí está bien. ¿Y Sara?

—Joder.

Golpeó la encimera con el puño y se apartó bruscamente, arreglándose la ropa a toda prisa como si cubriéndose todo fuera a desaparecer. Cain alzó una mirada aletargada y sorprendida.

—¿Qué pasa?

—¿Te he hecho daño?

Cain parpadeó y luego se incorporó a medias, frunciendo el ceño. Tardó un rato en responder. Finalmente, negó con la cabeza.

—No. No me siento mal en absoluto.

Gracias a Dios. En realidad, eso era exactamente lo que quería saber. Suspiró con alivio y se apoyó en el mueble, intentando peinarse con los dedos. Cain le seguía mirando. De pronto se dio cuenta de que se había alejado de él de una manera un tanto seca y ahora el chico se veía muy solo y un poco confundido, ahí a casi dos metros de él. “Esta es la clase de cosas con las que la cago”, comprendió. Volvió a acercarse y le rodeó con los brazos, apoyando la mejilla en su pelo. Cain correspondió al abrazo de inmediato, aferrándose a él y contrayéndose con lo que parecía un sollozo contenido.

—No voy a hacer como si nada —dijo. En realidad se lo decía a él mismo —. Esto ha pasado, y también pasó la otra vez… y no voy a fingir que no sucedió. Me hago cargo.

—Eso suena como si fueras a ponerme un piso o algo así —murmuró Cain, con el rostro pegado a su pecho —. Tampoco es… osea, podemos enrollarnos de vez en cuando si quieres. O lo que quieras. Si es sólo sexo, por mi está bien. No hay necesidad de dramatizar ni de planear nada.

Sus palabras le irritaron en cierto modo. Se apartó un poco para mirarle a los ojos, sin romper el abrazo. Las velas habían empezado a apagarse, apenas quedaban un par encendidas. Las únicas luces que les iluminaban ahora eran las de la ciudad.

—Deja de decir que es sólo sexo. Contigo no va de eso, joder.

Cain frunció un poco el ceño. Los ojos verdes empezaron a diluirse en agua cuando las lágrimas le asomaron, pero las reprimió con terquedad. Gabriel se conmovió.

Podía desearle con la pasión del magma desatado y podía conmoverse al mismo tiempo. Quizá no fuera una persona romántica, tal vez fuese demasiado aficionado a engañarse a sí mismo, pero no era idiota. Lo que había ahí dentro, debajo de todas las capas de dureza inventada, de cinismo amargo, de veneno y rencor, era necesidad. Le necesitaba a él, a Gabriel. Y él quería aceptar esa responsabilidad.

Al fin y al cabo, él también le necesitaba. A su manera. Fuese aquella la que fuese.

Le abrazó con más intensidad, levantándole en vilo. Cain enredó las piernas en su cintura. Sus labios se encontraron y se fundieron en un beso lento e íntimo, desnudo. Los corazones se acompasaron. Gabriel le estrechó contra sí mientras caminaba, un paso por cada latido, cada uno tan medido como si se dirigiese hacia un altar.

Le llevó a su habitación, andando a oscuras con él a cuestas y le tendió sobre el colchón. Cain no le soltó. Sus labios no dejaban de acariciar los suyos con ternura, no dejaron de hacerlo mientras Gabriel le besaba hasta marearse, lamía su piel, recorría todo su cuerpo con las manos. El tiempo dejó de tener sentido. En algún momento, volvió a desembarazarse de los pantalones, esta vez definitivamente. Cain le abrazó con las piernas cuando le sintió entrar, apagando los gemidos sobre su hombro.

Toda aquella intensidad física había cobrado repentinamente un significado que Gabriel no podía definir con palabras. Era parecido a recuperar algo que se perdió hacía tanto tiempo que se creía olvidado. Como volver a un hogar desconocido. Como encajar al fin, pisar por primera vez el lugar al que pertenecía, su lugar en el mundo.

Quería repetirle que no era sólo sexo. Que no sabía lo que era, que quizá sí lo sabía, pero tenía que digerirlo bien. Que no iba a volver con Sara, que se había quedado por él, que sólo quería estar con él. En aquel momento, con los corazones latiendo al unísono, empujando en su interior sin más palabras que los jadeos ahogados y los gemidos rotos, abrazados hasta el alma, no había dudas ni cobardía. Y la música volvió a inundarle los oídos, abriéndose camino desde algún lugar de su interior en acordes delicados, tejidos como un oleaje sutil en el que cada nota era esencial y preciosa como las flores sencillas. Cain le recibía arqueándose, contoneándose, ondulando libre con los dedos hundidos en su cabello, buscando su boca cada vez que sus labios se separaban o dejándole un reguero de besos breves y torpes a lo largo de la mandíbula cuando la necesidad de respirar se lo permitía.

—No me sueltes —murmuró el chico en su oído.

Una punzada en el corazón. Gabriel le apartó el cabello del rostro con una mano, buscando sus ojos. Le rozó la nariz con la suya y le mordió los labios.

—Nunca —respondió.



. . .



15 de Febrero – Cain

Aún no había conseguido recuperar el aliento y ya quería un cigarrillo. Una noche como aquella merecía al menos fumarse uno. Gabriel se pasó la mano por la cara, desnudo y sudoroso. Se puso en pie y buscó la ropa interior por el suelo.

Cain encendió el mechero, mirándole con descaro. El maravilloso espectáculo de las nalgas firmes del profesor desapareció bajo la tela negra cuando se enfundó los boxers elásticos. El chico se lamió los labios. Cuando Gabriel se dio la vuelta, sus ojos aún tenían esa expresión turbia, con los rescoldos del deseo compartido ya apagándose. Se inclinó sobre él y le quitó el cigarro de los dedos para darle una calada, despeinado y con las marcas de sus uñas en los hombros. Luego buscó algún recipiente que pudieran utilizar como cenicero entre los objetos de su pulcra, ordenada y aséptica habitación.

Cada vez que se movía, los músculos flexibles parecían ondular como los de una fiera.

—¿Esto es lo que querías?

Cain frunció levemente el ceño.

—¿A qué te refieres?

Gabriel dejó una lata de coca-cola semivacía en la mesilla y dejó caer la ceniza dentro.

—A lo que llevamos haciendo las últimas horas.

—Si. Y no me ha parecido que tú no lo desearas. Es más, diría que lo has disfrutado.

Gabriel se rió con una risa suave y ronroneante. Cain se sentía impotente y débil, abotargado como si el sexo le hubiera robado toda la energía y la voluntad. Se le quedó mirando, extasiado. No le importaba que él le viera hacerlo. Estudió el color de sus ojos, su mirada, el modo en que sostenía el cigarrillo en la comisura.

—Supongo.

—¿Supones? Bueno, han sido tres veces. Creo que es como para estar seguro.

Gabriel mostró una sonrisa felina.

—A lo mejor no es bastante.

Un hormigueo de anticipación le trepó por la espalda cuando el profesor se acercó de nuevo a la cama. Puso cara de decepción cuando él cogió los pantalones de deporte, que colgaban doblados del cabecero, y se los enfundó.

—Eres un calientapollas.

—Que me lo digas tú es una gran ironía.

Cain se rió por lo bajo, estirándose con pereza. El profesor se tendió a su lado, aún con el cigarro en la boca, y les cubrió con las sábanas y la colcha. Exhaló una calada gris y se lo devolvió directamente a los labios.

—No sabía que fumaras, profe.

—No fumo. Esto es una excepción.

Se sentía idiota, siguiendo cada movimiento suyo como si fuera algo glorioso e irrepetible, observando cada rasgo de sus facciones ahora con plena libertad: las arrugas apenas insinuadas en la parte exterior de los ojos, las hendiduras de las mejillas, esos surcos que se formaban al contraerse la piel entre el pómulo y la mandíbula cada vez que sonreía, la sombra oscura causada por la barba incipiente, la línea larga y firme de la nariz, el tabique recto, la redondez en la punta, la forma triangular y estrecha de las orejas, la línea pronunciada de sus cejas, rectas y regulares que ascendían hasta las sienes. Y la mirada, azul y profunda.

Durante las últimas horas había aprendido a interpretarla mucho mejor que en el último mes. Había aprendido a leer en ella todo lo que Gabriel callaba.

Eran las cuatro de la mañana. Llevaban desde medianoche alternando entre abrazos envolventes, silencios íntimos y sesiones de sexo explosivo y desenfrenado… pero también dulce. El profesor siempre tenía un espacio en el cual colar una caricia tierna, un susurro cálido o un abrazo emotivo, y a Cain aquellos gestos le destrozaban el alma. Eran disparos certeros a su sensibilidad.

El sexo con Gabriel era algo fuera de toda comparación. Lo había sentido así desde la primera vez, sí, pero ahora había podido atisbar aspectos nuevos de él. Era como si Gabriel viviese continuamente cerrado, como un libro, y al estar en esa situación se abriera y se desplegara, descubriendo que el libro no está sólo lleno de páginas escritas, sino que tiene un genio dentro. Gabriel era apasionado, era dominante y también era dulce y provocador, y era primitivo y al mismo tiempo, paciente. Lo único que no era en absoluto era racional. Su manera de expresarse por medio del sexo era absolutamente instintiva, auténtica y directa. No podía esconder nada, ni mentir. Y eso para Cain no tenía precio, porque le habían mentido mucho con el sexo y porque odiaba descubrir en las expresiones y en los gestos de sus amantes lo que siempre hasta entonces había podido entrever: egoísmo, frivolidad, deseos oscuros y prohibidos que proyectaban en él para experimentar y saciarse. Ausencia de emoción. Ninguna emoción. Cuando le miraban a los ojos era para ver su propio reflejo, nunca le miraban a él. Pero Gabriel siempre, siempre le había tenido presente y le había hecho protagonista de su propia sexualidad. De una manera real y auténtica.

En suma, con Gabriel no era un puto chapero de mierda. Era él mismo, tal y como era, y podía compartirse con él.

Apoyó el cigarro en la lata y le observó, ensimismado. “No me presiones”, había dicho el profe. Y no pensaba hacerlo, sin embargo consideraba que a estas alturas, se merecía algo. Al menos una respuesta.

—Profe.

—¿Si?

Cain deslizó dos dedos a lo largo de su brazo hasta su hombro.

—¿De qué va conmigo?

Le miró de reojo. El profe estaba tendido boca arriba, con la melena extendida sobre la almohada. Luego se ladeó para encararle. Extendió los brazos y le abrigó con ellos, atrayéndole hacia el pecho y exhalando un suspiro suave. Cain se dejó hacer, complacido. Le gustaba que le abrazara así. Siempre se sentía en casa cuando lo hacía.

—No estoy muy seguro.

Su voz se había vuelto suave. Íntima. Cain asintó con la cabeza, escuchando y repitiéndose a sí mismo que no debía presionarle. Ahora no, o todo se echaría a perder. Se conformó con esa respuesta y disfrutó del silencio compartido, sin esperar nada más. Pero el profesor volvió a hablar.

—Nunca lo he entendido muy bien —dijo Gabriel —. No tengo ni idea. Nos conocemos desde hace poco… y sin embargo, te siento más cerca que a nadie.

Cain cerró los ojos, golpeado por aquella sencilla afirmación. Más cerca que a nadie. Eso incluía a Sara. Era una gota de agua en el desierto. Se la bebió con la misma gratitud y devoción de los fieles ante el milagro.

—Supongo —continuó el profesor—, que va simplemente de dos personas que se encuentran.

—¿Se encuentran el uno al otro? ¿O a si mismos? —preguntó Cain, al cabo de unos instantes.

—Pues…ahora que lo dices, puede que ambas cosas. Eso tiene sentido.

Gabriel puso los dedos sobre su nuca y empezó a jugar con su pelo distraídamente. Los gestos eran tan naturales que parecía que hubieran estado juntos toda la vida. Cain lo sentía así. No le costaba nada encontrar el lugar exacto en el que apoyar la cabeza sobre su hombro o acoplarse a su cuerpo cuando se abrazaban.

—Si dos personas se encuentran a través del centeno, si dos personas se besan, ¿tiene alguien que llorar? —murmuró, cerrando los ojos y acomodándose en su calor—. Si dos personas se encuentran a través de la cañada, si dos personas se besan, ¿tiene el mundo que saberlo?

—Eso es de Robert Burns.

Cain asintió.

—Si. Un poeta escocés… de tu tierra —sonrió a medias.

Gabriel suspiró y le besó en la frente. Su abrazo era paternal, no había dejado de ser tierno con él ni siquiera en los momentos más arrebatados, ni siquiera cuando empujaba dentro de él como si quisiera llegarle hasta el alma. No le importaba que le hiciera daño, Cain nunca había diferenciado muy bien el dolor del placer cuando se trataba de sexo, y los mordiscos del profesor, sus caricias ásperas y las embestidas contundentes le hacían sentirse real, vivo y suyo. Esas tres cosas eran todo cuanto necesitaba. Real. Vivo. Y suyo.

—De verdad que te quemaré la casa —murmuró de nuevo Cain.

—No será necesario. Por si no te has dado cuenta, ya es mañana.

—¿Entonces? ¿No vas a echarte atrás ni a llevarte las manos a la cabeza lamentando el terrible error de follar conmigo?

Gabriel se quedó en silencio unos segundos. Cain se temió alguna respuesta tibia, pero cuando el profesor volvió a hablar, sus palabras se colaron en su alma y se expandieron como semillas ardientes.

—No, no voy a hacer nada de eso. Me importas lo suficiente como para tomarte en serio. ¿Te queda claro?

Cain asintió sin palabras. Si abría la boca, estaba seguro de que se echaría a llorar como un idiota. Y no. Cuando dos personas se encuentran y se besan, nadie tiene que llorar. Ni siquiera uno de ellos dos. Cain se sentía completo y seguro como nunca, pero no quería llorar, ni siquiera de alivio o de emoción. Ya había derramado suficientes lágrimas en su vida, así que aguantó el llanto.

“Dos personas que se encuentran”, pensó. Le gustaba esa forma de decirlo.

El silencio les rodeó despacio y le condujo a un sueño profundo y pesado.

Las luces de la ciudad les observaban desde el otro lado de la ventana.

. . .

©Hendelie


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